La chica a la que tuvo miedo de amar Capítulo 8 — Lo que se protege y lo que se pierde
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Capítulo 8 — Lo que se protege y lo que se pierde

A la mañana siguiente, Santamar amaneció como si no hubiera pasado nada.

Esa era una de las crueldades más eficientes de los pueblos bonitos: el sol salía igual sobre las fachadas blancas, el mar seguía brillando, los turistas pedían café con leche sin saber que bajo las mesas, las persianas y los toldos había familias enteras a punto de abrir heridas que llevaban años cosidas con miedo.

Alba no había dormido.

No del todo.

Se quedó en su habitación mirando el techo, con la rodilla elevada, el móvil sobre la sábana y la foto antigua guardada en una carpeta protegida que Bruno le había obligado a crear a las dos de la madrugada.

La foto de las gradas.

La foto de la cocina de Teresa.

La foto del puerto.

La foto de Valeria saliendo de casa con los ojos rojos.

Pruebas, había dicho Bruno.

No recuerdos.

Pruebas.

Alba odiaba esa palabra aplicada a algo que había formado parte de su vida. Pero quizá esa era la diferencia entre la intimidad y la violencia: cuando alguien entraba en lo íntimo sin permiso, una acababa teniendo que convertir lo vivido en documento para defenderse.

A las siete, Carmen abrió la puerta sin llamar.

Alba no protestó.

Su madre llevaba una taza de café y una expresión demasiado despierta para alguien que tampoco había dormido.

—Tu padre está abajo desde las seis —dijo.

Alba se incorporó con cuidado.

—¿En el bar?

—No. En la terraza. Mirando el mar como si el mar fuera a darle un guion.

—¿Y se lo ha dado?

—Tu padre no sabría leer un guion aunque viniera con instrucciones de montaje.

Alba casi sonrió.

Carmen dejó el café en la mesilla y miró el corcho, la foto vieja de las gradas, el lugar donde todo había empezado antes de convertirse en amenaza.

—¿Estás preparada?

—No.

—Bien. Eso suele ser más honesto.

Alba cogió la taza.

—¿Mamá?

—Dime.

—¿Tú sabías que papá habló con Teresa?

Carmen cerró los ojos un segundo.

La respuesta ya estaba ahí.

—No entonces.

Alba sintió una punzada.

—¿Cuándo?

—Años después.

—¿Cuántos años?

Carmen se sentó en la silla junto al escritorio.

—No lo sé. Cuatro. Cinco. Tú ya estabas en Madrid. Valeria ya vivía con su nombre de manera pública. Un día Teresa y yo coincidimos en el mercado. Estaba rara. Me dijo algo sobre lo difícil que era ser madre cuando una no sabía si estaba protegiendo o rompiendo. Yo no entendí de qué hablaba hasta que tu padre, meses después, se le escapó una frase.

—¿Y no me dijiste nada?

La pregunta no salió tan dura como Alba esperaba.

Quizá porque empezaba a entender que en su familia todos habían vivido dentro de una misma costumbre: guardar lo difícil hasta que se pudriera.

Carmen bajó la mirada.

—No supe cómo.

Alba soltó una risa seca.

—Esa frase también está bastante solicitada últimamente.

—Sí.

—¿Por qué no supiste?

Su madre se quedó callada.

Desde la calle subió el ruido de una moto.

—Porque yo también había mirado hacia otro lado —dijo Carmen—. No como tu padre. No igual. Pero vi cosas. Intuí cosas. Y pensé que, si tú querías hablar, hablarías.

—Era una cría.

—Lo sé.

—Tenías que haber sido tú la adulta.

Carmen recibió la frase sin defenderse.

—Sí.

Alba sintió que algo en ella se ablandaba y se enfadaba al mismo tiempo. Odiaba que las verdades llegaran tan simples. Sí. Me equivoqué. No supe. Tenías razón. Eran respuestas pequeñas para daños enormes, pero al menos eran respuestas. Durante años, ni siquiera habían tenido eso.

