CAPÍTULO DOCE
❦
C H L O E
El rollo de cuero aterrizó junto a mi café con un golpe sordo y pesado.
—Si vas adonde te llevo, Cerrajera, vas a querer esto.
Mi mano ya estaba encima antes de que mi cabeza lo procesara.
Cuero marrón oscurecido en el pliegue. La correa que papá volvió a coser el verano que cumplí dieciséis años.
Mi rollo de herramientas, el que había dejado en una taquilla del personal de la planta baja la noche que entré en su casino con un nombre falso.
Aflojé el lazo. Ganchos, ganzúas, el medio diamante con cinta azul en el mango, las dos llaves de tensión. Todos los huecos llenos.
Pasé el pulgar por la cinta azul del medio diamante hasta que dejó de verse borrosa. Alcé la vista.
Maxim estaba al otro lado de la isla, de negro, con las mangas subidas, mirándome la cara en vez de las herramientas. Las ocho y media de un miércoles por la noche; las luces del puerto desperdigadas en el cristal que tenía detrás.
—¿Le devuelves las ganzúas a una ladrona?
—Le devuelvo las herramientas a una cerrajera.
Eso fue todo. Sin discursos. Cogió la taza negra, bebió y dejó que me quedara allí sosteniendo toda mi vida en una tira de cuero.
Confiaba en mí. Mi pulso se enteró primero, rápido y estúpido, en las muñecas.
—Sabes que con esto podría estar fuera de tu puerta en unos cuatro minutos —dije.
—Podrías intentarlo. —Se le movió una comisura de la boca—. Termínate el café. Lo ha preparado Roz.
Había dormido un poco después del amanecer, con la funda del teléfono de Lily debajo de la almohada. El café con miel seguía caliente. Me bebí la mitad de un trago y me quemé la lengua.
—¿Adónde vamos?
—Esta mañana me hiciste una pregunta.
—Esta mañana te hice unas cuarenta preguntas, vampiro. Concreta.
—La de Silas. —Dejó la taza—. Qué hay debajo del muelle. Dije que te lo enseñaría.
El frío me recorrió los dedos. Enrollé bien el cuero y me lo metí en el bolsillo de atrás.
—Vale —dije—. Enséñamelo.
Él fue a por el abrigo. Yo volví a desenrollar el cuero.
—¿Qué? —preguntó.
—Inventario.
—Ya lo has comprobado.
—Lo he mirado. No es lo mismo.
El medio diamante de la cinta azul tenía una curvatura mínima que reconocía al tacto.
Lo puse a contraluz, comprobé la punta y lo volví a guardar.
Una de las llaves tenía una muesca cerca del mango, de un trabajo en el que la había usado para algo que no debía.
Seguía ahí. A ninguna la habían cambiado por una versión más elegante que alguien creyera que yo debía preferir.
Maxim esperó con el abrigo en el brazo.
—He dicho que estaban todas —dijo.
—Te he oído. Ahora las estoy comprobando.
Se le tensó la boca un segundo. Luego dejó el abrigo.
—Adelante.
Eso hice. Ganchos, ganzúas, las dos llaves.
El cuero había cogido el olor apagado de la taquilla del personal, pero debajo estaba el de casa: aceite viejo, el forro de mi bolsa de trabajo, ese polvo metálico que se mete en todo por mucho cuidado que pongas al limpiarlo.
Apreté el pulgar contra el borde doblado hasta que pude confiar en que me saldría una voz normal.
—No sirven para forzar nada —dije.
—Sé para qué sirven las ganzúas.
—No estoy segura de que lo sepas. Sabes que hacen que una puerta deje de estorbar. Esa es la parte glamurosa. La mayor parte del trabajo consiste en decidir qué no tocar.
—¿Ya me estás pasando la factura?
—Te estoy explicando por qué no vas a quedarte encima de mí recordándome que tenemos prisa.
Miró el rollo.
—Entendido.
—Y si digo que algo no es seguro de probar, no lo compruebas tú a la fuerza con las manos.
Bajó la mirada al borde de la isla, donde antes casi había resquebrajado la piedra. No lo señalé. Era perfectamente capaz de defender mi argumento sin ayuda.
—Entendido —repitió.
Apreté la correa y luego la aflojé media vuelta. Demasiada tensión desgastaba la parte recosida. Papá la había arreglado con hilo de otro color y me había dicho que al cabo de una semana dejaría de notarlo. Once años después aún encontraba el cambio de color a oscuras.
—Los has mantenido juntos —dije.
—Ya venían así.
—A la gente le gusta desmontar las cosas.
—Me he dado cuenta.
No dijo que hubiera puesto él mismo una mano protectora sobre cada trocito de acero. No hizo una exhibición de lo que le había costado devolvérmelos. Por eso podía quedarme allí contándolos sin convertirlo todo en otra pelea.
Metí el rollo en el bolsillo y el peso se asentó contra mi cadera. La ropa me caía distinta con él ahí. Yo también me sostenía de otro modo. No me había dado cuenta de cuánto tiempo llevaba manteniendo las manos quietas porque no tenían nada útil que hacer.
—¿Habrá algún sitio donde pueda dejarlos?
—Sí. Mantén el cuero fuera del agua.
Me paré.
—¿De cuánta agua hablamos?
—Suelos mojados. Goteras. No vamos a nadar.
—Entenderás que esa no era la versión tranquilizadora de la respuesta.
—¿Preferirías que te sorprendiera?
