CAPÍTULO DIECISÉIS
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C H L O E
Maxim deslizó mi móvil por la isla hasta mí y se detuvo contra la taza de café con un leve clic.
—Chloe. Tu móvil. No me hagas arrepentirme.
Mi mano no se movió. Se quedó suspendida sobre el móvil, como si el aparato pudiera morderme, y el corazón me dio una sacudida contra las costillas.
—Hablas en serio —dije.
—Siempre hablo en serio. —Se apoyó en la isla, con las mangas negras subidas hasta los codos y los antebrazos pálidos contra la piedra—. Llama a quien quieras. No le digas a nadie dónde duermes.
—No soy idiota, Maxim.
—No. Eres una cerrajera con un móvil y un padrino en Salt Row. Eso es peor.
Lo cogí. La pantalla se encendió bajo el pulgar y el pulso se me disparó antes de que alcanzara a leer nada.
FRANKIE (40)
Fui bajando con el pulgar, cada vez más despacio en cada línea. «Peque, llámame». «Peque, ¿dónde estás?». «Chloe, coge el maldito teléfono». Después solo signos de interrogación, una y otra vez, a las dos, las tres, las cuatro de la madrugada.
Debajo de todo aquello había un mensaje gris de un número que ojalá no hubiera guardado nunca.
INSP. R. SOTO: Srta. Vance, el expediente de Lily se va a cerrar como desaparición voluntaria de una adulta. Póngase en contacto conmigo si ella da señales.
Se me quedaron los dedos fríos. Dejé el móvil boca abajo para no tirarlo por su carísimo ventanal.
—Voluntaria —dije—. Se presentó voluntaria para desaparecer. Bueno es saberlo.
Maxim no se disculpó. Rodeó la isla, volvió a poner el móvil boca arriba y me lo dejó en la palma. Con sus dedos fríos me cerró la mano en torno al aparato.
—Entonces no lo necesitamos —dijo—. Llama a tu padrino. Al Tidewater. A las nueve.
—De verdad vas a dejarme ver a Frankie.
—Voy a dejarte sentarte en un reservado con él. —Sus ojos grises sostuvieron mi mirada sin pestañear—. Estaré a dos reservados de distancia. No te apartarás de mi vista. No subirás a su coche. Ni siquiera irás al baño sin mirarme antes.
—¿Puedo masticar yo mi propio trozo de tarta?
Soltó un bufido que casi parecía una risa.
—No tientes a la suerte, Cerrajera.
Le di la vuelta otra vez al móvil. Cuarenta mensajes de un hombre que una vez cruzó la ciudad en coche porque le mandé la foto de una tubería que goteaba y olvidé aclararle que no era la mía.
Abrí su contacto. La mano de Maxim se acercó a la pantalla, pero acabó parándose en la encimera.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Intenta no supervisarme los pulgares. Se vuelven tímidos.
Retrocedió, apartándose de la isla. Dos pasos enteros. Lo vi darlos y llamé antes de que ninguno de los dos convirtiera aquello en una ceremonia.
Frankie respondió a mitad del primer tono.
—¿Chloe?
Su voz me hizo algo que los mensajes no habían conseguido.
Atravesó todas las explicaciones razonables que me había ido construyendo y encontró la parte de mí que aún quería que viniera un adulto a recogerme.
Lo cual resultaba vergonzoso. Tenía veintisiete años, una cuenta para Hacienda y opiniones sobre las franquicias de los seguros.
—Hola, Frankie.
Una respiración áspera raspó la línea. Lo oí dejar algo de golpe.
—¿Dónde estás?
—Estoy bien.
—Esa no era la pregunta.
—Ya lo sé.
Maxim miró hacia las ventanas. No supe decidir si me estaba dando intimidad o demostrándome lo bien que sabía escuchar sin que se notara.
—¿Puedes venir a verme al Tidewater? —pregunté—. ¿A las nueve?
—Ahora.
—A las nueve, Frankie.
—Trae a tu hermana.
Apreté tanto el pulgar contra el borde del móvil que el plástico crujió.
—No la tengo.
El silencio fue peor que la pregunta. Oí algo en marcha al otro lado, un motor o un ventilador. Luego un clic, y eso también paró.
—Vale —dijo—. Vale. A las nueve. ¿Has comido algo hoy?
—Pan de Roz.
—¿Quién es Roz?
—Una persona que me da pan.
—Ese nombre no me suena.
—Puedes interrogarme sobre mis hábitos alimentarios en el restaurante. En persona. Es mejor que por teléfono, ¿no?
Hizo un ruido que, si no lo conocieras, podría haber pasado por un sí.
—No me desaparezcas de aquí a entonces.
—Estaré allí.
Colgué y apoyé el móvil contra la frente. El cristal estaba caliente. Qué cosa tan pequeña para devolvérmela, hasta que pensé en todo lo que había estado pasando ahí dentro mientras yo no podía tocarlo.
—Sabe que Lily no está conmigo —dije.
Maxim se quedó donde estaba.
—Sí.
—No hacía falta que se lo repitiera. Pero, por lo visto, saber algo y oírlo de boca de otro no es lo mismo.
—No —dijo él—. No lo es.
Bajé el teléfono.
—Tú llamaste. Volviste a casa. Ahora quiero el resto de lo que me prometiste.
Miró la taza que yo tenía delante.
—No mires mi café como si fuera a responder por ti.
Alzó la vista.
—Cinco votaron a favor de entregarte. Uno, en contra.
Durante un segundo oí con demasiada claridad el motor del frigorífico. El zumbido me subía por las plantas de los pies.
—¿A quién?
—A Drummond.
Dejé el teléfono boca abajo sobre la isla para no acabar soltándolo.
