Capítulo 2 — La entrenadora del campo viejo #3
Alba quiso defenderse. Decir que nadie conocía de verdad a nadie con diecisiete años. Que lo que habían tenido era intenso porque todo a esa edad parecía definitivo. Que Valeria también había callado, también había dejado que el miedo ocupara habitaciones enteras. Que no era justo que toda la culpa estuviera esperándola a ella al volver.
Pero entonces recordó algo.
Valeria con diecisiete años, sentada en el muro del puerto, diciendo:
—Cuando lo diga en voz alta, no quiero que me mires como si estuvieras perdiendo a alguien.
Y Alba, estúpida, enamorada, asustada, respondiendo:
—Yo ya sé quién eres.
Lo había sabido.
Y aun así se había ido.
—No he venido a hacerte daño —dijo Alba.
Valeria bajó la mirada a la carpeta.
—La gente casi nunca viene a hacer daño. Eso no lo impide.
Las niñas regresaron poco a poco, fingiendo normalidad con el descaro de quien no la ha practicado nunca. Lara levantó la mano.
—Entrenadora, ¿Alba nos va a enseñar a chutar o solo ha venido a hablar intenso?
Valeria cerró los ojos.
Alba se rio.
No pudo evitarlo.
La risa salió limpia, inesperada, casi oxidada.
Varias niñas sonrieron como si hubieran marcado un gol.
Valeria miró a Lara.
—Alba está lesionada.
—Pero puede mirar.
—Eso ya lo está haciendo.
Lara miró a Alba con solemnidad.
—Chutamos fatal.
—Eso he oído.
—Era confidencial.
—Lo pusisteis en un vídeo.
—Fue una estrategia para que vinieras.
Valeria señaló a la niña con la carpeta.
—Esa frase no me representa.
Alba miró a la niña.
—¿Quieres un consejo rápido?
Lara asintió con tanta fuerza que casi se le soltó una trenza.
Alba señaló el balón.
—No chutes para darle fuerte. Chuta para decidir dónde quieres que vaya. La fuerza viene después. Primero manda la intención.
Las niñas quedaron en silencio.
Valeria también.
Alba se sintió ridícula.
—Bueno. Algo así.
Lara miró a Valeria.
—Eso ha sonado importante.
—Porque lo es —dijo Valeria.
Sus ojos se encontraron con los de Alba un segundo.
Primero manda la intención.
El pasado, como siempre, tuvo el mal gusto de entender la metáfora antes que ellas.
Durante la siguiente media hora, Alba se quedó junto a la banda. No sabía si había decidido quedarse o si las niñas la habían secuestrado con preguntas, pero acabó corrigiendo apoyos desde la valla, explicando golpeos, riéndose cuando una de ellas celebró un disparo desviado como si hubiera ganado la Champions y olvidándose, por momentos, de que su rodilla era un calendario roto.
Valeria dirigía el entrenamiento.
Alba observaba.
Y observándola entendió algo que no había querido pensar en todos esos años: Valeria no se había quedado congelada en el daño que Alba le hizo. No era una estatua de la chica abandonada en la playa. No era una herida esperando explicación.
Era una mujer.
Una entrenadora.
Una persona con una vida, un equipo, un lugar en el mundo.
Aquello debería haberla aliviado.
En cambio, le dolió.
Porque significaba que el hueco que Alba había dejado no había sido suficiente para impedirle vivir.
Y porque una parte horrible de ella había querido, sin admitirlo, que todavía lo fuera.
El entrenamiento terminó con un partidillo. Las niñas insistieron en que Alba eligiera equipo. Valeria dijo que no. Las niñas ganaron. Alba eligió al azar y fue acusada de favoritismo por una niña de nueve años con mentalidad de fiscal.
Al final, cuando todas empezaron a recoger, una mujer de pelo rubio y vestido blanco apareció junto a la valla con un móvil en la mano.
Valeria la vio y su expresión cambió.
No mucho.
Lo suficiente.
—Mierda —murmuró.
Alba siguió su mirada.
—¿Quién es?
—Problemas con pintalabios caro.
La mujer abrió la puerta del campo sin pedir permiso.
—Valeria, cariño, te he estado llamando.
El cariño sonó como una multa.
Valeria se guardó el silbato en el bolsillo.
—Estaba entrenando, Mireia.
Mireia sonrió sin mirar a las niñas.
Tendría unos cuarenta años, piel perfecta, sandalias caras y esa seguridad de quien estaba acostumbrada a entrar en sitios públicos como si los hubiera financiado personalmente.
Entonces vio a Alba.
La sonrisa cambió.
Se volvió comercial.
—Alba Ríos.
Alba reconoció esa mirada.
No la mirada de una fan.
La de alguien que acababa de encontrar una oportunidad.
—Hola —dijo Alba.
Mireia se acercó con entusiasmo calculado.
—Soy Mireia Casas, concejala de deportes. Bueno, de deportes, turismo y promoción local. Sentimos muchísimo lo de tu lesión. Todo Santamar está contigo.
Alba estrechó la mano que le ofrecía.
—Gracias.
—Nos habría encantado organizarte una bienvenida más oficial, pero nadie nos avisó de que venías.
Valeria habló antes de que Alba pudiera hacerlo.
—Quizá porque no venía a un acto oficial.
Mireia mantuvo la sonrisa.
—Por supuesto. Pero tener a una deportista internacional en Santamar es una alegría para todos.
Alba notó cómo Bruno, a pesar de estar lejos, habría olido aquella frase como un tiburón oliendo sangre.
—Estoy aquí por recuperación personal —dijo—. No por promoción.
—Claro, claro. Personal. Familiar. Humano. Precisamente por eso puede ser tan bonito.
