La cerrajera del vampiro (Unidos por Sangre) CAPÍTULO TREINTA Y DOS
90%

CAPÍTULO TREINTA Y DOS

❦

C H L O E

Pasé por la puerta que Frank me sostenía, porque si echaba a correr hacia la calle, él subiría las escaleras hasta Lily. Entró detrás de mí y la soltó. El acero giró sobre el cierrapuertas, lento y con un siseo, como algo que exhalara entre los dientes.

—Chloe, peque, siempre has odiado las puertas cerradas.

El aire se me quedó atascado a mitad de la garganta. Se me helaron las manos. Encajé la bota en el hueco; la puerta mordió el cuero y se detuvo, y dejó pasar tres dedos de la luz gris de la calle que entraba por la tienda.

Frank me vio hacerlo. Se limitó a asentir, igual que cuando yo colocaba un pasador al primer intento.

—Ahí está —dijo—. La hija de Walt.

Bajo la pintura blanca nueva, la trastienda seguía guardando el fantasma de humo del incendio. Aquella noche tenía compañía. Podredumbre, dulce y húmeda. Y, por encima de la podredumbre, menta, tan intensa que me lloraban los ojos.

Frank estaba de pie bajo la bombilla desnuda. La bombilla no le hacía ningún favor. Tenía la piel de un gris de agua de puerto, y de una grieta oscura en la sien le rezumaba algo que ya no era sangre.

Sonrió. Tenía las encías negras.

—Frankie. —Me salió la voz rasposa—. Necesitas un hospital.

—Necesito mucho más que un hospital. —La risa se le quebró en tos; escupió algo negro en un trapo y lo dobló con cuidado—. Peque, me estoy pudriendo. Me tumbo por la noche y me oigo reblandecerme por dentro. ¿Quieres saber qué se siente?

—No. Quiero que abras esta puerta y salgas de mi tienda.

—No puedo. Sabes que no puedo.

—El vial no bastó. Nada de eso bastó. Necesitas el rito o necesitas más, mucho más. —Se dio unos golpecitos en el cráneo—. Y ahora el hambre la tengo toda aquí arriba. Huelo tu pulso. Huelo a tu hermana ahí arriba, esa porquería de vainilla que se pone.

Lily estaba detrás de una cerradura que solo se abría desde su lado. Había oído el clic. Era lo único de aquel edificio en lo que confiaba.

—Quieres la Reserva Profunda —dije.

—Quiero la Reserva Profunda. ¿Y sabes qué se oye en Salt Row? La gente de Seraphine no sabe tener la boca cerrada. Todas las ratas de muelle de Port Merrow saben lo que hizo la hija de Walt ahí abajo. Cantaste tu cancioncita y cambiaste la cerradura, y ahora no la abre nadie más que tú.

—No la abre nadie, Frank. De eso se trata.

—Tú sí. —Las llaves viejas le tintinearon en el cinturón, el mismo sonido que los sábados por la mañana recorría la tienda acompañado de una caja de donuts—. Dame la secuencia y dejaré en paz a Lily. Me iré de la ciudad. Me iré para siempre. Ahora tengo toda la eternidad.

—¿Y si no?

—Entonces subiré esas escaleras. —Lo dijo con suavidad. Eso era lo peor—. Buena cerradura, la que te puso tu chico. Pero ahora soy fuerte, peque. Tiraré abajo la pared entera que la rodea, me llevaré a Lily y tú podrás volver a buscarla. Se te da bien.

Se me cerró la garganta. Tragué saliva y me dolió.

No tenía un plan. Tenía una puerta, una bota y mi boca.

—¿Y con qué vas a girarla? —pregunté.

Frank parpadeó. La pregunta lo había pillado a medio camino entre la amenaza que acababa de hacer y la que pensaba hacer a continuación.

—¿Qué?

—La cámara. Puedes saberte todos los números que quieras. Eso no te pone el sello en la mano.

Bajó la mirada a los dedos. Los tenía hinchados alrededor de las articulaciones. Yo le miré la cara en vez de seguir su mirada.

—Tu chico traerá lo que hace falta.

—¿Tú crees?

—Ya vino a buscarte una vez.

Dejé que el silencio durara lo justo para que pareciera una objeción para la que aún no encontraba palabras. La bota empezaba a dolerme. El acero me apretaba el costado del pie a través del cuero y, cada vez que me temblaba la pierna, el hueco variaba una fracción.

—Si le haces daño a Lily, no vas a conseguir que él abra nada —dije.

—He dicho que la dejaría en paz.

—Después.

—Sí. Después.

—Te gusta mucho eso de «después», Frankie.

Se frotó el trapo entre los dedos. Un día había sido un cuadrado limpio. Reconocí la manera de doblarlo: un cuarto de giro cuidadoso para dejar dentro la parte usada. Lo hacía con los trapos de la tienda incluso cuando los demás los tiraban al cubo sin más.

—¿Crees que yo quería que fuera así? —preguntó.

—Creo que no paras de decirlo como si eso cambiara cómo lo hiciste.

—Necesitaba ayuda.

—Así que cogiste la nuestra.

—Eso no es justo.

Ahí estaba. No en la cara arruinada ni en la voz cambiada. En la indignación ante una frase que ponía a la persona equivocada al mando de la historia.

Dio un paso hacia mí. Apreté más el talón contra el hueco y mantuve las manos donde pudiera verlas. Vacías. Normales. Nada que mereciera la pena detener, todavía.

—Dime qué pasa cuando llegues allí —dije.

—La Reserva.

—Sé lo que quieres. Te he preguntado qué pasa.

Se me quedó mirando.

—Te la bebiste —dije—. Te está haciendo daño. ¿Por qué iba a ser distinta la siguiente?

