La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 2 — La entrenadora del campo viejo #2
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Capítulo 2 — La entrenadora del campo viejo #2

Alba no apartó la mirada de la ventana.

—Ya.

—Las niñas la adoran.

—Normal.

Su madre se quedó un segundo callada.

—¿Vas a saludar?

Alba soltó una risa corta.

—No.

—Le contestaste al mensaje.

Alba giró la cabeza.

—¿Cómo sabes eso?

Carmen arqueó una ceja.

—Soy tu madre, no una turista alemana.

—Eso no es una explicación.

—Valeria me dijo que le habías respondido.

Alba sintió algo parecido a pánico.

—¿Hablas con Valeria?

—Vive aquí, Alba. Todo el mundo habla con todo el mundo.

—No es verdad. Yo he conseguido evitarlo durante años.

—Eso no es un logro. Es una enfermedad social con buenos ingresos.

Bruno tosió para ocultar una risa.

Alba lo señaló.

—No apuntes frases.

—Estoy quietísimo.

Fuera, el grupo se alejaba hacia el campo viejo, al final del paseo, detrás del polideportivo municipal. Valeria no miró hacia el bar.

Ni una vez.

Eso molestó a Alba más de lo que tenía derecho a admitir.

—Necesito caminar —dijo.

Carmen miró la rodilla.

—Necesitas sentarte.

—El médico dijo que caminara un poco.

—El médico no conoce tu cabezonería.

Julián apareció desde la barra.

—El campo viejo está hecho polvo.

Alba lo miró.

—¿Quién ha hablado del campo viejo?

Su padre no respondió.

Demasiado tarde.

Bruno se levantó.

—La acompaño.

—No.

—Alba.

—Puedo ir sola.

Carmen cruzó los brazos.

—Con muletas, recién operada, emocionalmente idiota y en un pueblo lleno de aceras que deberían estar denunciadas.

—Mamá.

—He dicho lo que he dicho.

Alba respiró hondo.

—Vale. Bruno me acompaña hasta el paseo. Luego voy sola.

—Eso no tiene ningún sentido —dijo Bruno.

—Tiene sentido si quieres conservar el empleo.

Él sonrió.

—Entonces tiene muchísimo sentido.

El paseo marítimo olía a sal, café y crema solar. Alba caminó despacio, sintiendo cada mirada como una piedrecita contra la piel. Algunas personas la saludaron con cariño real. Otras con curiosidad. Otras con ese brillo de quien ya estaba escribiendo mentalmente un mensaje: “Acabo de ver a Alba Ríos cojeando por Santamar.”

Le daba igual.

O intentaba que le diera igual.

Bruno caminaba a su lado sin hablar, lo cual era una de sus virtudes menos frecuentes.

Al llegar a la altura del polideportivo, Alba se detuvo.

El campo viejo seguía allí.

Más pequeño.

Más pobre.

Más suyo de lo que quería.

Era un rectángulo de tierra compactada y césped artificial gastado por zonas, con vallas metálicas, dos focos antiguos y gradas de cemento donde de adolescentes se habían sentado a comer pipas, esconder cerveza barata y fingir que la vida adulta no iba a llegar nunca. Al fondo se veía el mar, absurdo y perfecto, como si alguien hubiera querido diseñar un lugar demasiado cinematográfico para niñas que soñaban con irse.

Las jugadoras calentaban en círculo.

Valeria estaba en el centro.

No gritaba. No necesitaba hacerlo. Daba instrucciones con firmeza, corregía posturas, lanzaba una broma a una niña que se había atado mal las botas, señalaba con la carpeta, observaba todo. Había una autoridad tranquila en ella. No la autoridad de quien manda porque puede, sino la de quien ha tenido que ganarse cada mirada hasta que ya no necesita pedirla.

A Alba le dolió.

No la rodilla.

Otra cosa.

—Puedo esperar aquí —dijo Bruno.

—Puedes irte.

—Esa opción no me encanta.

—A mí sí.

—Tu madre me matará.