—Valeria habló con su madre anoche —dijo Alba.

—Lo imaginé.

—Fue horrible.

—También lo imaginé.

—Había fotos. Más fotos.

Carmen se llevó una mano al pecho.

—Dios.

—Alguien las mandó a Teresa hace años. Alguien nos vigilaba.

Su madre palideció.

Alba vio en su cara el mismo golpe que ella había sentido: el pasado, de pronto, no como una secuencia de malos entendidos, sino como algo observado por otra persona. Guardado. Preparado.

—¿Quién puede ser? —preguntó Carmen.

—No lo sabemos.

—¿Teresa?

—Dice que no.

—¿La crees?

Alba pensó en la mujer llorando frente a la caja metálica.

—Creo que tuvo miedo. Creo que se equivocó. Creo que ocultó. Pero no creo que hiciera las fotos.

Carmen asintió lentamente.

—Entonces alguien más sabía.

—Sí.

—Y ese alguien sigue aquí.

Alba miró por la ventana.

El paseo marítimo empezaba a llenarse. Un hombre colocaba cajas de refrescos frente a un bar. Una pareja de turistas consultaba un mapa. Una vecina cruzaba con el pan bajo el brazo. Todo el mundo parecía inocente desde lejos.

Ese era el problema.

—Hoy viene Valeria —dijo Alba.

—Lo sé.

—También Raúl. Bruno. La abogada. Y papá.

—¿Tu padre hablará?

—Eso espero.

Carmen se levantó.

—Tu padre tiene muchos defectos, pero cuando por fin decide ponerse delante de algo, no suele apartarse.

—Tardó once años.

—Sí.

La aceptación le dolió a Alba más que una excusa.

Su madre se acercó a la puerta.

—Hay otra cosa.

Alba la miró.

—¿Qué?

—Ayer, después de que os fuerais, llamé a Teresa.

Alba se tensó.

—¿Por qué?

—Porque fue mi amiga antes de que el miedo lo estropeara todo.

—¿Y?

Carmen se apoyó en el marco de la puerta.

—Me dijo algo raro. Que durante un tiempo creyó que las fotos venían de alguien del club. Alguien que estaba siempre cerca del campo, que tenía acceso a llaves, horarios, vestuarios.

Alba dejó la taza sobre la mesilla.

—¿Le dio un nombre?

—No. Pero dijo que había una persona que no quería ver a Valeria cerca del equipo femenino.

—¿Quién?

Carmen dudó.

—El antiguo entrenador del masculino. Esteban Mas.

El nombre cayó en la habitación con un olor viejo.

Alba lo recordaba.

Esteban Mas: silbato, barriga dura, bigote recortado, voz ronca, mirada que siempre evaluaba demasiado. Había entrenado al equipo masculino juvenil y después al amateur. Se creía dueño del campo porque había pasado más años allí que las porterías. A las chicas les dejaba los peores horarios y decía que el fútbol femenino estaba muy bien “para que hicieran deporte”, como si el deporte verdadero siguiera ocurriendo en otro lado.

Alba sintió un escalofrío.

—Él estaba en el campo ese día.

—Probablemente.

—Y tenía llaves.

—Sí.

—¿Sigue en el club?

Carmen apretó los labios.

—No oficialmente. Pero está muy cerca de la junta actual.

Alba cogió el móvil.

—Tengo que decírselo a Valeria.

—Hazlo con cuidado.

—Ya.

Su madre abrió la puerta.

—Alba.

—¿Qué?

—Cuidado no significa silencio.

Alba la miró.

Carmen no sonrió.

—A veces lo confundimos demasiado.

El Bar Ríos no abrió esa mañana.

En la puerta, Julián colgó un cartel escrito a mano:

CERRADO POR ASUNTO FAMILIAR

Una vecina leyó el cartel antes incluso de que él terminara de pegarlo.

—¿Todo bien, Julián?

Él la miró con la paciencia rota.

—No.

La mujer parpadeó, sorprendida ante una honestidad para la que no tenía respuesta preparada.

