La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 3 — No hables primero #4
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Capítulo 3 — No hables primero #4

—No he dicho eso.

—Pero lo tienes en la cara.

Ella apretó la mandíbula.

—¿Y qué hago?

—Lo que te dijo. Escuchar. No hablar primero. No ocupar el centro cuando el centro no es tuyo.

—Qué asco das cuando eres útil.

—Me lo dicen mucho.

Caminaron hacia el bar despacio.

La pierna empezaba a dolerle de verdad. El cuerpo le pasaba factura por cada exceso: la rampa, la reunión, la tensión, la rabia. Pero debajo del dolor había otra cosa. Una sensación que no sabía nombrar.

No era esperanza.

La esperanza era demasiado limpia.

Era más bien movimiento.

Algo que había estado detenido empezaba a empujar.

En el Bar Ríos, su padre la esperaba detrás de la barra con la televisión apagada y el rostro serio.

—Ha venido Mireia —dijo.

Alba se detuvo en la puerta.

—¿Cuándo?

—Hace diez minutos.

Carmen apareció desde la cocina.

—A amenazar con educación.

Julián la miró.

—No amenazó.

—Dijo que Alba debía pensar en su futuro, en su imagen y en no dejarse arrastrar por conflictos locales mal gestionados. Eso en mi diccionario es amenaza con tacones.

Alba sintió el cansancio subirle por la espalda.

—¿Qué quería?

Su padre secó un vaso que ya estaba seco.

—Hablar conmigo.

—¿Contigo por qué?

Julián no respondió enseguida.

Carmen tampoco.

Alba miró a uno y a otra.

—¿Qué pasa?

Su padre dejó el vaso.

—El Bar Ríos está dentro de la zona de actuación del proyecto.

Alba frunció el ceño.

—¿Qué?

Bruno, a su lado, se quedó inmóvil.

Julián habló despacio, como si cada palabra le costara.

—No solo quieren el campo viejo. Quieren todo el tramo hasta el puerto. Reordenación del paseo, locales, accesos, aparcamientos. Mireia dice que habrá compensaciones.

Alba sintió que la plaza, el ayuntamiento, el campo y el bar encajaban de golpe en un mapa mucho más grande.

No era solo el campo de Valeria.

No eran solo las niñas.

Era el paseo.

El bar.

El pueblo.

La palabra modernización creciendo como una mancha de aceite.

—¿Y cuándo pensabas decirlo? —preguntó Alba.

Julián bajó la mirada.

—No quería preocuparte.

Alba soltó una risa sin humor.

—No.

Su madre cerró los ojos.

—Alba…

—No. Esa frase no. No quería preocuparte. No quería agobiarte. No quería molestarte. No quería decirte que igual también venden el bar familiar mientras tú vuelves con la rodilla rota y cara de idiota.

Julián endureció el gesto.

—No me hables así.

—Entonces háblame tú de una vez.

El bar se quedó en silencio.

Clientes incluidos.

Esta vez a Alba no le importó.

Su padre apoyó ambas manos sobre la barra.

—¿Para qué? ¿Para que vengas dos semanas y me expliques cómo salvar lo que yo llevo treinta años levantando?

La frase fue un golpe.

Alba lo recibió.

Y detrás de él oyó otro, más antiguo.

Valeria diciendo: tú apareces, dices dos frases, y todo el mundo te mira.

Alba cerró la boca.

Su padre esperaba una pelea.

Casi la deseaba. Las peleas eran más fáciles que la verdad. Permitían gritar sin explicar el miedo.

Alba respiró hondo.

—No sé cómo salvar nada —dijo.

Julián parpadeó.

—¿Qué?

—No sé cómo salvar el campo. Ni el bar. Ni mi carrera. Ni esta familia. Ahora mismo no sé ni bajar una rampa sin sudar.

Carmen se llevó una mano a la boca, pero no habló.

Alba tragó saliva.

—Pero si están intentando quitaros el bar, necesito saberlo. No porque vaya a arreglarlo todo. Porque soy tu hija.

Julián la miró.

Y, durante un segundo, Alba vio lo que había debajo de su orgullo.

Miedo.

No el miedo elegante de los comunicados. No el miedo útil que se convierte en motivación. Miedo viejo, masculino, mal educado. El miedo de un hombre que no sabía pedir ayuda sin sentir que se hacía pequeño.

Su padre apartó la vista.

—Tengo papeles arriba.

—Enséñamelos.

—Ahora tienes que descansar.

Alba casi gritó.

Pero no.

Aprendía despacio.

—Enséñamelos después de descansar.

Julián asintió.

Una sola vez.

—Vale.

Aquella palabra, en su boca, pesó más que un discurso.

Bruno recibió una llamada y salió a la terraza. Carmen volvió a la cocina con demasiada prisa para esconder que estaba llorando. El bar recuperó el ruido poco a poco, torpe, como si los clientes no supieran si pedir otra cerveza o disculparse por existir.

Alba se sentó en una mesa junto a la ventana.

La rodilla le latía.

El móvil vibró.

Un mensaje de Valeria.

Durante un segundo, Alba no quiso abrirlo.

Lo hizo.

Me acabo de enterar de lo del Bar Ríos. ¿Lo sabías?

Alba miró hacia la barra.

Su padre hablaba con un cliente, serio, de espaldas a ella.

Respondió:

No. Me lo acaba de decir mi padre.

La respuesta de Valeria llegó rápido.

Esto es más grande de lo que pensábamos.

Alba escribió:

Sí.

Luego añadió:

No iré al entrenamiento. Lo prometido.

Valeria tardó más en contestar.

Gracias.

Alba miró esa palabra.

Gracias.

Pequeña.

Insuficiente.

Preciosa.

Después llegó otro mensaje.

Mañana a las ocho bajo al campo para revisar documentos antes de entrenar. Si quieres ayudar, ven sin Bruno, sin cámaras y sin querer salvarlo todo.

Alba sintió que el corazón le golpeaba una vez, fuerte.

Respondió:

Iré.

Borró.

Demasiado inmediato.

Escribió:

Iré sin salvarlo todo. Lo de sin quererlo no lo puedo prometer tan rápido.

La respuesta de Valeria apareció un minuto después.

Entonces empieza por traer café.

Alba sonrió.

No una sonrisa profesional.

No una sonrisa para cámaras.

Una sonrisa pequeña, cansada, suya.

Desde la barra, su padre la vio.

—¿Qué pasa?

Alba bloqueó el móvil.

—Nada.

Y por primera vez desde que volvió a Santamar, nada no significaba vacío.

Significaba que algo empezaba a ser demasiado importante para decirlo en voz alta.