Capítulo 3 — No hables primero
La habitación de Alba seguía teniendo diecisiete años.
Eso fue lo primero que pensó al despertar en la casa de sus padres, con la rodilla elevada sobre dos almohadas, el mar entrando por la ventana y una medalla de un torneo infantil colgada todavía en el pomo del armario.
Su madre no había exagerado.
Todo estaba igual.
La colcha blanca con dibujos azules. La estantería con libros del instituto que Alba no recordaba haber leído. Una bufanda del Barça femenino doblada en una silla. Tres fotos pegadas en el corcho: ella levantando una copa comarcal, ella con dos compañeras en un torneo de verano y una imagen más pequeña, medio descolorida, donde aparecía sentada en las gradas del campo viejo con una chica a su lado.
Valeria.
Alba se quedó mirando la foto desde la cama.
No era una foto romántica. No oficialmente. Estaban demasiado separadas para despertar sospechas, demasiado juntas para quien supiera mirar. Alba llevaba el pelo en una coleta alta, las rodillas manchadas de tierra y una camiseta sin mangas. Valeria tenía diecisiete años, una gorra demasiado grande y esa manera de mirar a la cámara como si quisiera desaparecer justo después de ser vista.
Alba no recordaba quién había hecho la foto.
Quizá su madre.
Quizá alguna amiga.
Quizá el propio pueblo, que siempre parecía tener un ojo donde una más necesitaba intimidad.
Durante años, en Madrid, Alba había dicho que no guardaba recuerdos innecesarios. No era cierto. Los recuerdos innecesarios eran precisamente los que más mandaban. Solo que algunos se quedaban en habitaciones a las que una evitaba volver.
La puerta se abrió sin llamar.
—Traigo café —dijo Carmen.
Alba no se movió.
—Hay una costumbre llamada intimidad.
—También hay una costumbre llamada techo de tus padres.
—Juraría que pago impuestos.
—No por esta habitación.
Carmen entró con una bandeja: café, tostadas, un vaso de agua, pastillas, fruta cortada y una servilleta doblada con precisión militar. La dejó sobre el escritorio, entre un trofeo antiguo y un cuaderno de matemáticas que Alba habría jurado que fue destruido por justicia educativa.
Su madre siguió su mirada hasta el corcho.
No dijo nada.
Eso fue peor.
—¿Por qué sigue esa foto ahí? —preguntó Alba.
—Porque estaba ahí.
—Eso no es una razón.
—En esta casa es una de las principales.
Alba apartó la mirada.
Carmen se sentó en el borde de la cama con cuidado de no tocarle la pierna.
—¿Dormiste?
—A ratos.
—¿Dolor?
—Manejable.
—¿Mentira?
—Moderada.
Su madre le acarició el pelo una vez, como hacía cuando Alba era pequeña y tenía fiebre. El gesto fue tan rápido que no le dio tiempo a rechazarlo.
—Tu padre ha salido temprano al bar.
—Qué sorpresa.
—Estaba nervioso.
—¿Por verme?
—Por no saber cómo verte.
Alba cogió el café.
—Mamá.
—No voy a defenderlo.
—Eso también sería novedad.
Carmen la miró con cansancio.
No un cansancio de esa mañana. Un cansancio antiguo, de años sosteniendo conversaciones que nadie se atrevía a tener enteras.
—Tu padre ha hecho muchas cosas mal.
Alba arqueó una ceja.
—¿Seguimos hablando de papá? Porque esa frase ha sonado peligrosamente histórica.
—No empieces.
—No he empezado. Estoy desayunando con vigilancia emocional.
Carmen respiró hondo.
—Solo digo que él no sabe hablar cuando le importa algo. Y tú, cuando algo te importa, te vas antes de escuchar.
Alba sintió que la frase le rozaba un sitio incómodo.
—No he venido para psicoanálisis familiar.
—Has venido a una casa llena de mujeres que no se callan y un hombre que se calla demasiado. No sé qué esperabas.
Alba miró otra vez la foto del corcho.
Valeria con gorra.
Valeria antes y siempre.
—Hoy voy al ayuntamiento —dijo.
Su madre no pareció sorprenderse.
—Lo sé.
—Santamar debería instalar micrófonos oficiales y dejar de fingir.
—No hace falta. Mireia llamó anoche.
Alba dejó el café sobre la mesilla.
—¿Mireia te llamó?
—Quería saber si venías.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no era tu secretaria.
—Gracias.
—Y que si usaba tu nombre para vender algo sin permiso, le arrancaría la sonrisa con una cucharilla.
Alba miró a su madre.
—¿Eso dijiste?
—Con otras palabras.
—¿Cuáles?
—Con esas.
Por primera vez en toda la mañana, Alba sonrió de verdad.
Carmen también, pero le duró poco.
—Ten cuidado con ella.
—¿Con Mireia?
—Con Mireia, con el ayuntamiento, con los que vienen a modernizar pueblos que no han pisado en invierno y con tu impulso de entrar en todas las guerras justo cuando no puedes ni bajar una escalera sin parecer una cigüeña herida.
—Qué imagen tan bonita.
—Soy de letras.
Alba bebió café.
—Valeria me dijo que no hablara primero.
—Valeria siempre fue lista.
—Mamá.
—¿Qué?
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Hablar de ella como si todo estuviera normal.
Carmen guardó silencio.
La luz de la mañana entraba por las cortinas y dejaba líneas suaves sobre la colcha. Desde la calle subía el ruido del pueblo despertando: persianas, motos, una mujer llamando a alguien desde un balcón, gaviotas con problemas de convivencia.
—Para mí nunca fue anormal —dijo Carmen al fin.
