La cerrajera del vampiro (Unidos por Sangre) CAPÍTULO VEINTITRÉS
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CAPÍTULO VEINTITRÉS

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M A X I M

—Maxim. Maxim, por favor, despierta.

La voz de Roz a través de la puerta del dormitorio y, por debajo, los latidos de su corazón, demasiado acelerados.

Busqué a Chloe a tientas antes de abrir los ojos.

Sábanas frías. Su lado de la cama no conservaba nada de calor, ni rastro del ardor que le desprendía la piel siempre después de darme de beber. El cristal que daba al puerto pasaba del negro al gris. Las seis y veinte. En mi mesilla, su lámpara estaba apagada.

La mano derecha se me levantó del colchón de un modo extraño. Demasiado ligera.

La sostuve delante de la cara. Un anillo de piel pálida me rodeaba la base del dedo, donde la plata había estado desde antes de que Roz naciera. Ahora no había nada.

La puerta se abrió. Roz estaba en el umbral, todavía con el abrigo abrochado y el teléfono apretado contra el pecho.

—Maxim, no está aquí. Alguien ha forzado la cerradura del ascensor de servicio. Llevo llamándote desde las nueve de la mañana.

—No podías despertarme.

—Te zarandeé. Grité. Abrí las persianas del pasillo y no te inmutaste siquiera.

Apretó los labios hasta formar una línea recta.

—Durante un minuto espantoso pensé que te había hecho algo. Pensé que esa chica te había matado mientras dormías.

—No me ha hecho daño.

Giré la mano desnuda.

—Se ha llevado el anillo.

Se me abrieron las encías antes de que comprendiera lo que acababa de decir. Los colmillos bajaron con tanta fuerza que me cortaron el labio, y cada veta del cabecero se volvió nítida de golpe.

Estaba fuera de la cama antes de que Roz pudiera dar un paso atrás.

Me puse unos pantalones negros y una camisa negra, y me abroché los botones con la mano sana.

El pasillo. La cocina, con su taza en el fregadero y la miel reseca en el fondo. La biblioteca. La puerta del balcón, aún cerrada con llave. La despensa y, detrás, el ascensor de servicio, con la placa del interruptor de llave colgando de un solo tornillo y un arañazo brillante cruzando el latón.

Lo había hecho en menos de un minuto. Tarareando.

—Chloe.

Mi voz llenó la planta veintidós entera. No respondió nadie. Allí arriba no latía otro corazón que el de Roz, revoloteando en la puerta de la cocina.

Abrí de un tirón la puerta del cuarto de invitados, con tanta fuerza que el pestillo se me quedó en el puño.

La cama estaba hecha. Sus botas no estaban. Su estuche de herramientas tampoco.

Se me cerró el pecho. Me quedé allí, con un pestillo de latón roto clavándose en la palma, incapaz de tomar aire, que es una cosa bien estúpida de necesitar para un hombre muerto.

La lámpara apagada junto a mi cama. Ella nunca apagaba esa lámpara. Ni cuando estaba furiosa conmigo. Ni una sola vez desde que había cruzado el pasillo hasta mi mesilla. La dejaba encendida a mi lado todas las noches, para que estuviera esperando.

Esta vez la había apagado porque no pensaba volver a ella.

Roz me tocó el brazo, muy suave, como se toca a un perro que acaba de morder a alguien.

—Maxim. Tu teléfono. Teddy lleva llamando desde que se ha despertado.

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Estaba en la mesilla, encendido y lleno de llamadas perdidas. No las miré. Teddy descolgó antes de que terminara el primer tono.

—Max. Ay, gracias a Dios. Escúchame…

—¿Dónde está?

—En el garaje, a las ocho y dos de la mañana. Con la capucha puesta. Ha salido andando, Max. Nadie se la ha llevado.

Al otro lado se oyó un repiqueteo de llaves y, por debajo, el zumbido de ochenta pantallas del Ojo.

—Rampa arriba, directa, y hacia el norte a pie, en dirección a Harbor Avenue. La pierdo en la esquina. No se detuvo ningún coche. Nadie la siguió. Se marchó andando, sin más.

Nadie se la había llevado. Mi propio teléfono crujió en el puño.

—Su teléfono.

—Lo he llamado treinta veces. Salta directo el buzón de voz. Lo ha apagado, así que estoy apretando a un tipo de la operadora para que me dé la última antena que lo registró, pero es lento y me tiene miedo, lo que lo vuelve todavía más lento.

—Haz que vaya más rápido.

—Max, estoy…

Se interrumpió. Su respiración hizo algo extraño al otro lado de la línea.

—Estoy en ello. Te llamo.

La llamé en cuanto colgó. No llegó a sonar siquiera. Su propia voz, alegre e impertinente, me anunció que aquello era Cerrajería Vance y que dejara un mensaje, salvo que estuviera vendiendo algo.

No dejé ninguno. No me fiaba de lo que podía salir de mi boca.

La puerta del despacho, al final del pasillo, estaba entreabierta un par de centímetros. Durante cuatro años la había cerrado siempre con llave. Desde que ella la forzó, ya no me molestaba.

La habitación olía a papel viejo y a tabaco de pipa que nadie fuma desde los tiempos de Coolidge. El tablero de ajedrez seguía junto a la ventana, con la partida que Walter y yo nunca llegamos a terminar.

Algo no encajaba.

El rey blanco yacía de lado en el centro del tablero.

