Capítulo 3 — No hables primero #2
Llevaba pantalón negro, camisa blanca remangada hasta los codos y una carpeta azul contra el pecho. No iba vestida como entrenadora. Eso hizo que Alba se detuviera un segundo. Valeria no parecía más formal. Parecía más peligrosa. Como si hubiera decidido que, si iban a obligarla a pelear por un campo de tierra en un despacho, entraría con la dignidad de quien defendía una catedral.
Sus ojos encontraron a Alba.
Alba levantó apenas la mano.
Valeria se acercó.
—Has venido.
—Dijiste que podía.
—Dije que no te echaría delante de Mireia. No es lo mismo.
Bruno dio un paso adelante.
—Bruno Lozano. Representante de Alba.
Valeria lo miró.
—Lo sé.
—Perfecto. Yo no sabía si…
—Sé quién cobra por convertir las lesiones en comunicados.
Alba cerró los ojos.
Bruno sonrió como si acabaran de hacerle un cumplido.
—Me lo he ganado.
Valeria pareció evaluarlo de nuevo.
—Al menos lo sabes.
—Es mi principal virtud.
—Qué tristeza.
—También soy puntual.
Alba intervino:
—No os hagáis amigos. Me inquieta.
Valeria miró a Alba.
La tensión regresó, discreta pero inmediata.
—Recuerda lo de ayer.
—No hablo primero.
—Y no prometas nada.
—No prometo nada.
—Y si alguien menciona tu nombre en un dossier, no reacciones con cara de asesinato. Primero mira el dossier.
Alba frunció el ceño.
—¿Por qué iban a mencionar mi nombre en un dossier?
Valeria sostuvo su mirada.
—Porque esta gente no improvisa tanto como parece.
Antes de que Alba pudiera preguntar, Mireia apareció en el pasillo con un vestido beige, tacones, una carpeta de piel y una sonrisa de bienvenida institucional.
—Alba. Qué alegría que hayas podido venir.
La alegría sonaba a inversión.
—Mireia.
—Valeria.
—Concejala.
El intercambio entre ambas tuvo la temperatura de una nevera rota.
Mireia miró a Bruno.
—Usted debe de ser el representante.
—Bruno Lozano.
—Me encantaría que después habláramos. Creo que hay oportunidades muy interesantes para una colaboración positiva.
Bruno sonrió con una neutralidad impecable.
—Escucharemos primero.
Alba lo miró de reojo.
Bien.
Valeria también pareció notarlo.
No dijo nada, pero algo en su mandíbula se aflojó medio milímetro.
Entraron al salón.
La sala olía a madera, aire acondicionado antiguo y café recalentado. En la mesa principal estaban Mireia, el alcalde, dos concejales que Alba no reconoció y un hombre trajeado con portátil abierto, piel bronceada, sonrisa cara y manos de no haber movido una portería en su vida.
Mireia hizo las presentaciones.
—Daniel Sanchís, director de desarrollo de Costa Dorada Sports Experience.
Daniel se levantó y estrechó la mano de Alba con firmeza estudiada.
—Es un honor, Alba. Lamento mucho lo de tu lesión. Soy un gran admirador de tu carrera.
—Gracias.
—Tu presencia aquí nos emociona. De verdad. Tú representas exactamente el espíritu que queremos impulsar.
Valeria, a su lado, murmuró:
—Ya empezamos.
Alba fingió no oírla.
Daniel estrechó la mano de Valeria después, con menos entusiasmo y más cálculo.
—Valeria. Encantado.
—No nos conocemos.
—He oído hablar mucho de tu trabajo.
—Qué pena. Yo del suyo no.
El alcalde carraspeó.
—Bueno, sentémonos.
La reunión empezó con palabras blandas.
Proyecto.
Futuro.
Modernización.
Talento femenino.
Turismo deportivo.
Impacto local.
Oportunidad histórica.
