La Caza Fae (Serie Kat Drummond 9) 3. Entrenamiento
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3. Entrenamiento

Entrenamiento

Regresé a casa en taxi, cortesía de Jane Phoenix.

Vivía con Cindy. Aunque tenía dinero suficiente para alquilar mi propio apartamento de nuevo, tanto mi gato como mi pixie se sentían más que a gusto en casa de Cindy.

Y no solo eso, sino que Cindy se había empeñado en que me quedara.

Hace poco había logrado convencerla para que me dejara pagar la mitad de las facturas.

Pero sospechaba que me estaba ocultando algunos gastos, así que pagaba de más en la compra para compensarlo.

Era un tira y afloja de honor y decencia.

Y me daba la sensación de que Cindy estaba ganando. ¡Qué tía!

Duer, mi pixie, bajó volando de una de sus muchas casitas para pájaros dispuestas por la casa.

—Oye, Maddy. Me estás llenando el suelo limpio de tripas de serpiente.

—¿Tu suelo limpio? —solté una carcajada—. Por favor, muéstrame todo el dinero con el que has contribuido al mantenimiento de este hogar.

Duer infló el pecho. —¡Mantengo esta casa impecable! Ese servicio no tiene precio.

—Dejas tus trastos y chatarra por todas partes —repliqué.

—¡La línea wey, so alcornoque! —Duer me dio un toque en la cabeza. No lo sentí.

—Lo cierto es que mantiene la línea wey muy limpia —añadió Cindy.

—¡¿De qué parte estás?!

Cindy se encogió de hombros. —En fin, ¿cómo ha ido la reunión?

Solté un suspiro exasperado y me quité las botas. Las limpiaría más tarde.

—Primero una ducha…

—Jane Phoenix quiere que Kat la apoye para las elecciones —dijo Treth. Se llevaba bien con Cindy. Aparte de algún que otro dios, demonio o Candace, Cindy era de las pocas personas que podían verle y oírle.

Cindy arqueó una ceja con curiosidad.

—¿Y?

Abrí la boca para responder, pero Treth se me adelantó.

—Kat no está interesada. Pero creo que está perdiendo una buena oportunidad. Es responsabilidad de un héroe convertirse en un dechado y un símbolo para las masas. Podría usar esta posición para ayudar a los cazadores y a los bienhechores de la ciudad.

—Y quizá también para vaciar un poco más el fisco —añadí con sarcasmo.

—Cuéntame más, Treth. Kat, el agua todavía está caliente. He arreglado el pequeño invento de Duer.

Arreglado significaba más bien desmontado. Duer había intentado crear un miniespa en la ducha enganchando trozos de cristal, cordel y plástico al cabezal.

—No dejéis que os moleste —añadió Duer, mirando a Cindy con sospecha mientras ella asentía a Treth, que no paraba de soltar sus teorías sobre el heroísmo y el valor.

Duer seguía pensando que Cindy y yo le estábamos gastando una broma sobre Treth.

Como si un fantasma fuera más increíble que un pixie.

La ducha fue benditamente refrescante. Me aseguré de recoger los artilugios de Duer al salir y los puse en una pila ordenada sobre la encimera para que pudiera recogerlos más tarde.

Treth y Cindy seguían enfrascados en su conversación ante una taza de té (bueno, dos tazas, un té) cuando regresé.

Cindy se levantó al verme llegar.

—Treth tiene razón.

—¿Sobre lo de Jane? Paso.

—No, sobre eso no. Sobre lo que acaba de decir: deberíamos trabajar de nuevo en tus poderes. No solemos tener un respiro para hacerlo.

Asentí. Estaba cansada y me apetecía una siesta antes de mi cita con Brett, pero Cindy tenía razón. Me senté frente a ella y Treth.

—Repasemos lo que sabemos —dijo Cindy, tomando notas en un papel—. No tienes una chispa tradicional. Esas pueden medirse, y tú sigues siendo un cascarón…

—¿No es eso un insulto?