Valeria murmuró:
—Madre mía.
Mireia fingió no oírla.
—Tenemos que hablar, Valeria.
—Mañana en el ayuntamiento.
—Mejor ahora. Es breve.
Valeria miró a las niñas.
—Lara, lleva los balones al almacén. Candela, revisa que nadie se deje botas. Aitana, no te escondas con el móvil detrás del banquillo, te estoy viendo.
Una niña salió de detrás del banquillo con indignación.
—¡Es que mi madre pregunta si sigo viva!
—Dile que deportivamente, poco.
Las niñas rieron.
Mireia no.
Cuando se alejaron, Mireia bajó la voz lo justo para fingir discreción y asegurarse de que Alba pudiera oír.
—Se adelanta la reunión sobre el campo.
Valeria se quedó quieta.
—Dijisteis septiembre.
—Hay intereses nuevos.
—¿Intereses?
—Una propuesta de colaboración público-privada.
Valeria soltó una risa seca.
—Eso en cristiano significa que vais a vender el campo.
—Nadie ha dicho vender.
—Cuando un político dice colaboración, alguien pierde una llave.
Mireia endureció un poco la sonrisa.
—El campo viejo está infrautilizado.
Valeria miró alrededor.
Balones. Niñas. Porterías. Botellas de agua. Rodillas sucias. Vida.
—¿Infrautilizado?
—Sabes a qué me refiero. No cumple condiciones. No genera ingresos. El mantenimiento cuesta dinero.
—Pedimos arreglar el drenaje hace dos años.
—Y no había presupuesto.
—Pero ahora sí hay presupuesto para entregárselo a una empresa privada.
—Para modernizar instalaciones.
Alba sintió que algo empezaba a tomar una forma conocida.
El idioma era distinto, pero la música era la misma. Modernizar. Colaboración. Intereses. Infrautilizado. Palabras limpias para preparar una pérdida.
Valeria cruzó los brazos.
—¿Qué empresa?
Mireia hizo una pausa.
—Costa Dorada Sports Experience.
Valeria palideció apenas.
Alba lo vio.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Mireia se giró hacia ella con rapidez, agradecida por poder vender.
—Un proyecto deportivo-turístico. Campus de alto rendimiento, eventos, tecnificación, turismo familiar. Podría poner Santamar en el mapa.
—Santamar ya está en el mapa —dijo Valeria—. Lo que pasa es que algunos solo miráis mapas cuando huelen a comisión.
Mireia dejó de sonreír.
—Ten cuidado.
—Lo intento. Por eso no dejo a niñas entrenando en un parking.
Alba miró a Valeria.
—¿Quieren quitaros el campo?
Valeria tardó en contestar.
—Quieren llamarlo de otra manera.
Mireia recuperó el tono amable.
—Nadie quiere perjudicar a las niñas. Se buscará una alternativa.
—La alternativa es el campo de tierra junto a la depuradora —dijo Valeria.
—Temporalmente.
—En Santamar, temporalmente significa hasta que se muera quien protesta.
Alba sintió una rabia inesperada.
No porque conociera todos los detalles. No porque tuviera derecho a entrar en una guerra local cinco minutos después de volver. Sino porque había visto a esas niñas correr. Había visto a Valeria corregirles los apoyos como si cada una mereciera futuro. Había visto un lugar humilde, sí, gastado, sí, pero vivo.
Y últimamente Alba tenía poca paciencia con la gente que llamaba inútil a lo que seguía vivo.
Mireia la miró de nuevo.
—Precisamente, Alba, tu presencia podría ayudarnos a enfocar esto de forma positiva. Imagínate: un nuevo centro deportivo con tu apoyo, becas para niñas, visibilidad…
Valeria cerró la carpeta.
—No.
Mireia no la miró.
—No te lo estaba preguntando a ti.
El silencio que cayó fue pequeño, pero peligroso.
Alba entendió, en el rostro de Valeria, algo que seguramente ella había tenido que soportar demasiadas veces: que alguien la apartara de una conversación sobre algo que sostenía cada día.
Aquello decidió la respuesta antes que Alba.
—Entonces te contesto yo —dijo.
Mireia abrió la sonrisa.
—Claro.
—No.
La sonrisa se quedó a medio camino.
—Quizá no me he explicado.
—Te has explicado perfectamente.
Valeria giró la cabeza hacia Alba.
Alba no la miró. Siguió mirando a Mireia.
—No voy a apoyar ningún proyecto que quite un campo a una escuela de niñas sin saber qué hay detrás, quién gana y dónde se supone que van a entrenar ellas.
Mireia parpadeó.
—Nadie habla de quitar.
—Valeria acaba de decir parking.
—Eso es una simplificación.
—Suele pasar cuando las explicaciones largas huelen mal.
Durante un segundo, Alba se oyó a sí misma y pensó que su madre habría estado orgullosa.
Mireia apretó el móvil entre los dedos.
—Alba, acabas de llegar. No conoces el contexto.
—Entonces no uses mi nombre antes de que lo conozca.
La frase quedó clara.
Demasiado clara para que Mireia pudiera fingir que no la había oído.
La concejala respiró hondo, recompuso la sonrisa y miró a Valeria.
—Mañana a las diez. Ayuntamiento.
—Estaré.
—Mejor ven con una actitud constructiva.
Valeria sonrió sin alegría.
—Voy a construirte una oposición preciosa.
Mireia se marchó sin despedirse.
Cuando salió del campo, varias niñas fingieron no haber escuchado nada detrás del almacén.
Valeria gritó:
—¡Lara!
—¡No he oído lo de la oposición preciosa!
—A casa.
—Vale.