La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 1 — La lesión que la devolvió al mar #3
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Capítulo 1 — La lesión que la devolvió al mar #3

La anestesia la dejó flotando en un espacio sin fútbol, sin culpa y sin memoria. Al despertar, lo primero que vio fue a su madre sentada junto a la cama, los ojos rojos, el bolso en el regazo, intentando sonreír como si Alba tuviera ocho años y se hubiera caído de una bicicleta.

—Ha ido bien —dijo.

Alba tenía la boca seca.

—¿Papá?

Su madre tardó medio segundo de más.

—Está abajo. No quería agobiarte.

Alba cerró los ojos.

No quería agobiarte.

El idioma oficial de los hombres que no sabían entrar en una habitación donde alguien podía necesitarles.

—Dile que suba —susurró.

Su madre la miró con sorpresa.

—¿Ahora?

—Antes de que se arrepienta.

Diez minutos después, su padre apareció en la puerta.

Julián Ríos era más viejo de lo que Alba recordaba y más orgulloso de lo que habría soportado. Llevaba una camisa azul demasiado planchada, las manos metidas en los bolsillos y la expresión de un hombre que había venido al hospital a enfrentarse a una máquina para la que no tenía herramientas.

—Hola, hija.

Alba giró la cabeza hacia él.

—Hola.

Silencio.

Su madre se levantó.

—Voy por café.

Nadie le creyó, pero ambos aceptaron la mentira.

Cuando se quedaron solos, Julián miró la pierna vendada.

—¿Duele?

—Sí.

—Claro.

Otro silencio.

Alba pensó que quizá no había sido buena idea. Todavía estaba medio drogada, vulnerable, con el cuerpo torpe y la paciencia agujereada. Su padre era el tipo de persona capaz de convertir una visita hospitalaria en una conversación sobre aparcamientos.

Pero entonces él dio un paso hacia la cama.

—Te vi caer.

Alba lo miró.

—Todo el mundo me vio caer.

—Yo no soy todo el mundo.

La frase quedó suspendida.

No era una disculpa.

No era suficiente.

Pero era algo.

Julián tragó saliva.

—En el bar se quedaron todos callados.

Alba imaginó el Bar Ríos, frente al puerto, con los hombres de siempre, las servilletas de papel, la televisión demasiado alta, el olor a café quemado y fritura. Imaginó a su padre detrás de la barra, viendo a su hija caer delante de clientes que sabían demasiadas cosas y ninguna entera.

—Qué milagro —dijo ella—. Santamar callado.

Él soltó una risa mínima.

No duró.

—Tu madre dice que quizá vienes unas semanas.

—Quizá.

—Tu habitación está igual.

Alba cerró los ojos.

—Eso no es necesariamente bueno.

—Ya.

Julián se pasó una mano por la nuca.

—Podemos arreglarla.

Ella abrió los ojos.

Su padre parecía incómodo. Más que incómodo: perdido. Como si cada palabra fuera un vaso delicado que podía romper con los dedos.

—No hace falta —dijo Alba.

—Si vienes, sí.

Alba lo observó.

Había una pregunta escondida ahí.

No sabía si era “¿vas a venir?” o “¿todavía puedo hacer algo por ti?” o “¿cuánto he perdido ya?”. Su padre nunca hacía preguntas limpias. Las dejaba sobre la mesa envueltas en frases prácticas.

—Voy a ir —dijo ella.

Julián levantó la vista.

—¿Sí?

—Cuando los médicos me dejen viajar. Unas semanas.

Él asintió demasiado rápido.

—Bien. Bien.

Después no supo qué hacer con las manos.

Alba sintió una ternura breve y molesta.

—Papá.

—Dime.

—¿Sigue la escuela de fútbol femenina entrenando en el campo viejo?

Julián cambió apenas la expresión.

Pero Alba lo vio.

—Sí.

—¿La lleva Valeria Herrera?

Su padre miró hacia la puerta, como si su madre pudiera salvarlo entrando con café.

—Sí.

Alba esperó.

Él no añadió nada.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Papá.

Julián suspiró.

—Es buena entrenadora.

Alba sostuvo su mirada.

—No he preguntado eso.

—Entonces no sé qué preguntas.

Sí lo sabía.

Los dos lo sabían.

Durante años, en Santamar, Valeria había sido una conversación que algunos bajaban de volumen al verla pasar. Una chica primero nombrada con torpeza, luego con resistencia, luego con esa aceptación lenta y vigilante de los pueblos cuando descubren que alguien no va a pedir permiso para existir. Alba había seguido algunas cosas desde lejos. Fotos sueltas. Noticias pequeñas. Una entrevista local que no se atrevió a abrir entera.

Pero una cosa era saber que Valeria vivía.

Otra era volver al lugar donde todos habían visto su transformación y decidir si ella, Alba, tenía derecho a mirarla sin convertirla otra vez en pasado.

Julián se aclaró la garganta.

—Valeria se ha ganado a mucha gente.

La frase era tan de Santamar que casi dolía.

No dijo “la respetan”.

No dijo “la quieren”.

Dijo “se ha ganado a mucha gente”, como si existir hubiera sido un trámite largo, una licencia municipal concedida después de demasiadas inspecciones.

Alba sintió una punzada de rabia.

—No debería haber tenido que ganarse nada.

Su padre la miró.

Por un segundo, pareció que iba a discutir.

Luego no lo hizo.

—No —dijo—. Supongo que no.

Aquella rendición mínima la descolocó más que una pelea.

La puerta se abrió y su madre entró con dos cafés y los ojos de quien había escuchado desde el pasillo lo suficiente para fingir que no.

—El café del hospital es horrible —anunció—. Eso significa que todo sigue en orden.

Alba cerró los ojos.

Estaba agotada.

La rodilla le dolía.

Su carrera pendía de un calendario médico.

Su familia seguía siendo un idioma incompleto.

Y en Santamar, una mujer llamada Valeria Herrera entrenaba a niñas junto al mar.

Por primera vez desde la caída, Alba no pensó solo en volver a jugar.

Pensó en volver.

A secas.

Y eso le dio mucho más miedo.