La Caza Fae (Serie Kat Drummond 9) 19. Club #2
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19. Club #2

Empezaron a presionarme cuerpos por todos los lados. Golpeándome. Casi pierdo el equilibrio. El DJ gritó algo. Y la gente gritó incomprensibilidades como respuesta. ¿Qué dirección era la correcta? ¿Adónde se había ido? ¿Dónde estaba yo?

La música seguía retumbando. Se encendieron las luces alucinógenas. Un campo de batalla láser entre la niebla.

Alguien me golpeó. Mi abrigo respondió con fuego. Alguien gritó. Olí a carne quemada. Pero la música lo sofocaba todo lo demás. La música, el humo y la luz antinatural en la oscuridad.

Dioses, cómo odiaba las discotecas.

Alguien me agarró y giré sobre mí misma, sacando mi cuchillo oculto. Me detuve a escasos milímetros de la garganta de Trudie. Ella no pareció asustarse. Incluso si le hubiera rajado el cuello, la carne se habría regenerado bastante rápido.

—¡Se ha ido! —grité.

Trudie olfateó y su rostro cobró una expresión de alarma.

—¡Detrás de ti!

A través de la niebla, un hombre con aspecto de matón se lanzó hacia delante con un extintor de incendios, usándolo como si fuera un garrote. Trudie tiró de mí hacia abajo.

—¡Es nuestro objetivo! —gritó ella.

—¡¿Qué?!

—Es...

Aparté a Trudie a un lado mientras el matón estampaba el extintor donde yo había estado un momento antes. Chocamos con un grupo de personas que empezaron a insultarnos.

—¡El olor! —gritó Trudie, desesperada por imponerse al ruido.

El matón no nos persiguió y ayudé a Trudie a levantarse. Bueno, más bien nos ayudamos mutuamente en un barullo de extremidades que chocaban y una multitud que se agitaba.

Trudie volvió a olfatear, con la nariz moviéndose visiblemente. Salió disparada y yo la seguí.

Los fiesteros se quejaban cuando chocábamos contra ellos. No me volví para ver el daño que había causado mi abrigo.

Trudie dio un salto de una altura antinatural mientras yo me abría paso entre la multitud, aterrizando sobre una chica rubia joven con el pelo rosa.

Ella gritó y la gente retrocedió, dándose cuenta por fin de que algo iba mal.

La música no paró. Si acaso, se volvió más fuerte.

Mi corazón había empezado a latir al ritmo del beat electrónico.

Era una pista de baile original. Y sonaba a batalla.

Trudie estaba peleando con la chica rubia cuando llegué. Justo en ese momento, aparecieron tres porteros con porras.

La música rompió. Hice crujir mi cuello. Trudie se dio cuenta de que estaba rodeada y sus ojos brillaron con un tono dorado.

Arremetí. El primer portero. Puñetazo en la cara. Le agarré del pelo y le estampé la rodilla en el rostro. Treth se manifestó detrás de mí, golpeando a otro portero en la cara con su escudo. Nariz rota.

La chica rubia creció dos tallas, su pelo cambió de color y se acortó mientras se zafaba.

Trudie se lanzó, derribando al portero restante al suelo.

Todo el que tuviera un mínimo de sentido común estaba gritando y corriendo.

Gracias a Atenea que Trudie no se transformó en peluda.

No le hacía falta. La luchadora de bar seguía muy viva en ella mientras machacaba la cara del pobre hombre.

Una, dos, tres veces. A la cuarta, quedó inconsciente.

La aparté de un tirón y ella se resistió solo un segundo, antes de salir disparada de la pista de baile hacia la parte trasera.

Me dispuse a seguirla, justo cuando una mano me agarró la pierna. Pisé con fuerza, oyendo el crujir de los huesos. Estas botas estaban hechas para aplastar cráneos de zombis. Unas manos humanas no eran nada.

Seguí a Trudie hasta la siguiente sala y me detuve bruscamente. Mi corazón seguía latiendo como una ametralladora. Quería seguir peleando. La música me había afectado. Quizá por eso a la gente le gustaban las discotecas. Les permitía sentirse... primarios.

Pero la escena aquí me hizo vacilar, al ver a dos Trudies, idénticas hasta en el atuendo y la longitud del flequillo, rodando por el suelo.

—¡Ponte peluda! —grité.

Una de las Trudies empezó a desarrollar pelaje. Corrí hacia delante y le di una patada en el estómago a esa Trudie, dando un respiro a la otra. Mi Trudie nunca aceptaría una orden directa de mi parte. Y jamás se arriesgaría a romper esta chaqueta en particular.

