La Caza Fae (Serie Kat Drummond 9) 19. Club
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19. Club

Club

Brett se llevó a Guy lejos de la cama de Cindy para poder cobrar algunos favores a unos colegas de Drakenbane. Brett no me dijo qué pensaba hacer con ellos. Denegación plausible y todo eso. Sospechaba que algunos cazadores de faes iban a acabar muy muertos antes de que terminara la noche.

Heather insistió en que ella también podía ayudar.

Le dije a Hammond que la vigilara. Los necesitaba para el enfrentamiento final.

Suponiendo que lo hubiera. Maldita sea, con estas cosas siempre había un enfrentamiento final.

Pero ¿qué sería esta vez? ¿Un pulso con Saneamiento y la policía?

¿Yo luchando contra una enfermedad literal cuerpo a cuerpo?

¿Es que ni siquiera iba a tener un combate contra un jefe en este episodio?

Me dirigí al club Iron Dome, en Claremont, casi a las once de la noche.

Todavía estaba tranquilo para los estándares de un club; la cosa se animaría sobre las doce.

Me acompañaban Duer, a quien prefería llevar encima, y Trudie.

Trudie insistió en que necesitaba refuerzos y en que ella podía ayudarme a rastrear al tipo.

Sospecho que solo quería ir a una discoteca.

—Ha pasado una eternidad —dijo Trudie, sonriéndole al cartel del Iron Dome. Era un nombre temático. Estábamos en una caza de faes, o más bien intentando detener una, y visitábamos un lugar que llevaba el nombre de la debilidad de los faes.

—Nunca me han gustado las discotecas —respondí. Llevaba mi abrigo, pero mi única arma era mi seax. Podía ocultarlo. Dudaba que fuera capaz de ocultar a Ithalen o el Voidshot ante los porteros.

—Lo sé —dijo Trudie, agarrándome la mano y dándole un apretón—. Y aun así siempre venías conmigo. Aunque lo odiaras.

Resoplé. —¿Quién más iba a cuidar de ti?

Ella fingió ofenderse. —¡¿Cuidar de mí?! ¡Tonterías! Yo daba muy poco trabajo.

—Solías empezar peleas de bar. En una discoteca. ¡Por los Rifts! Empezaste una pelea de bar en un local de comida rápida.

—¿Y qué se supone que debo hacer si se equivocan con mi pedido?

Suspiré, pero no pude evitar sonreír. —La licantropía te sienta bien, Troodz.

Ella resplandeció ante eso y vislumbré cómo se le afilaban los caninos.

—Es como si nunca hubiera podido respirar antes. Y ahora puedo.

—¿Estabas deprimida cuando eras humana?

Ella meditó la pregunta. Estábamos entrando en la cola para el club. Algunas personas miraban mi abrigo de reojo. Obligué a sus llamas a calmarse. No quería que algún portero mugriento me lo confiscara. Ya he matado a suficiente gente hoy.

—No creo que lo estuviera. Pero faltaba algo, ¿sabes?

Creo que esa es parte de la razón por la que siempre os daba tanto la lata a ti y a Pranish.

Tenía envidia. Tú te estabas jugando la vida, y eso me asustaba, pero había algo emocionante en ello.

Algo significativo. Y, en cuanto a Pranish, él siempre ha sentido tanta pasión por la magia...

Cuando él tenía su magia y tú tenías tu faceta de cazador de monstruos, ¿qué tenía yo?

—Nos tenías a nosotros —dije con sinceridad. Ella me dio un empujón.

—Qué cursi, señora Drummond.

Llegamos al final de la cola. El portero pareció a punto de cachearme, pero su mano retrocedió al tocar el abrigo. Antes de que pudiera decir nada, me acerqué sosteniendo un billete de cincuenta dólares.

—No querríamos que un monstruo arruinara el club durante tu turno, ¿verdad?

En ese momento, vislumbró mis ojos de diferentes colores. Hubo un destello de reconocimiento.

Aceptó el billete en un abrir y cerrar de ojos y nos dejó pasar.

—Vaya, Kats. ¡Eres como una auténtica jefa del crimen!

—Pffft. No soy ninguna jefa del crimen. ¡Soy de las buenas!

—La moralidad es tan gris, ¿no crees?

Antes de que pudiera responder, cruzamos el umbral y entramos en el Iron Dome.

Hice una mueca, como era de esperar, cuando mis oídos se llenaron de música atronadora, las luces psicodélicas inundaron mi visión y un humo acre invadió mis fosas nasales.

Una horda de gente dominaba la pista de baile, pareciendo adoradores ante un DJ líder de una secta.

La barra estaba llena de gente bebiendo, pidiendo copas u ofreciéndose a invitar a alguien a cambio de una pequeña oportunidad de sexo.

Este era el dominio de Trudie, no el mío. Pero cuando me volví hacia ella, se estaba tapando los oídos. Tenía los ojos dorados. ¡No parecía nada contenta!

Me acerqué a ella. No quería que le saliera el pelo durante una misión.

—¿Estás bien? —grité por encima de la música rompeoídos.

Ella tragó saliva y me miró. El dorado de sus ojos se desvaneció. ¡Menos mal!

—¡Estoy bien! Es solo que... nunca supe lo fuerte que estaba la música.

Se destapó los oídos y avanzamos más por el club. Un hombre que fácilmente podría haber estado en el instituto se plantó frente a mí. Se balanceaba de un lado a otro y tenía una sonrisa relamida en la cara.

