Capítulo 3 — No hables primero #3
—Está a treinta minutos andando del instituto.
—Valeria.
—No. Nómbralo entero. Decid delante de Alba, delante de Bruno, delante de las madres que hay fuera y delante de vuestro socio privado que la alternativa para las niñas es un descampado junto a la depuradora hasta que os acordéis de ellas.
Daniel mantuvo la voz suave.
—Nadie quiere perjudicar a las niñas.
—Entonces no empecéis perjudicándolas.
El silencio fue más largo esta vez.
Alba miró al alcalde. El hombre evitaba los ojos de Valeria. Miraba los papeles, el bolígrafo, la pantalla, cualquier cosa que no fuera la mujer que le estaba poniendo delante una realidad demasiado concreta para convertirla en eslogan.
Mireia cambió de táctica.
—Alba, tú conoces el deporte de élite. Sabes que hacen falta instalaciones ambiciosas. No podemos quedarnos atrapados en sentimentalismos.
Valeria cerró los ojos un segundo.
Alba no.
La palabra sentimentalismos cayó sobre la mesa con toda la suciedad de las palabras limpias. Sentimental era pedir vestuarios. Sentimental era no querer mandar niñas a una depuradora. Sentimental era defender lo que no generaba suficientes beneficios.
Alba apoyó las manos en la mesa.
—El deporte de élite no empieza en un campus premium —dijo—. Empieza en campos como ese.
Mireia parpadeó.
Alba continuó:
—Empieza con entrenadoras que corrigen apoyos cuando nadie las graba. Con madres que hacen turnos. Con niñas que entrenan aunque las botas les queden pequeñas. Con vestuarios malos, sí. Con focos viejos, sí. Pero también con pertenencia. Si queréis mejorar eso, perfecto. Mejoradlo. Pero no vendáis que estáis creando futuro si lo primero que hacéis es echar a las niñas que ya lo están construyendo.
Bruno permaneció inmóvil.
Valeria también.
Daniel la miraba como quien evalúa una pérdida.
—Ese discurso es muy potente —dijo él—. Podría integrarse en una versión social del proyecto.
Alba lo miró.
—No era un discurso. Era un no.
La sala se quedó en silencio.
Mireia dejó de sonreír.
—Quizá deberíamos aplazar la reunión.
—Quizá deberíamos abrirla a las familias —dijo Valeria.
—Esto no es una asamblea.
—Porque sabéis que la perdéis.
El alcalde carraspeó.
—No vamos a tomar ninguna decisión hoy.
—Eso espero —dijo Alba—. Porque cualquier decisión que use mi nombre sin autorización tendrá una respuesta legal. Y cualquier decisión que deje sin campo a la escuela femenina tendrá, como mínimo, mi oposición pública.
Bruno cerró los ojos un instante.
No porque no estuviera de acuerdo.
Porque ya veía el titular.
Mireia también lo vio.
—Alba, te pediría prudencia. Acabas de llegar.
Alba pensó en eso.
En haber acabado de llegar.
En todos los años que no estuvo.
En lo fácil que era aparecer tarde y querer compensarlo todo con una frase bonita. En lo mucho que Valeria odiaría que ella convirtiera la defensa del campo en un escenario para su propia culpa.
Así que miró a Valeria.
Y añadió:
—Pero la escuela no acaba de llegar. Valeria tampoco. Si queréis hablar del campo, empezad escuchándola a ella.
Aquello fue distinto.
Valeria bajó la mirada a sus papeles.
No sonrió.
Pero Alba vio cómo sus dedos, hasta entonces tensos alrededor del bolígrafo, aflojaban por fin.
La reunión terminó sin acuerdo.
Eso, en Santamar, ya era una pequeña revolución.
Fuera, la gente esperaba en grupos nerviosos. En cuanto se abrió la puerta, las madres se acercaron a Valeria. Lara intentó colarse entre piernas adultas con la carpeta rosa. El periodista de Tarragona levantó el móvil. El fotógrafo local enfocó sin pudor.