La figura que no era realmente Trudie empezó a convulsionar. Me lancé hacia ella, justo cuando se cortaron las luces. Cuando volvieron, me encontré frente a mí misma. Exactamente igual, hasta las cicatrices y los ojos de distintos colores. Trudie estaba a un lado, impactada.

Antes de que Trudie pudiera averiguar quién era quién, la Kat falsa le clavó una daga en el estómago y salió corriendo por la parte de atrás.

Fui directa hacia Trudie, que yacía en el suelo sujetando la hoja en sus entrañas.

—No... no es de plata —tosió. Se la sacó, rugiendo al hacerlo, y dejó que tintineara contra el suelo—. ¡Mata a ese hijo de puta!

Trudie yacía en el suelo, jadeando, pero ya podía ver cómo su piel se regeneraba. Salí corriendo por la parte trasera, recibida de inmediato por el aire frío de la noche y un callejón sucio.

—Ka... —Treth no necesitó terminar su advertencia. Atrapé el brazo del hombre en pleno envite, lo retorcí y lo tiré al suelo. Pisoteé con fuerza la articulación. Oí un chasquido y él gritó, mientras su carne convulsionaba.

Sacó otro cuchillo con la otra mano. Clavé mi propio cuchillo en dicha mano, llevé mi otra mano a su cuello y estampé su cabeza contra el hormigón.

—Con este impacto, un hombre normal estaría inconsciente. ¿Qué eres? —grité, con los oídos aún ajustándose a un volumen razonable.

El rostro se retorció y se transformó. Ya no quedaba ni rastro del hombre de la foto. Ni siquiera parecía humano.

Se contorsionó y cambió hasta que me quedé mirando a una figura de piel blanca, sin género y con ojos negros como el hollín.

Sin nariz. Sin orejas. Había leído sobre ellos anteriormente.

Y mi daga de acero al entrar en contacto con la mano de la criatura lo confirmó.

Salía humo de donde el metal tocaba la carne.

Este hombre, esta cosa, era un fae. Un sustituto.

—Eres un sustituto.

—Cincuenta... putos... puntos —dijo con dificultad, con una voz claramente masculina.

—¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has traicionado a los de tu clase?

Hizo una mueca por el acero clavado en su mano. Su carne se ampollaba alrededor. Yo llevaba botas con punta de acero. Presioné la punta de una bota contra su brazo expuesto. Él gritó.

—¡¿Por qué?! —pregunté de nuevo. Duer había salido volando de mi bolsillo y revoloteaba a un lado.

—¡Contestaré! —exclamó—. Solo... haz que pare.

Retiré la bota y saqué el cuchillo. Antes de que pudiera moverse, le puse la punta en la garganta mientras descargaba el resto de mi peso sobre él.

—¿Por qué lo has hecho? —susurré de nuevo.

—¡Dinero! —respondió simplemente—. Necesitaba el dinero. Y tenía un contacto en Saneamiento y entre algunos cazadores de faes.

—¿Lo hiciste por dinero? —escupí.

—¿A ti qué te importa?

—¿Cómo que qué me importa? ¡Tú también eres fae!

—No soy un puto duendecillo, guapa. No me metas en el mismo saco que a esos malditos hippies y esos tontos de las manualidades. Yo importo.

Miré a Duer. No decía nada. Algo inusual en él.

—¿Quién es tu contacto en Saneamiento? —pregunté.

—¿En serio?

Presioné más la hoja, haciendo que surgiera humo.

—¡Joder! Vale, vale. No es un contacto. Tenemos tratos con todo el departamento. Yo organicé el intercambio para tener algo de dinero suelto, ¿entiendes?

—¿Quiénes somos «nosotros»?

Puso los ojos en blanco. Estoy bastante seguro de que lo sabes, encanto.

Presioné el cuchillo con más fuerza.

—¡El Cónclave!

Aquello me hizo dudar. Él jadeaba con fuerza. Que una aleación de hierro te tocara no era agradable para la mayoría de los faes. Hacía que torturarlos fuera bastante fácil.

—¿Están causando todo esto? ¿Por qué me persiguen? ¿Qué quieren?

Yacía jadeando tras gritar las preguntas. El sustituto esperó un poco antes de echarse a reír. Justo en mi cara.

—¿El Cónclave? ¿Quererte a ti? Te estaba investigando porque es bueno conocer a los posibles enemigos y aliados de la zona.

Al Cónclave le importas una puta mierda, princesita.

¿Tú? No eres más que una cazadora de monstruos de pacotilla en una ciudad dejada de la mano de Dios.

¿Por qué iba el Cónclave a preocuparse por ti?

—Maté a Digby. Y a Jeremiah Cox.

—¿A quién?