—¿Preferirías que te llamaran «normie»?

—No, gracias.

—Además de eso, si fueras una sorceledora con afinidad por la purificación o la curación, no necesitarías conjurar.

—Tú sigues conjurando y eres una sorceledora.

—La chispa es un instrumento tosco. Puedo canalizar energía purificadora igual que Hammond puede lanzar llamas, pero para hacer algo avanzado, necesito conjuraciones y rituales.

Lo mismo ocurre con casi todos los sorceledores.

Como no puedes lanzar hechizos sin conjurar, eso te acerca más a un mago.

Pero, como demostraron nuestros experimentos en aquella línea wey vacía, no necesitas una línea wey para lanzar hechizos.

—Entonces, ¿de dónde sale la magia?

Cindy negó con la cabeza. —No estoy segura del todo. Pero Treth tiene una teoría.

—¿Recuerdas cuando salí de tu vasija —comenzó Treth— y los espíritus oscuros se sintieron atraídos casi al instante por tu ubicación?

Me estremecí. Lo recordaba demasiado bien. Sin Treth, mi cuerpo era vulnerable a la posesión. Tuve suerte de que Treth regresara a mí primero.

—Bueno, creo que hay algo en ti que interactúa con el Entremedio. Algo que puede saltarse las líneas wey y alcanzar los reinos de la magia directamente. Los espíritus son seres del Entremedio, y tu magia parece estar ligada inextricablemente a los espíritus.

—Suena bastante descabellado.

Treth se encogió de hombros. —Es lo mejor que tenemos de momento.

—Además, no cambia mucho las cosas —añadió Cindy—.

Todavía estamos aprendiendo las reglas de tus hechizos.

Algunos te salen de forma natural y otros ni siquiera puedes pronunciarlos a menos que los memorices como un mago de verdad.

Es más, Pranish me dijo que el hechizo que usaste con aquel hombre lobo no era uno del que hubiera oído hablar antes…

Me rasqué los vaqueros con nerviosismo. Había usado un hechizo instintivo para salvar la vida de Senegal, un hombre lobo que se había hecho amigo de Trudie y de mí.

Pero el hechizo había sido tan poderoso que había logrado lo impensable: le había curado de la licantropía.

Gareth, el alfa de Senegal, volvió a infectarlo, así que no hubo daños permanentes, pero Gareth y yo guardábamos el incidente como un secreto bien custodiado.

Demasiadas cosas podrían cambiar si se revelara una cura para la licantropía.

Podría suponer pogromos y caos. Y yo solo quería que me dejaran en paz.

—Lo que es más —continuó Cindy—, memorizó algunas de las palabras y no pudo encontrarlas por ninguna parte.

No tienen raíz en nuestras lenguas primordiales humanas ni en ninguna de las otras lenguas de hechizos que hemos encontrado.

A todos los efectos, has descubierto un lenguaje de hechizos desconocido en la Tierra.

—Más misterios todavía —suspiré—. Por favor, no se lo digas a ningún académico. Políticos, reporteros, estudiosos… ¡estoy agotada!

Cindy se rió. —No te preocupes. Tu secreto está a salvo conmigo. Pero sigo queriendo averiguar más sobre tus poderes. Cuanto mejor los comprendamos, mejor podrás controlarlos y usarlos cuando llegue el momento de enfrentarnos a nuestros enemigos.

—¡Tonterías! —intervino Duer, resplandeciendo. Alex, mi gato smoking blanco y negro, estaba al acecho. Pero en lugar de dar zarpazos al pixie, mi gato parecía más bien embelesado.

—¿Y ahora qué? —preguntó Treth, exasperado. Estaba empezando a cansarse de que Duer no reconociera su existencia.

—Las palabras de poder son primordiales, mortales —continuó Duer, adoptando su tono de dar lecciones.

No podía tomármelo en serio con su tamaño diminuto y su acento exagerado—.

Ninguna cantidad de comprensión servirá de nada.

Las palabras existen dentro de vuestras almas. Y de ahí es de donde las sacáis.

