La cerrajera del vampiro (Unidos por Sangre) CAPÍTULO TREINTA Y TRES #6
96%

CAPÍTULO TREINTA Y TRES #6

—Ya me he fijado en que la luz del día os hace eso —dijo Chloe—. Guardias humanos. Alguien que pueda examinarlo médicamente. Y que a nadie se le ocurra tomar mi acuerdo de esta noche como permiso para sacarme de la cama a rastras.

—Una cita —dijo Seraphine.

—Sí. Después de haber descansado. Tú llamas y yo te digo si puedo hacerlo sin riesgos. Si no puedo, fijamos el siguiente momento seguro y seguimos con las comprobaciones.

La Capitana de Puerto sopesó las condiciones.

—Tú abres la puerta exterior. No debes tocarlo.

—No pensaba darle un abrazo de reencuentro.

Quería protestar por cada detalle del plan de que Chloe fuera allí sin mí. Estaba herida. Bram sabía su nombre y había disfrutado de tener un motivo para pronunciarlo. Todavía veía la forma que habían tomado sus hombros cuando Seraphine dijo «Kessler» por primera vez.

—Dime quién será el escolta antes de que te duermas —me dijo—. Dime en quién confías. Yo decido si voy.

Era un trabajo que podía hacer.

—Lo haré.

Seraphine le dio la hora a la que alguien llamaría para acordar los detalles y luego se apartó para hablar con un guardia. Sin citaciones forzosas. Sin dar por sentado que un trato cerrado mientras ella sangraba hubiera comprado también el resto del cuerpo de Chloe, y no solo su destreza.

Roz me quitó el vaso vacío de las manos.

—¿Adónde vas a ir cuando te marches? —le preguntó a Chloe.

La pregunta era para Chloe y, esta vez, ninguno de nosotros respondió por ella.

—A su casa —dijo Chloe—. Si sigue siendo una opción.

—Lo es.

Roz asintió como si por fin hubiéramos acabado de discutir algo que debería haber llevado la mitad de tiempo.

—Voy a subir primero. Hay comida, toallas limpias y una cama como Dios manda, y para nada de eso hace falta que os pongáis a discutir otra vez en la puerta.

—La lámpara —dije en voz baja cuando Chloe se volvió hacia Lily.

—Sé cuál es.

—La bombilla parpadea.

—Tengo una nueva. —Me miró a la cara y se ablandó un poco—. Mañana puedes preguntarle dónde la quiere.

La vi marcharse. A mi espalda, Chloe le preguntó a Lily si quería la habitación de invitados del ático o su propia cama. Lily se tomó su tiempo para contestar. Nadie la apremió.

❦

A las dos y media, los Narrows eran niebla, ladrillo mojado y la mancha anaranjada de una farola.

Los coches negros de la Corte esperaban al ralentí junto a la acera. Dos guardias de Seraphine montaban guardia en la puerta del taller; su aliento no formaba vaho en el frío.

Lily estaba sentada en el escalón, bajo la campana, envuelta en una manta prestada y con las manos escondidas entre los pliegues. Nico estaba sentado a su lado, con pinta de tener diecinueve años y de estar aterrado por ello, y le sostenía un vaso de papel con té como si pudiera explotar.

—¿Estás segura? —le dijo Chloe a su hermana—. Podrías venirte con nosotros.

—¿Y veros hacer ojitos todo el rato? Paso. —Lily se arrebujó más en la manta—. Voy a dormir en mi propia cama. Nico se queda en el sofá. Los tipos que dan miedo están fuera. La cerradura de la puerta solo se abre desde dentro. —Me miró—. Alguien pensó en eso.

No dije nada.

—Alguien piensa en todo —dijo Lily, y algo en su voz me cerró la garganta.

Chloe se puso en cuclillas y apoyó la frente contra la de su hermana. Se quedaron así un buen rato, con la mano de Chloe en la nuca de Lily.

—Cierra con llave al entrar.

—Sé cómo funciona una cerradura, Chlo. Me he criado en una cerrajería.

—Hazme el favor.

—Siempre —dijo Lily.

Teddy llegó por la acera con el móvil en la mano. Había estado llorando. No se molestó en disimularlo.

—La he llamado —me dijo—. La he despertado. Le he dicho que había encontrado una salida. Pensó que estaba borracho. —Se rio, y la risa le tembló—. Max. Pensaba que estabas acabado. Pensaba que estábamos todos acabados.

—Yo también.

—Tu chica acaba de pasear a la Capitana de Puerto por la manzana con una correa.

—No es mi chica —dije—. Yo soy su vampiro. Espabila.

Teddy me sonrió de oreja a oreja con los ojos húmedos y me dio una palmada en el hombro. Dolió. Se lo permití.

Chloe se incorporó. Miró el nombre de su padre en el escaparate, en pintura dorada desconchada. Luego vino hacia mí y me cogió la mano derecha. Su pulgar encontró el anillo y lo giró una vez, como si comprobara que encajaba bien.

Tenía la palma helada. La mía había entrado en calor. No sabía quién sostenía a quién.

—Llévame a casa —dijo.

Se me oprimió el pecho. Todas las casas que había tenido en la vida me atravesaron de golpe. El cristal del ático. El taller a nuestras espaldas. Una cabaña de pescadores en la bahía, que el agua se había llevado hacía mucho.

—¿A qué casa? —pregunté.

En el bolsillo del abrigo, mi mano izquierda llena de cicatrices se cerró alrededor de una pequeña llave de latón.

La había mandado cortar el martes para la cerradura n.º 7 y la había metido en el abrigo que Roz había traído esa noche.

Mi intención era dejársela a Roz, para que se la diera a Chloe cuando yo ya no estuviera.

Chloe echó la cabeza atrás y alzó la vista hacia mí: el labio partido, la garganta amoratada y los ojos verdes bien despiertos y traviesos.

—A la que tiene la cerradura de la que me diste una llave —dijo Chloe—. Ah, espera. Todavía no me la has dado.