La Cepa CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

En cuestión de minutos, la sala se convirtió en un murmullo jubiloso de felicitaciones, copas alzadas y firmas de contratos de reserva.

Los representantes de las cadenas de restaurantes de lujo de Chicago, Los Ángeles y Tokio hacían cola frente a la mesa de Javier para asegurar las asignaciones de la cosecha de los próximos tres años.

Javier firmaba los documentos de venta con una pluma de tinta densa, viendo cómo el contador digital de la distribuidora registraba la venta total de la producción de Las Balsas a un precio medio de ochenta y cinco dólares por botella en origen.

Gabriel, apartado levemente del bullicio del salón, se acercó al gran ventanal de cristal que daba a la ciudad de Nueva York. Observó los coches microscópicos que circulaban por las avenidas iluminadas, la masa infinita de cemento y acero de la metrópoli americana.

Javier se colocó a su lado, dejando su copa sobre la repisa.

—Hace seis meses estábamos calculando el dinero de la gasolina para ir a declarar al juzgado de Haro, Gabriel —dijo Javier con una sonrisa contenida—. Y hoy estamos vendiendo la cosecha entera en Times Square.

Gabriel miró el reflejo de su primo en el cristal del rascacielos.

—El dinero de Nueva York sirve para pagar la embotelladora y mantener los bancos lejos de la carretera, Javier —dijo Gabriel con voz tranquila—. Pero lo verdaderamente importante no está en esta sala.

—¿Y dónde está? —preguntó Javier.

—Está en la linde alta —respondió Gabriel, sacando del bolsillo de su chaqueta un pequeño trozo de piedra caliza blanca, pulida y seca, que había recogido del suelo del viñedo antes de subir al avión en Bilbao—.

En la tierra que mañana al amanecer estará esperando que volvamos para empezar la poda de invierno.

Javier miró la piedra en la mano gruesa de su primo, comprendiendo que ni las luces de Manhattan ni los millones de dólares de los contratos de distribución cambiarían jamás la naturaleza del mecánico de la Sonsierra.

Clara se unió a ellos, enlazando su brazo con el de sus dos primos mientras contemplaban el cielo estrellado sobre el horizonte del Atlántico.

—Mañana cogemos el vuelo de regreso a casa —dijo Clara con voz suave—. Mi padre y el viejo Tomás nos esperan para cenar en la cocina de la bodega. Han preparado el chuletón al sarmiento en la parrilla del calado viejo.

—Esa sí que es una buena noticia —sonrió Gabriel por primera vez en toda la noche.

Dos días después, el veintidós de noviembre, el sol matutino de La Rioja Alta iluminaba con una claridad de cristal los viñedos de la Sonsierra.

La lluvia de las semanas anteriores había cesado por completo, dejando los caminos de servidumbre limpios y firmes. La sierra de Cantabria, cubierta en sus cumbres por las primeras nieves del invierno, se recortaba contra un cielo azul intenso y sin nubes.

En el patio principal de la bodega de Las Balsas , un camión de gran tonelaje de la empresa de transportes internacionales terminaba de cargar el último palé de cajas de madera con destino al puerto de Santander.

Felipe Valcárcel, sentado en un banco de piedra junto al portón principal con una taza de café en la mano, contemplaba el ida y venida de los carretilleros con la tranquilidad del hombre que ha cumplido con su deber en la tierra.

A su lado, el viejo Tomás ajustaba con una navaja pequeña el mango de su bastón de avellano.

—Felipe... —dijo el viejo Tomás, mirando hacia la linde alta de la finca—. Míralos.

En la ladera superior del viñedo, a casi ochocientos metros de altitud donde las cepas de graciano hundían sus raíces en las grietas de la roca caliza, tres figuras caminaban juntas entre las hileras de madera vieja.

Javier, con las mangas de la camisa arremangadas y las botas llenas de barro seco, llevaba en la mano el cuaderno de campo donde anotaba el estado de las yemas para la próxima primavera.

Clara, con la bata de laboratorio sustituida por un jersey de lana grueso y los guantes de podar, examinaba la cicatrización de los cortes de la cosecha pasada.

Y Gabriel, a su lado, sostenía la tijera de podar pesada de dos manos, ejecutando con una precisión milimétrica el primer corte limpio de la temporada sobre la madera madre del viñedo de su abuelo.

El chasquido seco de las tijeras de acero cortando la madera seca resonaba en la quietud de la mañana como un latido constante y firme.

No había ya abogados en el patio, ni patrullas de la policía en la carretera comarcal, ni querellas fiduciarias en los juzgados de Luxemburgo. El ruido de la especulación y el veneno de la traición se habían disipado en el viento helado del norte.

Solo quedaba la tierra roja de la Sonsierra, el agua pura brotando libre de la caseta del manantial y el trabajo silencioso de una familia que había demostrado que los verdaderos dueños de un vino no son los que compran las marcas en los despachos de la ciudad, sino los que están dispuestos a sangrar sobre la piedra para defender la vida de sus cepas.

Gabriel se detuvo un instante en la cabecera de la hilera, contemplando el valle de la Sonsierra que se desplegaba a sus pies hasta perderse en la curva del río Ebro.

Se agachó, tomó un puñado de tierra húmeda entre los dedos, sintió la frescura de la arcilla rica en hierro y dejó que los granos cayeran despacio entre sus manos, volviendo al lugar del que nunca debieron salir.

—La cosecha de 2026 va a ser la mejor de todas, Clara —dijo Gabriel, volviéndose hacia su prima con una sonrisa limpia y amplia.

Clara alzó su tijera de podar, mirando hacia la sierra nevada.

—Que empiece la poda —respondió Clara.

Y en el silencio luminoso de la mañana de la Sonsierra, el chasquido del acero sobre la madera vieja volvió a sonar, abriendo el camino para la vida que volvía a brotar de la tierra invicta de Las Balsas.

FIN