La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 4 — Café para no salvarlo todo
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Capítulo 4 — Café para no salvarlo todo

A las siete y media de la mañana, Santamar todavía no había decidido si era un pueblo o una postal.

El paseo estaba casi vacío. Las terrazas empezaban a despertar con sillas arrastradas, persianas levantándose y camareros demasiado jóvenes para parecer tan cansados. El mar tenía un azul frío, limpio, de esos que engañan a los turistas haciéndoles creer que la belleza siempre trae paz incorporada.

Alba caminaba despacio con una bandeja de cartón en una mano y la muleta en la otra.

Era una pésima idea.

Lo supo al tercer paso.

Lo confirmó al quinto.

Lo maldijo al octavo.

—Genial —murmuró—. Deportista internacional derrotada por dos cafés y una napolitana.

El café se inclinó peligrosamente.

Alba se detuvo, reajustó la muleta bajo el brazo y miró alrededor con la dignidad de quien estaba dispuesta a caerse antes que pedir ayuda a una papelera.

—¿Necesitas que llame a emergencias o solo a tu representante?

La voz llegó desde el muro del paseo.

Alba giró la cabeza.

Valeria estaba apoyada allí, con vaqueros, camiseta negra y una chaqueta ligera abierta. No llevaba silbato. No llevaba carpeta. El pelo corto, todavía húmedo, le dejaba una gota junto a la sien. Sostenía una mochila en un hombro y la observaba con una mezcla de diversión y juicio que, por desgracia, le quedaba muy bien.

Alba sintió que la mañana se desordenaba un poco.

—Podrías ayudar en vez de narrar mi decadencia.

—Quería ver hasta dónde llegabas por orgullo.

—¿Y?

—Poco, pero con intención.

Valeria se acercó y le quitó la bandeja de las manos.

Sus dedos no se rozaron esta vez.

Alba no supo si agradecerlo o lamentarlo.

—Traje café —dijo, como si no fuera evidente.

—Lo pedí para comprobar si sabías obedecer instrucciones simples.

—Soy capitana. Doy instrucciones simples. No las obedezco.

—Se nota.

Caminaron hacia el campo viejo.

Despacio.

Alba odiaba ir despacio con Valeria.

Antes, a los diecisiete, caminar a su lado era una forma de retarse. Subían las cuestas corriendo, bajaban al puerto saltando escalones, competían por llegar primero a cualquier sitio sin admitir que lo que querían era terminar riéndose demasiado cerca. Valeria siempre había tenido más resistencia. Alba, más velocidad. Eso resumía muchas cosas que no supieron ver a tiempo.

Ahora Valeria adaptaba el paso sin hacerlo evidente.

Eso también era una forma de cuidado.

Y a Alba le molestó porque lo necesitaba.

—¿Dolor? —preguntó Valeria.

—Buenos días a ti también.

—Buenos días. ¿Dolor?

—Normal.

—Eso no significa nada.

—Significa que no voy a morir, pero podría quejarme con talento.

—Eso sí lo recuerdo.

Alba la miró de reojo.

—¿Yo me quejaba mucho?

—Muchísimo.

—Mentira.

—Te quejabas cuando llovía, cuando hacía calor, cuando el balón estaba blando, cuando el balón estaba duro, cuando una árbitra pitaba mal y cuando una árbitra pitaba bien pero no a tu favor.

—Eso se llama criterio competitivo.

—Se llama ser insoportable con buena puntería.

Alba sonrió.

No quería sonreír tanto esa mañana.

No tan pronto.

El campo viejo apareció al final de la calle, rodeado por su valla oxidada y por una luz dorada que, de manera injusta, lo hacía parecer más digno de lo que estaba. Valeria abrió el candado y entraron.

Sin niñas, el lugar parecía otro.

Más vulnerable.

Las porterías descansaban torcidas. Las líneas blancas estaban casi borradas. En una esquina, una red rota se movía con el viento. Las gradas vacías tenían manchas de humedad, nombres grabados con llaves y restos de pipas de alguna tarde anterior.

Alba miró el campo.

—Aquí metí mi primer gol de falta.

—Fue de rebote.

—Fue estrategia.

—El balón dio en la espalda de una defensa.

—Una estrategia con participación externa.

Valeria dejó los cafés sobre el banco.

—También fallaste un penalti aquí y lloraste detrás del almacén.

Alba la miró indignada.

—Eso era confidencial.

—Todo lo que se llora detrás de un almacén municipal prescribe a los once años.

—No conozco esa ley.

—Porque no lees normativa local.

Alba se sentó en la primera grada con cuidado. Valeria le acercó uno de los cafés y abrió su mochila. Sacó una carpeta, varios documentos, un cuaderno, dos bolígrafos y una napolitana que miró con sospecha.

—¿Esto también es para ayudar?

—Eso es para que no digas que he venido solo con ambición salvadora.

—Tiene chocolate.

—El chocolate reduce el conflicto.

—Esa frase la ha dicho alguien que nunca ha tratado con el ayuntamiento.

Valeria partió la napolitana por la mitad.

Le ofreció una parte.

Alba la cogió.

Durante unos segundos comieron en silencio, mirando el campo.

No era un silencio cómodo.

Tampoco incómodo.

Era un silencio con memoria.

De los que no saben si pueden sentarse entre dos personas sin que nadie lo confunda con una tregua.

Valeria abrió la carpeta.

—Estos son los documentos que tengo. Convenio de uso del campo, solicitudes de mejora, presupuestos, firmas de familias, horarios, inscripción de jugadoras, actas de reuniones y correos sin responder.

—Qué romántico.

—Ayer me dijiste que querías ayudar sin salvarlo todo.

