Capítulo 2 — La entrenadora del campo viejo
Santamar no había cambiado lo suficiente como para perdonarla.
Eso fue lo primero que pensó Alba al ver el cartel de entrada desde el asiento trasero del coche de Bruno.
SANTAMAR — MAR, DEPORTE Y TRADICIÓN
La pintura azul estaba descascarillada por los bordes, una gaviota había dejado su opinión sobre la palabra tradición y, detrás del cartel, el mar brillaba con esa arrogancia de los lugares que no necesitan esforzarse para parecer hermosos.
Alba apoyó la cabeza contra la ventanilla.
—Qué horror —murmuró.
Bruno, al volante, sonrió.
—¿El pueblo?
—Que siga siendo bonito.
—Normalmente la gente se alegra de que su pueblo siga siendo bonito.
—Normalmente la gente no tiene que volver a su pueblo con una rodilla rota, una carrera en pausa y media prensa esperando que suba una foto emotiva frente al mar.
—La foto sería buena.
—Bruno.
—He dicho sería. No he dicho hagámosla.
—Tu diferencia entre pensamiento y delito es muy estrecha.
Él no respondió. Había aprendido que, cuando Alba estaba nerviosa, discutirle era como intentar ordenar el viento con una carpeta.
El coche descendió por la carretera que llevaba al paseo marítimo. A la derecha quedaban las casas blancas con balcones llenos de toldos, plantas y ropa tendida. A la izquierda, el puerto pequeño, las barcas amarradas, los restaurantes con pizarras prometiendo arroz marinero y pescado fresco como si la felicidad pudiera escribirse con tiza.
Alba no había pisado Santamar desde Navidad.
Y Navidad no contaba.
Navidad era una visita quirúrgica: llegar, comer, sonreír, contestar preguntas sobre partidos, evitar hablar de su vida, dormir una noche en la habitación de siempre y marcharse antes de que el pueblo empezara a parecerle una trampa.
Esta vez traía una maleta grande, una rodillera, muletas plegables, una pauta de rehabilitación, treinta y siete mensajes sin contestar y una decisión que seguía sin saber si era valentía o agotamiento.
—¿Quieres que paremos en casa de tus padres? —preguntó Bruno.
Alba miró la hora en el móvil.
—Primero al bar.
—Pensaba que querías discreción.
—En Santamar no existe la discreción. Solo existe decidir dónde quieres que empiece el rumor.
Bruno soltó una risa.
—Eso es muy útil para comunicación.
—No lo conviertas en frase.
—Ya es tarde.
El Bar Ríos estaba al final del paseo, frente al puerto, con las mismas sillas metálicas de siempre y un toldo rojo que su padre llevaba diez años diciendo que cambiaría en cuanto tuviera tiempo. En la fachada, bajo el nombre del bar, alguien había colocado una bufanda de la selección femenina y una foto plastificada de Alba celebrando un gol.
Alba la vio desde el coche.
—Dios mío.
Bruno aparcó.
—Es tierno.
—Es ilegal emocionalmente.
—Es tu padre.
—Exacto.
Bajarse del coche fue un pequeño espectáculo humillante. Primero la pierna buena. Luego la mala, con cuidado. Después la muleta. Después el equilibrio. Alba notó la mirada de dos jubilados desde un banco, de una mujer que cruzaba con bolsas de mercado, de un camarero de la terraza de al lado y de un niño con helado que abrió mucho los ojos al reconocerla.
El rumor acababa de empezar.
—Necesito diez segundos —dijo Alba.
Bruno cerró la puerta del coche y la miró por encima del techo.
—Tienes todos los que quieras.
—Eso es mentira. En tres minutos mi madre sabrá que he llegado. En cinco, lo sabrá la panadera. En siete, alguien dirá que estoy más delgada. En diez, alguien preguntará si podré tener hijos después de romperme la rodilla.
—Eso no tiene sentido.
—Bienvenido a Santamar.
Avanzó hacia el bar despacio, odiando cada centímetro de dependencia que su cuerpo le imponía. No estaba acostumbrada a entrar en un lugar midiendo el suelo. Alba Ríos atravesaba campos, no aceras. Presionaba defensas, no calculaba escalones. Su cuerpo siempre había sido una herramienta de ataque. Ahora era un territorio con normas ajenas.
Antes de llegar a la puerta, oyó la voz de su padre.
—¡Cuidado con ese escalón!
Alba levantó la vista.
Julián Ríos salió del bar secándose las manos en un trapo. Tenía el gesto serio, como si hubiese sorprendido al escalón intentando agredir a su hija personalmente.
—Lo he visto —dijo Alba.
—Es traicionero.
—Es un escalón, papá.
—Por eso.
Bruno se apartó un poco con una prudencia poco habitual en él. Alba agradeció el gesto sin mirarlo.
Su padre se quedó frente a ella.
Durante un segundo, ninguno supo qué hacer.
Luego Julián abrió los brazos con torpeza.
Alba avanzó lo que pudo y se dejó abrazar.
Su padre olía a café, a jabón de manos y a fritura limpia. Un olor que la hizo pequeña de golpe, de una forma tan brusca que tuvo que apretar los dientes. Julián no la abrazó fuerte, quizá por miedo a hacerle daño, quizá porque tampoco sabía abrazar de otra manera. Pero la sostuvo lo suficiente.
—Has tardado mucho —dijo él.
Alba no supo si hablaba de aquel día o de todos los años.
—Había tráfico.
—Ya.
Se separaron.
Julián miró la rodilla.
—¿Duele?
—Menos.
—Mientes igual que tu madre cuando dice que no está enfadada.
Desde dentro del bar, la voz de Carmen apareció al instante:
—Te he oído, Julián.