—Hola, bombón.

—Mañana hay clase, chaval. Deberías estar en la cama.

Me abrí paso a empujones. Murmuró algo mientras ponía su mano sobre mí. Solo oí un gañido y olí a carne quemada.

¿Qué te parece eso como bombón?

Saqué mi móvil. Jane me había enviado una foto del objetivo.

Un tipo de unos treinta y pocos años. Caucásico.

Pálido. Pelo negro. Se la enseñé a Trudie.

Ella seguía pareciendo incómoda, pero no mostraba signos preocupantes de volverse peluda.

Bueno, todos tenemos que dejar atrás el desenfreno algún día.

Parecía que la licantropía había empujado a Trudie hacia la madurez.

Trudie estudió la foto y luego miró a su alrededor.

El humo de las máquinas llenaba la sala.

El DJ cambió de canción. Antes me gustaba este tema, pero este remix de discoteca sacrificaba todo lo que hacía querible a la pista original.

Su icónico riff no era más que un scratch en bucle y el estribillo había sido denigrado a la categoría de chiste.

¿He dicho ya que no me gustan las discotecas?

Treth estaba intrigado por todo aquello, y miré hacia abajo, hacia el bolsillo donde Duer asomaba la cabeza. Ambos seres de otro mundo tenían más curiosidad que asco. Bien por ellos. Al menos alguien estaba disfrutando de esto.

¿Qué estaba haciendo yo aquí? ¿Un hombre haciendo preguntas sobre mí?

¿Qué probaba eso? Al parecer, yo era famosa.

Los reporteros me daban igual siempre que no se me pegaran a la cara.

Todo el mundo quería un trozo de mí. Pero no era solo eso.

Le había vendido a Duer a unos cazadores de faes.

Eso significaba que tenía que castigarlo.

Severamente. Y descubrir por qué andaba preguntando por mí.

Para ver si había una conexión. ¿Mírame?

Parezco Cindy. Estableciendo vínculos entre cualquier cosa y todo lo demás.

¡Lo siguiente será acusar a la oficina de correos de envenenar el suministro de agua!

Trudie me tiró de la manga. Mi abrigo no la quemaba.

Señaló a un hombre que estaba junto a la pista de baile, apoyado en la pared al lado del DJ.

Estaba tomando un vaso de líquido transparente.

Probablemente vodka. Dudaba que fuera solo agua.

Comprobé la foto. Encajaba con la descripción. Era nuestro objetivo.

—¡Vigílame las espaldas! —le grité al oído.

Con el volumen de la música, aquello tendría el beneficio de un susurro.

Ella asintió y me siguió hasta el borde de la pista de baile, donde se detuvo y se cruzó de brazos.

Vi a dos hombres acercarse a ella y luego retirarse rápidamente cuando sus ojos brillaron en dorado.

El hombre movía la cabeza al ritmo de la música entre sorbo y sorbo.

Le guiñó un ojo a una chica que casi se desmaya.

Al parecer, era atractivo. Quizá lo fuera, de una forma un tanto femenina.

Rasgos suaves. Esbelto. Alto. Podría ser modelo, tal vez.

Pero nunca me han parecido atractivos los modelos. Parecían falsos. Como maniquíes.

—¿Podemos hablar? —grité mientras acortaba la distancia. Él seguía dedicando lo que debía de ser una sonrisa de infarto a las visitantes del club, posiblemente demasiado jóvenes. Un caso de estupro en potencia. Bueno, mi interrogatorio le estaba haciendo un favor, entonces.

—Te atiendo en un momento, nena —dijo, sin mirarme.

Le agarré del hombro con brusquedad y lo empujé contra la pared. Ahora sí me prestaba atención.

—No. Creo que hablaremos ahora.

Antes de que pudiera soltar cualquier réplica, se fijó en mis ojos y en mi abrigo. Soltó un juramento. Yo sonreí, enseñando los dientes. Ser reconocible tenía sus ventajas.

—Sí. Al parecer, has estado preguntando por mí.

El sudor brotó en su frente perfecta, brillando y cayendo en regueros.

—Ya sabes... solo soy un... fan...

Me acerqué a él y hablé lo suficientemente alto para que pudiera oírme.

—Vendiste a mi pixi.

—¿Tu pixi? Qué... —

Duer asomó por mi bolsillo, fulminando al hombre con la mirada.

Él forzó una débil sonrisa. —¡Un malentendido!

—Jajá. ¿Un malentendido? Ya. ¡A ver si entiendes mal mi puñetazo!

No ha sido mi mejor amenaza. ¡Estoy cansada!

Pero antes de que pudiera siquiera levantar el puño, se zafó de mi agarre de alguna manera. Como si fuera mantequilla derritiéndose entre mis dedos. ¿Se había vuelto más bajo de repente?

Se deslizó hacia el DJ y soltó una mueca de desprecio antes de golpear un botón de la máquina de humo. Una densa niebla llenó la sala, seguida de chillidos de entusiasmo de los fiesteros, ignorantes y excitados.

El volumen de la música subió y el ritmo estalló.

No veía un pimiento.

—¡Treth! —grité.

—¡No puedo verlo! —dijo él con claridad. Ni siquiera se estaba arriesgando a adoptar una forma corpórea. No tenía sentido en este caos. Chocaría con demasiada gente y la visión de Treth era tan buena, o tan mala, como la mía.

Duer intentó salir volando de mi bolsillo, pero lo volví a meter para adentro. No iba a perderlo otra vez en este maldito lío.