Alba escuchó en silencio, tal como había prometido. Valeria también escuchó, pero de otra manera. Tenía la espalda recta, la carpeta cerrada sobre la mesa y un bolígrafo entre los dedos. No tomaba notas. Solo giraba el bolígrafo despacio, como si necesitara ocupar las manos para no usarlas contra nadie.
Daniel conectó el portátil a una pantalla.
Apareció una presentación con fotos de niñas jugando al fútbol, playas doradas y familias felices que parecían no haber sudado nunca.
SANTAMAR SPORTS & SEA CAMPUS
Debajo, en letras más pequeñas:
Un nuevo modelo de deporte, turismo y formación femenina en la Costa Dorada
Alba sintió cómo Bruno se tensaba a su derecha.
Valeria no se movió.
Daniel avanzó diapositivas.
Campos nuevos.
Gimnasio.
Zona de fisioterapia.
Cafetería saludable.
Alojamientos para campus de verano.
Tienda.
Experiencias premium.
Escuela de valores.
En ninguna diapositiva aparecían las niñas reales de Santamar.
Ni el campo viejo.
Ni las porterías oxidadas.
Ni Lara con las trenzas.
Ni Valeria cerrando el almacén con una red de balones al hombro.
—Queremos convertir Santamar en un referente —dijo Daniel—. Pero para eso necesitamos superar estructuras obsoletas. El campo viejo, con todos los respetos, ya no responde a las necesidades actuales.
Valeria levantó la mano.
Mireia intentó sonreír.
—Ahora abriremos turno…
—No es una pregunta. Es una precisión —dijo Valeria—. El campo viejo responde perfectamente a una necesidad actual: que ochenta y tres niñas entrenen cada semana sin pagar cuotas imposibles.
Daniel mantuvo su sonrisa.
—Por supuesto. Y valoramos muchísimo ese trabajo. Nuestra propuesta contempla becas.
—¿Cuántas?
—Eso se desarrollará en fases posteriores.
—¿Cuántas? —repitió Valeria.
El alcalde miró unos papeles.
—Valeria, estamos en una reunión preliminar.
—Pues preliminarmente quiero saber cuántas niñas pobres caben en la foto antes de que empiecen a molestar.
El silencio se afiló.
Alba bajó la mirada para no sonreír.
Bruno fingió revisar el móvil.
Daniel cambió de diapositiva.
—Entiendo la preocupación. Pero este proyecto no elimina oportunidades, las amplía.
En la pantalla apareció una imagen simulada de un campo impecable con una silueta femenina chutando un balón frente al mar.
Y entonces apareció la frase.
Inspirado por referentes como Alba Ríos, el campus impulsará una nueva generación de deportistas.
Alba se quedó inmóvil.
Valeria giró la cabeza hacia ella.
Bruno dejó el móvil sobre la mesa.
—Perdón —dijo él, con voz muy tranquila—. ¿Ese material se ha distribuido?
Daniel pestañeó.
—Es un borrador interno.
—No he preguntado eso.
Mireia intervino:
—No se trata de uso comercial de imagen. Solo se menciona a Alba como inspiración local.
Bruno sonrió.
Aquella sonrisa no tenía nada de simpática.
—Alba no ha autorizado el uso de su nombre en ninguna propuesta privada, pública, turística, deportiva ni inspiracional. Tampoco como referencia, reclamo, concepto, eje narrativo, ni cualquier otra palabra bonita que tengan ustedes en las siguientes diapositivas.
Alba lo miró.
A veces Bruno era insoportable.
A veces era exactamente por eso que le pagaba.
Daniel levantó las manos.
—No pretendíamos incomodar. De hecho, esperábamos poder contar con Alba en alguna forma de colaboración.
Valeria habló sin mirar a Alba.
—Qué sorpresa.
Mireia apoyó las manos sobre la mesa.
—Nadie está obligando a nadie. Pero sería absurdo negar que Alba puede ser un símbolo positivo para Santamar.