—¿A cambio de qué?
—Por siete de los suyos. Y una tregua.
—Siete vampiros.
—Sí.
—Como Nico.
Asintió.
Quería enfadarme de forma limpia. Con unos monstruos metidos en una sala que decían que era menos útil viva en este lado del trato. Luego me acordé de las muñecas de Nico. De lo joven que era su cara, incluso cuando parecía demasiado cansado para llevarla puesta.
—¿Los recuperarían?
—No lo creo.
—Pero podrían.
—Chloe.
—No, intento entenderlo. ¿Alguien preguntó qué pasaría después? ¿Y si me entregaban a él y luego pedía otra cosa?
—Yo pregunté.
—¿Qué dijeron?
Su silencio respondió antes que él.
—Los suficientes querían averiguarlo.
Acerqué el café y luego lo aparté. No conseguía estar cómoda ni con mis propias manos.
—¿Y si el trato fracasaba?
No apartó los ojos de los míos.
—Votaron para silenciarte.
—Dime qué significa eso.
—Matarte.
Tenía las manos extendidas sobre la encimera. Me obligué a levantar un dedo y luego otro. Mi nombre, una mano alzada y aquella palabra. Después, alguien había vuelto a casa. Puede que alguien se hubiera quejado del tiempo.
—Vale —dije. Necesité un segundo intento para que me saliera la voz—. ¿Y tú?
—Me negué.
—Obviamente. ¿Hiciste eso de quedarte completamente inmóvil? ¿Eso de que todo el mundo empieza a buscar la salida?
—No fue mi mejor momento.
—Viniendo de ti, es una unidad de medida asombrosamente poco útil.
Volvió al otro lado de la isla. Esta vez se sentó. No sabía por qué eso me facilitaba mirarlo, pero así era.
—Seraphine ha suspendido la orden —dijo—. Siete noches. A la octava, si no he puesto fin a esto, piensan llevarte.
—¿Y pensabas dejarme ir a comer tarta con eso atravesado en la garganta?
—Pensaba contártelo.
—Esa frase empieza a no gustarme.
—Lo sé.
—Pues jubílala.
Tenía los dedos abiertos sobre la piedra. El anillo parecía casi normal al lado de una taza de café. La joya vieja y pesada de cualquiera, no algo que los hombres obedecerían mientras me llevaban a un sitio al que yo no quería ir.
No toqué ni el anillo ni a él.
—Así que tenemos menos de una semana para encontrar a Lily, detener a Drummond y averiguar quién está taladrando agujeros en tus importantísimas puertas.
—Sí.
—Bien. Horrible. Al menos es una lista.
—No tienes que cargar con todo.
—Ya lo hago. La diferencia está en si me dejas ver qué es lo que llevo encima.
Inclinó la cabeza una vez. No era un sí a todo lo que pudiera exigirle algún día. Solo a eso. Podía apañármelas con eso lo que durara una noche.
Volví a abrir los mensajes y regresé al primero de Frankie. Me obligué a leerlos en orden en vez de lanzarme hacia el más reciente, y dejé que cada pregunta esperanzada doliera antes de pasar a la siguiente. Maxim se quedó sentado enfrente hasta que llegué al final. No tocó el teléfono.
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El restaurante Tidewater olía a café quemado y a relleno de cereza, y el asiento de vinilo rojo del reservado se me pegó a la parte de atrás de los vaqueros en cuanto me senté.
Dos salidas. La puerta principal, con su campanilla. La puerta de la cocina, detrás de la barra, que todavía se balanceaba. Una vitrina de tartas bajo un tubo fluorescente que zumbaba, resplandeciente como una joyería para gente con problemas de corazón.
Maxim se sentó dos reservados más allá, frente a mí, con el abrigo negro y una taza de café que había pedido y no había tocado. La camarera había intentado rellenársela dos veces. La segunda, él alzó la vista hacia ella y la mujer se alejó deprisa.
No vigilaba la puerta. Me vigilaba a mí. Cada vez que levantaba la vista, sus ojos ya estaban allí, y yo volvía a esconderme detrás del menú plastificado como si me hubieran pillado haciendo algo que no debía.
La campanilla tintineó. Entonces oí las llaves.
Aquel pesado manojo de llaves antiguas, repiqueteando contra una cadera como lo había hecho toda mi vida. Una cazadora azul marino, oscurecida por la lluvia en los hombros. Las gafas de leer colgando del cordón, balanceándose. El pelo gris, rapado al uno, brillando bajo las luces.
—Pequeña. —Se quedó clavado en el pasillo y tragó saliva dos veces—. Ay, pequeña. Ven aquí.
Ya estaba fuera del reservado antes de haberlo decidido. Frank me agarró y me abrazó tan fuerte que me crujieron las costillas. Olía a aire frío, a nailon mojado y a menta.
Menta.
Mamá llevaba bálsamo labial de menta la mañana que se marchó. Yo tenía doce años y me besó en la frente camino de la puerta.
Se me revolvió el estómago. Se me descompuso la cara sin poder evitarlo, una crispación rápida y brusca, y la hundí en su cortavientos para que no la viera.
Por encima del hombro de Frank, dos reservados más atrás, Maxim levantó la cabeza.
Solo eso. Entrecerró los ojos una pizca, los clavó en mi cara y ahí se quedaron, como si hubiera oído caer un alfiler en una sala llena de tragaperras. Lo había visto. Aquello que nunca dejaba que viera nadie, y lo había pillado desde el otro extremo de un restaurante.
Aparté la mirada primero.
Frank me apartó un poco, sin soltarme los brazos. Tenía los ojos húmedos.
—Mírate. Mírate. Estás viva.
—Estoy viva, Frankie.