La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 4 — Café para no salvarlo todo #3
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Capítulo 4 — Café para no salvarlo todo #3

Valeria hablaba con una madre junto a la puerta. Tenía los brazos cruzados y asentía con atención, pero había una tensión en sus hombros que Alba no habría sabido ver años atrás.

Ahora sí.

—Sí —dijo Alba—. Lo está.

—Pero no lo dice para que no nos preocupemos.

—Los adultos hacéis eso mucho.

—Lo sé. Es una mala costumbre.

Lara la miró con seriedad.

—¿Tú puedes salvar el campo?

La pregunta llegó limpia.

Sin maldad.

Sin estrategia.

Alba pensó en responder lo que una niña querría oír. Sí. Claro. Haremos todo lo posible. No te preocupes. Los cuentos que los adultos reparten para poder dormir esa noche.

Pero había aprendido algo en las últimas veinticuatro horas.

Poco.

Suficiente.

—Yo sola no —dijo.

Lara frunció el ceño.

—Pero eres famosa.

—Eso ayuda a que la gente mire. No siempre ayuda a que haga lo correcto.

La niña lo pensó.

—Entonces tenemos que ser muchas.

Alba sonrió.

—Eso sí.

Lara asintió, satisfecha con la lógica.

—Pues seremos muchas.

Se levantó y corrió hacia sus compañeras antes de que Valeria gritara su nombre.

Alba la vio irse.

Seremos muchas.

La frase se quedó en el aire del campo como una semilla.

Durante el entrenamiento, Alba no hizo gran cosa. Revisó tallas de camisetas desde la grada, anotó nombres en una hoja, respondió dos preguntas sobre golpeo, firmó una bota y convenció a una niña de que llevar gafas deportivas no la hacía menos feroz sino más difícil de defender.

Valeria la miraba de vez en cuando.

No mucho.

Lo suficiente para que Alba lo notara.

No suficiente para que pudiera hacer algo con ello.

A media mañana, cuando las niñas se fueron y el campo quedó otra vez en calma, Valeria se acercó con dos botellas de agua.

—Has sobrevivido.

—He gestionado una crisis de tallas.

—Julia quería una camiseta tres números más grande porque dice que así parece más profesional.

—Le he dicho que las profesionales también necesitan ver dónde tienen los brazos.

—Buena intervención.

Alba aceptó el agua.

—Lara cree que la solución es ser muchas.

Valeria miró hacia la salida.

—Lara debería presidir algo.

—Cuando sea mayor.

—No estoy segura de que espere.

Alba bebió.

El móvil de Valeria vibró.

Miró la pantalla y su rostro cambió.

Alba lo vio.

—¿Qué pasa?

Valeria no respondió enseguida.

Giró el móvil hacia ella.

Era un mensaje de un número desconocido.

Si sigues moviendo esto, habrá gente que empiece a contar cosas. Algunas sobre el campo. Otras sobre ti. Piénsalo.

Alba sintió que la sangre le golpeaba en las sienes.

—¿Quién lo manda?

—No lo sé.

—¿Te habían escrito antes?

Valeria bloqueó el móvil.

—No así.

—¿No así significa que sí?

Valeria guardó el teléfono en el bolsillo.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Convertirte en tormenta.

—Te están amenazando.

—Lo sé.

—Valeria.

—Lo sé, Alba.

La voz de Valeria salió más dura de lo que Alba esperaba.

No por miedo.

Por cansancio.

Alba se obligó a respirar.

No salvarlo todo.

No ocupar el centro.

No convertir su rabia en otra carga para Valeria.

—Perdón —dijo.

Valeria la miró.

—Joder.

—¿Qué?

—Que aprendas rápido es incómodo. Yo tenía preparadas tres frases para ponerte en tu sitio.

—Puedes decirlas igual. Me vendrá bien.

Valeria soltó aire por la nariz.

No era risa.

Casi.

—Voy a reenviarlo a una abogada amiga.

—Bien.

—Y a Bruno, si todavía quieres que ayude con el tema de imagen.

—Sí.

—Pero no quiero prensa.

—Vale.

—Y no quiero que vengas mañana diciendo que has descubierto al culpable después de interrogar a medio pueblo con una muleta.

Alba cerró la boca.

Valeria entrecerró los ojos.

—Ibas a hacerlo.

—No puedo confirmar eso legalmente.

—Alba.

—No lo haré.

—Bien.

