CAPÍTULO VEINTIDÓS
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C H L O E
El ascensor sonó a las doce y veinte, y puse el móvil boca abajo sobre la isla de la cocina como si me hubiera mordido.
Una hora abajo, en el garaje, con Teddy, y Maxim volvió sigiloso sobre la alfombra. Se acercó por detrás, apoyó la boca contra mi pelo y la dejó ahí.
—Chloe, estás temblando.
Tenía las manos apoyadas sobre la piedra blanca. Me obligué a no moverlas.
—Ha sido una noche muy larga, ¿vale? Dame un minuto para asimilarla.
—Han sido cuatro años en una sola noche.
Su mano derecha subió por mi espalda, el anillo pesado y frío a través de la camisa.
—Te late el corazón como a un conejo.
—Te sentaste en el suelo de un pasillo y me dijiste que vigilabas mi tienda todos los jueves. Creo que tengo derecho a un conejo.
Soltó el aire contra mi pelo, casi una risa. La sentí recorrerme entera.
Entonces le vibró el móvil y todo su cuerpo se quedó inmóvil contra mi espalda.
—Teddy otra vez —dijo—. La Corte ha enviado a alguien al Ojo y quieren al Guardián, no a su lugarteniente.
—Pues ve a ser el Guardián. Yo no pienso ir a ninguna parte.
—No me gusta dejarte así, Cerrajera.
—¿Así cómo? ¿Cansada? Ve a dar miedo a alguien. Estaré aquí cuando vuelvas.
Sus ojos grises me recorrieron como si leyera una cerradura. Durante un segundo, estuve segura de que oiría la mentira en mi pulso.
—Volveré antes de las cuatro —dijo—. Deja la lámpara encendida.
El ascensor se lo llevó. Conté hasta sesenta. Después agarré el móvil y eché a correr.
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El baño de invitados tenía pestillo y un grifo lo bastante ruidoso para tapar mi voz.
Eché el pestillo, abrí el grifo al máximo y me senté entre la bañera y el lavabo. Las baldosas me mordieron de frío a través de las mallas.
Me obligué a mirar la fotografía antes de llamar a nadie.
El moratón, no. Ya lo había mirado bastante como para sentirlo en mi propia cara.
Me fijé en las esquinas de la foto, en la franja de pared que asomaba sobre la cabeza de Lily, en el borde del papel que sostenía entre las manos.
Si habían sido tan estúpidos como para dejar ver una ventana, un nombre en una caja, cualquier cosa, podría darle a Maxim algo mejor que la exigencia de meterse en otra trampa.
Amplié la imagen hasta que la cara de Lily se deshizo en cuadrados.
Nada. Una pared pálida. Una sombra que podía ser el marco de una puerta o alguien de pie justo fuera del encuadre. Giré el móvil de lado. La sombra siguió siendo una sombra.
Tenía la uña del pulgar rota. Esmalte oscuro, descascarillado en la punta.
Yo conocía esa uña. La había dejado crecer demasiado y luego se quejaba cuando se le engachaba en la costura del pantalón de trabajo.
La había amenazado con llevar un cortaúñas al casino y cortársela yo misma si volvía a oír hablar de aquella maldita uña.
Era una cosa tan pequeña y tan corriente para encontrarla en aquella fotografía. Puse mi pulgar sobre el suyo, en el cristal.
Luego lo aparté. No podía hacer nada útil mientras tapaba la mitad de las pruebas.
La fecha del periódico estaba ahí. Esa sí la distinguía.
Me decía que la tenían desde hacía el tiempo suficiente para preparar aquello, para ponerle un periódico entre las manos y explicarle cómo sujetarlo.
No me decía dónde estaba ahora. Y yo no dejaba de querer que la foto prometiera más de lo que podía.
La guardé. Después abrí un mensaje para Maxim.
Tienen a Lily. Quieren—
Mi dedo se detuvo.
Volvería. De eso no dudaba. Se abriría el ascensor, me vería la cara y ya no habría tiempo para decidir cuánto contarle.
Seguiría con la mano izquierda vendada. Se quedaría ahí plantado, quemado y furioso, y me pediría el móvil, y yo se lo daría porque quería que otro cargara con aquello durante diez segundos.
Lo que pasara después era la parte que no alcanzaba a ver.
Se había marchado en cuanto lo llamó la Corte. Un hombre capaz de hacer callar a una sala entera había apartado su propia preocupación porque alguien de abajo quería al Guardián. ¿Y si querían que hiciera otra cosa? Cerrar el túnel. Vigilar la puerta. Mantener el anillo donde debía estar.
Podía pedirle que eligiera. Lily pagaría la respuesta antes que yo.
El grifo carraspeó. Me sobresalté tanto que el móvil chocó contra la bañera.
—Ten aplomo —susurré.
Una instrucción realmente excelente. Lástima que no vendiera aplomo. Habría cogido un poco del almacén y me lo habría cobrado al doble.
Borré el mensaje a medias, letra a letra. Lo que no borraba era que lo necesitaba. Eso seguía ahí, incómodo y enorme, sin ninguna crucecita en la esquina para hacerlo desaparecer.
El contacto de la policía seguía en las llamadas recientes.
También me quedé mirándolo. Podía decirles que la fugitiva había enviado una foto de su cara amoratada.
Podía explicarles la cámara acorazada, el barco, las cosas que había visto bajo la ciudad.