—Alba, ¿puedes confirmar que te opones al nuevo campus deportivo?
Bruno apareció a su lado antes de que ella respondiera.
—Alba no hará declaraciones ahora.
—Solo una frase.
—Tiene una rodilla operada y más sentido común que todos nosotros. No.
El periodista se giró hacia Valeria.
—Valeria, como entrenadora trans de la escuela femenina, ¿crees que este proyecto invisibiliza…?
Alba sintió que todo su cuerpo se tensaba.
Valeria no.
Valeria lo miró con una calma helada.
—Como entrenadora de la escuela femenina, creo que ochenta y tres niñas necesitan un campo. Si quieres hablar de mi vida personal para no hablar de dinero público, llegas tarde y mal.
El periodista se puso rojo.
Bruno murmuró:
—Excelente.
Alba lo oyó.
Valeria también.
Sus ojos se cruzaron.
Durante un segundo, el pasillo del ayuntamiento, la gente, las cámaras y el ruido quedaron alrededor como una tormenta contenida.
Después Lara apareció junto a Valeria.
—¿Hemos ganado?
Valeria miró a la niña.
—No.
Lara frunció el ceño.
—Qué mal.
—Hemos evitado perder hoy.
La niña lo pensó.
—Eso es menos emocionante.
—La política suele ser una decepción narrativa.
Alba no pudo evitar sonreír.
Lara la señaló.
—¿Tú vas a entrenarnos?
Valeria cerró los ojos.
—Lara.
—Preguntar es democracia.
—Te voy a prohibir esa palabra.
Alba se agachó lo que pudo, apoyándose en la muleta.
—Si tu entrenadora me deja, puedo pasarme algún día. Pero ahora mismo soy más útil hablando que chutando.
Lara la miró con seriedad.
—Entonces habla bien.
La frase fue tan simple que Alba sintió ganas de abrazarla.
—Lo intentaré.
—No. Bien.
—Vale. Hablaré bien.
La niña asintió, satisfecha, y volvió con su madre.
Valeria observó la escena.
—Acabas de firmar un contrato moral con una menor.
—Me preocupa más que muchos contratos profesionales.
—Debería.
Bajaron juntas por la rampa lateral, despacio. Bruno caminaba unos pasos detrás, hablando por teléfono en voz baja. Valeria no ofreció ayuda a Alba. Alba lo agradeció.
A mitad de rampa, Valeria dijo:
—Has hablado.
—No primero.
—Pero has hablado.
—Sí.
—Y has hablado bien.
Alba se detuvo un segundo.
No por la rodilla.
Por la frase.
Valeria siguió mirando hacia delante.
—No te acostumbres.
—Ya era tarde. Me estaba emocionando.
—Eso parece peligroso para tu marca.
—Mi marca está en rehabilitación.
Valeria soltó una risa pequeña.
Llegaron a la plaza.
El sol caía sobre los bancos, la fuente, las terrazas. Dos vecinas miraron hacia ellas y fingieron al instante estar interesadísimas en un menú del día. Un adolescente pasó en patinete y casi se cayó por mirar a Alba. Santamar funcionaba a pleno rendimiento.
Bruno se acercó con el móvil todavía en la mano.
—Tenemos un problema.
Alba suspiró.
—Qué raro. Yo sentía que todo iba perfecto.
Él giró la pantalla.
Un vídeo empezaba a moverse por redes.
La grabación era de mala calidad, tomada desde el pasillo del ayuntamiento. Se veía a Alba saliendo junto a Valeria. Se oía la pregunta del periodista.
“Valeria, como entrenadora trans…”
Después la respuesta de Valeria, clara, firme:
“Como entrenadora de la escuela femenina, creo que ochenta y tres niñas necesitan un campo. Si quieres hablar de mi vida personal para no hablar de dinero público, llegas tarde y mal.”