—Mi madre no mata. Hace comentarios hasta que deseas no haber nacido.

Bruno miró hacia el campo.

—¿Quieres que avise a prensa de que no habrá fotos?

Alba lo miró.

—¿Hay prensa?

—Todavía no.

—Entonces no inventes fantasmas.

—Trabajo inventando fantasmas antes de que cobren forma.

Alba bajó la voz.

—No conviertas esto en estrategia.

Bruno la estudió durante un segundo.

Y, para sorpresa de Alba, no hizo ninguna broma.

—Vale.

—Lo digo en serio.

—Lo sé.

—Valeria no es contenido.

Él asintió.

—Entendido.

Eso la desarmó un poco.

—Gracias.

—Estaré en el bar. Si te caes, procura hacerlo lejos de cámaras.

—Vete.

Bruno se fue.

Alba se quedó sola junto a la valla.

No entró.

Durante varios minutos observó el entrenamiento desde fuera, como una ladrona de algo que en otro tiempo había sido suyo. Una niña chutó demasiado alto y el balón golpeó la valla cerca de Alba.

—¡Perdón! —gritó.

Alba se agachó como pudo para recogerlo.

La niña se acercó corriendo. Tendría unos diez años, trenzas apretadas, rodillas llenas de tierra y una expresión de descaro glorioso.

Cuando reconoció a Alba, se quedó congelada.

—Hostia.

Alba levantó una ceja.

—Buen vocabulario deportivo.

La niña abrió la boca.

—Eres Alba Ríos.

—Eso dicen.

—Te has roto.

—Gracias por el resumen médico.

La niña se puso roja.

—No quería decir…

—Tranquila. Es verdad. Me he roto.

Valeria levantó la cabeza desde el centro del campo.

Sus ojos encontraron a Alba.

El tiempo hizo una cosa estúpida.

No se detuvo.

Pero tropezó.

Valeria no sonrió. Tampoco pareció sorprendida. Solo la miró, primero a la cara, luego a la muleta, después otra vez a la cara.

Alba sintió el impulso absurdo de ponerse recta, como si la rodilla no estuviera envuelta en una ortesis y su vida no acabara de aterrizar en una cuneta.

La niña cogió el balón.

—Entrenadora —gritó—. Ha venido Alba.

Todas las cabezas giraron.

Todas.

Alba cerró los ojos un segundo.

—Perfecto.

En menos de diez segundos tenía a doce niñas alrededor, haciéndole preguntas con una falta absoluta de piedad.

—¿Te duele mucho?

—¿Te van a poner una rodilla de metal?

—¿Es verdad que conoces a Alexia?

—¿Cuánto ganas?

—¿Puedes firmarme la camiseta?

—¿Vas a volver a jugar?

—¿Puedo tocar la muleta?

—¿Las futbolistas famosas comen pizza?

—¿Tienes novia?

La última pregunta cayó como una piedra en un cubo.

Valeria apareció detrás del grupo.

—Lara.

La niña de las trenzas se encogió de hombros.

—¿Qué? Mi hermana dice que las famosas siempre tienen novia secreta.

Alba miró a Valeria.

Valeria miró al cielo con resignación.

Alba no pudo evitar sonreír.

—Tu hermana ve demasiadas cosas en internet.

—Eso dice mi madre.

Valeria dio una palmada.

—Agua. Todas. Dos minutos. Y dejad respirar a Alba, que no ha venido a hacer una rueda de prensa con menores sin contrato.

Las niñas obedecieron con quejas, risas y miradas hacia atrás.

De pronto quedaron solas junto a la banda.

Alba y Valeria.

El campo viejo.

El mar.

Once años.

Valeria fue la primera en hablar.

—Has venido.

Alba apretó la mano sobre la empuñadura de la muleta.

—Eso parece.

—Pensé que mandarías una camiseta firmada y una frase motivacional.

—Estuve a punto.

—Habría sido más seguro.

Alba la miró.

