La cerrajera del vampiro (Unidos por Sangre) CAPÍTULO DIECIOCHO
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CAPÍTULO DIECIOCHO

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C H L O E

—Chloe, quédate detrás de Max. Y lo digo en serio, Chica Cerrajera.

Teddy lo dijo con la lluvia chorreándole de los rizos rubios y colándose por el cuello de una camisa estampada de loros naranjas. No sonrió. Teddy siempre sonreía.

—Te he oído a la primera, Teddy —dije.

—Me has oído. No me has escuchado. No es lo mismo.

—Señaló con la barbilla a los tres agentes de la Corte que tenía detrás, hombres corpulentos y callados con abrigos oscuros—.

Estos tíos y yo nos ocupamos de la cubierta.

Max abre camino. Tú te pegas a su sombra y no te mueves de ahí. Ese es todo el plan.

—Es un plan pésimo.

—Es el plan en el que no te disparan, cariño, así que me encanta.

El Muelle Catorce apestaba a óxido y gasóleo. Los focos de sodio zumbaban, naranjas, sobre las tablas mojadas y, más allá, la Marguerite se asentaba baja contra el muelle, un carguero surcado de óxido con cajas apiladas en la cubierta.

Mi hermana estaba en aquel barco.

Maxim estaba al pie de la pasarela, con su largo abrigo negro, completamente inmóvil y con la cabeza ladeada, como si estuviera escuchando.

—Háblame, Max —dijo Teddy—. ¿Qué tenemos?

—Ni un latido en cubierta. Ni uno solo.

El pulso se me subió a la garganta.

—Eso es bueno, ¿no? Significa que no hay nadie arriba vigilándola.

—Significa que no hay nadie arriba, punto. —Bajó la mirada hacia mí, los ojos grises atentos—. Quédate cerca de mí, Cerrajera.

—Detrás de ti. En tu sombra. Todos lo habéis dejado clarísimo.

Aun así, me cogió de la mano. Tenía los dedos fríos. Yo apreté con más fuerza de la que pretendía.

La pasarela resonó bajo nuestras botas. Ni guardias ni voces. Teddy y sus hombres se repartieron entre las cajas, y Maxim encontró una escotilla cerca de la popa, con una escalera de acero que caía hacia la oscuridad.

Me detuve ante la abertura. No por la altura, sino porque alguien la había dejado abierta para nosotros.

—¿Esto no debería estar cerrado? —pregunté.

Maxim miró las bisagras y luego los cierres del borde.

—Podría haberlo estado.

—Entonces ¿por qué no lo está?

Teddy volvió de la pila de cajas más cercana. La lluvia le había aplastado un rizo rubio contra la frente. Se lo apartó y miró la escotilla conmigo.

—¿Por comodidad? —aventuró.

—Eso les digo yo a los clientes cuando se me olvida cobrarles algo. Y entonces tampoco se lo cree nadie.

Apoyé la bota en el borde y me incliné solo lo justo para enfocar la linterna hacia abajo. El haz alcanzó el metal mojado, la escalera sujeta a él y un rellano más abajo. No llegó hasta mi hermana.

—Alguien quería que encontráramos ese teléfono —dijo Maxim.

No lo había dicho en el coche. Lo había oído esquivar la frase mientras Teddy iba indicando el camino y yo no dejaba de mirar la pantalla por si Frankie contestaba. Oírlo ahora me hizo dar un bote con la linterna en la mano.

—Crees que no está aquí.

—Creo que hay motivos para traernos aquí que no son dejar que nos la llevemos a casa.

—Pero podría estar.

—Sí.

—Y si nos quedamos aquí plantados decidiendo si alguien nos está engañando…

—Decidimos cómo entramos —dijo—. No nos quedamos plantados.

Alargó la mano hacia la linterna. La aparté sin pensar.

—Sé sujetar una linterna.

—Iba a comprobar la escalera.

—Ah. —Se la di—. Prueba a empezar por la parte útil.

Dirigió el haz a lo largo de los largueros y probó un peldaño con el pie antes de cargar el peso. El óxido se desprendió bajo su bota. El peldaño aguantó. Miró hacia abajo y luego al borde que tenía sobre la cabeza, calculando si podría girarse en caso de tener que volver deprisa.

Eso lo entendía. Antes de ponerte con una puerta, comprobabas si podías sacar la mano en caso de que se cerrara de golpe. No era miedo. Era así como seguías teniendo manos.

Teddy estaba entre nosotros y las cajas más cercanas. Uno de los agentes había llegado a la barandilla del lado opuesto de la cubierta. Otro vigilaba la pasarela. El tercero recorría la barandilla despacio, mirando hacia el muelle en lugar de hacia el interior del barco.

—Mantén esa vía abierta —le dijo Maxim a Teddy, señalando el camino que habíamos recorrido.

—Esa es la intención.

—Si tienes que moverte, dímelo.

—Max. —El tono de broma se le había ido de la voz—. No voy a largarme a buscar una camisa mejor.

Durante un segundo ninguno de los dos habló. No se trataba de la camisa. Eso sí lo tenía claro. Maxim me devolvió la linterna sin apartar los ojos de Teddy.

—Avísame —dijo.

—Lo haré.

El agente más corpulento retrocedió unos pasos. No nos ofreció ningún informe tranquilizador. Señaló las cajas con dos dedos, la forma en que tapaban la vista de la barandilla del fondo. Teddy asintió y cambió de sitio.

Después de aquello miré el barco de otra manera. Todas aquellas formas macizas no nos servían de parapeto. Eran sitios donde podía pasar algo sin que los demás lo viéramos.

—¿Habrías bajado aquí si yo no hubiera estado en el coche? —le pregunté a Maxim.

