CAPÍTULO CATORCE #2
Por un momento pensé que se negaría porque le había dicho que hiciera algo útil. Luego fue y sacó una bolsa sellada. Miró hacia el pasillo, como si estuviera decidiendo si necesitaba que me ocultara el proceso.
—No voy a desmoronarme porque desayunes —dije—. Eso me lo reservo para problemas más originales.
Bebió de pie junto al fregadero, ligeramente vuelto de espaldas a mí. Nada de espectáculo. Ningún intento de hacerlo atractivo. Vi cómo empezaba a aflojarse la tensión de alrededor de sus ojos y me di cuenta de que había estado esperando eso sin saber qué aspecto tendría.
Cuando terminó, recogió lo que había ensuciado. Se enjuagó las manos. Las inspeccionó por si se le había quedado sangre. Bajé la vista hacia la toalla que me envolvía la mía.
—¿Te duele menos? —pregunté.
—Sí.
—Bien.
Abrió un armario.
—¿Cuándo has comido?
—Eso no es justo. Acabo de ganar la discusión sobre la alimentación.
—Al parecer, hay segunda ronda.
Me planteé mentir y decidí que no me quedaban fuerzas para que resultara convincente.
—Antes de salir.
—Hace ya varias horas.
—Algunas han sido horas larguísimas.
Había pan. Por supuesto que había pan. Roz parecía mantener un tratado con el mundo físico a base de proveer sin descanso cosas que una persona pudiera tragar cuando hablar se volvía difícil. Maxim cortó un trozo en porciones manejables y lo dejó junto a un vaso de agua.
Podría haberlo acusado de tratarme como a una niña. En lugar de eso, comí con la mano izquierda, porque la derecha me dolía y tenía hambre. Veintisiete años de vida deberían haberme capacitado para reconocer ambas cosas sin pelearme por ellas.
Se apoyó en la encimera mientras yo masticaba. Se quedó cerca, pero dejó espacio. No sabía cómo había aprendido la diferencia ni si aquello aguantaría la próxima vez que sintiera miedo por mí.
—No te salvé para que me debieras algo —dije.
—Lo sé.
—No lo pensé bien, en absoluto. Había un trozo de madera puntiagudo, tú no te movías y no había tiempo para hacer una lista sensata.
Esperó.
—Pero lo que pase aquí tampoco puede ser una manera de pagártelo. Ni por mi mano. Ni por buscar a Lily.
—No.
—No puedes ir sumando todo eso hasta que te deba algo.
—No se suman.
Le miré la boca y luego me obligué a terminarme el agua. Desearlo no era el problema. El problema era estar demasiado alterada para distinguir qué otras necesidades se habían enredado con ese deseo, y él por fin había dejado de intentar tomar decisiones más deprisa de lo que yo podía analizarlas.
—Dame un minuto —dije.
Me lo dio. Varios, en realidad. Se quitó la camisa destrozada mientras yo contemplaba el puerto, se limpió la sangre seca de la piel y dejó la tela rasgada junto a la ropa sucia en lugar de volvérsela a poner, como si los destrozos se borraran igual que las heridas.
Cuando regresó, yo miraba la ciudad en vez de las salidas. La diferencia era pequeña. Me pareció enorme.
—Puedes irte a la cama —dijo.
—Soy consciente de la existencia de las camas. Tienes una colección bastante ostentosa.
—A tu propia cama.
La invitación a dar por terminada la noche quedó ahí, sin ninguna amenaza detrás. Podía aceptarla. Por la mañana seguiría teniendo que responder por la puerta cerrada con llave. Seguiría teniendo que encontrar a mi hermana. Nada de lo que ya le había aceptado me obligaba a elegir nada más.
Dejé el vaso vacío en la encimera.
—Ven aquí.
Lo hizo. Solo hasta el borde de mi taburete.
—Más cerca, hombre irritante.
Volvió aquella casi sonrisa. Le cogí la mano con mi mano buena. Tenía los dedos fríos, más firmes ahora. Se la giré para mirar los pequeños restos de la noche que el lavado no había llegado a borrar del todo.
—Esta noche no te alimentes de mí —dije.
—No lo haré.
—Y si quiero parar, paramos. No quiero hacerme la lista con eso.
—Yo tampoco.
Le sostuve la mirada hasta que creí que lo había oído todo, no solo las palabras que hacían posible acercarse. Entonces me puse en pie con cuidado. Esta vez las rodillas aguantaron.
Ya no había camisa rasgada que agarrar, pero se había puesto otra negra, abierta en el cuello, con los puños sin abotonar. Resultaba exasperante lo poco que eso cambiaba su aspecto. Lo deseaba tanto que me daba rabia que aún me quedara sitio para cualquier otra cosa.
—Esto no significa que haya terminado de hacer preguntas —dije.
—No esperaba silencio.
—Lo odiarías.
—Sospecho que sí.
Aflojé los dedos sobre su mano. Por una vez, soltar no significaba apartarse.
No supe quién se movió primero. Tenía su camisa limpia agarrada en el puño bueno y su boca en la mía, y el taburete golpeó el suelo a mi espalda con un crujido.
Me hizo retroceder. El cristal me golpeó los omóplatos, frío como la bahía, y la ciudad entera brillaba bajo mis pies, dorada y verde, con la niebla cebándose en Salt Row.
—No deberíamos —dije contra su boca.
Apoyó una mano en el cristal, junto a mi cabeza.
—Entonces dime que pare.
Era un desafío. Abrí la boca para decírselo. En vez de eso, tiré de él hacia mí.
Gruñó, y sus manos frías se colaron bajo mi sudadera. Me la arrancó, y después el sujetador, y el cristal me heló la espalda desnuda mientras su boca caliente se cerraba sobre mi pezón y tiraba hasta que arqueé el cuerpo.
