La cerrajera del vampiro (Unidos por Sangre) CAPÍTULO NUEVE
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CAPÍTULO NUEVE

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C H L O E

—Estás tramando algo, Cerrajera. Llevas tramando desde mediodía. Roz dice que te has comido todo el pan.

Maxim lo dijo a la ventana, de espaldas a mí, con las mangas negras remangadas hasta el codo. Abajo, el puerto se teñía de dorado y verde mientras se encendían las luces del casino. Las siete y media, y ya parecía aburrido de la noche.

El último bocado de pan de cardamomo se me secó en la boca.

—Roz es una chivata, y se lo puedes decir de mi parte.

—Roz es meticulosa. —Se apartó del cristal con la taza negra en la mano—. La hogaza entera, Chloe.

—Como cuando me estreso. Anoche vi a un hombre de traje blanco anunciarle a tu casino que tengo algo en la cabeza que le pertenece. Te pregunté qué era y te fuiste a la cama.

—Eran las cuatro de la mañana y ya no tenía ganas de seguir hablando.

Lo señalé con la corteza.

—Era una pregunta entonces y sigue siéndolo ahora.

Dejó la taza negra sobre la tapa del piano que nadie tocaba.

—Silas Drummond te quiere a ti. Eso es todo lo que necesitas saber.

—Eso no se acerca ni de lejos a todo lo que necesito saber.

—Al levantarme, las rodillas no me respondieron con la firmeza de mi voz—.

Habló de mi hermana. Dijo que llora mucho.

Que tiene una voz preciosa. Lo dijo como si hubiera estado sentado en la misma habitación que ella, y lo único que conseguí después fue el ruido de tu puerta al cerrarse mientras desaparecías hasta la puesta de sol.

—No desaparecí. Dormí.

—Pues deja de dormir y empieza a hablar. ¿Quién es él para ti? ¿Qué cree que tengo en la cabeza? ¿Dónde está Lily?

—Si supiera dónde está tu hermana, Cerrajera, ya estaría aquí de pie, en esta habitación.

Le creí, y eso lo empeoraba todo. Se me cerró el pecho.

—Entonces dame algo. Una verdad, una sola. Me tienes encerrada en tu caja de cristal y me estoy volviendo loca aquí dentro.

Algo se movió en su cara, pesado y antiguo, como una puerta que gira sobre un gozne estropeado. Me miró durante un largo rato.

—Debajo de este muelle hay algo que tu padre habría entendido. Eso es todo lo que vas a sacarme esta noche.

Se me helaron las manos. Luego me ardieron, hasta las muñecas, y el pan se me convirtió en una piedra en el estómago.

—¿Y tú qué sabes de mi padre?

Volvió a coger la taza.

—Pregúntame otra cosa, Cerrajera. Cualquier otra cosa.

—Vale. ¿Cuál es el código de tu ascensor?

Inclinó la taza hacia mí como si brindara.

—Buen intento. Vete a comer verdura.

El teléfono le vibró encima del piano. Lo miró de reojo y dijo:

—Es Teddy, tengo que cogerlo.

Se fue por el pasillo y yo me quedé allí, con el pulso retumbándome en la garganta.

Papá no había pisado un casino en toda su vida. Y Maxim Alicante había hablado de él como de un hombre al que hubiera conocido.

Conté las salidas. La puerta principal de acero y su cerradura n.º 7.

El balcón, cerrado. El ascensor de servicio: interruptor de llave, y yo sin llave.

El ascensor privado: escáner de palma y seis dígitos.

Me había quitado las ganzúas caseras. Quedaba exactamente una herramienta que no había encontrado.

Yo.

Antes de hacer alguna tontería con el recurso que me quedaba, fui a mirar la puerta principal.

La n.º 7 era preciosa de un modo que me daba rabia.

Alguien la había montado como es debido.

Ni una rendija que aprovechar con una tira de plástico de embalaje, ni molduras sueltas que escondieran una chapuza, ni una cabeza de tornillo redondeada por un instalador que hubiera llegado con el destornillador equivocado y decidido que con aplomo bastaba.

Apreté la uña del pulgar contra el borde del cerradero y noté pintura, acero y ni un milímetro de juego.

—Vale —le dije—. Presumida.

La madera alrededor de una cerradura mal puesta contaba cosas.

También el desgaste del umbral. Esta puerta ofrecía una hilera de rozaduras corrientes y nada que me sirviera.

La usaba lo bastante a menudo para que siguiera funcionando.

También llevaba la llave encima, porque, por lo visto, sí aprendía de la experiencia cuando me venía mal a mí.

Me agaché a mirar la bisagra inferior.

Abrir una puerta y salir de un edificio eran dos trabajos distintos.

Aunque consiguiera abrir aquella, no sabía quién me esperaba al otro lado.

No tenía zapatos aptos para discutir con una escalera, ni dinero a mano, ni la menor idea de si los hombres que buscaban a Lily seguían buscándome a mí.

La libertad sin los diez minutos siguientes planeados era entregarse a domicilio.

Odiaba que su cárcel viniera con un argumento tan razonable.

En el ascensor privado, estudié el escáner sin tocarlo.

Había un sitio para la palma, otro para seis dígitos y una lucecita que ni una sola vez había tenido un aspecto alentador.

Podía estropearlo. Eso no era lo mismo que convencerlo de que me llevara a algún sitio útil.

En la tienda, la gente que confundía esas dos ideas acababa comprando puertas nuevas.

