Capítulo 1 — La lesión que la devolvió al mar #2
La doctora volvió a hablar de fechas, cirugía, prehabilitación, reposo relativo, fisioterapia. Alba respondió lo justo. Asintió donde tocaba. Hizo las preguntas inteligentes que hacen los deportistas cuando quieren demostrar que siguen teniendo algún control.
Pero una parte de ella ya no estaba en la consulta.
Estaba en un campo pequeño junto al mar, viendo a Valeria Herrera entrenar a niñas que aún creían que el cuerpo era una promesa y no una negociación.
Esa noche, Alba publicó el comunicado que Bruno le preparó.
No eligió la foto mirando al horizonte.
Eligió una imagen del césped desde abajo, tomada por algún fotógrafo justo después de la lesión. Se veía su mano clavada en la hierba, los dedos manchados de verde, el brazalete de capitana torcido.
El texto fue breve.
Me he roto, pero sigo aquí.
Gracias por todos los mensajes. Ahora toca operar, trabajar y tener paciencia, que es justo lo que peor se me da. Volveré. No sé si más fuerte, pero volveré más honesta.
Bruno le escribió treinta segundos después.
“Más honesta” me da miedo.
Alba no contestó.
Abrió de nuevo el vídeo de Santamar.
Lo vio una vez.
Luego otra.
Luego pausó en el último segundo.
Valeria levantando la mano.
Valeria sonriendo apenas.
Valeria viva, real, cerca del mar.
Alba tocó la pantalla con el pulgar como una idiota.
Después dejó el móvil boca abajo y miró el techo de su apartamento.
Madrid era silencioso a esa hora, pero no de verdad. Bajo el silencio seguían pasando coches, ascensores, pasos, vecinos, notificaciones, el motor constante de una vida que nunca terminaba de apagarse.
Pensó en su rodilla.
En su carrera.
En la cirugía.
En su contrato.
En los ocho meses.
Pensó en Valeria sin querer pensar en Valeria.
Y cuando el teléfono vibró otra vez, supo quién era antes de mirar.
Su madre.
Alba aceptó la llamada.
—Mamá.
—Hija, ¿cómo estás?
El tono era el de siempre: preocupación real envuelta en control.
—Bien.
—No digas bien. Te hemos visto caer por televisión.
—Entonces ya sabes cómo estoy.
Su madre suspiró.
—Tu padre está muy afectado.
Alba cerró los ojos.
—Claro.
—No seas injusta.
—No he dicho nada.
—Lo dices con la forma de respirar.
Alba casi sonrió, pero no llegó.
Su madre había sido profesora de lengua y tenía esa habilidad terrible de encontrar significados incluso en una respiración.
—Me operan la semana que viene —dijo Alba—. Luego empezaré rehabilitación.
—Podrías venir a Santamar.
El cuerpo de Alba se tensó.
—No.
—Solo unos días.
—No.
—Aquí estarías tranquila.
—La gente de Santamar considera tranquila una conversación entre tres personas mirando desde cinco balcones.
—No exageres.
—Mamá.
Hubo un silencio.
Después su madre bajó la voz.
—Tu padre quiere verte.
Alba miró la pared blanca frente a su cama.
Tenía una fotografía enmarcada de la final de liga del año anterior. Ella salía levantando los brazos, sudada, feroz, feliz o algo parecido a la felicidad. Cada vez que alguien visitaba su casa, decía que aquella imagen transmitía fuerza.
A Alba empezaba a parecerle una desconocida.
—Papá sabe llamar —dijo.
—Ya sabes cómo es.
Sí.
Ese era el problema.
Alba sabía exactamente cómo era todo el mundo.
Su padre, demasiado orgulloso para pedir perdón por algo que probablemente ni siquiera admitiría. Su madre, tratando de coser con frases suaves una familia que llevaba años rota por sitios que nadie quería mirar. Bruno, convirtiendo una lesión en estrategia. Los periodistas, esperando la primera grieta. Los fans, queriendo que volviera pronto para no tener que pensar en ella como persona.
Y ella.
Ella, escapando siempre antes de que una conversación pudiera alcanzarla.
—Lo pensaré —dijo.
Su madre no respondió enseguida.
—¿De verdad?
Alba se arrepintió al instante.
—He dicho que lo pensaré. No que vaya.
—Vale. Pensarlo ya es algo.
Después hablaron de la operación, de comida, de si necesitaba ayuda en casa, de una vecina que había dicho una estupidez en la panadería sobre las mujeres futbolistas y las rodillas. Su madre logró convertir la indignación en un relato de siete minutos. Alba la escuchó con un cansancio extraño, casi tierno.
Cuando colgó, abrió el chat de Santamar CF Femenino.
Escribió:
Gracias por el vídeo. Decidle a las niñas que me han dado más ánimo que todos los comunicados oficiales juntos.
Borró.
Escribió otra vez:
Gracias. Me ha emocionado mucho.
Borró también.
Demasiado poco.
Demasiado mucho.
Finalmente escribió:
Gracias por el vídeo. Las niñas tienen razón: algunas chutáis fatal. Cuando pueda andar sin parecer un mueble roto, os debo un entrenamiento.
Lo envió antes de arrepentirse.
La respuesta llegó diez minutos después.
Se lo diré. Aunque te aviso: ahora están insoportables porque una estrella de primera división les ha dado la razón.
Alba sonrió sin querer.
El número no estaba guardado, pero sabía que era Valeria.
Durante unos segundos, no escribió nada.