Cindy intentó acariciar a Duer en la cabeza y él la espantó. Ella se rió.

—Ese es el caso de los féericos, Duer, pero no el de los humanos.

No somos un mundo de magia. Bueno, ahora sí lo somos.

Pero no antes. Sé que cuesta creerlo, sobre todo con toda la gente nacida antes del Cataclismo que se está haciendo demasiado vieja para que se la tome en serio, pero es la verdad.

Aparte de los tocados por las grietas y el Entremedio, no hay magia intrínseca en la humanidad.

—Eso es lo que piensas tú, dama de la luz. ¡Pero escucha mi advertencia!

Duer voló hacia atrás, hacia su casita para pájaros.

—¡Escucha mi advertencia! —repitió ominosamente.

Cuando se hubo ido, los tres nos miramos con extrañeza. Ninguno de nosotros sabía qué pensar de nuestro excéntrico compañero de piso pixie.

—En fin —dijo Cindy—. Pranish escribió lo que pudo recordar del hechizo. No está en las runas o sigilos adecuados, porque no sabemos cuáles son, pero debería poder leerse fonéticamente.

Cindy puso un trozo de papel sobre la mesa y yo lo miré. Las palabras me parecían una jerigonza. Ni siquiera recordaba haberlas dicho.

Treth musitaba las palabras para sí mismo. Levantó la vista.

—¿Has sacado algo? —preguntó Cindy.

—No sé qué significa, pero reconozco parte. Esta de aquí y esta de acá. Suena mucho a algo que Gorgo solía conjurar en la Capellanía.

—¿Gorgo? —preguntó Cindy—. Tu amiga clériga de Avathor.

Más que amiga, pero eso no venía al caso.

Treth asintió y cogió un bolígrafo de la mesa. Su corporeidad era bastante buena hoy, lo que le permitía sujetar el bolígrafo y escribir un puñado de símbolos curvos en otro trozo de papel.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—No lo sé —murmuró—. Es un hechizo, creo. En avathoriano. No recuerdo qué hace, pero acabo de recordarlo.

—Lanzar hechizos desconocidos no trae nada bueno, Treth —advertí.

—Tal vez no —dijo Cindy, frotándose la barbilla—. Si no canalizas la línea wey, solo puedes lanzar hechizos de purificación o curación. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Ya he probado los proyectiles de purificación con Treth. No es un espíritu oscuro, así que no sufrirá daños.

—¿Le disparaste a Treth?

—Por la ciencia.

Miré a Treth con incredulidad. Él se encogió de hombros.

—Le dije que podía.

—¡Uf! Sois imposibles.

—Sea como sea —continuó Cindy—, debería de ser seguro conjurarlo. Adelante.

Cogí la hoja sin mirarla.

—Seguramente ni siquiera podré leerlo…

Mis ojos captaron los elegantes símbolos serpentinos e inmediatamente empecé a recitarlos de corrido. Mi tono subía y bajaba de frecuencia, alcanzando notas agudas y graves, y sonaba como una balada melódica en un idioma que no comprendía. Salvo por una palabra: Gorgo.

Al decir su nombre, el hechizo alcanzó su crescendo y la habitación estalló en caos. Se abrió una grieta en el techo y Treth me apartó de ella. Cindy se lanzó a cubrirse detrás del sofá. Pero la grieta no nos succionó.

En su lugar, una mujer con el pelo castaño oscuro hasta la cintura descendió del portal. Tenía la piel blanca, suave y bronceada, y una nariz recta y afilada. Sin manchas ni cicatrices. Su toga blanca ondeaba al viento creado por la grieta. Tenía los ojos cerrados.

Aterrizó en el suelo y me di cuenta de que era claramente traslúcida. Semicorpórea, ya que las plantas de sus pies se hundían en el suelo. Era un fantasma. Como Treth. Abrió los ojos.

—G… ¿Gorgo…? —murmuró Treth, sin podérselo creer. Yo estaba demasiado atónita para decir nada.

