Capítulo 4 — Café para no salvarlo todo #2
Había una parte de ella que evaluaba siempre el riesgo. Alba lo entendió con un dolor nuevo. Para ella, volver a Santamar era complicado. Para Valeria, quedarse había sido exponerse todos los días al criterio de personas que la habían visto crecer con un nombre que no era el suyo y luego se habían permitido opinar sobre el precio de corregirlo.
—Ayer lo gestionaste muy bien —dijo Alba.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué?
—Al periodista. La pregunta. Lo paraste muy bien.
—No era la primera vez.
—Ya.
—Ese “ya” suena a pena.
—No es pena.
—Bien.
—Es rabia.
Valeria la miró.
Alba apretó el vaso de café entre las manos.
—Me da rabia que tengas que tener frases preparadas para que no te conviertan en un titular antes que en una persona.
Valeria bajó la mirada al cuaderno.
—Todas tenemos frases preparadas.
—No así.
—No igual. Pero sí.
Alba quiso discutir.
No pudo.
Ella también tenía frases preparadas. Para cuando preguntaban por su vida sentimental. Para cuando le decían que jugaba como un hombre. Para cuando un patrocinador sugería vestidos en una campaña “para suavizar imagen”. Para cuando alguien hablaba de referentes pero pagaba tarde. Para cuando el mundo quería admirarla siempre que no se notara demasiado lo que costaba.
—Supongo —dijo.
Valeria pasó una página del cuaderno.
—La diferencia es que tú has podido convertir algunas frases en marca.
Alba sintió el golpe.
No fue injusto.
Pero dolió.
—Sí.
—Yo tuve que convertirlas en armadura.
Alba no respondió.
No porque no quisiera.
Porque, por una vez, entendió que el silencio podía ser más respetuoso que su necesidad de demostrar que había comprendido.
Valeria la miró de reojo.
—Eso ha estado bien.
—¿Qué?
—Callarte.
—Estoy creciendo.
—No exageres.
Alba sonrió.
El sol subía poco a poco y empezaba a calentar las gradas. A esa hora, el campo viejo olía a tierra seca, hierro y café malo. Desde el paseo llegaba el sonido de motos, voces y una persiana que alguien levantaba con demasiada violencia.
Valeria sacó otro documento.
—Hay otra cosa.
Alba notó el cambio de tono.
—¿Qué?
—Daniel Sanchís no apareció de la nada.
—¿Lo conocías?
—No personalmente. Pero su empresa intentó entrar en el club hace dos años, cuando el equipo masculino subió de categoría.
—¿Y?
—No salió. Demasiadas exigencias. Querían cambiar la junta, gestionar patrocinios, quedarse con derechos de campus de verano y usar instalaciones municipales con prioridad.
—¿Cómo sabes eso?
Valeria dudó.
—Porque mi hermano estaba en la junta entonces.
Alba se quedó quieta.
—No sabía que tenías un hermano.
—Hay muchas cosas que no sabes.
La frase no sonó como reproche.
Sonó como una realidad.
Aun así, Alba la sintió en el pecho.
—¿Mayor?
—Tres años. Raúl.
—¿Os lleváis bien?
Valeria sonrió sin alegría.
—Depende del año, del tema y de cuánto haya bebido en Navidad.
Alba no preguntó más.
Valeria agradeció ese silencio con una mirada breve.
—Raúl votó en contra. Al poco tiempo dejó la junta. No quiso líos.
—¿Puede ayudarte ahora?
—No lo sé.
—¿Se lo has pedido?
Valeria cerró la carpeta.
—No.
—¿Por qué?
—Porque pedir ayuda a mi hermano siempre viene con una factura emocional que no sé si me apetece pagar.
Alba la miró.
—Eso suena familiar.
Valeria sostuvo su mirada.
—Sí.
El nombre de Julián no apareció.
No hacía falta.
A veces las familias eran distintas formas de la misma puerta cerrada.
Alba dejó el café a un lado.
