La Caza Fae (Serie Kat Drummond 9) 7. Sanación
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7. Sanación

Sanación

¿Alguna vez se os ha hecho añicos vuestra visión del mundo en un instante?

Yo antes odiaba a todos los nigromantes.

Eran malvados. Todos ellos. Peores que los monstruos.

Cuando conocí a Candace Evergreen, seguía pensando eso.

Mi visión del mundo no cambió en un instante.

Se desplazó. Gradualmente. Ahora era mi hermana, pero había hecho falta una eternidad para llegar a ese punto.

Pero, cuando mi ángel y agente inmortal vomitó sangre, aquello fue distinto. No podía creérmelo. Incluso mientras pedía a gritos una ambulancia, mientras acunaba la cabeza de Conrad en mis brazos, no podía creérmelo.

Conrad era imparable. Inquebrantable. Era engreído, encantador e inquebrantablemente fiable. Era mi agente, aunque hacía mucho tiempo que él se hubiera rendido con eso. Y yo no iba a permitir que terminara así.

El dueño de El Sepulturero rompió un vaso en su pánico por alcanzar el teléfono.

Los instantes se estiraron hasta convertirse en minutos.

Los minutos en horas. Las horas en una eternidad.

La ambulancia no llegaba nunca. Y la respiración de Conrad era superficial y forzada.

Su piel oscura estaba palideciendo de forma antinatural, y estaba cubierto por una espesa capa de sudor. La sangre le costreaba los labios.

En mi desesperación, consideré sanar a Conrad.

Pero la enfermedad no era como una herida cualquiera.

Si lo inflaba a magia curativa, podría acabar expandiendo un tumor en lugar de combatirlo.

Yo aún no tenía el nivel de habilidad necesario para aplicar sanación de forma quirúrgica ni sabía siquiera dónde o cuándo debía hacerlo.

En la eternidad que tardó en llegar la ambulancia, sostuve a Conrad para evitar que se asfixiara con su propia saliva y sangre.

También sentí el impacto y la desesperación de Treth.

Su constancia también se había hecho añicos.

Nunca había sido el mayor fan de Conrad, pero mi compañero espectral había llegado a respetarlo, al menos.

Y, al igual que yo, lo había considerado invulnerable.

Unos paramédicos, vestidos con monos azul marino y brazaletes rúnicos, entraron apresuradamente en El Sepulturero con una camilla.

Los acompañaba una mujer que no debía de tener más de veintitantos años, pero cuyas líneas de preocupación y estrés la habían envejecido mucho más.

Llevaba un tabardo blanco sobre la camiseta y los vaqueros.

En él aparecía el caduceo, la vara de Hermes. Una mago sanador.

—¿Qué ha pasado? —preguntó bruscamente mientras yo entregaba a Conrad a la pareja de paramédicos, quienes lo pasaron con cuidado a la camilla.

—Ha estado tosiendo periódicamente durante la comida. Pero de repente le ha dado un ataque de tos. Ha tosido sangre y se ha desmayado.

Antes de que pudiera reaccionar, la mago sanador puso su mano en mi frente. Sentí un fulgor cálido y familiar por todo mi cuerpo. Cindy me lo hacía a menudo.

—Estás limpia. A excepción de una leve maldición de sangre necrótica. Haz que te la limpien antes de volver a salir de caza, Sra. Drummond.

—¿Sabe mi nombre? —pregunté, sorprendida.

—Llevas un abrigo de llamas, tienes ojos de distinto color y estabas reunida con Conrad Khoi. ¡Claro que te conozco! —espetó. Qué golpe.

Giró sobre sus talones y empezó a seguir a los paramédicos hacia el exterior. Conrad ni se inmutó en la camilla.

—¿Estará bien? —pregunté, siguiendo apresuradamente su paso mientras salían.

—¡No lo sé! —respondió la mago sanador demasiado rápido. Detecté que algo la inquietaba. No era así como solía actuar. Era frustración. Acumulada.

—Por favor... asegúrese de que reciba el mejor tratamiento posible. Puedo pagar.

—Haremos lo que podamos. Estará en la Claremont.

Asentí mientras metían a Conrad en la parte trasera de una ambulancia blanca y roja con sirenas y luces a todo volumen, que además llevaba el caduceo blasonado en el lateral.

La Claremont no estaba cerca. Pero era buena.

Una línea wey fuerte. Buen personal. La línea wey de Observatory era pasable, pero yo quería lo mejor para Conrad.

Me quedé fuera de El Sepulturero mientras la ambulancia se alejaba a toda velocidad, casi embistiendo en el proceso a dos coches que intentaron cruzarse delante de ella.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Treth, parpadeando a mi lado y sacándome de mis pensamientos.

Saqué mi móvil a modo de respuesta y marqué a Cindy.

—Hola Kat. Estoy a punto de entrar en una reu...

—Conrad se ha desplomado. Escupiendo sangre —solté, incapaz de esperar lo suficiente para ser educada.

—¡¿Qué?! ¿Dónde estás?

—Va de camino a la Claremont.

—Me reuniré contigo allí.

—¿Y qué hay de tu...?

—Que le den a la reunión...

Se detuvo y habló con alguien al otro lado.

—¡Estaré allí lo más rápido que pueda! —continuó y colgó.

