Capítulo 2 — La entrenadora del campo viejo #5
—Lo siento.
Valeria apartó la mirada.
—No lo digas aquí.
—¿Por qué?
—Porque si lo dices aquí, en este campo, con el mar detrás y tu rodilla rota, va a parecer una escena. Y yo no quiero una escena, Alba.
—¿Qué quieres?
Valeria volvió a mirarla.
—Todavía no lo sé.
La respuesta fue honesta.
Y por eso dolió.
A lo lejos, sonaron las campanas de la iglesia. Seis golpes. Las gaviotas chillaron sobre el puerto. Santamar siguió funcionando con su mezcla vulgar de belleza, chisme y sal.
Valeria se colgó la red de balones al hombro.
—Tengo que cerrar.
—Te ayudo.
—Tienes una rodilla reconstruida y una muleta.
—Puedo sostener una carpeta.
—Qué heroico.
Alba sonrió.
Valeria le entregó la carpeta.
Sus dedos se rozaron.
Nada más.
Un contacto mínimo, accidental o no, imposible de defender ante ningún tribunal emocional.
Alba sintió el roce en todo el cuerpo.
Valeria también lo sintió.
Lo supo porque retiró la mano un segundo tarde.
No dijeron nada.
Caminaron hacia la salida del campo despacio. Valeria cerró el candado. Alba sostuvo la carpeta contra el pecho, mirando las gradas vacías, la portería oxidada, el trozo de mar visible entre dos edificios.
—Mañana voy al ayuntamiento —dijo Valeria.
—Quiero ir.
—No.
—Valeria.
—No eres mi guardaespaldas famosa.
—No he dicho eso.
—No quiero que esto se convierta en “Alba Ríos salva el campo de las niñas”.
—A mí tampoco.
—La prensa lo hará.
—Entonces lo impedimos.
Valeria la miró con cansancio.
—No todo se impide con voluntad.
—No. Pero algunas cosas se pelean mejor con focos encima.
—¿Y si esos focos me queman a mí?
La pregunta quedó suspendida.
Alba entendió tarde.
Demasiado tarde.
Para ella, la visibilidad era presión, exposición, negocio, relato. Para Valeria, la visibilidad podía ser también peligro. Juicio. Morbo. Gente pronunciando su nombre con una curiosidad que no era respeto. Titulares convirtiéndola en “la entrenadora trans” antes que en la mujer que había levantado una escuela con nada.
—No dejaré que te usen —dijo Alba.
Valeria sonrió con tristeza.
—No puedes prometer eso.
—Puedo intentarlo.
—Eso sí.
Alba bajó la mirada a la carpeta.
—Entonces déjame intentarlo bien. Sin ponerme delante de ti. Sin hablar por ti. Pero si mi nombre sirve para que no os borren, úsalo.
Valeria no contestó.
El silencio no fue un no.
Tampoco un sí.
Fue un lugar intermedio.
Alba había vivido demasiados años odiando los lugares intermedios.
Ahora empezaba a entender que quizá todo lo importante empezaba allí.
Salieron del campo.
En el paseo, el sol bajaba sobre el puerto. Las terrazas se llenaban de gente. Un grupo de adolescentes pasó junto a ellas y una chica reconoció a Alba, pero no se atrevió a decir nada. Miró a Valeria, miró la carpeta en brazos de Alba, miró la muleta y siguió andando con la emoción de quien había encontrado material para tres audios de WhatsApp.
—Ya está —dijo Alba—. Mañana dicen que estamos prometidas.
Valeria soltó una risa inesperada.
—Mañana no. En una hora.
Alba sonrió.
Durante un momento, caminaron casi como si nada hubiera pasado.
Casi.
Al llegar frente al Bar Ríos, Bruno levantó la vista desde una mesa exterior. Carmen también. Julián fingió limpiar una cafetera con una intensidad sospechosa desde dentro.
Valeria se detuvo.
—Te dejo aquí.
Alba le devolvió la carpeta.
—Gracias.
—La has sostenido tú.
—Por dejarme.
Valeria la miró.
—Mañana a las diez. Si vienes, no hables primero.
Alba sintió algo parecido a una victoria.
Pequeña.
Peligrosa.
—¿Eso significa que puedo ir?
—Significa que, si apareces, no te echaré delante de la concejala.
—Generoso.
—Mucho.
Valeria empezó a alejarse.
Alba la llamó antes de pensarlo.
—Valeria.
Ella se giró.
El nombre quedó entre ellas, limpio, entero, sin sombra.
Alba apretó la muleta.
—Me alegro de que seas tú.
Valeria no se movió.
La frase era imperfecta. Quizá torpe. Quizá insuficiente. Pero era verdad.
Durante un segundo, Alba temió haber hecho daño otra vez.
Luego Valeria respiró hondo.
—Yo también —dijo.
Y se fue.
Alba la vio alejarse por el paseo, con la red de balones al hombro y el mar abriéndose detrás de ella como una promesa que no pensaba facilitarles nada.
Bruno apareció a su lado.
—No voy a decir “ah”.
—Gracias.
—Pero lo estoy pensando muy fuerte.
—Bruno.
Él levantó las manos.
—Solo diré una cosa.
—No.
—Esto es mucho más complicado que una recuperación en raíces.
Alba siguió mirando a Valeria hasta que desapareció al girar la esquina.
—Sí.
—¿Y?
Alba tragó saliva.
La rodilla le dolía.
Santamar ya hablaba.
El campo viejo estaba en peligro.
Su padre la observaba desde dentro del bar como si no supiera si acercarse o dejarla respirar.
Y Valeria Herrera acababa de permitirle ir al ayuntamiento, que en el idioma extraño de las segundas oportunidades podía significar muchas cosas o ninguna.
—Y por primera vez en meses —dijo Alba—, no estoy pensando solo en volver a jugar.
Bruno la miró con seriedad.
—Eso es bueno o peligroso.
Alba apoyó mejor la muleta y entró despacio en el bar.
—En mi experiencia, casi siempre es lo mismo.