—Sí.

—¿Y cómo sé que no lo dices para que deje de discutir?

—Porque puede que ahí abajo haya una mujer que no pueda salir sin ayuda.

Lo dijo sin convertirla en mi hermana a efectos de la frase. Aquello me serenó más que si me hubiera prometido que la encontraríamos.

Me apreté la correa de la bolsa contra el costado. Dentro llevaba el rollo de repuesto. Lo había comprobado antes de salir de la tienda, lo había vuelto a comprobar en el muelle y probablemente lo comprobaría una tercera vez si alguno de los dos apartaba la mirada el tiempo suficiente.

Teddy se dio cuenta.

—¿Lo tienes todo?

—Sí.

—Entonces déjala cerrada hasta que la necesites. Las ganzúas mojadas siguen siendo ganzúas. Las ganzúas en el fondo de la bahía son una lección cara.

Cerré la cremallera.

—¿Lo sabes por experiencia?

—Conozco a un hombre que dejó caer una bandeja entera de llaves de seguridad por el hueco de un ascensor. Hizo un ruido que llevo guardando para ocasiones especiales.

Maxim lo miró.

—Sigo guardándolo —dijo Teddy.

Durante un segundo pude ver cómo eran cuando no estaba pasando nada terrible. Años de saber qué broma arrancaría una mirada y qué mirada no era una amenaza. Entonces los dedos de Teddy se apretaron contra el bolsillo, comprobando algo que llevaba dentro, y el segundo se esfumó.

Me agaché junto a la escotilla. De cerca, el acero olía a polvo húmedo y a los viejos guantes de trabajo de alguien.

Mi padre me habría dicho que me fijara en lo que la gente había desgastado con las manos, no en lo que había pintado.

Pasé la luz por el borde donde se habían agarrado las manos y después por la escalera de abajo.

—Aquí no es donde tienen a la gente —dije.

Maxim esperó.

—Quiero decir que por aquí es por donde se baja. No es lo que los retiene ahí abajo. No podrías impedir que alguien subiera por aquí solo cerrando la escotilla. No sin asegurarla.

—Probablemente haya otro cierre.

Asentí. Una puerta interior. Una tapa de bodega. Algo entre una persona y una salida hacia arriba. Todavía no necesitaba saber qué forma tenía para saber que mis manos iban a hacer falta.

Teddy se acercó. Bajó la voz lo justo para que los hombres de la barandilla no oyeran a una humana haciendo todo lo posible por parecer tranquila.

—Si la encuentras, deja que Max la saque primero.

—Sé cómo funcionan las escaleras.

—Ya sé que lo sabes. También sé lo que hace la gente cuando abajo hay alguien a quien quiere.

Entonces lo miré. De verdad. La lluvia se le había acumulado en el hueco sobre el labio. No se la limpió. Me miraba con una intensidad que no le había visto cuando hacía bromas detrás de todas sus pantallas.

—No voy a ponérselo más difícil —dije.

—No he dicho que fueras a hacerlo.

—Lo estáis pensando todos a gritos.

—No. —Tocó el lateral de la abertura con la palma abierta, un gesto rápido—. Estoy pensando que tú eres la que puede abrir lo que él no puede. Y me gustaría que siguieras pudiendo hacerlo cuando te lo pida.

La bolsa se me asentó en la cadera. Bajo la chaqueta, el borde de la funda de purpurina de Lily me clavaba en las costillas el mismo rectángulo diminuto que llevaba días clavándome.

Una cosa absurda y brillante que había comprado porque así era más fácil encontrar el móvil en el fondo del bolso.

Notaba cada motita áspera de una esquina a través del forro.

—De acuerdo —dije.

Maxim se subió a la escalera. Se detuvo justo bajo el borde y alzó la vista hacia mí.

—Primero la luz. Después los pies. Tómate el tiempo que necesites.

Quería decirle que no necesitaba tiempo. Quería ser el tipo de mujer capaz de meterse deprisa en un agujero oscuro sin pensar en que era, precisamente, un agujero oscuro.

En lugar de eso, apoyé una mano en la barandilla. Comprobé el agarre. Bajé la bota hasta notar el peldaño antes de confiarle mi peso.

Teddy se quedó donde yo pudiera ver su camisa chillona hasta que la curva de la escotilla lo tapó.

Abajo, el aire se volvió caliente y espeso, cargado de gasóleo y humo rancio de tabaco. La linterna dibujó un círculo pequeño y tembloroso sobre el acero.

—Te late el corazón como a un conejo —dijo Maxim.

—Deja de contarme los latidos. Eso es hacer trampa. —Tragué saliva y la boca me supo a óxido—. ¿Está aquí abajo? ¿Oyes a alguien, a quien sea?

Guardó silencio un instante demasiado largo.

—Te oigo a ti. Y la lluvia. Y el casco.

—Eso no es una respuesta, Maxim.

—Es la única que tengo, Cerrajera.

Una segunda escotilla de acero sellaba la bodega inferior. Alguien había soldado la argolla hasta dejarla maciza, un cordón grueso y feo todo alrededor; todo estaba sellado salvo la cerradura. Y la cerradura era un monstruo.

Me agaché delante de ella.

—Vaya, qué cosita tan desagradable eres, ¿eh?

—¿Puedes abrirla?

—¿Que si puedo abrirla? Grillete templado, atiborrada de pernos de carrete. Un juguete de cártel. —Me soplé los dedos helados—. Sujeta la luz. No me la pongas en la cara. A la bocallave. Esa ranurita, Guardián, no la pieza grande de metal.

—Sé qué es una bocallave.

—Sabes qué es una bocallave como yo sé qué es un grupo sanguíneo. Luz. Bocallave. Vamos.