La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 1 — La lesión que la devolvió al mar
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La chica a la que tuvo miedo de amar

La chica a la que tuvo miedo de amar

Por SellerFuture

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Capítulo 1 — La lesión que la devolvió al mar

La rodilla de Alba Ríos se rompió en directo, delante de cuarenta mil personas y de medio país fingiendo que el fútbol femenino siempre le había importado.

El sonido no fue tan terrible como ella habría imaginado.

No hubo un crujido cinematográfico, ni un silencio inmediato, ni una música triste entrando de fondo como en las series malas. Hubo césped húmedo, una entrada tarde, el cuerpo girando cuando la pierna ya no quería girar, un dolor blanco subiéndole desde la rodilla hasta la nuca y, después, la voz de alguien gritando su nombre como si llamarla pudiera mantenerla entera.

—¡Alba!

Ella cayó boca abajo.

Lo primero que pensó no fue en la lesión.

Fue en el mar.

Eso le pareció absurdo.

Estaba en el estadio del Atlético de Madrid, en una semifinal de Copa, con las cámaras encima, el público levantándose de golpe, su compañera Nora insultando a la defensa rival y la fisio corriendo hacia ella con esa expresión que tienen los profesionales cuando ya saben que algo va mal pero todavía deben hablar con voz tranquila.

Y aun así, Alba pensó en el mar.

En una playa pequeña de Santamar, en Tarragona, con redes de pesca secándose al sol, olor a sal y crema barata, y una chica de diecisiete años sentada en un muro, mirándola como si Alba fuera capaz de hacer cosas imposibles.

Valeria.

El nombre apareció sin permiso.

Alba cerró los ojos.

No ahora.

La fisio se arrodilló a su lado.

—Alba, mírame. ¿Dónde te duele?

Ella intentó respirar.

—Rodilla.

—¿Puedes mover el pie?

Alba obedeció. El pie se movió.

El estadio siguió rugiendo en alguna parte, lejos, como si el sonido llegara desde debajo del agua. Una cámara se acercó demasiado. Alba lo supo sin mirar. Había aprendido a sentir las cámaras igual que otros sentían el viento.

No llores.

No delante de ellos.

No les des esa imagen.

—¿Ha sonado? —preguntó.

La fisio no respondió enseguida.

Demasiado tarde.

Alba giró la cara hacia el césped y apretó los dientes. No lloró. Llorar habría sido noticia. Llorar habría sido titular. Llorar habría convertido su cuerpo roto en contenido.

“Alba Ríos se hunde.”

“Las lágrimas de la estrella.”

“El momento que puede cambiar su carrera.”

Ya podía ver los clips, las repeticiones a cámara lenta, los opinadores de madrugada explicando con mucha seguridad la rodilla de una mujer que nunca habían visto jugar entera hasta que empezó a ganar.

—Tranquila —dijo la fisio—. Vamos a sacarte.

Alba quiso reír.

Tranquila.

La palabra más inútil del mundo.

La camilla entró al campo entre aplausos. Alba mantuvo la mirada fija en el cielo abierto del estadio, una mancha negra y blanca de focos, nubes y ruido. Levantó una mano porque sabía que debía hacerlo. Saludó. Sonrió lo justo.

La gente aplaudió más fuerte.

Ella pensó otra vez en Santamar.

En Valeria Herrera.

En la chica que le había enseñado que una podía tener miedo y aun así quedarse un segundo más.

Pero Alba no se había quedado.

Nunca se quedaba cuando importaba.

Tres días después, los médicos pronunciaron las palabras con la solemnidad de quien firma una sentencia intentando parecer humano.

—Rotura del ligamento cruzado anterior. Hay afectación meniscal. Necesitarás cirugía.

Alba estaba sentada en una consulta demasiado blanca, con la pierna inmovilizada, el pelo recogido de cualquier manera y el móvil boca abajo sobre el regazo. Su representante, Bruno, estaba de pie junto a la ventana, contestando mensajes con los pulgares y cara de funeral económico.

La doctora continuó:

—La recuperación puede ir de ocho a diez meses. Dependerá de la cirugía, la rehabilitación, tu respuesta física…

Alba dejó de escuchar en “ocho”.

Ocho meses.

En ocho meses el mundo podía olvidarse de una.

En ocho meses otra delantera podía marcar los goles que antes eran tuyos. Otra chica podía ocupar tu taquilla, tus anuncios, tu dorsal emocional en la cabeza de la afición. En ocho meses los patrocinadores podían descubrir que querían “renovar la narrativa”, que en el idioma de Bruno significaba gastar dinero en alguien menos rota.

—¿Volveré igual? —preguntó Alba.

La doctora no mintió.

Eso fue lo peor.

—Trabajaremos para que vuelvas al máximo nivel.

No había respuesta más clara que una evasiva.

Bruno levantó la vista del móvil.

—Alba, lo importante ahora es controlar el relato.

Ella giró la cabeza lentamente.

—¿El relato?

—Ya sabes lo que quiero decir.

—Tengo la rodilla destrozada y tú estás pensando en el relato.

—Precisamente porque tienes la rodilla destrozada tengo que pensar en el relato.

La doctora fingió revisar la resonancia para no mirar a ninguno de los dos.

Alba conocía a Bruno desde hacía seis años. No era mala persona. Ese era el problema con algunas personas útiles: no eran malas, solo habían aprendido a traducir cualquier desgracia en estrategia.

—Necesitamos un mensaje emocional, pero fuerte —dijo él—. Nada de dramatismo excesivo. Algo tipo: “Volveré más fuerte”. Foto en blanco y negro, tú mirando al horizonte.