—Mi padre tiene documentos del bar. Mireia fue a verlo ayer.
—Lo sé.
—¿Ya lo sabe todo el pueblo?
—No todo. Pero lo sabrá.
—Me desespera este sitio.
—Y aun así has dormido aquí.
—Técnicamente no he dormido. He existido horizontalmente.
Valeria soltó una sonrisa pequeña.
Luego miró el móvil.
—Tengo entrenamiento en una hora. Antes quiero pasar por el almacén y revisar las equipaciones.
—Puedo ayudar.
Valeria la miró.
—¿Qué parte de tu cuerpo sugiere que puedes ayudar cargando cosas?
—Tengo brazos.
—Y una tendencia a la heroicidad estúpida.
—Eso también.
Valeria pareció dudar.
—Puedes revisar tallas.
—Soy excelente con tallas.
—Mentira.
—Soy famosa. La ropa aparece y alguien espera que me la ponga.
—Terrible.
—Mucho.
Valeria se levantó y recogió los papeles. Alba hizo ademán de incorporarse, pero la rodilla le dio un aviso seco, profundo, que le subió hasta la cadera. Se quedó quieta.
Valeria lo notó.
—¿Dolor?
—No.
—Alba.
—Sí.
Valeria dejó la carpeta sobre la grada.
—¿Cuánto?
—No sé. Seis.
—¿De diez?
—De una escala moral.
—No seas imbécil.
Alba respiró hondo.
—Siete.
Valeria se agachó frente a ella, no demasiado cerca.
—¿Has tomado la medicación?
—Sí.
—¿A qué hora?
Alba miró hacia otro lado.
—Alba.
—Se me ha olvidado.
Valeria la observó con una paciencia peligrosamente fina.
—Eres deportista profesional.
—Gracias por recordármelo en este momento bajo.
—¿Cómo puedes olvidarte la medicación?
—Estaba ocupada intentando no salvarlo todo.
—Pues empieza por salvarte la rodilla.
Valeria abrió su mochila, sacó una botella de agua y se la entregó.
—¿La tienes encima?
Alba sacó un pequeño pastillero del bolsillo de la chaqueta.
Valeria no dijo nada.
Eso fue más acusador que un discurso.
Alba tomó la pastilla.
—No me mires así.
—Te miro como entrenadora.
—Peor.
—Mucho peor.
Valeria se sentó a su lado, a una distancia prudente.
—Diez minutos.
—No hace falta.
—Diez minutos.
—Tienes cosas que hacer.
—Y tú tienes una pierna que todavía no entiende que no estás en una final.
Alba apoyó la espalda en la grada.
El sol le calentaba la cara.
Durante un rato, no hablaron.
Esta vez el silencio fue menos extraño.
Alba notó la presencia de Valeria junto a ella, quieta, sólida. No era una presencia que exigiera. Era peor: una presencia que permitía. Como si, estando allí, le dijera que no pasaba nada por detenerse un momento. Que el mundo no se iba a caer por diez minutos de pausa.
Alba odiaba necesitar esa lección.
—Cuando me lesioné —dijo— pensé en ti.
Valeria no se movió.
Alba miró el campo.
No sabía por qué lo había dicho.
O sí.
Quizá porque el dolor y el café malo y el sol temprano habían bajado una defensa que normalmente necesitaba tres abogados para abrirse.
—No fue romántico —añadió rápido—. No en plan música triste y destino. Fue absurdo. Me caí, me dolió todo y pensé en el mar. Luego en ti. Me cabreó muchísimo.
Valeria siguió mirando hacia delante.
—¿Por qué?
—Porque llevaba años haciéndolo bastante bien.
—¿El qué?
—No pensar en ti cuando algo se rompía.
Valeria cerró los ojos un instante.
Alba quiso retirar la frase.
No pudo.
Ya estaba allí, sentada entre ellas.
—Yo pensé en ti cuando me aprobaron el cambio de nombre —dijo Valeria.
Alba dejó de respirar.
Valeria hablaba con la vista fija en el campo.
