La Caza Fae (Serie Kat Drummond 9) 21. Recuperación #2
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21. Recuperación #2

—Girin representará a Ciudad Orco en todas las compras de sangre —dijo Jane—. Girin, ¿se ha recibido el pago?

Girin sacó un smartphone de su bolsa de cuero, revisó algunos mensajes y asintió.

—Es la primera vez que tenemos cuentas bancarias —dijo—. Pero los huesos me explicaron cómo usarlas.

A mí me hacían falta unos cuantos huesos en mi vida.

***

Camiones blancos, con todo tipo de etiquetas, regresaron a Hope City.

Se detuvieron frente a hospitales rebosantes de pacientes inconscientes.

Pero no estarían inconscientes por mucho tiempo.

Las familias acudían en masa a las camas para ver con sus propios ojos cómo el color volvía a las mejillas de sus seres queridos y sus ojos se abrían para ver el mundo de nuevo.

Helmont estaba tan absorbido por su trabajo sintetizando Tyrok-1 que en Ciudad Orco le cedieron el laboratorio y le llevaron algunos muebles.

Me dio la impresión de que nunca tuvo intención de irse.

La última vez que lo vi, estaba dando órdenes a unos becarios de la Asociación mientras Girin le enseñaba su extensa colección de huesos.

Sonreí, pero no veía el momento de irme. Llevaba una nevera portátil con suficiente Tyrok-1 para Cindy y Conrad. Estaban en el mismo hospital. Y los Cruzados ya estaban de camino para saludar a nuestros amigos después de tanto tiempo.

—Pensé que estarías más emocionada —dijo Brett mientras conducíamos hacia el centro de Hope City.

—¿Tan fácil soy de leer?

—Llámalo mis poderes de deducción. Pero también es que tienes cara de que se te ha quedado la espada atascada en la cabeza de un abominable y no puedes sacarla.

Suspiré.

—Y sí, eres fácil de leer. —Brett sonrió de oreja a oreja.

Le di un puñetazo suave en el hombro. Él me cogió la mano y me la besó.

—¿Qué pasa, Katty? —preguntó, usando aquel nombre que tanto odié durante mucho tiempo, cuando él no era más que un matón de la agencia—. Has salvado la ciudad. Estamos a punto de despertar a Cindy y a tu padrino hada.

—Ángel.

—Ambos tienen alas.

—A Conrad le molesta que hablen de que es un ángel —dije—. Los féericos no pueden parar de hablar de ello. Es como si estuvieran rezumando inseguridad y tuvieran que recordarnos constantemente que son dioses de la naturaleza o lo que sea.

Brett se rió entre dientes. —No dejes que Duer te oiga decir eso.

—Que oiga lo que quiera. Está de okupa en la propiedad de Cindy. El pequeño gamberro.

—Ya. Yo también le quiero.

Me mordí el labio. Al parecer, realmente era así de fácil leerme.

—Todavía quedan muchas cosas por hacer —dije casi en un susurro—. Hay que salvar a la familia de Duer, si es que siguen vivos. Y además el enemigo sigue ahí fuera.

—Vamos a despertar a Cindy. Ella nos ayudará.

—Hay un fae oscuro suelto. Y parece que solo estamos despertando a Cindy para lanzarla de nuevo a las trincheras.

—Esa es nuestra suerte. Y ella lo entiende. Estoy seguro de que se muere de ganas de vengarse de quienquiera que la pusiera en este coma. Nuestra Cindy no es permanentemente serena, ¿sabes? ¿Alguna vez te conté lo de cuando Guy metió en casa de Cindy una maldición del imán de mugre con los zapatos?

—¿En serio? —No pude evitar soltar una risilla—. Ella me revisa en la puerta siempre que puede para que no me pase eso.

—Sí. Por eso lo hace. Guy entró después de una cacería de Drakenbane. Habíamos estado luchando contra una horda de hombres rata. Uno de ellos era un brujo. Le echó la maldición a Guy. Estábamos demasiado cubiertos de mierda de rata y aguas residuales como para darnos cuenta.

—¿Por qué volvisteis a su casa?

—Era la parada más cercana. Ella necesitaba reponer sal bendita.

—¿Y Guy se precipitó y entró en la casa después de que ella dejara la puerta abierta? —adiviné, incapaz de contener la sonrisa. Imaginaba lo que pasó después.

—Antes de que pudiera siquiera oler las flores, Cindy lo había placado contra el suelo, soltando tacos sobre los suelos limpios e insistiendo en meterle una piedra de sal por la garganta.

—¡A Guy seguro que eso le encantó!

Brett sonrió como un colegial. —No ha vuelto a mirarla de la misma forma desde entonces. ¡Es un masoquista redomado!

Sonreímos en silencio el resto del viaje. Seguía sin gustarme la idea de devolver a Cindy a la lucha tan pronto, pero a ella no le importaría. Este era su territorio. Y si iba a luchar contra este mal, la quería a mi lado.