Alba recordó la instrucción.
No hables primero.
Pero ya habían hablado todos.
Todos menos ella.
Miró a Valeria.
Valeria no le pidió nada. Ni ayuda ni silencio. Solo la miró con esa cautela nueva, como si supiera que cualquier frase de Alba podía abrir una puerta o romper una ventana.
Alba respiró hondo.
—Mi nombre sale de esa presentación —dijo.
Daniel abrió la boca.
—Por supuesto.
—Y de cualquier documento.
—Naturalmente.
—Y si se ha enviado a alguien, quiero saber a quién.
Bruno asintió.
—Eso lo pediremos por escrito.
Mireia mantuvo la sonrisa, pero su mirada se endureció.
—Por supuesto. Ha sido una torpeza formal. Nada más.
—Las torpezas formales suelen facturar bastante —dijo Valeria.
El alcalde se inclinó hacia delante.
—Centremos el tema. El campo viejo tiene problemas objetivos. Drenaje, accesibilidad, vestuarios, iluminación. El ayuntamiento no puede asumir solo la inversión necesaria.
Valeria abrió su carpeta.
—Eso sí es una conversación.
Sacó varias hojas y las repartió sobre la mesa.
—Aquí tienen tres presupuestos solicitados a empresas locales para reparar drenaje, cambiar iluminación básica, arreglar vestuarios y renovar porterías. No es un campus premium. Es un campo digno. Coste total: menos del ocho por ciento de lo que aparece en su primera fase de “experiencia deportiva integral”.
Daniel cogió una hoja.
Mireia también.
El alcalde frunció el ceño.
—¿Cuándo preparaste esto?
—Entre entrenamientos, trabajos extra, reuniones donde nadie me escucha y ratos de vida personal que al parecer no necesito.
Alba miró las hojas.
Presupuestos. Fechas. Empresas. Costes. Fotografías. Firmas de madres. Horarios de entrenamiento. Número de jugadoras por categoría. Propuesta de torneos locales. Convenios con institutos. Un plan completo, sin diseño elegante, pero con tierra pegada a la verdad.
Valeria no estaba improvisando.
Valeria llevaba años intentando que la escucharan.
Daniel dejó la hoja sobre la mesa.
—Es meritorio, pero insuficiente para el potencial de Santamar.
Valeria lo miró.
—Las niñas no son potencial turístico.
—No he dicho eso.
—Lo ha presentado en diapositivas.
Mireia suspiró.
—Valeria, de verdad, nadie cuestiona tu compromiso. Pero también tenemos que pensar en el desarrollo económico del municipio.
—Yo pienso en eso cada vez que una niña deja el fútbol porque su familia no puede pagar otro club.
—Precisamente por eso hablamos de becas.
—Sin número.
—Estamos en fase inicial.
—Con mi campo ya metido en el plano.
El alcalde levantó una mano.
—El terreno es municipal.
—Y el club tiene convenio de uso vigente hasta diciembre del año que viene.
Mireia sonrió.
—Revisable.
Valeria se quedó quieta.
Ahí estaba.
La palabra que lo cambiaba todo.
Revisable.
Alba sintió que la rabia le subía despacio, caliente, útil. No era la rabia explosiva de los partidos. Era otra. Más adulta. Más peligrosa.
Bruno le rozó el brazo por debajo de la mesa.
No para frenarla.
Para recordarle que eligiera bien.
Valeria habló primero.
—Si rompéis el convenio, dejáis sin campo a ochenta y tres niñas.
Mireia ladeó la cabeza.
—No dramaticemos.
—¿Dónde entrenan mientras tanto?
—Hay opciones.
—Nómbralas.
—El campo anexo a la depuradora podría adaptarse temporalmente.
—No tiene vestuarios.
—Se instalarían módulos.
—No tiene luz suficiente.
—Se estudiaría.