Gorgo examinó el espacio a su alrededor y su mirada recayó en Treth. Pareció sorprendida durante un segundo y luego sonrió levemente.

—Cuánto tiempo, Concord.

Las lágrimas corrieron por el rostro de Treth mientras corría hacia la aparición. Se detuvo justo antes de llegar a ella. Ella extendió la mano y él hizo lo mismo, con timidez.

Sus manos se acercaron. Más cerca. Contuve el aliento. No sé por qué.

Se tocaron y sus pieles se apretaron una contra la otra. Podían sentirse. De verdad. Solté el aire mientras ambos lloraban abiertamente, fundiéndose en un abrazo. Cerraron los ojos.

Cindy y yo no dijimos ni palabra. Este era el momento de Treth.

Finalmente, Gorgo volvió a abrir los ojos.

—Treth… lo siento, pero no tengo mucho tiempo.

Treth parecía destrozado. —¿Por qué? ¿Qué está pasando?

Gorgo me miró y luego volvió a mirar a Treth.

—Yo te envié esa conjuración, amigo mío. Porque había algo que tenía que decirte en…

Se dobló con un grito de dolor. Treth corrió hacia ella. También Cindy, al activarse sus instintos de sanadora. Pero la magia sanadora no podía curar a los espíritus.

—No tengo mucho tiempo —dijo. Me miró a mí—.

Kat Drummond, he sido yo quien te ha estado enviando conjuraciones desde que me liberaste de este plano mortal.

A través de mi conexión con Treth, me he estado aprovechando de tu vínculo directo con el reino de la pureza para permitirte canalizar el conocimiento que pasé toda una vida recopilando.

Era joven. Tan joven como yo cuando conocí a Treth. Toda una vida para ella significaba quizá dieciséis o diecisiete años. Se me encogió el corazón al darme cuenta, pero escuché con atención.

—Vas a necesitar…

Un grito la interrumpió. Se sujetó el estómago. Los ojos de Treth reflejaban desesperación.

—¡Se avecina una oscuridad, Kat Drummond! —su voz retumbó, vibrando como si fuera un torbellino. Me tapé los oídos para resistir el dolor—. Un mal antiguo e insondable trae la podredumbre y la decadencia a vuestra ciudad. Viene… ¡ah!… del norte. De una tierra helada de muerte. Necesitarás mi…

Desapareció tan de repente como había aparecido la grieta. La habitación se quedó en calma al instante. El silencio era casi ensordecedor cuando todo sonido cesó y el viento dejó de azotarnos, dejando que los restos se posaran en el suelo.

—¡¿Necesitar el qué?! —pregunté, casi gritando—. ¿Qué necesito?

—Se ha ido —dijo Treth, desesperado. Separado del amor de su vida por segunda vez. Si pudiera, le haría pagar al universo por tratarle así.

—Oíd, ¿vais a limpiar este desastre? —preguntó Duer, bajando de su nido—. Que haya venido una señora mágica a abrazar el aire un rato no os da excusa para vivir en la guarida de un trol. ¡A limpiar!

La habitación estaba, en efecto, hecha un desastre.

Libros, papeles, tazas y tapicería habían salido volando con el viento de la grieta.

Con un pitido, también notamos que los electrodomésticos y la electricidad se habían cortado y ahora volvían a encenderse.

Que la electrónica se volviera loca era un síntoma común de la aparición de grietas.

El nombre común era «subidas de grieta».

Algunos estudiosos teorizaban que el Entremedio emitía algún tipo de pulso electromagnético, haciendo que la electrónica se estropeara cada vez que se abría un vínculo directo con el Vacío.

¡Iba a tardar una eternidad en limpiar este desastre! Y tenía una cita. Bueno, yo lo llamaba así. En realidad era otra cosa…

Oí un crujido y me giré hacia la puerta. Brett estaba allí de pie, frunciendo el ceño ante la taza rota bajo su pie.

—Esto… ¿me he perdido algo?