—Con suficiente, ya es otra cosa.

—¿Y eso quién lo dice?

Movió la boca y, por un segundo, no le salió ninguna palabra. En su lugar, el hueco lo llenó el ruido de su pecho.

—La gente que lo mantiene bajo llave —dijo—. ¿Por qué crees que lo mantienen bajo llave?

—Porque saben algo de eso que tú no sabes.

—Porque no quieren compartirlo.

Lo dijo con la misma convicción con la que antes discutía las facturas. Siempre había alguien con el dinero. Alguien había decidido que él no tenía derecho a ese dinero. Si lograba demostrar que lo segundo era injusto, lo primero tendría que pasar a ser suyo.

Un temblor me recorrió la pierna con la que sujetaba la puerta. Desplacé unos centímetros el pie libre. Frank observó el movimiento. Me quedé quieta.

—Necesitas a alguien que entienda lo que te está pasando —dije.

—Y tú podrías conseguirme a alguien.

—Podría preguntar.

—Pregunta. —Ensució la palabra al decirla—. ¿Crees que me dejarían entrar después de lo que pasó ahí abajo? ¿Crees que tu vampiro se apartaría y me dejaría preguntar por las buenas?

No. No lo creía. Había cosas que podía ofrecer sin prometerlas, y otras que él sabría que eran mentira en cuanto abriera la boca.

—Creo que se te están acabando las salidas que no terminen con otra persona herida.

Las llaves le golpearon el cinturón al moverse.

Giró todo el cuerpo hacia la puerta en vez de limitarse a girar la cabeza; los dos pies lo siguieron, como si las distintas partes de su cuerpo ya no se pusieran de acuerdo sobre adónde quería mirar.

La velocidad en línea recta seguía ahí. La había visto en la tienda. Girar le costaba.

Me pilló observándolo.

—¿Qué miras?

—A ti.

—No lo hagas.

Miré el trapo en su lugar. La línea negra que calaba el pliegue nuevo. Mi cerebro quería convertir lo que había visto en una regla —lento al girar, rápido cuando sabía adónde ir—, pero una observación no era una regla. Era lo único útil que tenía.

Interpretó como obediencia la demora que le ofrecía. Bajó un poco los hombros.

—Aún podemos arreglarlo —dijo—. Me das lo que necesito y no hace falta arrastrar a tu hermana por nada más de esto.

—«Nosotros».

—No te pongas a hurgar en las palabras, peque.

—Hurgo en las cosas que no encajan.

—Siempre has sido así. Walt te dejó ser así.

—Él me enseñó.

—Te enseñó la parte que quería que tuvieras.

Había algo debajo de aquella frase que podría haberme pasado la vida entera intentando desentrañar.

El socio que se había quedado fuera de una broma privada.

El amigo que apuntaba cada favor como un crédito que podía cobrar.

El hombre que sabía cuál era el escalón que fallaba y qué taza era la de mi padre, y que aun así había necesitado que la tienda pronunciara su nombre más alto que el nuestro.

No tenía una vida entera para dedicarle.

—Podrías soltar el trapo —dije—. Podrías sentarte. Deja de moverte un minuto y déjame llamar a alguien.

Por un instante miró el suelo desnudo, como si la sugerencia hubiera llegado a una parte sensata de él. Entonces algo crujió arriba. Una tubería, una tabla, Lily cambiando el peso de un pie al otro. Fue un ruido demasiado leve para identificarlo.

Frank levantó la cabeza.

—Ahí está tu hermana —dijo en voz baja.

Todo mi cuerpo quiso volverse hacia el sonido. Seguí de cara a él.

—Mírame, Frankie.

—Siempre le dices adónde ir.

—Mírame.

—¿Sigue haciendo lo que le dices?

Yo llevaba un rato buscando la manera de sacarlo de aquella habitación. Él seguía decidiendo cuál de los dos obligaría al otro a obedecer. Apoyé la mano libre en el borde de la puerta y sentí el metal frío bajo la palma.

—Mataste a mi padre —dije—. En esta habitación. Y luego, en su funeral, me apretaste la mano con tanta fuerza que se me durmieron los dedos.

—Sí que te cogí la mano. —Le tembló la barbilla—. Lloré en aquel funeral. Aquello no fue fingido, Chloe.

—Me enseñaste a montar en bici en Tanner Street. Corriste detrás de mí todo el camino.

Durante un segundo fue simplemente Frankie, el tipo de las gafas de leer colgadas de un cordón que me dejaba llevar el volante de su camioneta en el aparcamiento del Muelle Nueve. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Lo hice. Sí que lo hice, peque.

—Dijiste que no soltarías el sillín. Y lo soltaste, y yo ni me enteré. Me giré en la esquina y tú ya estabas allá atrás, junto a la tienda, aplaudiendo.

—Te pusiste hecha una furia conmigo. —Se seco los ojos con el dorso quemado de la mano derecha—. Me estuviste gritando toda la manzana.

—Estoy enfadada ahora, Frankie. Estoy tan enfadada que no me siento las manos.

—Déjate de historias. —Una lágrima abrió un surco en el gris de su mejilla—. Deja de convertirme en el malo con esas historias.

—Eres el malo con historias o sin ellas.

Su mano se movió tan deprisa que no la vi salir del costado.

La bofetada me estrelló la cabeza contra el borde de acero de la puerta. El labio se me partió contra los dientes y la boca se me inundó de cobre, caliente y brillante, que me bajó por la barbilla.

Mi bota siguió en la rendija. No sé cómo.

—La secuencia —dijo Frank, ahora llorando de verdad—. Por favor, Chloe. No me obligues a hacerlo otra vez.

Aparté la cara para escupir sangre y entonces lo vi.