Pero la amenaza ya estaba allí.

Y cambió el campo.

El sol seguía brillando. Las porterías seguían torcidas. El mar seguía al fondo, indiferente, hermoso. Sin embargo, algo se había ensuciado. Una mano invisible había entrado en el lugar donde las niñas acababan de correr y había dejado una advertencia.

Valeria recogió su mochila.

—Tengo que irme.

—¿Estás bien?

La pregunta salió simple.

Valeria la miró.

Durante un segundo, Alba pensó que respondería con una broma o con una evasiva.

Pero Valeria parecía cansada de las armaduras.

—No mucho.

Alba asintió.

—¿Quieres que haga algo?

—Sí.

—Dime.

Valeria sostuvo su mirada.

—No desaparezcas.

La frase cayó entre ellas con una fuerza silenciosa.

Alba no se movió.

Valeria pareció arrepentirse de haberla dicho. O quizá no. Quizá solo le pesó.

—No lo digo por nosotras —añadió rápido.

—Ya.

—Lo digo por el campo. Por las niñas. Si te metes, métete de verdad. No hasta que duela. No hasta que haya ruido. No hasta que te asustes de lo que pueda costarte.

Alba sintió que aquella era la primera exigencia real que Valeria le hacía desde que había vuelto.

No un reproche.

No una prueba.

Una condición.

—No voy a desaparecer —dijo.

Valeria la miró como si quisiera creerla y odiara necesitar comprobarlo.

—No lo prometas bonito.

Alba respiró hondo.

—Me quedo.

El silencio cambió.

Valeria bajó la vista un segundo.

—Eso ya lo dijiste una vez.

El golpe fue merecido.

Alba lo aceptó.

—Esta vez no lo digo con diecisiete años ni con miedo a que mi padre me oiga.

Valeria levantó la mirada.

Alba sintió la temeridad de la frase justo después de pronunciarla. Pero no la retiró.

No esta vez.

Valeria no respondió.

El móvil de Alba vibró entonces.

Miró la pantalla.

Un mensaje de Bruno.

Tenemos que hablar. He rastreado a Daniel Sanchís. Hay algo raro con su empresa. Y aparece un nombre conocido: Raúl Herrera.

Alba leyó el mensaje dos veces.

Luego miró a Valeria.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

Alba dudó.

No quería soltar el nombre de su hermano como una granada.

Pero tampoco quería empezar otra historia con una omisión.

Le tendió el móvil.

Valeria leyó.

La sangre pareció irse de su rostro.

Durante unos segundos no dijo nada.

Después devolvió el teléfono.

—No —dijo.

La palabra salió baja.

No como negación.

Como miedo.

—Valeria…

Ella dio un paso atrás.

—No.

—Puede ser otra persona.

—No lo es.

Alba sintió que todo el mapa volvía a moverse.

El campo.

El bar.

La empresa.

La amenaza.

Raúl Herrera.

Valeria miró hacia las gradas vacías, como si el pasado acabara de sentarse allí sin pedir permiso.

—Mi hermano me dijo que había dejado todo eso.

—¿Todo eso qué?

Valeria cerró los ojos.

Y cuando los abrió, Alba entendió que acababan de entrar en una parte de la historia que Valeria no había querido enseñarle todavía.

—Deberíamos hablar con Bruno —dijo Alba.

Valeria negó.

—No.

—Pero…

—Primero tengo que hablar con Raúl.

—¿Quieres que vaya contigo?

Valeria la miró.

La respuesta estuvo en su cara antes de decirla.

—No.

Alba asintió.

Aunque le costó.

Aunque cada parte de ella quería hacer lo contrario.

—Vale.

Valeria respiró, como si aquella obediencia inesperada la desarmara más que una discusión.

—Te escribo luego.

—¿Seguro?

—No.

Alba tragó saliva.

Valeria se colgó la mochila al hombro y caminó hacia la salida.

Esta vez no se despidió.

Alba se quedó en la grada, con el móvil en la mano, la rodilla palpitando y el campo viejo vacío delante de ella.

Había querido ayudar.

Había querido volver.

Había querido no desaparecer.

Pero Santamar empezaba a recordarle una verdad incómoda: volver no significaba entrar en una casa conocida.

A veces volver era abrir una puerta y descubrir que, durante tu ausencia, todos los demás también habían acumulado secretos.

Y algunos tenían el mismo apellido que la mujer que nunca habías dejado de querer.