CAPÍTULO DOCE #3
—Te he traído porque preguntaste por qué te quiere Silas.
—Ese no es el único motivo.
—No —dijo él.
No esperaba que me diera la razón. Me quedé un momento con eso y después volví a desenrollar las herramientas sobre un saliente seco, bien lejos de las gotas.
—Entonces hagámoslo como es debido. No prometo abrirla solo porque otra persona quiera que lo haga. Puedo decirte qué soy capaz de determinar sin suposiciones.
—Dime eso.
Le expliqué los límites de la primera prueba antes de hacerla.
Un movimiento muy pequeño, dentro del juego libre que ya había notado.
Nada de completar la secuencia. Nada de introducir el anillo en el receptáculo.
Necesitaba distinguir la resistencia propia del dial del mecanismo más pesado que había detrás.
Su atención se agudizó cuando toqué el acero.
—¿Y si te digo que pares? —preguntó.
—Paro. Lo mismo vale para ti.
Asintió.
Lo moví hasta que se acercó el conocido punto de enganche y entonces aflojé la presión.
Papá me había enseñado a escuchar con la presión, pero también me había enseñado que oír lo que esperabas oír era peor que estar sorda.
Cambié el agarre y repetí el mismo movimiento diminuto.
La diferencia venía del peso de mi mano, no de la cerradura.
—Nada útil —dije.
—Has notado algo.
—Me he notado a mí misma. No es lo mismo.
Lo hice una vez más para asegurarme y me detuve. Tres observaciones coincidentes. No tres intentos de abrirla.
La decepción fue aguda y limpia. Me gustaba más que esa otra clase de decepción, la de cuando un cliente me miraba pelearme con un mecanismo roto y esperaba que el esfuerzo se convirtiera por sí solo en una respuesta.
Maxim sostuvo la luz mientras yo examinaba las marcas exteriores del dial.
No estaban todas desgastadas en los mismos sitios.
Podía significar que había una secuencia.
También podía significar que quien hubiera pulido el acero prefería un lado, o que la mano que lo sujetaba se había apoyado siempre en las marcas altas mientras papá explicaba una factura.
—Estás sonriendo —dijo.
—He recordado algo molesto.
—¿Walter?
Lo miré.
—No tienes derecho a adivinarlo tan rápido.
—De acuerdo.
Pero había acertado. Papá me había dejado pasar una tarde entera demostrando algo equivocado en una cerradura de prácticas. Al cerrar me había preguntado si de verdad la había medido o si simplemente había cometido el mismo error tres veces, eso sí, con mucho esmero.
Me negué a cenar por principios. Luego comí una tostada cuando él ya había subido, lo cual no equivalía a reconocer nada.
—¿Qué hizo? —preguntó Maxim.
Le conté lo de la tostada, porque era más seguro que hablarle del vacío que vino después.
—Eso te pega mucho —dijo.
—No me conociste a los dieciséis.
Volvió a dirigir el haz hacia el dial.
—Ahora dejas clara tu postura.
Algo en esa respuesta me hizo detenerme, pero no sabía si era él o todo lo que había bajado conmigo hasta allí. Lo dejé estar. Ya tenía bastantes hechos reales de los que ocuparme.
Doblé un trozo de papel en blanco que llevaba en el bolsillo y dibujé la cara del dial con el lápiz que había traído para tomar notas.
Ocho posiciones. Marcas de marea. Un ancla.
No escribí debajo ninguna secuencia inventada.
Un espacio vacío podía ser más honesto que una respuesta de apariencia ingeniosa.
—Si alguien más mira esto —dije—, tiene que saber qué no he comprobado.
—Entonces ponlo al principio.
Escribí NO ABIERTA arriba y, por un instante, me sentí estúpidamente mejor.
Una gota cayó en el saliente, junto al cuero. Retiré el rollo demasiado deprisa y la llave inglesa pequeña resbaló hacia el borde.
La mano de Maxim se desdibujó.
—Espera.
Se detuvo antes de que sus dedos la alcanzaran. La llave inglesa descansaba medio sobre la piedra y medio sobre el vacío, sujeta por un pequeño pliegue del forro.
—No la cojas desde arriba —dije—. Tirarás las demás.
—Entonces dime por dónde.
Le señalé la zona despejada. Él sostuvo allí la luz mientras yo deslizaba el cuero por debajo de la herramienta. Fue una operación lenta y absurdamente torpe, aún más torpe porque me esforzaba muchísimo por que no viera lo frías que tenía las manos.
La llave inglesa volvió al saliente. No cayó nada.
No hizo ningún comentario sobre lo rápido que podría haberla atrapado. Yo no fingí que no había estado a punto de perderla. Trasladé todo el rollo a un sitio más alto y más seco antes de volver a tocar el dibujo.
—Por esto no prometo un resultado en los cinco primeros minutos —dije.
—¿Porque podrías tirar una llave inglesa?
—Porque podría tener hambre, estar cansada, tener frío, estar enfadada o estar demasiado satisfecha de mí misma para fijarme en qué me estoy apoyando. A la cerradura le da igual cuál de ellas sea.
Miró el dial.
—¿Y esta noche?
—Tres de cinco. Intento no acumular las demás.
—Entonces tómate un descanso.
Fui a protestar, pero entonces oí lo que acababa de decir. Qué fastidio que alguien escuchara con tanta atención como para usar mis propios consejos en mi contra.
Me puse en pie y recorrí el pequeño círculo que permitía la cámara.