El texto añadido por quien lo había subido decía:
LA ENTRENADORA TRANS QUE PLANTA CARA AL AYUNTAMIENTO CON ALBA RÍOS A SU LADO
Alba sintió que se le hundía el estómago.
Valeria miró el vídeo.
No dijo nada.
Eso fue peor.
Bruno habló con cuidado.
—Podemos pedir que lo retiren. O intentar redirigirlo. Hay formas.
Valeria cogió aire despacio.
—No.
Alba la miró.
—Valeria.
—No lo van a retirar. Y si lo retiran, ya estará en otros sitios. Esto funciona así.
Su voz no temblaba.
Pero algo en ella se había cerrado.
Alba sintió una culpa inmediata, conocida.
—Lo siento.
Valeria levantó la vista.
—¿Por qué?
—Por estar ahí.
—Yo también estaba.
—Pero si yo no hubiera venido…
—Si tú no hubieras venido, habrían usado tu nombre igual. Y a mí me habrían preguntado lo mismo sin que nadie mirara el campo.
La frase era racional.
No consolaba.
Bruno miró a Valeria.
—Podemos sacar un comunicado centrando el tema en las niñas y el convenio. Sin entrar en nada personal.
Valeria lo observó.
—¿Sin convertirme en contenido?
—Puedo intentarlo.
—No es una respuesta tranquilizadora.
—Es la única honesta.
Valeria pareció valorar eso.
Alba intervino:
—No haremos nada sin que tú lo leas.
Valeria la miró.
—¿Haremos?
Alba se corrigió.
—No haré nada. Bruno no hará nada. Nadie de mi equipo hará nada.
—Bien.
Pero el aire ya no era el mismo.
Alba lo notó.
Aquella pequeña confianza de la reunión, esa grieta por donde quizá podía entrar algo parecido a un principio, acababa de llenarse de ruido.
Valeria guardó su carpeta contra el pecho.
—Tengo entrenamiento a las cinco.
—¿Hoy?
—Las niñas siguen teniendo piernas aunque el ayuntamiento tenga planes.
—Puedo ir.
Valeria la miró.
—No hoy.
Alba sintió la negativa más de lo que esperaba.
—Vale.
—No es castigo.
—No he dicho nada.
—Lo has respirado.
Alba casi sonrió, pero no pudo.
Valeria miró hacia la calle que bajaba al campo viejo.
—Necesito estar con ellas sin que todo parezca una rueda de prensa. Necesito explicarles lo que pueda sin que crean que una famosa va a salvarlas ni que una etiqueta en internet nos define. Necesito volver a ser su entrenadora durante dos horas.
Alba asintió.
—Lo entiendo.
—¿Sí?
—Intento hacerlo.
Valeria sostuvo su mirada.
Alba no apartó la suya.
—Entonces empieza por no venir esta tarde —dijo Valeria.
La frase dolió.
Pero era justa.
—Vale.
Bruno guardó el móvil.
—Enviaré solo una petición informal para que no usen imágenes de Alba ni de menores sin autorización. Nada público. Y te mando cualquier borrador antes.
Valeria asintió.
—Gracias.
El agradecimiento fue para Bruno.
No para Alba.
Alba lo aceptó como se aceptan las derrotas útiles: apretando los dientes y fingiendo madurez.
Valeria empezó a alejarse.
Esta vez Alba no la llamó.
Aprendía despacio, pero aprendía.
Bruno esperó a que estuviera lejos para hablar.
—Eso ha ido mejor y peor de lo esperado.
—Esa frase resume mi vida.
—La parte buena: has marcado posición. La parte mala: ya hay narrativa.
—Odio la narrativa.
—Lo sé. Pero la narrativa no te odia a ti. Te usa con entusiasmo.
Alba miró el vídeo otra vez en la pantalla de Bruno.
La imagen de Valeria saliendo del ayuntamiento.
Firme.
Hermosa.
Expuesta.
—No quiero que le hagan daño por mi culpa.
Bruno suspiró.
—Entonces no intentes protegerla como si fuera frágil.
Alba lo miró mal.