La voz de Valeria era más grave de lo que recordaba. O quizá era más suya. Había en ella una calma que no existía antes, una seguridad trabajada, no regalada. Eso también le dolió. Había partes de Valeria que Alba no había visto nacer. Partes importantes. Partes que quizá no tenía derecho a conocer.

—Gracias por el vídeo —dijo.

—Fue idea de ellas.

—Ya.

—Pero yo lo envié.

Alba asintió.

—Gracias por enviarlo.

Silencio.

El viento movió una esquina de la carpeta que Valeria llevaba bajo el brazo.

Alba buscó algo inteligente que decir. Algo maduro, adulto, digno. Algo que no sonara a mujer famosa volviendo rota al sitio donde dejó una promesa tirada.

No encontró nada.

—Estás bien —dijo.

Valeria arqueó apenas una ceja.

—¿Te sorprende?

—No quería decir eso.

—¿Qué querías decir?

Que estás viva.

Que eres más guapa de lo que mi memoria tenía derecho a conservar.

Que no sé cómo mirarte sin mirar también a la persona cobarde que fui contigo.

Que en mi cabeza siempre fuiste Valeria, incluso cuando nadie alrededor parecía tener el valor de decirlo.

Que no volví porque tenía miedo de que fueras feliz sin mí.

—Que me alegro —dijo Alba.

Valeria la observó.

No la ayudó.

Siempre había hecho eso. Dejar espacio para que Alba decidiera si quería mentir mejor o decir algo cierto.

—Me alegro de verte bien —añadió Alba.

Valeria bajó un instante la mirada hacia su rodilla.

—Tú no estás exactamente bien.

—Estoy dramáticamente funcional.

Una sombra de sonrisa cruzó la boca de Valeria.

Pequeña.

Devastadora.

—Eso suena a frase de representante.

—Mi representante habría dicho funcionalmente inspiradora.

—Qué miedo.

—Mucho.

Las niñas bebían agua al otro lado del campo sin dejar de mirar. Una de ellas fingía estirar mientras claramente intentaba leer los labios.

Valeria giró la cabeza.

—¡Lara, si quieres saber qué digo, ven y hazlo con valentía!

La niña gritó:

—¡No, gracias!

Alba sonrió.

—Tienes autoridad.

—Tengo silbato.

—No es lo mismo.

—Ayuda.

Otra pausa.

Esta fue más larga.

Más difícil.

Alba miró el campo.

—Está peor.

—El campo siempre estuvo peor.

—No. Antes estaba mal con dignidad. Ahora parece una denuncia.

Valeria soltó una risa breve.

—Esa frase sí es tuya.

Alba sintió algo cálido y peligroso.

—¿Te acuerdas de cómo hablaba?

—Me acuerdo de demasiadas cosas.

La frase no sonó romántica.

Sonó como una advertencia.

Alba tragó saliva.

—Valeria…

—No.

Ella se calló.

Valeria respiró hondo.

—No empieces por ahí.

—¿Por dónde?

—Por esa voz.

Alba sintió que le subía calor al rostro.

—No sé qué voz.

—Sí lo sabes.

Lo sabía.

Era la voz que usaba antes de pedir perdón sin pronunciar todavía la palabra. La voz de las noches en la playa, de las conversaciones a oscuras, de las veces en que Alba quería que Valeria la entendiera sin tener que exponerse del todo. La voz de una chica acostumbrada a ser querida incluso cuando no daba suficiente.

—Han pasado once años —dijo Alba.

—Exacto.

—No podemos fingir que no.

—No estoy fingiendo nada.

Alba miró hacia el mar.

—Yo tampoco.

Valeria la observó con calma.

—Tú has hecho una carrera entera fingiendo que nada te toca demasiado.

El golpe fue limpio.

Alba apretó la mandíbula.

—Veo que el pueblo sigue confundiendo conocer a alguien con tener derecho a abrirlo en canal.

—Yo no soy el pueblo.

—No. Tú eres peor.

Valeria sostuvo su mirada.

—Sí. Yo te conocía de verdad.

Aquella frase sí abrió algo.

No mucho.

Lo justo para que doliera.