Le agarré el pelo con la mano izquierda y lo sujeté ahí. No lo había planeado.
—Te odio —jadeé. No sonó en absoluto a odio—. Juro por Dios que te odio.
—Ya sé que sí. —Se pasó al otro pezón y usó el filo de los dientes—. Dímelo otra vez.
Le aparté el cuello de la camisa con la mano buena y le mordí el hombro, con la fuerza suficiente para saborear la sal.
Soltó una risa baja y oscura y me levantó la muñeca buena por encima de la cabeza, dejando libre la mano herida. El reloj de mi padre se me clavó en la muñeca izquierda.
—Di otra vez que me odias. Me encanta cómo suena cuando estás temblando.
—Te od…
Me besó el resto de las palabras en la lengua. Después me soltó.
—Mantén la mano izquierda contra el cristal.
—No eres quién para decirme lo que…
—¿No? —Me recorrió el centro del cuerpo con un nudillo frío, despacio, de la garganta al ombligo, y se me puso la piel de gallina de arriba abajo—. Entonces muévela. Vamos. No te estoy sujetando.
No la moví. Respiraba a tirones cortos y feos, y mantuve la palma izquierda contra el cristal; la derecha, vendada, la mantuve apartada.
—Eso pensaba —dijo, y se arrodilló.
Me bajó los vaqueros y las bragas de un tirón y me enganchó la rodilla izquierda sobre el hombro. Veintidós pisos de vacío a mi espalda, y su boca en el coño, lenta, húmeda e implacable, y la lengua trazándome círculos en el clítoris hasta que la palma sana se me resbaló en el cristal.
—Tu mano —dijo contra mí—. O agárrate a mi hombro. Dime qué notas más firme.
Le agarré el hombro con la mano izquierda. La ventana vibraba con mis temblores. No pensaba en puertas. No pensaba en cerraduras, ni en códigos, ni en nada…
—Maxim, no puedo, no puedo mantenerme…
—No tienes que mantenerte en pie. Yo te sujeto. Córrete para mí, Cerrajera.
Me chupó el clítoris y me deshice contra la ventana. Se me dobló la pierna. Me cogió antes de que llegara al suelo.
—Bájame.
—¿Aquí? —Señaló la isla con la cabeza. Le devolví el gesto.
Me sentó sobre la isla. La piedra estaba helada. Las cosas del botiquín estaban junto al fregadero. Solo quedaba el plato de pan vacío, y lo apartó fuera de mi alcance.
—Mírate —murmuró, y me metió dos dedos en el coño—. Empapada, y aun así me odias.
—Cállate y…
No sabía cómo terminaba aquella frase.
Se abrió los pantalones. Tenía la polla gruesa y dura, y alargué la mano hacia ella antes de haber decidido nada. Lo noté pesado en el puño, y siseó.
—¿Así se siente el odio, Chloe? Estás temblando entera.
—Es la adrenalina —dije—. Es una reacción humana de lo más normal, no tiene nada que ver con…
Me apretó el clítoris con el pulgar, y aquello con lo que no tenía nada que ver se me borró de la cabeza.
—Inténtalo otra vez —dijo—. Dime con qué no tiene nada que ver.
—Te odio.
—Mejor.
Me tiró de las caderas hasta el borde de la piedra y me penetró de una sola embestida larga y dura.
Llena. Estirada. Ardiendo como…
Perdí la comparación.
Me agarró la nuca y me tomó con fuerza, con la piedra clavándoseme en el coxis, y cada embestida me arrancaba un sonido.
—Mírame mientras estoy dentro de ti.
Lo miré. Plata, de lado a lado.
—No… —No sabía qué quería decir—. Sigue.
Me levantó de la piedra, todavía enterrado en mí, y me llevó por el pasillo; cada paso lo hundía más en mí, hasta que sentí sus sábanas gris oscuro frescas bajo la espalda.
Entonces cambió el ritmo. Despacio. Dios, despacio. Hasta el fondo. Casi hasta salir. Me miraba la cara como si aprendiera una combinación.
—Vas a matarme —dije. Mi voz no parecía la mía—. Lo haces a propósito.
—Todo lo que te hago es a propósito. —Movió las caderas, hondo, y se quedó dentro hasta que puse los ojos en blanco—. Llevo mucho tiempo esperando para hacerlo así de despacio.
—Me conoces desde hace una semana.
Algo le cruzó la cara y se apagó.
—Entonces ha sido una semana muy larga, Cerrajera.
—Ahí —dijo cuando arqueé la espalda—. Ahí está. Esa es.
—Maxim, por favor, no puedo… Por favor…
Las palabras se rompieron. Mi mano buena en su pelo. Los talones clavados en su espalda. Ninguna puerta. Ninguna cerradura. Solo su peso y su vaivén dentro de mí, y un resorte tensado más allá del punto de ruptura…
—Eres mía, Chloe. —Tenía la boca junto a mi oído—. Eras mía antes de que siquiera pisaras mi planta.
Me corrí con su nombre en la boca. Lo sentí empujar hondo y estremecerse—
Y su rostro cayó hacia mi garganta. Su aliento me rozó el pulso. Todo se quedó inmóvil.
Apartó la cabeza y hundió la cara en la almohada, junto a la mía, y oí el lino desgarrarse entre sus dientes mientras se corría.
Una pluma blanca subió flotando por encima de su hombro. No me había mordido. Yo había sentido con exactitud cuánto lo deseaba.
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La habitación estaba casi a oscuras. Solo el resplandor del puerto, y su silueta.
Se me cerró el pecho. Yo no dormía a oscuras.