CAPÍTULO VEINTE #4
Maxim miró más allá de mí, hacia el reloj. Me puse en esa línea de visión porque estaba harta de ser algo que los hombres podían esquivar con la mirada mientras pensaban en protegerlo.
—No nos ofreció a la Corte, ¿verdad?
Le cambió la cara.
—No.
—Dilo sin enfadarte.
—Me pidió que os mantuviera al margen de esto. A las dos. La carta dice exactamente lo que él quería.
—Y la otra dice que me enseñes la cámara acorazada.
—Sí.
—Así que pensó que podía llegar un punto en el que mantenerme en la ignorancia fuera peor.
—Sí.
La respuesta fue tan queda que casi la rebatí sin más. Luego caí en lo que acababa de decir en realidad y me contuve.
Mi padre era capaz de equivocarse. Era capaz de cambiar de plan cuando una herramienta no servía para lo que él quería.
Eso lo sabía. Había trabajado a su lado el tiempo suficiente para verlo maldecir un trozo de metal y empezar de cero, en vez de pasarse la tarde entera demostrando que debería haber encajado.
Puse las dos cartas una al lado de la otra. No daban menos miedo. Al menos podía verlas las dos a la vez.
—Podrías haberme preguntado qué sabía.
—¿Sobre la advertencia?
—Sobre él. Sobre la tienda. Quién entraba. Qué había cambiado antes del incendio. Puede que no supiera nada útil. Nunca te molestaste en comprobarlo.
Cerró los ojos un momento. Cuando volvió a abrirlos, la plata había vuelto a los bordes.
—Creí que dejarte al margen era la manera de cumplir la promesa.
—Y luego tuviste que seguir dejándome al margen, porque, si no, descubriría que ya lo habías hecho.
No respondió.
El reloj dio un chasquido grave antes del siguiente tic. Siempre lo había hecho. Lo oía desde el apartamento cuando todo lo demás se quedaba lo bastante en silencio. No me había acordado de esa pequeña irregularidad hasta ahora.
Clavé las uñas en el reborde de madera del escritorio.
—No quiero un discurso sobre lo peligroso que eres —dije—. Ya lo sé. He estado prestando atención. Quiero saber por qué todo el mundo tiene una versión de mi vida que a mí no me dejan leer.
—¿Quién más?
—No hagas eso. No me hagas darte una lista de gente para poder ponerte a su lado en vez de responder por lo tuyo.
Soltó el marco de la puerta. Dejó caer la mano. Por un segundo el espacio a su alrededor pareció más ancho, aunque no se había movido.
—¿Qué quieres preguntar?
—Todo.
—Una cosa, Chloe. Dame una cosa que pueda responder ahora.
Miré el contrato de alquiler, el recordatorio del funeral, la fotografía. Cualquiera de ellos podía haber sido la primera pregunta. Cualquiera nos habría permitido seguir dando vueltas a los objetos en vez de acercarnos a lo que habían hecho.
Volví a coger la carta. Me temblaba en la mano. No conseguía que dejara de temblar.
—Me dejaste creer que estábamos solas. —Me salió desgarrado, demasiado alto para aquel cuarto—. Me dejaste creer que no iba a venir nadie.
—Chloe…
—Lily y yo cenamos cereales durante un año. Vendí su camioneta. Me pasé noches en vela echando cuentas de la tienda, y tú estabas enfrente todo ese tiempo. ¿Verdad?
Un destello plateado le cruzó los ojos.
—Los jueves.
—¿Todos los jueves?
—Todos los jueves. —Lo dijo como quien entrega un arma—. Me quedaba bajo el toldo de la lavandería, al otro lado de Tanner Street, y veía apagarse tu luz allá arriba.
Se me revolvió el estómago y, debajo de la rabia, algo cálido y horrible se revolvió también.
—Y entonces mi hermana entró en tu casino y desapareció, y aun así no dijiste ni una palabra. Ni cuando me aplastaste contra una taquilla. Ni en la morgue. Ni anoche, cuando sangraba por ti.
—Pensaba contártelo esta noche.
Volví a reírme, con una risa húmeda y fea.
—Ah, qué oportuno.
—Es la verdad, Chloe. Te lo juro por él.
—No te atrevas a jurar por él. Perdiste el derecho a usarlo en el momento en que me mentiste. —Rodeé el escritorio. Él no retrocedió. Olí en él el cedro, la piel quemada y mi propia sangre, y mi cuerpo se inclinó hacia él como una brújula rota. Me clavé las uñas en las palmas—. Abre el ascensor.
—No.
—Ábrelo, Maxim. Me voy. Esta noche. De verdad.
—Esta noche no. —Se apoyó con la mano sana en el marco de la puerta y llenó el hueco con su cuerpo—. No con el reloj de la Corte en marcha y el Barquero ahí fuera cazándote. Si sales de este edificio esta noche, mañana al amanecer estarás muerta.
—Entonces llama a Teddy. Llama a un taxi. Llama a cualquiera que no seas tú.
—Todos los Drummond de Salt Row te conocen ya la cara. —Bajó la voz, y eso fue peor que un grito—. No sabes lo que te espera ahí abajo, Cerrajera.
—Ahora no me llames así. Y tú tampoco lo sabes.
—Lo sé perfectamente. Ya he enterrado a un Vance. No voy a enterrar a otra.
—Sabías muchas cosas. —Me guardé las dos cartas en el bolsillo, junto con la llave de latón, y algo en el pecho se me quedó quieto y duro, como el último pasador al encajar en una cerradura—. Lo que pasa es que no me contaste ninguna.
—Chloe. Déjame…
—No. Has tenido cuatro años para hablar.
Miré al hombre a quien mi padre había confiado a sus hijas, las quemaduras que se había ganado por llevarme en brazos, la puerta que bloqueaba con todo el cuerpo.
—Entonces encontraré mi propia salida —dije—, como me enseñaste que tendría que hacer.