—Lo intento.

—Empieza leyendo.

Alba cogió el primer documento.

Leyó.

Al principio lo hizo por obediencia. Luego por interés. Después por rabia.

El convenio era más frágil de lo que parecía. El ayuntamiento conservaba demasiadas puertas abiertas. “Revisión por interés municipal.” “Reordenación de instalaciones.” “Disponibilidad sujeta a necesidades estratégicas.” Palabras pensadas para que nadie pudiera acusarlas de ser una trampa hasta que la trampa ya estuviera cerrada.

—Esto está escrito para poder echaros —dijo Alba.

—Sí.

—¿Quién lo firmó?

—El presidente anterior del club. Hace cuatro años. Dijo que era eso o nada.

—¿Y era verdad?

—Probablemente no. Pero cuando te dejan entrenar en un sitio que se cae, aprendes a dar las gracias por el suelo.

Alba siguió leyendo.

Había correos de Valeria solicitando reparación de focos. Reclamaciones por charcos tras la lluvia. Una queja formal porque las niñas compartían vestuarios con equipos masculinos en horarios que no correspondían. Fotografías de cerraduras rotas. Propuestas de captación escolar. Una memoria sencilla explicando cómo la escuela femenina había pasado de doce niñas a ochenta y tres en tres temporadas.

Alba levantó la vista.

—Has hecho muchísimo.

Valeria no respondió.

—Lo digo en serio.

—Lo sé.

—Entonces acepta el cumplido sin parecer que te estoy intentando vender un piso.

Valeria cerró un bolígrafo.

—No sé qué hacer con los cumplidos que llegan tarde.

Alba miró el papel que tenía en las manos.

La frase no fue cruel.

Eso era lo peor.

Valeria no necesitaba herirla para acertar.

—Tienes derecho —dijo Alba.

—¿A qué?

—A no saber qué hacer conmigo.

Valeria se quedó quieta.

El viento levantó una esquina del convenio.

Alba la sujetó con la mano.

—Yo tampoco sé qué hacer conmigo muchas veces.

Valeria la miró con una mezcla extraña de cansancio y algo parecido a la compasión.

—Eso suena muy caro en terapia.

—No he ido.

—Se nota.

Alba soltó una risa breve.

Valeria también sonrió.

Luego volvió a los papeles, como si sonreír hubiera sido un descuido que convenía corregir.

—Mireia intentará dividir el problema —dijo—. Dirá que una cosa es el campo, otra el bar, otra el paseo. Intentará negociar por separado para que cada persona piense que puede salvar lo suyo aunque el resto caiga.

—Mi padre ya parece dispuesto a sufrir en silencio por motivos decorativos.

—Tu padre no es el único.

—¿Hay más locales afectados?

—Tres bares, dos tiendas, una casa que pertenece a una viuda, el aparcamiento del club y parte del acceso a la playa.

Alba dejó el documento.

—Esto no es modernizar un campo.

—No.

—Es quedarse con medio paseo.

—Sí.

—¿Y por qué nadie ha montado un escándalo?

Valeria la miró.

—Porque la gente tiene miedo de perder lo poco que puede salvar. Porque Mireia es amable con quien le conviene. Porque Daniel Sanchís trae promesas con renders bonitos. Porque en los pueblos todos tienen una deuda, un favor pendiente, un hijo buscando trabajo o una licencia que renovar. Y porque algunos todavía creen que si una cosa viene con palabras en inglés debe de ser progreso.

Alba miró las porterías.

—Sports & Sea Campus.

—Exacto.

—Suena a colonia masculina.

Valeria soltó una risa.

Se le escapó.

Alba sintió esa risa como una victoria muy pequeña y totalmente inmadura.

—No sonrías así —dijo Valeria.

—¿Así cómo?

—Como si hubieras marcado.

—Es que he marcado.

—Ha sido de rebote.

—Mi especialidad histórica.

Valeria negó con la cabeza, pero la sonrisa seguía allí un segundo más.

Después se inclinó sobre el cuaderno.

—Necesitamos tres cosas.

Alba se incorporó un poco.

—Dime.

—Primero: organizar a las familias y negocios afectados antes de que Mireia los convoque por separado.

—Vale.

—Segundo: conseguir un informe técnico alternativo que demuestre que arreglar el campo es viable y más barato que desplazar a la escuela.

—Puedo pedir contactos.

—Sin convertirlo en rueda de prensa.

—Sin convertirlo en rueda de prensa.

—Tercero: controlar la narrativa antes de que nos conviertan en las sentimentalistas que se oponen al progreso.

Alba levantó una ceja.

—Has dicho narrativa.

—Me odio.

—Te ha salido natural.

—No lo repitas.

—Demasiado tarde. Bruno lloraría de orgullo.

Valeria anotó algo.

—Bruno parece menos imbécil de lo que esperaba.

—Es su técnica. Al principio parece muy imbécil para luego sorprender.

—Funciona.

—Muchísimo.

Otra pausa.

Esta fue más ligera.

Alba bebió café. Estaba tibio y malo. Perfecto.

—Puedo hablar con una periodista —dijo—. No de deportes. Una de investigación local que conozco por un reportaje sobre inversión extranjera en la costa. Si hay algo raro en Costa Dorada Sports Experience, quizá pueda mirarlo.

Valeria la observó.

—¿Confías en ella?

—Confío en que odia a los hombres con PowerPoint más que yo.

—Eso es mucho odio.

—El adecuado.

—¿Publicaría mi vida?

La pregunta llegó sin aviso.

Alba no apartó la mirada.

—No si le digo que no.

—¿Y si lo hace igual?

—Entonces no le doy nada.

Valeria asintió, pero no de inmediato.