Alba la miró.
La frase cayó despacio.
—¿Qué quieres decir?
Su madre sostuvo la taza con ambas manos, aunque no estaba bebiendo.
—Quiero decir que Valeria era Valeria mucho antes de que el pueblo aprendiera a decirlo bien.
Alba sintió que algo se le cerraba en la garganta.
—Nunca dijiste nada.
—Tú tampoco.
El golpe no fue cruel.
Fue exacto.
Alba bajó la mirada a sus manos.
—Yo era una cría.
—Sí.
—Tenía miedo.
—También.
—No sabía cómo…
—Lo sé.
Eso fue lo que más dolió.
Que su madre no discutiera.
Que no la absolviera tampoco.
Carmen miró la foto del corcho.
—Os veía.
Alba dejó de respirar.
—¿Qué?
—No todo. No soy un satélite. Pero os veía.
La habitación pareció volverse más pequeña.
—¿Y papá?
Carmen no respondió enseguida.
Ese silencio fue suficiente.
Alba cerró los ojos.
—Genial.
—Tu padre veía menos de lo que creía y entendía peor de lo que decía.
—Eso no responde.
—No quiero responder por él.
Alba apretó la mandíbula.
Había una conversación ahí. Una conversación con años de retraso, demasiados nombres, demasiadas omisiones. Pero no esa mañana. Esa mañana tenía una rodilla vendada, una reunión municipal y a Valeria Herrera esperándola en un edificio lleno de gente que prefería decir “colaboración” antes que “desalojo”.
—Me voy a vestir —dijo.
Carmen se levantó.
—¿Quieres ayuda?
—No.
—No era una ofensa.
—Lo sé.
Su madre se quedó en la puerta.
—Alba.
—¿Qué?
—No intentes arreglar en una mañana lo que llevas años sin mirar.
Alba soltó una risa seca.
—Pensaba que estabas a favor de que fuera.
—Estoy a favor de que vayas. No de que entres como si pudieras ganar un partido tú sola.
La puerta se cerró con suavidad.
Alba se quedó mirando el café.
Después miró la foto.
Valeria tenía los ojos bajos en la imagen, pero la boca parecía a punto de sonreír. Alba recordó aquella tarde con una nitidez injusta: calor, pipas, las piernas colgando sobre la grada, Valeria diciendo que algún día entrenaría a un equipo de niñas porque estaba harta de que las chicas tuvieran que pedir permiso hasta para cansarse.
Alba le había dicho:
—Yo meteré goles en la tele y tú me criticarás desde el banquillo.
Valeria había respondido:
—Te criticaré con fundamento.
Y Alba, sin pensarlo, le había rozado la mano con el dedo meñique.
Un gesto minúsculo.
Una promesa de pobres.
Once años después, Valeria tenía un banquillo.
Y Alba llegaba tarde incluso a dejarse criticar.
El Ayuntamiento de Santamar estaba en la plaza mayor, un edificio de piedra clara con banderas en los balcones y una rampa lateral tan empinada que parecía diseñada por alguien con odio personal hacia las personas lesionadas.
Bruno la esperaba abajo con gafas de sol, móvil en mano y cara de haber dormido menos de lo que iba a admitir.
—Esa rampa incumple algo —dijo él.
—Santamar entero incumple algo.
—¿Quieres que te ayude?
—No.
—Por protocolo tengo que ofrecerlo.
—Por protocolo puedo odiarte.
—Aceptado.
Alba subió despacio, sintiendo la rodilla como una criatura ajena pegada a su cuerpo. Cada paso exigía concentración. Eso la irritaba. Caminar siempre había sido una acción secundaria, un trámite entre correr y llegar. Ahora era una negociación pública.
En la entrada había más gente de la esperada.
Dos madres de la escuela. Un hombre mayor con gorra del club. Tres chicas adolescentes con mochilas. Un fotógrafo local. Un periodista de Tarragona que Alba reconoció porque una vez había escrito que ella jugaba “con carácter masculino”, frase que aún le provocaba deseos de cometer delitos sintácticos. También estaba Lara, la niña de las trenzas, con una carpeta rosa en las manos y expresión de conspiradora profesional.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Alba.
Lara miró alrededor antes de responder.
—Democracia.
Bruno tosió.
Alba se aguantó una sonrisa.
—¿Sabe tu madre que estás aquí?
—Mi madre está allí.
Señaló a una mujer de pelo rizado que hablaba con otras madres cerca de la puerta. La mujer saludó a Alba con una mezcla de respeto y nerviosismo.
—Entonces sigue con la democracia —dijo Alba.
Lara se inclinó hacia ella.
—La entrenadora Valeria está dentro. Está de mal humor elegante.
—¿Eso existe?
—Sí. Da más miedo que cuando grita.
—Valeria no grita.
—No le hace falta. Te mira como si hubieras decepcionado a la humanidad.
Alba sintió una punzada absurda de ternura.
—Eso sí lo recuerdo.
La niña la observó con demasiada inteligencia.
—¿Tú conocías a la entrenadora de antes?
Bruno levantó la vista del móvil.
Alba tardó medio segundo en responder.
—Sí.
—¿De cuando jugabais aquí?
—Sí.
—Mi madre dice que erais muy buenas.
—Tu madre es generosa.
—No, mi madre dice que tú eras buenísima y que Valeria tenía más cabeza.
Alba soltó una risa.
—Tu madre tiene criterio.
—También dice que los adultos complicáis todo porque os gusta sufrir en silencio y luego fingir que es dignidad.
Alba miró a Bruno.
—¿La podemos fichar?
—Yo le temo —dijo él.
La puerta del salón de plenos se abrió.
Valeria apareció.