La cerrajera del vampiro (Unidos por Sangre) CAPÍTULO OCHO
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CAPÍTULO OCHO

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M A X I M

—Señor Alicante, está apostando cincuenta mil por mano y no toca la copa.

El encargado de sala tenía que trotar para seguirme el paso. Le brincaba el corazón como una piedra rebotando sobre agua mansa.

—¿Cuánto lleva en la mesa? —pregunté.

—Diez minutos, señor. Primero preguntó por usted. Luego preguntó por la chica. —Tragó saliva—. Sabía cómo se llamaba. El nombre real.

No respondí. La lengua me buscó el interior del labio inferior, donde ella me había mordido hacía menos de veinte minutos. El corte había desaparecido hacía rato. El sabor de ella, no.

La sala principal estaba ruidosa, tal como me gusta. Campanillas de tragaperras, hielo en los vasos, doscientos latidos.

A mitad de camino, un olor se me agarró a la garganta.

Sudor agrio y punzante, que subía acompasado.

Salía de tres hombres vestidos de gris, sentados a la mesa de blackjack junto a la caja, y de una mujer con abrigo verde en el asiento del extremo.

Cada vez que el sabot se vaciaba, el sudor se les disparaba a todos al mismo tiempo.

Uno de los hombres dio dos golpecitos a sus fichas. La mujer dobló la apuesta.

—Blackjack junto a la caja —le dije al guardia más cercano al pasar—. Los tres de gris y la del abrigo verde. Acompáñalos a la salida. Quédate con sus fichas, dales dinero para el taxi y sonríe mientras lo haces.

—Sí, señor Alicante.

Yo ya estaba subiendo las escaleras.

La barandilla de latón que subía al entresuelo estaba fría bajo la palma, más fría que mi propia mano, que ya es decir.

La Sala de Latón se abrió ante mí: fieltro verde, lámparas doradas y bajas, barandillas de latón relucientes alrededor de las mesas de límites altos.

El chasquido de una carta al salir del sabot de bacará cortó limpiamente el murmullo.

Silas Drummond estaba sentado a mi mejor mesa como si fuera el dueño del muelle sobre el que se alzaba.

Traje de lino blanco en octubre. La cabeza afeitada le brillaba bajo las lámparas.

La cicatriz de quemadura, con textura de cuerda, le subía por el lado izquierdo del cuello y desaparecía detrás de la oreja.

Los anillos de oro de ambas manos repiqueteaban contra las fichas.

Cuando levantó la muñeca para empujar una pila hacia delante, vi las tenues venas negras bajo la piel.

Dos hombres aguardaban detrás de él. Grandes, aburridos, con las chaquetas holgadas para las armas. Bram Kessler no era uno de ellos. Yo mismo le había roto el brazo. Hasta el Nightwater necesita unos días.

El olor me alcanzó antes de que hablara. Colonia cara, algo con sándalo, echada a litros. Debajo, el tufo químico y agrio del Nightwater, como una pila olvidada bajo la lluvia.

Los colmillos me apretaron el labio. Cerré los dedos alrededor de un gemelo y mantuve el rostro impasible.

—Alicante. —Su voz era suave, casi amable—. Siéntate. Tu crupier es una joya. Esta noche he perdido doscientos mil dólares y nunca me he sentido mejor por nada.

—Me quedo de pie.

—Cómo no. —Sonrió a sus cartas—. A los de tu clase os encanta cerniros sobre los demás.

Las manos del crupier estaban firmes. El pulso, no. Nadie en la mesa había apostado en cuatro manos.

Silas descubrió un nueve natural y vio cómo las fichas volvían a él sin el menor interés.

—Tienes algo mío, Alicante. Una cerrajera.

—Tengo muchas cosas en este edificio —dije—. La mayoría son mías. Las demás están a punto de serlo.

Rio por lo bajo, satisfecho.

—Bien. Seamos hombres de negocios, entonces. Tú me entregas a la chica. A cambio, mi gente no pisa el Muelle Nueve. No más camellos de poca monta en tu paseo marítimo. No más problemas en tu muelle de carga.

Hizo girar despacio uno de sus anillos de oro.

—Y dejamos de desangrar a tus neonatos. A los jóvenes. A los que vagan por ahí. —Inclinó la cabeza—. A vuestra Capitana de Puerto le gustaría. Le gustaría mucho, creo. Pregúntaselo.

Dijo «Capitana de Puerto» como quien dice «casero» cuando le han subido el alquiler.

—La Capitana de Puerto no celebra reuniones en una mesa de bacará —dije.

—No. Manda a su perro a plantarse al lado de una. —Alzó los ojos hacia los míos, pálidos y húmedos, con el blanco veteado de rosa—. Te estoy ofreciendo la paz, Alicante. A cambio de una mujer que se gana la vida forzando cerraduras. Puedes encontrar otra cerrajera en las páginas amarillas.

—Pues ve a buscarla.

—No quiero otra.

Se recostó. El lino susurró.

—La chica tiene algo en la cabeza que me pertenece.

No dijo el nombre de la cámara acorazada. No hacía falta.

La sentí bajo los zapatos, más abajo del casino, del hormigón, de los túneles de ladrillo y del agua negra. El Leviatán. Redondo, frío y paciente. La cerradura de Walter en la cara.

Y Silas Drummond quería a la hija de Walter plantada delante de ella.

Algo se me tensó en la bisagra de la mandíbula. Las lámparas se afilaron. Un fino filo plateado se me coló por los bordes de la visión y todos los latidos de la sala subieron de volumen a la vez.