Me obligué a marcharme antes de convertirme en una de esas personas.

El ascensor de servicio estaba en territorio de Roz. Eso importaba más que el interruptor de llave. No necesitaba ganarle la discusión a una cerradura si podía convencer a una persona de que mi sitio estaba al otro lado.

Estaba guardando una sartén limpia cuando entré en la cocina.

—¿Alguna vez necesitas que alguien te baje cosas? —pregunté.

—Muy a menudo.

—Yo podría.

—Podrías. También podrías llevar este cuenco a aquel armario.

Llevé el cuenco. Roz me observó hacerlo con la expresión levemente complacida de quien acaba de ver un plan entero caber dentro de un cazo.

—Me refiero a recados. Trabajo. Sé hacerlo, de verdad.

—Ya lo he notado.

—Entonces aprovéchame para algo. Me estoy volviendo loca.

Cerró el armario.

—No voy a pedirte que te ganes el permiso para respirar. Si quieres bajar, esa discusión es con Maxim.

—No discute. Dice que no y luego se queda ahí plantado, enorme.

—Entonces haz que se siente.

Debería haber tenido gracia. No me salió.

Roz se llevó el plato de pan vacío y me dio un vaso de agua. Ningún sermón sobre lo que tendría que haber comido con el pan. Ninguna inclinación compasiva de cabeza. Agua. Algo que podía meterme en el cuerpo y que no se convertiría en otra pregunta.

—¿Sabes a qué se refería con lo de mi padre? —pregunté.

Las manos se le detuvieron un instante sobre el plato. Después lo dejó en el fregadero.

—Pregúntaselo a él.

—Todo el mundo me dice lo mismo, como si él fuera una máquina expendedora y yo me equivocara de botón.

—Entonces pregúntame algo que pueda responder.

Miré el ascensor de servicio. Siguió mi mirada.

—Eso necesita una llave —dijo.

—Un candado de bicicleta también. Y no son igual de interesantes.

—La mía no se separa de mí. —Se dio una palmada en el bolsillo del delantal—. Y no me dejo pasajeros dentro por descuido.

Asentí. No tenía sentido insultarla con un intento tan malo. Había contado las rebanadas de pan; también contaría a una mujer humana metida en un ascensor.

De vuelta en la habitación de invitados, hice una lista en el reverso de una bolsa de papel.

No era una ruta de escape. Eran las piezas que me faltaban.

Acceso a la planta baja. Dinero. Una forma de llamar a alguien sin que nadie me siguiera hasta esa persona.

Algo más útil que saber que podía caer veintidós pisos si me frustraba de verdad.

El código encabezaba la lista. Lo subrayé una vez, con tanta fuerza que marqué la mesa bajo el papel.

Un código se podía llevar encima. Ninguna llave robada que alguien echara en falta.

Ningún interruptor destrozado. Ni esperar a que Roz se diera la vuelta y hacer que se arrepintiera de haberme dado de comer.

Solo tenía que acercarme lo suficiente para ver dónde lo guardaba y esperar hasta que tuviera sentido utilizarlo.

Miré la ropa colgada en el armario.

El vestido negro estaba arrinconado detrás de un jerséy. Lo saqué con dos dedos, como si eso me hiciera menos responsable de la idea.

—Es un plan terrible —le dije a la habitación vacía.

Después comprobé si tenía bolsillos.

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Roz me pilló en el umbral de la habitación de invitados con el vestido puesto.

Negro. Corto. Su gente lo había subido con los leggings y los jerséis, y yo lo había empujado al fondo del armario como si pudiera morder. El corazón me golpeaba tan fuerte que lo veía latir en el escote.

—Vaya —dijo Roz. Llevaba el abrigo sobre un brazo y las llaves del coche en la mano—. Ese no es un vestido para leer en la cama.

—Es un vestido, Roz. La gente se pone vestidos a todas horas.

—La gente se pone vestidos para ir a cenar. Tú te has puesto ese para ir a la guerra. —Me miró de arriba abajo, más seca que un esparto—. Lo que sea que estés planeando, él ya lo sabe.

—No estoy planeando nada. Estaba limpio y tenía frío.

—No tienes frío, niña. Tienes la cara del color de una señal de stop. —Me dio una palmadita en el brazo al pasar—. Me voy a casa. Intenta no romper nada que sea mío.

Y entonces se marchó, y solo quedamos él, yo y veintidós pisos de cristal.

El plan era sencillo. Acercarme. Distraerlo. Verlo marcar el código en el móvil, pillarle la palma de la mano o encontrarlo dentro de esa chaqueta colgada en el taburete de la barra. Todo el mundo apunta los códigos en algún sitio.

Serví whisky de la licorera de cristal del carrito bar. El olor me subió por la nariz, ahumado y dulce, como la botella de Navidad de papá, y casi volví a dejar el vaso donde estaba.

Maxim apareció por el pasillo y se detuvo. Me recorrió despacio con la mirada, de los pies descalzos a la boca, y el calor me trepó por el pecho.

—Te he servido una copa. Considéralo una ofrenda de paz.

—Es whisky, Cerrajera, y yo no bebo whisky. —Lo cogió de todos modos. Me rozó los dedos con los suyos, fríos como el vaso, y se sentó en el sillón de cuero junto a la ventana sin probarlo.

Así que me senté en su regazo.

Se me daba fatal. La rodilla se me resbaló en el cuero, le di con el codo en el pecho y el whisky se derramó.