—No. —Bajé la mirada a mis zapatos, suelas corrientes, suficientes si prestaba atención—. ¿Luz?
—Hay luz. Y yo llevo linterna.
—Bien. Necesito ver un problema antes de insultarlo.
Volvió a coger el abrigo. Esta vez fui con él.
En el ascensor me puse a su lado, en vez de quedarme detrás de su brazo. Introdujo el código con el cuerpo entre el teclado y yo. Le lancé una mirada.
—¿Una promesa cada vez? —dije.
Nuestros ojos se encontraron en el reflejo.
—Al parecer.
Podía intentarlo otra vez. O podía elegir ir adonde por fin me llevaba y aprender algo que valiera más que un número.
Por esta noche, me quedé mirando pasar las plantas.
❦
El ascensor privado nos dejó en el garaje, y Maxim me condujo por una puerta cortafuegos de acero hasta el pasillo de servicio B1 del casino. Grasa de freidora. Lejía. Los bajos retumbaban en el techo desde el salón de juego.
Pasamos junto al vestuario.
Los pies se me frenaron solos. Por la puerta entreabierta distinguí la larga hilera gris de taquillas, y la de casi al final, donde había encontrado la vida de Lily vaciada. Se me fueron los dedos a la goma del pelo que llevaba en la muñeca.
La mano de Maxim se posó en la parte baja de mi espalda. Fría a través de la camisa.
—Sigue andando, Cerrajera.
—Estoy andando. Mira: pies.
—Estás penando como un fantasma. Es distinto.
—Algo sabrás de eso —murmuré.
Una crupier con chaleco verde dobló la esquina, lo vio y se aplastó contra la pared tan rápido que la placa le chocó contra el bloque de hormigón.
—¿Lo hacen todos? —pregunté cuando la dejamos atrás.
—Los listos.
El pasillo moría en una puerta lisa de acero beige, sin manilla. Solo un bocallave y, estampada en pequeño encima, un ancla. Maxim se sacó del cuello una llave de hierro negro y antiguo, colgada de una cadena, y la cerradura giró con un sonido parecido al de un nudillo al crujir.
—¿Una llave de la Corte? —pregunté.
—Una llave de la Corte.
—¿Cuántas de esas andan por ahí?
—No muchas. —Aguantó la puerta abierta—. Las escaleras están mojadas. Agárrate a la barandilla.
La escalera de acero bajaba mucho más de lo que ningún sótano tenía derecho a bajar. Los bajos del casino se apagaron, y algo distinto subió a nuestro encuentro: un retumbo lento y profundo que sentí en los dientes de atrás.
—Por favor, dime que no se está cayendo el edificio.
—Es la bahía. Golpea los pilotes.
—Ah, qué bien. Solo el océano intentando entrar.
Abajo había una verja de hierro con una pesada cerradura de caja.
La abrió con una segunda llave de la misma cadena, y los viejos túneles del transbordador nos echaron su aliento encima.
Frío salado. Óxido. Ladrillo húmedo que sudaba agua de mar bajo una hilera de bombillas desnudas y, en algún punto más adelante, un goteo que marcaba el compás.
Conté las salidas. La verja. La escalera. Eso era todo.
Me entró una respiración corta y alta en el pecho antes incluso de terminar de contar.
—Es un túnel —dije en voz alta—. Los túneles tienen dos extremos.
—Este tiene dos extremos —convino Maxim—. Y no me interpongo entre ti y ninguno de los dos.
Su mano volvió a mi espalda, más abajo, los dedos extendidos sobre la columna. El frío de su palma traspasó el algodón y, aun así, la piel se me encendió debajo.
—Te late el corazón como a un conejo —dijo.
—No te metas en mi pulso.
—No puedo. Suena fuerte. —Bajó la voz—. Aquí abajo nada se mueve si yo no lo permito.
—¿Y eso debería tranquilizarme?
—Eso debería ser verdad.
Su pulgar recorrió despacio mi columna y el cuerpo entero lo siguió. Estaba sola bajo el puerto con un hombre que bebía de una bolsa de sangre, y en lo único que podía pensar era en su boca.
—Para —dije.
Retiró la mano de inmediato.
—¿El pulgar?
—Sí. Me distrae.
—¿Prefieres que mantenga las distancias?
—Limítate a mantener las manos quietas mientras cuento las salidas.
Se apartó y dejó libre el ladrillo mojado que había entre nosotros.
—Pues guía tú.
El túnel desembocaba en una cámara circular de ladrillo iluminada por una única lámpara enjaulada, y la luz caía sobre la puerta.
Me detuve.
Era más alta que Maxim. Redonda, de acero oscuro, encajada en el ladrillo como si hubiera crecido allí, con pernos del tamaño de mi puño y una manivela de radios más ancha que mis brazos.
Y el dial no tenía números. Ocho fases lunares grabadas alrededor de la esfera.
Dos marcas de marea, PLEAMAR y BAJAMAR. En el centro, un pequeño encaje con forma de ancla.
Miré el anillo de plata de su mano derecha. La misma ancla.
—El Leviatán —dijo.
—Menudo nombre para una caja fuerte.
—No es una caja fuerte.
—¿Qué hay dentro?
—El tesoro de la Corte. Y algunas cosas que valen más que el dinero. —Me observó—. Adelante. Tócala. Te mueres de ganas.
Apoyé la mano en el dial.
El acero estaba tan frío que dolía; las lunas se habían alisado con el roce de los dedos. Lo giré un cuarto de vuelta y el suelo se inclinó bajo mis pies.