Puse una mano abierta sobre la mesa.

No la estampé. Apreté. La madera pesada gimió bajo el fieltro. La mesa se inclinó un cuarto de pulgada hacia Silas, y sus fichas resbalaron, pila tras pila, por el borde opuesto hasta la moqueta, en una lluvia suave y carísima.

El crupier se quedó inmóvil, con una carta a medio salir del sabot. Una mujer con perlas contuvo el aliento. Un hombre de esmoquin se puso las dos manos en el regazo como un colegial.

—Es mía —dije. Mi voz sonó plana y tranquila, y todos los que estaban en esa mesa la oyeron—. Vuelve a pronunciar su nombre en mi casino y te daré de comer a la bahía pedazo a pedazo, empezando por la lengua.

Nadie se movió.

El hombre que estaba detrás del hombro izquierdo de Silas deslizó una mano dentro de la chaqueta. Silas levantó un dedo sin volverse y la mano salió vacía.

Entonces Silas me sonrió. Fue una sonrisa cálida. Fue lo peor que hizo en toda la noche.

—Su hermana llora mucho —dijo en voz baja—. Bonita voz.

El fieltro se rasgó bajo mis dedos.

Mis colmillos presionaban con fuerza contra las encías, a punto de asomar.

Le oía el corazón. Latía despacio, perezoso, un poco espeso por la droga.

Sabía exactamente dónde estaba bajo el lino blanco.

Sabía cuánto tardaría en alcanzarlo. Menos de lo que la carta tardaría en caer de los dedos del crupier.

Cuarenta testigos. Doscientas cámaras. Una Corte que me colgaría por ello antes del amanecer.

Y, en algún lugar, una chica de pelo rojo cereza lloraba donde aquel hombre podía oírla.

Mantuve la mano sobre la mesa. Era lo más difícil que había hecho en cien años.

—Fuera de mi casino —dije.

Silas se levantó. Se abrochó la chaqueta y miró las fichas desperdigadas por la alfombra como si se le hubieran caído unas cuantas monedas.

—Quédatelas —dijo—. Para pagar el desgarrón del fieltro. Piensa en mi oferta, Alicante. No durará para siempre. —Se detuvo a mi lado. La colonia me envolvió, y la podredumbre que había debajo—. Ella tampoco.

Sus hombres lo siguieron escaleras abajo. No me volví para mirar. No me fiaba de lo que haría mi cuerpo con su espalda delante.

Por fin, el crupier dejó caer la carta.

Cayó boca abajo entre nosotros. Él alargó la mano para cogerla, falló y lo intentó otra vez.

—Deja el tapete como está —le dije—. Las manos fuera de la mesa un minuto.

Se las puso a la espalda. Eso hizo que le temblaran más, así que se las cruzó por delante. Era lo bastante joven para creer que no había reparado en ninguna de las dos decisiones.

La mujer de las perlas exhaló. Su acompañante alargó la mano hacia sus fichas.

—Esas son suyas —dije—. En caja se las pagarán.

—¿Y qué pasa con la mano? —Señaló las cartas con la cabeza, evitando con cuidado el desgarrón que quedaba bajo mis dedos—. Ya habíamos apostado…

—Le devolveremos su apuesta.

—Yo iba ganando.

No había puesto una sola apuesta desde que yo llegué. Detrás de su indignación se escondía una queja más razonable: había pagado por sentarse en una sala donde las cosas peligrosas sucedían con educación, y yo había dejado que el peligro se quitara la chaqueta.

Miré al jefe de sala.

—Liquida la mano interrumpida a favor de los clientes. Después, cierra esta mesa.

El jefe de sala echó un vistazo a las pilas de fichas sobre la alfombra. Un hombre de casino era capaz de calcular las pérdidas mientras el corazón todavía intentaba subírsele por la garganta.

—¿También las fichas del señor Drummond?

—Embólsalas por separado. Anota las denominaciones y de dónde han salido. No son una propina.

Por fin, el crupier me miró.

Durante un segundo vi la sala como él debía de verla: la mesa destrozada, los hombres armados a los que se había permitido marcharse y yo, de pie, lo bastante cerca para destrozar lo que tuviera bajo las manos. Me aparté de la barandilla.

—¿Quién te releva?

—Hay alguien de descanso, señor.

—Tómate el tuyo. Te pagaremos hasta el final del turno.

Miró la carta que seguía boca abajo sobre el fieltro.

—Tendrán que cuadrar el sabot.

—Sé contar.

Recuperó algo de color. El trabajo era algo a lo que sabía agarrarse. Explicó qué apuestas ya se habían liquidado, dónde estaba el marcador y qué cliente iba a coger una ficha cuando la mesa se inclinó. El jefe de sala lo fue anotando. Yo escuché sin ayudarlo a terminar ni una frase.

El hombre del esmoquin tenía el móvil a medio sacar del bolsillo.

—¿Está grabando? —pregunté.

—No. —El móvil desapareció. Su pulso decía que estaba asustado, lo cual no era lo mismo que mentir—. Es mi conductor.

—Llámelo. El aparcacoches le acercará el coche hasta la marquesina.

Parpadeó y lo hizo. Mantuve las manos donde toda la sala pudiera verlas.

Había formas más fáciles de que todo aquello quedara en silencio.

Una palabra dicha en voz baja, el ritmo adecuado, y en sus recuerdos se abrirían unos agujeros muy convenientes.

Podría haber hecho que la mujer recordara una discusión de borrachos.

Podría haber mandado al crupier abajo convencido de que había derramado algo sobre el fieltro.