—Ah.

—Eso.

Y entró en el bar.

A las nueve y media, el salón de arriba se había convertido en una sala de guerra con olor a café, papeles y nervios.

Bruno había llegado con el portátil, una impresora portátil y tres carpetas de colores como si estuviera a punto de defender una fusión empresarial y no la dignidad de medio pueblo. La abogada, Inés Vidal, apareció poco después desde Tarragona: unos cincuenta años, pelo gris cortado a la altura de la mandíbula, gafas finas y una tranquilidad que parecía cara pero no ostentosa. No era familia de Alba, aunque compartieran apellido; lo aclaró al entrar con una media sonrisa.

—En Tarragona nos apellidamos Vidal hasta las farolas —dijo.

Valeria llegó a las diez menos cinco.

Sola.

Llevaba vaqueros, camiseta blanca y una chaqueta verde. Tenía los ojos cansados y el rostro sereno de una forma que Alba ya no confundía con calma.

Carmen la recibió en la puerta del piso.

No intentó abrazarla.

Bien.

—Buenos días, Valeria.

—Buenos días.

Hubo un silencio.

Carmen respiró hondo.

—Siento mucho lo que pasó. Lo de entonces. Lo de ahora. Mi parte también.

Valeria la miró.

Alba, desde el comedor, dejó de moverse.

—Gracias —dijo Valeria.

No dijo “no pasa nada”.

No dijo “está bien”.

Porque no lo estaba.

Carmen lo aceptó.

—Hay café.

—Eso sí lo acepto entero.

La tensión se aflojó apenas.

Cuando Valeria entró en el comedor, Alba se levantó por instinto y luego recordó la rodilla, la muleta, la torpeza. Valeria lo vio todo.

—No te levantes como si llegara la reina.

—No era por eso.

—Peor.

Alba casi sonrió.

—¿Cómo estás?

Valeria dejó la mochila en una silla.

—Con ganas de quemar pocas cosas, lo cual considero progreso.

—Bien.

—¿Tú?

—Con la rodilla en huelga.

—La rodilla es la parte más inteligente de ti ahora mismo.

Bruno levantó la vista.

—Estoy empezando a sentir cariño profesional por ti.

Valeria se sentó.

—No lo hagas raro.

—Tarde.

Julián estaba de pie junto a la ventana. Al ver a Valeria, se apartó un poco del cristal.

—Valeria.

Ella lo miró.

—Julián.

No hubo más.

Todavía.

Raúl llegó tarde.

Nueve minutos.

Valeria miró el reloj tres veces. A la tercera, Alba entendió que la puntualidad de Raúl era más que una costumbre; era una prueba. Una parte de Valeria esperaba que fallara incluso antes de entrar.

Cuando llamó al timbre, Carmen fue a abrir.

Raúl apareció en el comedor con una carpeta negra bajo el brazo y una expresión de hombre que había dormido peor que todos ellos juntos.

Vio a Valeria.

Luego a Alba.

Después a Julián.

Su mirada se detuvo en este último con una tensión evidente.

—Julián.

—Raúl.

Alba no sabía que se conocieran tanto.

Valeria sí.

Se le notó.

—¿Trajiste el acuerdo? —preguntó ella.

Raúl levantó la carpeta.

—Sí.

La abogada Inés tomó la palabra.

—Antes de empezar, necesito ordenar esto. Hay dos asuntos relacionados, pero distintos: el proyecto urbanístico-deportivo y las amenazas con fotografías privadas. Lo primero requiere revisar convenios, licencias, sociedades, posibles conflictos de interés y afectación a negocios. Lo segundo puede constituir coacciones, acoso, vulneración de intimidad o incluso revelación de secretos, según origen y difusión.

Nadie habló.

Inés miró a Valeria.

—¿Tú eres la principal afectada por las amenazas?

Valeria sostuvo su mirada.

—Sí.

—¿Quieres seguir adelante legalmente aunque pueda implicar que se investigue el origen de fotos antiguas?