Llegamos al hospital. La moto de Guy y el coche de Hammond ya estaban aparcados. Entramos en la sala de espera. Los Cruzados, Duer incluido, se pusieron en pie al unísono. La cuarentena prácticamente había terminado. Posado en el hombro de Guy, supe que Duer no podría tener mejores guardaespaldas.

—¿No estabas ocupadísimo? —le reprendí.

Duer descartó el comentario con un gesto.

—La dorada estará triste si no estoy allí para despertarla —dijo.

Probablemente tenía razón.

Éramos un grupo imponente, marchando por los pasillos del hospital, ataviados con equipo táctico negro y liderados por una mujer con un abrigo llameante.

Pasé junto a una enfermera que nos detuvo.

Le entregué un mensaje de Heiligeslicht, autorizándonos a administrar la vacuna, y nos dejó pasar.

Eso, y nuestro arsenal de armas apenas ocultas, nos permitió llegar a la habitación de Cindy sin problemas.

De hecho, puede que causáramos un poco de revuelo.

Últimamente me costaba que me importara algo.

Había matado a cazadores de faes y a un sustituto, sobrevivido a una casa encantada demoníaca, y casi pierdo a mi pixie y a mis amigos más cercanos. No estaba de humor para cortesías.

Cindy estaba conectada a un gotero y a equipos de monitorización. No parecía relajada a pesar de su falta de conciencia. Su palidez y su expresión de disgusto estaban atrapadas en el tiempo desde la última vez que estuvo despierta.

Dejé la nevera sobre la mesilla de noche y saqué un vial de Tyrok-1.

—¿Quiere que se la administre yo? —se ofreció una enfermera.

Había estado ayudando a Helmont todo el día. Sabía cómo hacerlo. Y me parecía correcto ser yo quien lo hiciera por Cindy. Negué con la cabeza y la enfermera se apartó a un lado, dejándome acercar a mi amiga con la jeringuilla.

—Bienvenida de nuevo, Cins —susurré, e inyecté el líquido negro en su brazo.

Como había sucedido con todos los demás pacientes, la sangre negra invadió sus venas, extendiéndose por todo su cuerpo.

Tuvo convulsiones y espasmos. Era normal.

No perdí los nervios. Tenía que ser un pilar, mientras los Cruzados que no habían visto los efectos de la vacuna permanecían detrás de mí.

Finalmente, Cindy dejó de convulsionar. Abrió los ojos.

Sonreí, al ver que el color volvía casi de inmediato a sus mejillas.

Y entonces ella gritó.

Retrocedí, incapaz de creer lo que estaba pasando. Solté la jeringuilla, dejando que tintineara contra el suelo, mientras los ojos de mi amiga se volvían de un blanco lechoso y la habitación empezaba a estremecerse, con las luces parpadeando sin control.

Su cabeza giró hacia mí.

—¡Ella se acerca! —gritó Cindy, con una voz que adquirió un gorjeo sobrenatural—.

La oscuridad encarnada. La podredumbre viene a reclamar al Titán.

No dejará que destruyamos sus planes. La sangre negra no podrá detenerla para siempre.

¡Id! ¡Id! A la prisión al pie del Titán.

Salvad a los pequeños. No dejéis que ella los esclavice.

Sálvanos, Campeona de la Dama, Superviviente de Ithalen, Última Luz de la Esperanza.

Id y aplastad la oscuridad... antes de que... no podamos ser salvados.

Se desmayó y la habitación se calmó. Las luces dejaron de parpadear y la enfermera dejó de encogerse de miedo. Al ver a la paciente en apuros, la enfermera corrió al lado de Cindy.

—¡Dijiste que esto la curaría! —acusó Guy, pero su voz sonaba desesperada.

La enfermera revisó un monitor.

—Está curada. No hay Gripe Férica en su torrente sanguíneo. La causa del desmayo parece ser un choque espiritual. Lo que sea que haya causado su arrebato... tiene magia detrás.

—¿Una prisión al pie del Titán? —reflexioné.

—Saneamiento tiene una zona de cuarentena cerca de la estación del teleférico —añadió Brett.

—¡Los pequeños! —solté de pronto.

Brett asintió.

—Sea lo que sea a lo que nos enfrentamos, va a por los pixies.

—¡Brivvy! —chilló Duer.

—Puede que no sean ellos —dije para tranquilizarlo.

Él negó con la cabeza furiosamente.

—Son ellos. Puedo sentirlo. Mi familia está ahí dentro. Tenemos que irnos.

Yo ya estaba saliendo a grandes zancadas.

—Cindy se pondrá bien —le insistió Brett a Guy—. Tenemos que irnos.

Guy dirigió a Cindy una última mirada de anhelo y nos siguió.

—¿Llevamos nuestras armas? —pregunté. Los Cruzados venían todos detrás. Todos asintieron.

—Yo no necesito ninguna —respondió Hammond, mientras una bola de fuego aparecía en su mano. Sonó un pitido agudo y los aspersores empezaron a descargar agua justo encima de él, empapándolo y apagando su fuego. Parecía un gato ahogado.

Corrimos para evitar a cualquier enfermera enfadada. No podíamos permitirnos más retrasos.

Había llegado el momento. Para el encuentro final.