Y entonces alguien preguntaría por qué no había mencionado nada de eso antes, y si el hombre del casino sabía que estaba usando su nombre.
El detective ya había decidido que entendía a mi hermana. Yo sabía lo que era ser la mujer irracional al otro lado de su escritorio, intentando explicarle que no la entendía.
No. No podía gastar las horas que me quedaban en conseguir que empezara a creerme.
Frank sí me creería. Se sentaría con papel y lápiz. Sabría qué preguntar primero, y no habría que convencerlo de que Lily merecía la pena.
Volví a la fotografía una vez más. No había respuesta del número desconocido porque yo no había enviado ninguna. Ningún parpadeo que tranquilizara. Solo mi hermana sujetando aquel papel como si fuera algo detrás de lo que esconderse.
—Muy bien, Lil —le dije—. Voy a buscar ayuda.
Busqué el nombre de Frankie y lo pulsé antes de empezar una cuarta discusión conmigo misma.
Frank contestó al segundo tono, ya tosiendo.
—¿Peque? Son las doce y media. ¿Qué pasa? Háblame.
—Frankie, no me preguntes cómo te llamo, ¿vale? Solo escúchame.
—Te escucho, cariño. ¿Estás herida? ¿Alguien te ha puesto la mano encima?
—No. Han enviado una foto. Es Lily. Está viva, Frank, sostiene un periódico y tiene la mejilla toda… —Me apreté los nudillos contra los dientes—. Toda morada.
Su respiración se volvió áspera y húmeda.
—De acuerdo. Léeme el resto. Cada palabra, exactamente como la han escrito.
La amenaza nos daba el lunes para prepararnos. El martes a las tres de la madrugada debía presentarme en el Leviatán. Leí dos veces la última instrucción: sola o Lily moriría.
En algún punto de su lado de la línea, mar adentro, sonó una sirena. Dos pitidos largos.
Se me erizó el vello de los brazos. «Eso ya lo he oído».
—¿Chloe? ¿Sigues ahí conmigo, cariño?
Y desapareció. Solo quedaba el ruido del puerto.
—Estoy aquí. Sigo aquí.
—Vale. Escúchame. —Se tapó el teléfono para toser—. Haz lo que te dicen, peque. No se lo cuentes al vampiro. Dejará morir a Lily para proteger su bóveda.
—Él no es así. No lo conoces. Esta noche me ha contado cosas, Frank, cosas de verdad, sobre papá…
—Seguro que sí. —No lo dijo con maldad, solo cansado—. No digo que no le importes. Digo que tiene a toda una Corte respirándole en la nuca y una bóveda llena de lo que sea que tanto miedo les da a todos, y que tu hermana no es más que una chica pelirroja. ¿Vas a apostar su vida por él?
Me ardían los ojos.
—No. Dios, no.
—Entonces no la apuestas. Yo te cubro las espaldas. No vas a entrar sola en ningún túnel, ¿me oyes? Ven primero a mi oficina. A las nueve. Lo planearemos mientras duermen.
—Frankie, ni siquiera puedo abrirla. Hace falta su anillo y una secuencia que no conoce nadie vivo.
—Eres la hija de Walt. —Se le oía la sonrisa, torcida y triste—. Nunca vi una cerradura que te ganara. Ni una sola vez. Lo averiguarás.
Me reí, y la risa me salió llorosa.
—Te quiero, peque. Tu padre estaría muy orgulloso.
—Yo también te quiero, Frankie —susurré—. A las nueve. Allí estaré.
La pantalla se apagó, y el cuarto de baño se quedó a oscuras con ella.
«Alguna secuencia que no conoce nadie. Ella ya conoce la canción».
Se me cortó la respiración a medio inspirar. Los dedos ya se me movían antes de que la cabeza los alcanzase, girando un dial hecho de aire.
Bajo el Muelle Nueve, a la luz de la linterna de Maxim. No había números. Ocho pequeñas lunas alrededor del borde. Dos marcas profundas, ALTA y BAJA. Un casquillo de anclaje en el centro, a la espera de un anillo.
Volví a encender la pantalla y dejé el teléfono boca arriba sobre las baldosas.
La luz alcanzó el canto del tubo cromado del desagüe, bajo el lavabo.
Dos codos, un manguito y una ranura pequeña y barata donde encajaría un destornillador.
Miré eso en lugar de la fotografía y dejé que las manos recordaran lo que era tener un trabajo que hacer.
El dial me había asustado cuando Maxim me lo enseñó.
Era mucho acero caro alrededor de un secreto muy feo.
Pero papá no había construido el secreto.
Había construido lo que impedía que la gente llegara hasta él.
Había una diferencia, y yo necesitaba volver a la parte que él sí podía haberme enseñado.
Ocho marcas. No ocho números.
Pasé un dedo húmedo por la baldosa entre las rodillas y dibujé un círculo. Salió torcido. Lo borré con la manga y lo intenté de nuevo, marcando la parte superior con la uña del pulgar.
Si las lunas eran decorativas, tenía que haber una escala en otro sitio. Tal vez pequeña, quizá oculta bajo el borde, pero no se podía pedir a una mano humana que se detuviera en un punto exacto sin darle dónde pararse. Yo había mirado. El dial de papá no tenía ninguna.
Las imágenes eran la escala.
—Vale —le dije al tubo del desagüe—. Eso ya es algo.
Mi voz sonaba fatal en aquel cuartito. Me alegré de que el tubo del desagüe no estuviera en condiciones de opinar.