CAPÍTULO TRES
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M A X I M
—Maxim, hay una chica intentando desmontar las bisagras de la puerta de tu escalera.
Roz lo dijo desde la boca del pasillo, con una bata verde anudada sobre la ropa con la que aún no se había acostado. Las gafas de leer, subidas al pelo gris. La había hecho subir del piso de abajo unos minutos después de las dos de la madrugada, y había venido sin preguntar por qué.
—Lo sé —dije.
Estaba de pie junto al ventanal, dejando que el cristal me enfriara los dedos. Estaba frío, más frío que mi mano, y al otro lado las luces de la ciudad se quebraban sobre el agua negra de la bahía.
—Lo sabes. —Roz se quedó mirándome la espalda—. Y la estás dejando.
—No va a conseguirlo.
—Ya lleva el pasador superior medio fuera.
Eso me hizo girarme.
—Medio fuera no es fuera.
—Soy vieja, Maxim, no estoy ciega. Tiene una llave pequeña metida bajo el pasador y lo va golpeando como si lo hubiera hecho todos los días de su vida. —Roz se ajustó la bata—. ¿Quién es?
—Alguien a quien retengo.
—Pues desde aquí no se te da muy bien.
Al otro lado de la gran sala, más allá del piano, el metal repiqueteaba contra el metal. Un golpecito suave, un roce, otro golpecito. Y debajo, un tarareo: grave, sin melodía, obstinado. La Cerrajera, trabajando.
Su latido era lo más ruidoso del edificio. Veintidós plantas de acero y cristal, un hotel lleno de gente dormida debajo de nosotros, el casino que mantenía despierto el muelle bajo nuestros pies, y lo único que yo oía era un corazón rápido y furioso al final de mi pasillo.
Entonces cesaron los golpecitos y ella se volvió.
Empuñaba la llave de tensión como un cuchillo y la lluvia aún le oscurecía el pelo. Vino derecha hacia mí, cruzando la gran sala, por delante del piano negro, y el aire que arrastraba consigo me dio en la cara.
Miel. Latón de sus manos. Lluvia del muelle. Piel cálida debajo de todo aquello, y la miel era lo peor, porque se me fue garganta abajo como un trago que no había servido yo.
El muelle me había pasado factura. Diez metros de hormigón de un tirón, el brazo de Kessler, el otro lanzado a través de una puerta de acero, y después su peso rampa arriba; cada metro había salido de la sangre de mis venas.
Seguía con la garganta en carne viva, raspada y seca como un tiro de chimenea calcinado.
Un hombre famélico no debería quedarse a sotavento de la miel.
Me dolían las encías. Se acumulaba presión en las raíces de los dientes, un empuje lento y dulce, y un plateado se derramó por los bordes de mi vista hasta que cada luz sobre el agua se volvió afilada como una cuchilla.
Fui a la cocina y puse la isla entre los dos.
Piedra blanca, dos metros y medio. Apoyé las dos manos encima y las mantuve ahí.
—¿Quién demonios sois vosotros? —dijo ella.
—Yo soy Roz —dijo Roz—. Hago el pan.
—Estupendo. Roz, llama a la policía.
—No, cariño.
—¿No? ¿Cómo que no? Me echó al hombro como un saco de ropa sucia. Hay un tipo en el sótano con un brazo doblado en una dirección en la que los brazos no se doblan.
—Entonces parece que estás en el lugar más seguro de la ciudad, ¿no? —Roz se cruzó de brazos y me miró como me había mirado durante treinta y un años, como una mujer que vigila un puchero del que no se fía—. Tus ojos.
—Soy consciente.
Chloe se detuvo al otro lado de la isla. Clavó la mirada en mi cara y la entrecerró. No supe qué veía: un efecto de la luz, quizá. Aun así, el pulso se le aceleró, y yo lo oí, y apreté la mandíbula con tanta fuerza que me crujió un diente.
—Y tú —dijo ella—. ¿Tienes nombre o te sigo llamando gilipollas?
—Maxim.
—Maxim. —Lo pronunció despacio, probándolo como una llave en una cerradura desconocida—. Vale. Maxim. Abre el ascensor o te juro por Dios que encuentro la manera de bajar por el hueco con las uñas.
Aplasté las manos contra la piedra hasta notar que rechinaba.
Llevaba cien años con hambre. Jamás había estado famélico hasta que ella dijo mi nombre.
—No lo harás —dije.
—Mírame.
—Ya lo he hecho. Once segundos, en mi vestuario. —Rodeé el extremo de la isla, y no lo hice despacio—. No tendrás otros once.
Cinco pasos de suelo entre nosotros. Los cubrí en un borrón, y el arranque me bajó rascando por la garganta en carne viva como una cerilla encendida. Sus ojos seguían fijos en el sitio donde yo había estado cuando le cerré la mano en el pelo.
La llave de tensión salió de su puño antes de que ella supiera que lo tenía vacío.
El nudo estaba prieto y mojado. Encontré la ganzúa larga y luego la corta, la del gancho, que se había vuelto a clavar en el pelo durante la subida, todavía pegajosa con la sangre de un hombre de Drummond, y saqué las dos de un solo movimiento.
Se le soltó el pelo. Le cayó sobre mi mano y mi muñeca, pesado, húmedo, de un rubio oscuro, y olía tanto a ella que los colmillos se me deslizaron medio centímetro antes de que pudiera impedirlo.
Ella se retorció y me lanzó un mordisco a la cara interna de la muñeca.
