Capítulo 2 — La entrenadora del campo viejo #4
Las niñas fueron saliendo poco a poco, lanzando miradas a Alba como si acabara de marcar un gol sin tocar balón. Algunas se despidieron con la mano. Lara se acercó y le dijo muy seria:
—Si nos quitan el campo, podemos encadenarnos.
Valeria abrió la boca.
—No.
Alba intentó no reír.
—Primero hay que probar cosas menos ilegales.
—Qué aburrido.
—Muchísimo —dijo Alba.
Cuando la última niña se fue, el campo quedó en silencio.
Valeria guardó los balones en una red, cerró el almacén y permaneció unos segundos de espaldas.
Alba no supo si acercarse.
Con muletas, acercarse nunca era elegante. Pero se acercó igual.
—No sabía lo del campo.
—Acabas de llegar.
—Ya.
Valeria se giró.
Su expresión era difícil de leer.
—No tenías que meterte.
Alba sintió el golpe.
—Perdón.
—No he dicho que lo hayas hecho mal.
—Ha sonado a eso.
—Ha sonado a que no tenías que meterte.
—Pero me he metido.
—Sí.
—¿Y?
Valeria la miró durante unos segundos demasiado largos.
—Y ahora Mireia intentará convertirte en símbolo o en enemiga. Depende de lo que le salga más rentable.
Alba soltó una risa.
—Estoy acostumbrada.
—No en Santamar.
—¿Aquí duele más?
—Aquí todo se te mete en casa antes de que puedas cerrar la puerta.
Alba miró las gradas de cemento.
Recordó sentarse allí con Valeria, compartir una bolsa de pipas, hablar de irse, de jugar, de ser, de algún futuro imposible en el que ninguna de las dos tuviera que explicarse.
—¿Cuánto tiempo llevan intentando quitaros el campo?
—Años. Pero ahora va en serio.
—¿Por qué?
Valeria dudó.
—Porque hay dinero. Porque el fútbol femenino empieza a quedar bien en las fotos. Porque ahora todos quieren decir que apoyan a las niñas, siempre que las niñas no ocupen suelo rentable.
Alba asintió despacio.
—Puedo ayudar.
Valeria sonrió apenas.
No fue una sonrisa amable.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Lo sé. Ese es el problema.
—¿Por qué?
Valeria dio un paso hacia ella.
No demasiado.
Lo suficiente para que Alba notara su presencia como una mano en la nuca.
—Porque tú apareces, dices dos frases, y todo el mundo te mira. Yo llevo años aquí, pidiendo redes nuevas, horarios dignos, baños que cierren bien, respeto para las niñas, respeto para mí. A ti te bastan cinco minutos y una rodilla rota para que te escuchen.
Alba sintió vergüenza.
No una vergüenza defensiva.
Una vergüenza limpia.
—Tienes razón.
Eso pareció sorprender a Valeria.
—No lo decía para que me dieras la razón.
—Ya. Pero la tienes.
El viento movió la red de balones.
Alba apoyó mejor la muleta.
—No quiero quitarte sitio.
—No puedes quitarme un sitio que he tenido que construir con las uñas.
—Entonces dime cómo no estorbar.
Valeria la miró.
Aquella frase cambió algo.
Poco.
Pero algo.
—¿De verdad quieres ayudar?
—Sí.
—¿A la escuela o a tu conciencia?
Alba no contestó enseguida.
Podría haber dicho “a la escuela”. Habría sido limpio, bonito, vendible. Podría haber dicho “a las niñas”. Podría haber dicho “a Santamar”. Pero Valeria acababa de darle la oportunidad de mentir, y Alba estaba demasiado cansada para seguir siendo eficiente.
—No lo sé —dijo—. A lo mejor al principio a mi conciencia. Pero eso no significa que no pueda acabar ayudando de verdad.
Valeria sostuvo su mirada.
Luego bajó la vista a su rodilla.
—¿Cuánto tiempo te quedas?
—Unas semanas.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
—Sigues odiando las respuestas cerradas.
—Y tú sigues exigiéndolas como si no dieran miedo.
Valeria dejó escapar una respiración que casi fue una risa.
—Algunas cosas no cambian.
—Otras sí.
La frase salió antes de que Alba pudiera detenerla.
Valeria se quedó quieta.
Durante un segundo, el aire entre ellas se llenó de todo lo que no habían dicho. El nombre. El cuerpo. Los años. Los miedos. Las versiones antiguas que ya no podían invocarse sin cuidado.
Alba tragó saliva.
—Perdón. No quería…
—¿Qué no querías?
Valeria no sonó enfadada.
Eso lo hizo más difícil.
—No quería hablar de ti como si fueras un cambio.
Valeria la observó.
La tarde le iluminaba media cara.
—Pero lo soy.
Alba no supo respirar.
Valeria continuó, con voz tranquila:
—He cambiado. Mucho. Por fuera, por dentro, en documentos, en cicatrices, en paciencia. En las cosas que tolero y en las que ya no. Lo que no quiero es que alguien hable de mí como si antes hubiera sido otra persona que murió para que yo apareciera.
Alba sintió que la garganta se le cerraba.
—Yo nunca pensé eso.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
Valeria asintió lentamente.
—Tú me mirabas antes de que yo supiera cómo pedírtelo.
La frase la golpeó con una ternura brutal.
Alba bajó la mirada.
—Entonces también sabes que fui una cobarde.
Valeria no respondió de inmediato.
Cuando lo hizo, su voz no fue dura.
Fue peor.
Fue justa.
—Sí.
Alba cerró los ojos.
La palabra tenía once años de retraso.
Y aun así llegó puntual.
—Vale —susurró.
—Pero no fuiste cobarde por tener miedo —dijo Valeria—. Éramos muy jóvenes. Todo daba miedo. El pueblo. Tu padre. Mi madre. Mi nombre. Tu futuro. Lo nuestro.
Alba abrió los ojos.
Valeria la miraba sin suavizarle el golpe.
—Fuiste cobarde porque me hiciste creer que el miedo era culpa mía.
Alba sintió que algo se rompía, no con violencia, sino con una claridad insoportable.