Luego llegó otro mensaje.
Siento lo de la rodilla, Alba. De verdad.
Nada más.
Sin emoticonos.
Sin frases motivacionales.
Sin “volverás más fuerte”.
Solo eso.
Alba sintió que algo le escocía detrás de los ojos.
Respondió:
Gracias.
Pasaron varios minutos.
La pantalla siguió encendida.
Valeria no escribía.
Alba tampoco.
Once años de silencio no se rompían con un vídeo de niñas y una rodilla destrozada. O quizá sí empezaban a romperse así: de forma ridícula, incompleta, con un mensaje demasiado corto y todo lo importante escondido detrás.
Alba apagó el móvil.
Al día siguiente, Bruno llegó a su apartamento con café, una carpeta de patrocinios y la expresión satisfecha de quien había tenido una idea que odiaba admitir como buena.
—He hablado con el club —dijo.
Alba estaba en el sofá, con la pierna elevada y una bolsa de hielo sobre la rodilla.
—Qué miedo.
—La primera fase postoperatoria será en Madrid. Eso no se discute. Pero después podrías hacer parte de la recuperación fuera, siempre coordinada con el equipo médico.
—No voy a hacer un documental de mi rodilla.
—Nadie ha dicho documental.
—Tu cara ha dicho documental.
—Mi cara dice muchas cosas rentables, pero puedo controlarla.
Alba lo miró.
Bruno dejó la carpeta sobre la mesa.
—Santamar es una opción inteligente. Cerca de Tarragona, tranquilidad relativa, tu familia, el mar, menos presión mediática diaria. Y si colaboras con la escuela femenina del pueblo, aunque sea de forma puntual, la narrativa es buena.
—Bruno.
—No como explotación. Como verdad. Tú saliste de allí. Hay niñas allí. Puedes hacer algo útil mientras no juegas.
Alba odiaba que aquello sonara razonable.
—No sabes lo que hay allí.
—No. Pero sé lo que hay aquí.
Él se sentó frente a ella.
Por primera vez en toda la mañana, dejó de parecer un representante.
—Aquí hay una jugadora lesionada en una ciudad que va a mirarla como si cada paso fuera un pronóstico. Hay periodistas llamando al club. Hay marcas preguntando si podrán usar tu imagen durante la recuperación. Hay gente que ya está escribiendo columnas sobre si tu carrera ha tocado techo. Y hay una mujer que lleva seis años corriendo como si parar fuera morirse.
Alba apartó la mirada.
—No empieces.
—No lo digo como representante.
—Eso es nuevo.
—Lo digo porque te conozco.
Ella soltó una risa breve.
—Todo el mundo cree conocerme últimamente.
—Yo conozco al menos la parte que firma contratos sin leer las cláusulas emocionales.
Alba no respondió.
Bruno esperó.
—Te vendría bien volver —dijo al final—. Aunque solo sea para recordar que existías antes de ser Alba Ríos.
Esa frase sí encontró sitio.
Alba miró hacia la ventana. Madrid amanecía gris, con ese color de ciudad que no descansa, solo cambia de turno. En el reflejo del cristal vio su rostro cansado, el pelo mal recogido, las ojeras, la pierna elevada como una acusación.
Antes de ser Alba Ríos.
Había sido Alba a secas.
La chica que corría en la playa hasta que se hacía de noche. La que robaba mandarinas del huerto de una casa vacía. La que besó a Valeria detrás del polideportivo y después estuvo tres días sin poder mirarla a la cara porque la felicidad también podía dar vergüenza.
La que prometió volver a buscarla.
La que no volvió.
—Solo unas semanas —dijo.
Bruno parpadeó.
—¿Qué?
—Después de la operación. Cuando pueda moverme sin necesitar ayuda para ducharme. Iré a Santamar unas semanas.
La sonrisa de Bruno fue lenta y peligrosa.
—Perfecto.
—No pongas esa cara.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Estás poniendo cara de comunicado.
—Es mi cara natural.
—No habrá campaña.
—Habrá discreción.
—Bruno.
—Discreción estratégica.
Alba le lanzó un cojín. Falló por culpa de la rodilla, lo cual le pareció otra humillación médica.
Él recogió el cojín del suelo.
—¿Quieres que avise a tu madre?
Alba pensó en la casa familiar. En su habitación intacta. En su padre fingiendo que veía partidos por casualidad. En las calles estrechas. En el bar del puerto. En el campo de tierra donde Valeria entrenaba a niñas que no sabían todavía cuánto podía doler amar algo.
—No —dijo—. La llamaré yo.
—Bien.
—Y no llames a nadie del pueblo.
—Por supuesto que no.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Alba lo miró con desconfianza.
Bruno levantó las manos.
—Solo una pregunta.
—No.
—Ni la he hecho.
—Porque ya sé que va a molestarme.
—¿La entrenadora del vídeo es alguien importante?
Alba se quedó quieta.
Demasiado quieta.
Bruno la observó con interés profesional y humano, una combinación insoportable.
—Vale —dijo él—. Pregunta respondida.
—No has preguntado nada.
—Exacto.
Alba cerró los ojos.
—Fue hace mucho.
—Las cosas de hace mucho son las que peor se comportan cuando vuelven.
Ella no dijo nada.
Porque eso también sonaba razonable.
Y porque, desde que había visto el vídeo, había una parte de ella que no pensaba en la lesión como una tragedia, sino como una puerta mal cerrada que alguien acababa de empujar desde el otro lado.
Una semana después, la operaron.