Algo frío y pesado se me asentó en el fondo del estómago antes de que me permitiera pensar la palabra. «Abandono». Eso es lo que significa un rey tumbado de lado.

Lo cogí. Tenía un arañazo nuevo y brillante en el cuello. El rey se desenroscaba por ahí. Le quité la cabeza. Dentro del hueco había un papel doblado muy pequeño.

Me temblaron los dedos al desdoblarlo. La izquierda aún me dolía por el fuego. Apenas lo noté.

Había escrito con letras de molde, apretando tanto que el bolígrafo casi había atravesado el papel.

Lily. A las tres de la madrugada. El Leviatán. La matarán si vienes. Lo siento. Te devolveré el anillo. —C.

Me senté de golpe. Las rodillas me fallaron sin pedir permiso, el sillón de cuero me recogió, y allí me quedé, con un rey de ajedrez en una mano y su nota en la otra.

Lily. Claro que era Lily. Habían llegado hasta ella de algún modo, en algún momento de la noche anterior, mientras yo estaba tumbado a su lado pensando que lo peor ya había pasado. Le habían dicho el precio, y ella lo había pagado sin decir una palabra.

—¿Maxim? —Roz estaba en el umbral. No quería entrar. Nunca entra aquí—. ¿Qué dice?

Se la tendí. Cruzó la habitación, la leyó y se llevó la mano a la boca.

—Ay, esa criatura —dijo—. Ay, qué criatura tan valiente y tan insensata.

—Ha ido a abrirles la bóveda. Por su hermana.

—Y no te lo ha dicho. —Roz bajó el papel. Tenía los ojos húmedos y duros a la vez—. ¿Por qué no te lo ha dicho?

Miré el tablero.

—Se lo conté todo, Roz. Cuatro años observándolos. Lo que es la Corte. Lo que guardo para ella y lo que he hecho para seguir guardándolo.

—¿Y?

—Y lo resolvió como resuelve cualquier cerradura. La bóveda a un lado, su hermana al otro. —Mi voz no parecía la mía—. Me miró y vio a un hombre capaz de dejar morir a Lily.

—Está muerta de miedo.

—Y hace bien en estarlo. Solo que no de mí.

La había sacado en brazos de un barco en llamas. El fuego me había devorado la espalda y la mano, y volvería a pasar por eso cada noche antes que por esto.

—Porque cree que elegiría la bóveda —dije.

Roz no dijo nada. No me dijo que Chloe se equivocaba. Se limitó a dejar la nota sobre el escritorio, con cuidado, como si pudiera magullarse.

Roz fue hasta la puerta. Por un momento pensé que me dejaba a solas con aquello. Entonces la cerró y volvió.

—¿Qué vas a decirles?

—La verdad.

—¿Qué parte primero?

Alcé la vista hacia ella. Por fin se había quitado el abrigo. Tenía marcada en la nuca la línea del cuello; había pasado el día vestida para ir a algún sitio, sin tener adónde ir.

—Falta el anillo.

—¿Y la chica?

—Roz.

—Me pediste que leyera la nota. La he leído. —Dio unos golpecitos en una esquina del papel—. Ahí dentro hay dos chicas, Maxim. Cuando hables con esa gente, di sus nombres.

Esa gente. Treinta y un años bajo mi techo y seguía negándose a concederle a la Corte un título más grandioso del que merecía.

Alisé el papel con el canto de la mano. Chloe había apretado tanto al escribir la última palabra que se notaba por el reverso.

—Ya conocen a Chloe.

—Saben que te has traído a alguien a casa. No saben cómo es antes de desayunar.

—No creo que eso cambie su decisión.

—No. Pero puede cambiar la manera en que lo pidas.

Quise decirle que allí no iba a pedirse nada. Que daría una orden y la ciudad se recompondría hasta tomar la forma que me hacía falta. Habría sido una mentira cómoda, y Roz me habría obligado a oírme terminarla.

El teléfono estaba junto al tablero. Puse la mano encima sin cogerlo.

—Cuando descubriste que se había ido, ¿qué hiciste?

—La he llamado. He llamado a Teddy. He intentado despertarte. Lo he vuelto a intentar. —Apretó los labios—. He bajado a ver si había dejado algún mensaje en recepción. Luego he subido y lo he intentado contigo una vez más.

Me lo imaginaba con demasiada facilidad: sus zapatos sobre la alfombra del pasillo, la puerta del dormitorio abierta unos centímetros más con cada intento. Yo bajo la manta, más allá del alcance de cualquier voz humana.

—No deberías haber tenido que hacerlo sola.

—El que estaba solo no era yo.

La corrección fue suave. Dolió igual.

Sacó un pañuelo del bolsillo del abrigo y se agachó a recoger algo junto a la silla. Una esquirla de latón del pestillo que yo había roto, tan pequeña que desaparecería en la alfombra hasta que alguien la encontrase con el pie. La envolvió en el pañuelo.

—Haré que arreglen esa puerta.

—No la cerradura de fuera.

Alzó la vista.

—El pestillo de privacidad —dije—. Solo eso.

—Sé lo que es un pestillo de privacidad.

—Sí.

—Y sé cómo pedirle uno a un operario sin contarle nada que no deba oír.

Por fin le asomó el filo a la voz. Me lo merecía. Tenía la casa llena de gente capaz de hacer su trabajo sola, y el miedo me hacía buscarles la mano una y otra vez.

—Haz lo que tengas que hacer —le dije.

Asintió una vez, quedándose con la parte útil de aquello y dejando el resto donde estaba.

—¿Preparo la otra habitación?