La Caza Fae (Serie Kat Drummond 9) 6. Ángel
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6. Ángel

Ángel

Me desperté a la mañana siguiente con el sonido del ronroneo de Alex, que me amasaba el muslo, el brillo de Treth junto a mi cama y el calor de Brett en mi espalda.

Después de nuestra comida gratis, todos colaboramos para limpiar la casa. Incluso Treth, cuando su corporeidad se lo permitía. Duer pensó que Cindy o yo estábamos usando telequinesis. Dudaba que alguna vez convenciéramos al pixie de que Treth era real.

Para cuando terminamos, ya era hora de tomar café y casi hora de dormir.

Habíamos cobrado una gran recompensa por el Grootslang esa mañana y no buscábamos ninguna misión para esa noche.

Si surgía alguna emergencia, estaba segura de que alguno de los otros Cruzados podría encargarse.

Y si no... bueno, teníamos que darles una oportunidad a los demás cazadores de vez en cuando.

Discutimos sobre Gorgo y sus advertencias mientras tomábamos café y, para entonces, era imprudente que Brett se marchara.

Nunca pensé que me vería en una situación en la que no solo tendría a un novio pasando la noche en casa, sino que se convertiría en algo habitual. Pero mucho había cambiado en los últimos dos meses. Y mucho más antes de eso.

Bostecé y parpadeé un par de veces ante la intrusión de Treth, que se cernía sobre mí. Su expresión era de impaciencia y de intensa irritación. Alex se movió, incapaz de decidir si debía dormir sobre mi muslo, el de Brett o en el entremedio.

—¿Podría la princesa dignarse a vestirse? Tiene una cita —declaró Treth, como si fuera un mayordomo en una casa noble. Se le daba muy bien eso de mostrarse altivo y oficioso.

Suspiré profundamente y me di la vuelta para mirar a Brett.

Aún estaba dormido. Durante el primer mes después de que matara a Finley, a Brett le costaba conciliar el sueño.

Todavía le pasaba. Se quedaba despierto durante horas, simplemente mirando el techo o mirándome a mí.

Pero, una vez que se dormía, el sueño era profundo.

Guy me dijo que envidiaba la capacidad de Brett para permanecer dormido.

Pero también temía que eso causara la muerte de Brett.

Tras empezar a salir con Brett oficialmente y dejar de jugar a ser demasiado cercanos para ser solo amigos durante tanto tiempo, también me había vuelto más cercana a Guy.

Como mejor amigo de Brett, Guy admitió haber sido siempre cauteloso conmigo, pero veía lo feliz que hacía a Brett, y eso era suficiente para él.

También noté, durante mi tiempo con Guy, que era excepcionalmente paranoico.

Lo ocultaba bien, pero me di cuenta de que, mientras que Brett siempre llevaba un arma porque era una buena costumbre, Guy llevaba una porque esperaba activamente ser atacado.

Por qué, no estaba segura. Brett no lo decía.

Guy era parco con algunos detalles de su vida. Incluso con Brett.

Sonreí mientras Brett se estremecía en sueños. Le besé en la frente.

Treth apartó la mirada cuando salí de la cama. Siempre tan mojigato. Pero Brett tampoco estaba vestido del todo. Así que esa era una razón adicional para desviar su mirada espectral.

—Recuérdame a quién vamos a ver —susurré.

—¿Ahora soy tu asistente personal? —preguntó Treth, fingiendo ofensa.

—¡Sí, y si no tienes ese papeleo entregado y en mi mesa para las tres de la tarde, estás despedido!

Treth puso los ojos en blanco. Consideró que ya era seguro mirar, pues me había cubierto todas las partes ofensivas para su sensibilidad caballeresca.

—Nos reunimos con Conrad. En el Sepulturero.

¡Ah, sí! He caído en un hábito bastante malo en mi carrera.

Cuando tengo preguntas que necesitan respuesta, me gusta contactar con un ángel retirado para que me ayude.

Quizás abuso de él, pero las viejas costumbres nunca mueren.

Y yo era su empleada favorita. Aunque una parte de mí sospecha que les decía eso a todos sus cazadores.

Conrad Khoi era mi agente y era un ángel. Desde entonces se había retirado como agente y, al parecer, había perdido sus poderes angelicales. Nunca me dijo exactamente cómo. Me daba la sensación de que no le gustaba hablar de ello.

Conrad tenía muchos contactos y experiencia en lo que respectaba a la caza de monstruos y a manejarse en el mundo paranormal.

Así que, a pesar de su jubilación, todavía me apoyaba un poco en él.

Bueno, mucho. Me ayudaba en casos que yo no podía resolver, a localizar a personas que necesitaba encontrar o simplemente a entender cosas.

Hoy iba a verle solo para ponernos al día. Uno de nuestros encuentros habituales para asegurarme de que no tramaba nada malo. Pero sí tenía preguntas que necesitaban respuesta. Sobre los féericos. Particularmente, féericos que quisieran vernos muertos a Brett o a mí. O a los dos.

Brett sabía que iba a ver a Conrad por la mañana, así que no le dejé nota. Y Cindy le dejaría salir.

—¿Te vas a ver a Conrad? —preguntó Cindy, mientras trabajaba con su portátil en la cocina.

Asentí.