—Estará bien, Kat —Treth intentó consolarme—. ¡Es Conrad! No tiene permiso para morirse.

Quería creer aquello. De verdad lo quería.

***

La Claremont estaba abarrotada. Llegué justo después que la ambulancia.

Mi moto estaba aparcada ilegalmente, pero ya me las había visto con polis antes.

Polis armados. Un policía de tráfico de pacotilla al que ni siquiera le permitían llevar pistola no me asustaba.

Yo tenía una espada. Y una pistola. Y un escudo.

Cindy casi embiste un coche al aparcar deprisa cerca de allí. Ni siquiera cerró el coche mientras prácticamente salía volando del asiento del conductor y corría hacia la mago sanador mientras esta recitaba un encantamiento sobre Conrad.

Otras ambulancias y paramédicos llevaban incansablemente a más y más gente a la clínica. Eché un vistazo al interior de la sala de espera y era un caos. Todos los pacientes estaban pálidos, sudando y muchos tosían sangre o tenían señales de haberlo hecho ya.

—¿Cuál es el diagnóstico, hermana? —preguntó Cindy, mostrando una tarjeta que colgaba de un cordón.

Probablemente su certificación de Paladín de Heiligeslicht.

La Asociación de Heiligeslicht no era dueña oficial de este hospital, ni de muchos otros, pero la organización y sus miembros gozaban de un gran respeto en todo el mundo.

La mago sanador pareció a punto de estallar, pero entonces reparó en la tarjeta y en las cicatrices de los brazos de Cindy.

Cindy llevaba los brazos al descubierto la mayor parte del tiempo.

Se los había marcado con runas mágicas hacía siglos.

Mientras que el papel se consumía al pronunciar el hechizo escrito, la carne humana no.

Algunos de sus hechizos más valiosos estaban inscritos en su propio cuerpo.

Era una señal de la dedicación de Cindy a la causa.

—Paladín, no lo sabemos. Hay casos como este por toda la ciudad. Ataques de tos. Letargo. Sudoración. Casos graves de tos con sangre. Y luego desmayos. Todavía no hemos conseguido despertar a ningún paciente inconsciente.

—¿Cuándo empezó esto?

—El primer caso fue ayer por la tarde. Pero hoy no han dejado de llegar. Apenas tenemos espacio en los hospitales, y mucho menos en las clínicas.

—¿Y la eliminación de virus no funciona?

La mago sanador negó con la cabeza. —No es un virus.

Ni un parásito. Sospechamos que el primer paciente tenía cáncer de pulmón, pero los escáneres no muestran nada físicamente malo en ninguno de los pacientes, salvo la pérdida de sangre.

No es viral. Ni siquiera se registra como una enfermedad ni reacciona a ningún medicamento, ritual o encantamiento que hayamos probado.

Es como si estuvieran siendo elegidos uno por uno solo para sufrir.

—¿Una maldición? —sugirió Cindy. Estaba observando a Conrad.

Cindy y Conrad discutían como el perro y el gato.

O, más apropiadamente, como hermanos. La única vez que los vi ser amables el uno con el otro fue cuando ambos estaban borrachos.

Pero, por la forma en que Cindy miraba a Conrad, con sus ojos suplicando a cada panteón de dioses falsos y verdaderos, supe lo que sentía realmente por él.

Cindy no tenía a mucha gente en el mundo antes de los Cruzados.

Y Conrad había sido su mejor amigo durante más de una década.

La mago sanador volvió a negar con la cabeza. Ella también estaba sudando. Pero por el esfuerzo, más que por cualquier dolencia que estuviera afectando a Conrad. Al menos, eso esperaba yo.

—Los medios habituales no detectan ninguna maldición. ¿Y una maldición que afecte a tanta gente de forma tan repentina? No lo sé, Paladín. Ojalá lo supiera. Hay una cama libre ahora. Haré todo lo que pueda por él. Y, si descubrís algo, por favor, hacédselo saber a La Asociación.

Cindy asintió, antes de agarrar la mano de Conrad y frotarla con ternura.

—Superarás esto, viejo tonto. Siempre lo has hecho.

Cindy lo soltó y yo me quedé a su lado mientras veíamos a Conrad desaparecer entre la horda de gente enferma. Cindy apretó los puños. Se clavó las uñas en la piel y se mordió el labio.

—Vámonos a casa, Cins —susurré.

No se movió.

Treth parpadeó frente a ella.

—No podemos ayudarlo aquí, Cindy. Seremos más útiles si empezamos a investigar esto desde casa.

—¿Por qué ha tenido que hacer esto? —murmuró ella.

No respondí. Treth tampoco. Ella continuó.

—Primero se lleva a Tom. Luego tiene que venir a quitarme a mi mejor amigo. ¿Por qué tiene que ser tan egoísta? ¿Por qué no puede ser como los ángeles de los cuentos? Abnegado. Santo. ¿Acaso piensa alguna vez en alguien que no sea él mismo?

Le sostuve el brazo y se lo apreté.

—Yo también estoy preocupada por él.

Cindy me miró. Primero con enfado. Pero su fachada no tardó en desmoronarse y rompió a llorar, mientras yo la abrazaba. Llegaron más ambulancias. El aparcamiento estaba lleno.