—¿Al horizonte de qué? ¿De la máquina de resonancias?

—Estoy hablando en serio.

—Yo también.

Bruno suspiró.

—Alba.

Ella cerró los ojos.

Estaba cansada.

No solo por la rodilla. No solo por el dolor. Cansada de ser una marca con pulsaciones. Cansada de medir cada frase, cada gesto, cada silencio. Cansada de que incluso su cuerpo roto tuviera que ser inspirador.

El móvil vibró sobre su regazo.

Una vez.

Dos.

Tres.

Lo giró con desgana.

Mensajes de compañeras. De periodistas. De su madre. De marcas. De una presentadora que la había llamado “ejemplo de superación” dos horas después de decir en directo que el fútbol femenino aún debía demostrar que era rentable.

Y luego vio un nombre que no esperaba.

Santamar CF Femenino

Alba frunció el ceño.

No seguía esa cuenta.

El mensaje era breve.

Hola, Alba. Sentimos mucho lo de tu lesión. Las niñas de la escuela han querido grabarte un vídeo. No tienes que responder. Solo querían mandarte fuerza. Un abrazo desde Santamar. —Valeria Herrera

Alba dejó de respirar.

Valeria Herrera.

La consulta blanca, la doctora, Bruno, la rodilla, los ocho meses, todo se desplazó un centímetro. No desapareció. Nada desaparecía tan fácilmente. Pero algo cambió de lugar.

Bruno la observó.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Alba abrió el vídeo.

Aparecieron doce niñas en un campo de tierra con dos porterías pequeñas y una pancarta torcida que decía: ÁNIMO, ALBA. Algunas llevaban camisetas del Santamar CF, otras camisetas viejas de equipos grandes, una llevaba la camiseta de la selección con el nombre de Alba escrito en la espalda.

Al fondo, detrás de ellas, estaba Valeria.

Alba la reconoció antes de verla del todo.

Había cosas que el tiempo no borraba, solo aprendía a dejar en silencio.

Valeria tenía el pelo más corto, castaño oscuro, recogido detrás de las orejas. Llevaba chándal negro, silbato al cuello y los brazos cruzados, pero sonreía mientras una niña de unos nueve años leía un papel con excesiva seriedad.

—Hola, Alba. Somos la escuela femenina del Santamar y queremos decirte que eres la mejor. Bueno, la entrenadora Valeria dice que no hay que decir “la mejor” porque todas tenemos margen de mejora, pero nosotras creemos que eres la mejor igual.

Se oyeron risas.

Valeria se tapó la cara con una mano.

Alba sintió algo abrirse en el pecho, pequeño y peligroso.

Otra niña dio un paso adelante.

—Cuando vuelvas, meterás muchos goles. Y si no puedes meter goles, puedes venir a enseñarnos, porque aquí chutamos fatal.

—¡Habla por ti! —gritó otra.

El vídeo acababa con todas gritando su nombre.

Alba se quedó mirando la pantalla después de que terminara.

Valeria apenas había hablado. Solo levantó la mano al final, en un saludo breve, casi tímido, como si no tuviera derecho a ocupar más espacio del necesario.

Pero lo ocupó todo.

Bruno carraspeó.

—¿Quién es?

—Una entrenadora de mi pueblo.

—¿Tu pueblo?

—Santamar.

—Pensaba que eras de Tarragona.

—Soy de donde convenga en las entrevistas.

Bruno ignoró el comentario.

—Esto puede estar bien.

Alba lo miró.

—No.

—Ni siquiera he dicho nada.

—Porque ya te conozco.

—Una recuperación en tus raíces. La estrella que vuelve al lugar donde empezó. La conexión con niñas futbolistas. Es bueno, Alba. Es humano, cercano, vendible.

—No voy a usar a unas niñas lesionadas emocionalmente por mi cruzado para hacer campaña de marca.

—Las lesionadas no son ellas.

—Bruno.

Él levantó las manos.

—Vale. Pero piensa una cosa: necesitas desaparecer un poco. Si te quedas en Madrid, tendrás cámaras en cada paso de la rehabilitación. Rumores, presión, debates sobre tu contrato. En Santamar podrías recuperarte tranquila.

Alba soltó una risa seca.

—Tú no conoces Santamar si crees que allí alguien se recupera tranquila.

Pero la idea ya estaba dentro.

Como una astilla.

Santamar.

El pueblo al que llevaba once años sin volver más de cuarenta y ocho horas seguidas. El pueblo donde su padre aún regentaba un bar en el paseo marítimo y fingía ante los clientes que tenía una relación normal con su hija famosa. El pueblo donde su madre iba a misa, al mercado y a clases de pilates hablando de Alba como si la hubiera criado una campaña publicitaria. El pueblo donde todos recordaban versiones de ella que no siempre coincidían con la verdad.

Y Valeria.

Sobre todo Valeria.

Valeria, que antes se llamaba de otra forma en la boca de los demás, pero nunca en la cabeza de Alba.

Valeria, que a los diecisiete le había dicho una noche en la playa:

—Algún día me iré de aquí siendo yo del todo.

Y Alba, cobarde incluso en sus promesas, le había respondido:

—Yo también me iré.

Como si irse juntas y huir cada una por su lado fueran la misma cosa.

No habían sido la misma cosa.

Alba apagó la pantalla.

—No voy a volver a Santamar.

Bruno la miró con demasiada paciencia.

—No he insistido.

—Estás esperando a que yo me convenza sola.

—Es mi técnica más barata.

—No funciona.

—Funciona muchísimo.