Dos vueltas bastaron para aliviarme el dolor de las rodillas.
Maxim se quedó junto al saliente seco. No tocó las herramientas mientras estuve lejos de ellas ni intentó accionar el dial dando por supuesto que mi ausencia lo dejaba a merced de unas manos menos pacientes.
En la tercera vuelta, me detuve frente a él.
—Si la Corte pregunta qué he hecho, diles que lo he examinado. Nada más.
—Eso diré.
—No que casi lo consigo. Ni que otra hora habría bastado. La gente oye lo que puede convertir en un plazo.
—Lo sé.
Pensé en el trabajo que había hecho cuando papá vivía, con la lámpara en la mano, en aquella misma puerta abriéndose para alguien que sabía lo que necesitaba. Lo que quisiera de mí esa noche, no había ocurrido.
—Estás decepcionado —dije.
—Sí.
Dolió menos que si lo hubiera negado.
—Y aun así me das una tregua.
—Puedo querer dos cosas, Chloe.
Me miré las manos. Habían dejado de temblar tanto. Al volver al saliente, le dediqué toda mi atención al peso de la llave inglesa antes de levantarla.
Esperó mientras guardaba a salvo el bosquejo del dial. Luego me acerqué a la bisagra, donde me esperaba algo que sí podía inspeccionar.
Cinco minutos se convirtieron en bastantes más. Sostuvo la linterna donde yo le señalaba y ni una sola vez me dijo que me diera prisa.
—Más abajo —dije—. No, en los pasadores. Los grandes. Dios, mira eso. Duplicó los mecanismos de cierre automático. Siempre decía que nadie necesita dos, y luego va y los pone igualmente.
—A mí me dijo lo mismo —contestó Maxim—. Justo antes de cobrarme por los dos.
Cuando se me entumecieron los dedos, me envolvió la mano entre las suyas, lo que debería haber sido peor, porque las tenía más frías que el acero.
No fue peor.
—Estás temblando —dijo por fin.
—Estoy pensando.
—Estás pensando y temblando.
Apagó la linterna.
—Vamos, Cerrajera. Antes de que se te pongan los labios azules y Roz me despelleje vivo.
Revisé todas las ranuras antes de atar el estuche de herramientas y luego me lo guardé bien en el bolsillo.
❦
A las once y media volvió a encender la linterna y se dio la vuelta, pero no hacia las escaleras, sino hacia el fondo.
—Vas en dirección equivocada, vampiro.
—Has dicho que los túneles tienen dos extremos. —No aminoró el paso—. Cada vez que bajo aquí, camino hasta el otro.
Pasada la cámara acorazada ya no había bombillas, y el estruendo del oleaje crecía a cada paso hasta volverse un rugido.
El túnel terminaba en una segunda verja, más antigua que la primera.
Barrotes con costras anaranjadas de óxido, una cerradura de caja del tamaño de una hogaza de pan.
Más allá de los barrotes, unos escalones resbaladizos bajaban hasta el agua negra de un antiguo embarcadero de transbordadores, bajo los pilotes.
Una cadena oxidada cruzaba el último escalón, con un candado.
Dos extremos. Me obligué a mirar este.
—Nadie ha usado ese embarcadero desde que dejaron de funcionar los transbordadores —dijo Maxim. Alargó la mano hacia su cadena para probar la cerradura.
—Espera. —Ya tenía fuera el estuche de cuero—. Déjame a mí.
Levantó la ceja que tenía atravesada por la fina cicatriz blanca. Luego retrocedió y me cedió el candado.
Me acuclillé, deslicé una llave de tensión en el ojo de la cerradura y elegí un gancho al tacto. Los pasadores estaban rígidos por la sal. Coloqué el primero. Fui a por el segundo…
La ganzúa se engachó en algo que no debería haber estado allí.
Pasé la mano entre los barrotes y recorrí con el pulgar la placa del lado del mar. No era óxido. Estaba afilada. Una rebaba me mordió la piel.
—Dame luz —dije.
Acercó la linterna por encima de mi hombro.
El acero alrededor del ojo de la cerradura brillaba como una moneda recíen acuñada: un anillo irregular donde una broca había mordido y resbalado. Tres veces. Alrededor, una maraña de arañazos finos y brillantes.
El corazón me golpeó con fuerza las costillas.
—Alguien ha bajado aquí con un taladro —dije—. Ayer. Quizá hoy.
Maxim se acuclilló a mi lado e inspiró despacio. Sus ojos se volvieron del todo plateados en la oscuridad.
—Acero cortado —dijo—. Aceite de máquina. Sudor de hombre. De hace un día. Como mucho.
—Todavía no toques las partes brillantes.
Su mano se detuvo sobre el metal.
Miré la linterna, la verja y las herramientas desparramadas junto a mi rodilla. Demasiadas cosas que sujetar y pocos sitios secos donde dejar cualquiera de ellas.
—¿Puedes hacer una foto?
Maxim sacó el móvil. No me pidió que le entregara el candado para hacerlo más deprisa.
—Primero de lado —dije—. Luego de frente. Tenemos que ver qué marca queda encima de cuál.
El flash borró los arañazos. Lo apagó y usó la linterna. Mejor. Lo que parecía una sola mancha fea se descompuso en varios fallos pequeños: un arañazo arrastrado, una mordida más profunda, pequeñas medias lunas brillantes donde la broca se había negado a quedarse donde alguien quería.