—Salí del registro y hacía viento. Mucho. De ese que te deja el pelo horrible y las ideas peor. Mi madre no vino. Mi hermano sí, pero se quedó en el coche porque decía que no sabía si yo quería que entrara conmigo. Cuando salí con el papel en la mano, lo primero que pensé fue que quería enseñártelo.
Alba sintió que los ojos le ardían.
—Valeria…
—No porque te necesitara. No confundas eso.
—No.
—Era otra cosa. Como cuando te pasa algo que cambia el suelo y, por costumbre antigua, miras hacia donde antes había alguien.
La frase le entró a Alba despacio.
Sin permiso.
Sin piedad.
—Lo siento —susurró.
Valeria abrió los ojos.
—No he terminado.
Alba calló.
Valeria tragó saliva.
—Luego pensé que mejor no. Que si te lo enseñaba, también tendría que admitir que todavía me importaba que lo vieras. Y me dio mucha rabia. Así que fui al puerto, compré una cerveza, me senté en el muro y brindé sola por mí.
Alba sonrió con tristeza.
—Eso suena a ti.
—No. Antes no habría sabido hacerlo.
Alba la miró.
Valeria también giró la cabeza.
—Antes habría esperado que alguien me confirmara que tenía derecho a estar feliz.
Aquello fue demasiado.
Alba bajó la mirada.
—Me habría gustado estar.
—Ya.
—Lo digo en serio.
—Lo sé.
—No lo estoy diciendo para…
—Lo sé, Alba.
La suavidad de su voz fue casi insoportable.
Valeria miró hacia el almacén.
—Pero no estuviste.
La frase no tenía reproche añadido.
Solo verdad.
Y la verdad, descubrió Alba, dolía más cuando no venía vestida de acusación.
—No —dijo—. No estuve.
Valeria asintió.
—Ahora estás aquí.
No dijo si eso era bueno.
No dijo si era suficiente.
No dijo si llegaba tarde.
Solo lo dejó existir.
Ahora estás aquí.
Alba apoyó la cabeza contra la grada superior y miró el cielo.
—No sé hacerlo bien.
—¿Qué cosa?
—Volver. Ayudar. No ocupar demasiado. No desaparecer. No mirarte como si todavía tuviera derecho a entenderte.
Valeria tardó en responder.
—Entonces hazlo mal, pero hazlo con cuidado.
Alba soltó una risa rota.
—Eso no cabe en un comunicado.
—Mejor.
—Bruno diría que tiene poca fuerza comercial.
—Bruno sobrevivirá.
Se quedaron así unos segundos más.
Luego una voz gritó desde la entrada del campo:
—¡Entrenadora! ¡Mi madre dice que hoy no puedo correr mucho porque tengo agujetas emocionales!
Valeria cerró los ojos.
—Lara.
Alba se rio.
Valeria se levantó.
El momento se rompió, pero no desapareció.
Solo se guardó en algún sitio.
Las niñas empezaron a llegar con mochilas, voces y energía suficiente para alimentar tres municipios. Alba se quedó sentada en la grada mientras Valeria se transformaba otra vez en entrenadora. La vio ordenar petos, revisar cordones, preguntar por deberes, corregir a una niña que mascaba chicle, felicitar a otra por haber llegado puntual por primera vez desde enero.
Lara se acercó a Alba con una libreta.
—Hoy no puedes entrenarnos.
—Eso ha dicho mi rodilla.
—Entonces puedes hacer análisis táctico.
—¿De dónde sacas esas palabras?
—YouTube.
—Peligroso.
Lara se sentó a su lado sin pedir permiso.
—Mi madre dice que igual nos quitan el campo porque hay señores que quieren hacer cosas para turistas.
—Tu madre resume bien.
—Yo no quiero entrenar junto a la depuradora.
—Normal.
—Huele a muerte.
—Motivo deportivo válido.
Lara miró a Valeria.
—La entrenadora está preocupada.
Alba siguió su mirada.