Cindy hizo un amago de mueca de desprecio. —Asegúrate de que pague él el café.

—No estoy segura de que pueda permitírselo.

Cindy puso los ojos en blanco y volvió al trabajo.

Me reí. Cindy y Conrad se caían muy bien.

Pero nunca lo sabrías solo por ver cómo interactuaban.

A pesar de su diferencia de edad (que era ridícula si tenías en cuenta que Conrad era un ángel inmortal), discutían como hermanos.

Pero como cualquier buen hermano, se apoyaban mutuamente cuando más importaba.

Más de lo que creo que ellos mismos se daban cuenta.

***

El Sepulturero no parecía gran cosa por fuera.

Su exterior de ladrillo gris desentonaba con las fachadas de tiendas y restaurantes pintadas de colores que lo rodeaban.

Se llamaba de otra forma antes del Cataclismo y había transformado su identidad desde entonces.

Pero seguía siendo un pub y seguía sirviendo comida decente.

En tiempos pasados, Conrad solía alquilar una oficina encima del Sepulturero. Ahora, todavía veníamos al lugar de vez en cuando para picar algo. Conrad tenía un acuerdo con el dueño, y conseguíamos descuentos decentes y, a veces, bebidas gratis.

—No tenías por qué venir —le susurré a Treth mientras examinaba la monótona entrada de mi local favorito.

Treth refunfuñó en respuesta. No era el mayor admirador de Conrad y, ahora que tenía algo de independencia, le gustaba pasar gran parte del tiempo leyendo o deambulando por ahí. Pero después de lo que pasó ayer, supuse que era yo la que estaba con la correa más corta.

Me estremecí. En parte porque el aire de la mañana era frío, pero sobre todo porque recordé al espíritu.

Todavía no estaba segura de si era miedo o algo más lo que me había paralizado, pero era seguro que si Brett no me hubiera alcanzado a tiempo, o no hubiera llevado munición de plata, estaría peor que muerta.

No quería imaginar cómo sería que un espíritu oscuro me poseyera.

Treth tenía la capacidad de controlar mis movimientos. Me había controlado una vez, para evitar que me pegara un tiro. Le había pedido que no volviera a hacerlo nunca más. A pesar de sus intenciones definitivamente buenas. Él había respetado mis deseos y yo los suyos.

Pero un espíritu maligno no sería como Treth. Se aprovecharía de mi condición única y me usaría como un avatar de sus oscuros caprichos.

No quería empezar a imaginar en qué se convertiría mi vida entonces. Dudaba que pudiera siquiera considerarse una vida.

Entré en el Sepulturero y me recibió el olor del café recién hecho y el intenso aroma del beicon.

Conrad me saludó con la mano desde el reservado del fondo.

Nuestro sitio de siempre. Noté que su característico traje de raya diplomática blanco y carbón parecía un poco desgastado.

Su pelo negro, normalmente engominado hacia atrás, estaba más revuelto.

Le había crecido una espesa barba de varios días.

—La jubilación te sienta de maravilla —comenté, con la voz chorreando sarcasmo, mientras tomaba asiento.

—No tanto como a ti te sienta ser la jefa —respondió él—. Parece que hayas visto a un fantasma. Ya sabes, aparte de...

Lo miré con incredulidad. Me sentía bien. Bueno, más o menos bien.

—Pálida como la cera. Ojeras bajo los ojos. ¿Has dormido anoche? He leído lo de tu botín del Grootslang. Nada de diamantes, pero una recompensa considerable. No deberías haber trabajado hasta tarde anoche. Ya no tienes que andar cazando presas tamaño pinta para mí a las dos de la mañana.

—A veces esa presa medía dos metros y estaba cubierta de placas de metal —respondí, con desgana.

No sabía que el conato de posesión de ayer me había afectado tanto. Los demás no debieron de notar nada pero, ahora que Conrad lo mencionaba, mi cuerpo todavía se sentía pesado. Agotado. Era como si pudiera dormir otros pocos decenios.

El dueño del establecimiento se acercó a nosotros y gruñó a modo de saludo a Conrad. Era temprano y la mayoría de sus clientes llegaban mucho más tarde. Como resultado, no había camareros. Solo él y el cocinero.

—Dos cafés —pidió Conrad.

—Y dos desayunos ingleses —añadí yo.

Conrad hizo una mueca.

—Invito yo —expliqué.

Él tampoco pareció satisfecho con eso. El dueño se marchó de inmediato, dejándonos a los dos como los únicos clientes en un pub-restaurante de gran tamaño.

—Así que conoces mis peripecias gracias al Diario del Cazador, ¿pero tú qué has estado haciendo? ¿Disfrutando de tu apariencia de jubilación?

Conrad casi sonrió. Una sonrisa falsa y de plástico que aprendí que era su defensa habitual. Pero nos conocíamos desde hacía demasiado tiempo. Y él sabía que yo veía a través de ella. Su sonrisa fingida se transformó en un ceño fruncido.

—A decir verdad, Kat, es duro. Si aún tuviera mis poderes, podría lidiar con ello pero, sin ellos, soy tan débil, hambriento y enfermizo como cualquier otro viejo.

—No eres viejo. Al menos, todavía no.

—Me siento viejo —dijo él, con las palabras cargadas de cansancio. No hice ningún comentario hiriente. Sería demasiado fácil.