La solté y retrocedí. Sus dientes se cerraron en el aire.
—Has intentado morderme —dije.
—La próxima vez lo haré mejor. —Respiraba agitada, con el pelo revuelto alrededor de la cara y los ojos verdes llameando—. Devuélvemelas.
—No.
—Son mías.
—Lo eran. —Me guardé las ganzúas en el bolsillo de la camisa, junto a su caja de cerillas y su teléfono—. Vamos. Te enseñaré tu habitación.
—No pienso quedarme en tu habitación.
—La de invitados. La mía está al otro lado del pasillo, y no estás invitada. —Eché a andar. Tras un largo momento, sus latidos me siguieron.
La habitación de invitados era de un gris pálido, con una cama enorme en la que nadie había dormido y una lámpara sobre la mesilla. Entró y miró enseguida la ventana, la rejilla de ventilación, la puerta y otra vez la ventana. Contando las salidas. Ya la había visto hacerlo en la planta del casino.
—Esto funciona así —dije desde el umbral—. El ascensor quiere la palma de mi mano y un código de seis cifras. Me viste teclearlo. No te quedaste con él.
—Me quedé con cuatro.
—Te quedaste con tres, y dos estaban mal.
—¿Por qué esos hombres conocían mi cara? —Se volvió hacia mí—. El grandullón me miró directamente y dijo «Ahí está», como si hubiera llevado mi foto en la cartera. ¿Por qué?
—Eso es lo que voy a averiguar.
—¿Y mi hermana? ¿También vas a averiguar eso o solo vas a quedarte plantado en las puertas, luciendo lo alto que eres?
Me quedé inmóvil. No era mi intención. Al verlo, el corazón le dio un brinco.
—La estoy buscando —dije.
—Mientes.
—A veces. No sobre eso. —Señalé con la cabeza hacia el salón—.
La puerta de la escalera es de acero. La cerradura está encajada en el marco, donde tus dedos no la alcanzan, y la puerta principal es aún peor.
Los pasadores de las bisagras en los que estabas trabajando van montados dentro de un casquillo, así que, aunque los saques, la puerta sigue en su sitio.
Se le movió la mandíbula. Eso ya lo había descubierto.
—El balcón está a veintidós pisos de altura. Roz te traerá comida. La puerta de esta habitación no está cerrada con llave, porque no serviría de nada. —Le sostuve la mirada—. Volveré al anochecer.
—¿Volverás al anochecer? ¿Qué se supone que significa eso?
—Significa que te vayas a dormir, Cerrajera.
Se quedó mirándome. Le temblaban las manos y se las metió en los bolsillos traseros para que no lo viera. Lo vi.
—Esto es un secuestro —dijo.
—Sí.
Durante un segundo no tuvo nada que lanzarme. Abrió y cerró la boca. No esperaba que le diera la razón.
Roz apareció detrás de mí con un paño de cocina sobre el hombro.
—No ha comido —dijo Roz—. Le voy a traer sopa, y tú vas a ponerte allí, donde no puedas asustarla.
Señaló el extremo más alejado del pasillo.
Fui y me quedé allí.
Roz me hizo alejarme aún más cuando volvió con la bandeja.
—Estás en medio.
—El pasillo mide dos metros.
—Y te las apañas para ocuparlos todos.
Di un paso hacia mi despacho. Desde el umbral de la habitación de invitados, Chloe contempló aquella pequeña derrota con una satisfacción agotada.
Roz golpeó el marco de la puerta abierta.
—¿Puedo?
Chloe miró de la bandeja a la habitación, como si sospechara que había trampa en que se lo preguntaran.
—¿Puedo decir que no?
—¿A la sopa? Por supuesto. Y entonces las dos nos quedamos escuchando el escándalo que hace tu estómago.
Se hizo un breve silencio.
—Vale.
Roz entró. No cerró la puerta de una patada a su espalda ni bajó la voz para simular una intimidad que yo habría oído de todos modos. Dejó la bandeja y preguntó dónde quería Chloe que pusiera el agua.
Un poco más a la izquierda, por lo visto. Lejos del cable de la lámpara. Chloe la cambió de sitio ella misma cuando Roz la dejó demasiado cerca del borde.
La habitación llevaba años vacía. En medio minuto ya tenía un sitio equivocado para poner un vaso.
Me quedé donde me habían mandado.
—¿Esta es la parte en la que me dices que él es un incomprendido? —preguntó Chloe.
—No. Esta es la parte en la que te busco una cuchara.
—Está en la bandeja.
—Pues sí, ahí está.
Roz dejó que el silencio hiciera algo más amable de lo que yo había hecho nunca.
Cuando salió, la sopa seguía intacta. Se llevó la bandeja vacía bajo el brazo y me inspeccionó sin nada de la preocupación que yo habría preferido.
—Le has dado un sitio donde dormir.
—Sí.
—¿Le has dicho dónde están las toallas?
—No.
—¿Si puede usar el baño sin que aparezcas tú en la puerta?
—Yo no…
—Ella no lo sabe.
Desde la habitación llegó el leve tintineo de una cuchara contra la porcelana. Roz también lo oyó. Se le relajaron los hombros.
—Necesita ropa seca —dijo.
—La tendrá.
—Esta noche necesita una toalla. —Me puso la bandeja en las manos—. Ya sabes en qué armario.
La miré fijamente.
—A menos que hayas olvidado dónde guardas las cosas. En ese caso, pídelo por favor.
Fui a buscar la toalla.