Alba cerró los ojos.
—Bien. Todo sigue igual.
Su madre salió con una servilleta en la mano y los ojos brillantes. No dijo nada. Solo le puso una mano en la mejilla y la miró como si estuviera contando todos los huesos que seguían en su sitio.
—Estás pálida.
—Estoy lesionada, mamá. No poseída.
—La palidez también puede ser por posesión.
Bruno murmuró:
—Me gusta su madre.
—No le des alas —dijo Alba.
Carmen abrazó a su hija con cuidado y después miró a Bruno.
—Tú debes de ser el representante.
—Bruno Lozano. Encantado.
—El que la convence de hacer anuncios raros.
—Intento que sean rentables, más que raros.
Carmen lo estudió un segundo.
—Te daré café. Luego juzgaré.
—Me parece justo.
Entraron al bar.
Y el bar, por supuesto, se quedó en silencio.
No un silencio completo. Santamar no tenía capacidad fisiológica para eso. Pero sí esa pausa breve, esa interrupción del ruido en la que todas las conversaciones cambian de dirección sin admitirlo. En la barra, tres hombres fingieron mirar la televisión. Una pareja de turistas siguió comiendo calamares sin enterarse de nada. Al fondo, una mujer levantó el móvil y luego lo bajó cuando Carmen la miró.
Alba sonrió.
La sonrisa profesional.
La de entrevistas, firmas, aeropuertos y patrocinadores.
—Buenas —dijo.
El bar respondió con un coro desigual de saludos, ánimos y frases que demostraban que todo el mundo había estudiado traumatología en Twitter.
—Eso se recupera rápido, mujer.
—Mi sobrino se rompió algo parecido y en nada estaba corriendo.
—Lo importante es la cabeza.
—Ahora a descansar.
—Tienes que tomar gelatina.
Alba avanzó hasta una mesa junto a la ventana.
—Si alguien me recomienda colágeno, me voy.
Carmen dejó un vaso de agua delante de ella.
—Ya te lo he comprado.
—Mamá.
—No he dicho que funcione. He dicho que lo he comprado.
Bruno se sentó enfrente con una expresión peligrosamente entretenida. Julián volvió a la barra, pero no del todo. Se quedó lo bastante cerca para escuchar, lo bastante lejos para fingir que no.
La televisión estaba encendida sin sonido. En la parte inferior de la pantalla, un programa deportivo repetía imágenes de la semifinal. Alba se vio caer otra vez, pero esta vez desde lejos, entre titulares rojos y amarillos.
LA LESIÓN DE ALBA RÍOS AbrE UN DEBATE EN LA SELECCIÓN
Debate.
La palabra le dio náuseas.
Carmen siguió su mirada y cogió el mando.
Apagó la televisión.
Nadie protestó.
—Aquí no —dijo.
Alba miró a su madre.
—Gracias.
—No tienes que agradecer que en tu casa no te conviertan en tertulia.
Aquello le tocó un sitio que no tenía defensa.
Bruno se inclinó hacia ella.
—Podemos irnos cuando quieras.
Alba negó.
—Estoy bien.
Otra mentira.
Pero una mentira manejable.
Pasaron veinte minutos entre cafés, preguntas, un bocadillo que Carmen le obligó a comer y una conversación con Bruno sobre horarios médicos que su madre fingió no escuchar mientras lo escuchaba todo. Alba intentó concentrarse en lo práctico: la habitación, las muletas, el hielo, las sesiones de fisioterapia que haría en Tarragona dos veces por semana, los ejercicios diarios, la necesidad de no engordar “demasiado” según un preparador físico que ella ya odiaba.
Entonces oyó un silbato.
No venía del bar.
Venía de fuera, desde el paseo, arrastrado por el viento.
Alba se quedó quieta.
Otro silbato.
Luego voces de niñas.
—No —dijo Carmen, sin mirar.
Alba frunció el ceño.
—¿No qué?
—No hagas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de irte antes de terminar el bocadillo.
Bruno giró la cabeza hacia la ventana.
Por el paseo pasaba un grupo de niñas con mochilas deportivas, balones bajo el brazo y camisetas del Santamar CF. Iban riendo, empujándose, vivas de esa forma ruidosa y desordenada que tienen las niñas cuando todavía no han entendido que el mundo intentará pedirles menos espacio.
Detrás de ellas caminaba Valeria Herrera.
Alba la vio.
Y todo lo demás se volvió una cosa secundaria.
Valeria llevaba una sudadera azul marino con el escudo del club, pantalón de chándal negro y una carpeta bajo el brazo. El pelo corto le despejaba la cara. No llevaba maquillaje, o quizá sí y Alba no supo verlo. Tenía la piel dorada, los pómulos más marcados que en el recuerdo y una serenidad extraña en la forma de caminar, como si hubiera tenido que aprender durante años a ocupar su propio cuerpo con paciencia y ahora no pensara devolver ni un centímetro.
Una de las niñas dijo algo.
Valeria se rio.
Alba sintió la risa antes de oírla.
No era la misma risa de los diecisiete años.
Claro que no.
El tiempo no conservaba nada intacto.
Pero había algo ahí. Una nota baja, una luz breve, una forma de inclinar la cabeza que le atravesó el pecho con una precisión indecente.
Bruno la miró.
Luego miró por la ventana.
Luego volvió a mirarla.
—Ah —dijo.
—Cállate.
—No he dicho nada.
—Has dicho “ah”.
—Era un “ah” profesional.
—Peor.
Carmen dejó un plato sobre la mesa con demasiada fuerza.
—Valeria lleva la escuela femenina ahora. Lo hace muy bien.