Capítulo 20
El mar se abrió ese año tarde, como si también él supiera lo que yo llevaba esperando y quisiera hacérmelo más largo.
Todo el invierno lo pasé mirando la boca del fiordo, igual que se mira una puerta por la que tiene que entrar alguien, y todo el invierno la boca del fiordo estuvo blanca y cerrada y vacía, sin nada que mirar más que el hielo.
Pero el hielo siempre se rompe. Es lo único que tiene de bueno.
Una mañana de primavera, cuando ya el agua corría libre entre las dos paredes de roca, un crío bajó corriendo desde lo alto gritando que entraba un barco.
Y yo, que llevaba un año entero diciéndome que no iba a hacer el ridículo de salir corriendo al embarcadero como un perro que oye a su amo, salí corriendo al embarcadero como un perro que oye a su amo.
Era el barco de Aldric. Lo reconocí antes de poder distinguir a nadie a bordo, por el casco oscuro, por la manera de atracar de aquellos marineros que no hacían aspavientos.
Y mientras se acercaba, despacio, eterno, comprendí que aquella era la tercera vez que me tocaba esperar en aquel mismo embarcadero a que llegara algo del otro lado del mar.
La primera, doce años atrás, había sido yo el que llegaba, joven y sin nada que perder.
La segunda, hacía un año, había sido Aldric, y yo esperaba sin saber del todo qué bajaría por la pasarela ni qué iba a pasarme aquel día.
Esta vez sabía exactamente quién bajaba. Y precisamente por eso, esta vez era la peor espera de las tres, porque cuando uno sabe lo que quiere y lo tiene ya cruzando el agua hacia él, los últimos pasos se hacen más largos que el año entero.
Bajó la pasarela. Bajaron unos hombres. Bajó Aldric, con su capa de piel oscura, más viejo que el año anterior, como estábamos todos.
Y luego bajó ella.
Llevaba mi capa. La buena, la que le había echado por los hombros en aquel mismo sitio un año antes.
Estaba más delgada de lo que me convenía ver, y a la vez había en ella algo nuevo, algo que no sabría decir con palabras: una manera de pisar el embarcadero como si supiera que tenía derecho a pisarlo, una seguridad que el año en el sur le había terminado de poner.
La copista que se fue todavía dudaba un poco de su sitio en el mundo. La mujer que volvía ya no.
Se quedó al pie de la pasarela. Yo me quedé donde estaba. Y por un momento ninguno de los dos hizo nada, porque después de un año entero de cartas leídas por un cura medio ciego, de pronto teníamos delante a la persona de verdad y no sabíamos qué hacer con ella.
No corrí hacia ella. No corrió hacia mí.
No hubo nada de lo que tienen las vueltas en las historias que cuentan los escaldas junto al fuego.
Hubo dos personas mirándose en un embarcadero, midiéndose, reconociéndose despacio después de un año, buscando cada uno en la cara del otro las cosas pequeñas que habían cambiado.
Fue ella la que habló primero, porque siempre era ella.
—Tienes mejor cara que cuando me fui —dijo—. Has comido. Me alegro. Empezaba a pensar que te ibas a dejar morir de pena, y habría sido un detalle muy poco práctico por tu parte.
—Gerd me obligaba a comer.
—Que los dioses la guarden, a Gerd, y a su cabra. —Ladeó la cabeza, con esa media sonrisa suya—. Estás distinto.
—Tú también.
—Yo estoy más flaca.
—No es eso. —Di un paso hacia ella, sin pensarlo—. Estás distinta en otra cosa. No sé decirlo. Como más tuya.
Edith se quedó callada un momento, y le cambió algo en la cara, porque eso, viniendo de mí, que no sabía decir nada, era casi un poema.
—Más mía —repitió, en voz baja—. Sí. Puede ser.
Un año entero siendo la única que sabía leer en una casa entera, con un jarl pidiéndome consejo y nadie tratándome como a una sierva…
una se acostumbra a ocupar su sitio. —Me miró—.
Pero ¿sabes qué descubrí, Gunnar, en esa casa grande y caliente del sur, rodeada de respeto y de papeles y de todo lo que nunca había tenido?
—Qué.
—Que prefería el fin del mundo. —Lo dijo sin dramatismo, como quien constata un hecho—.
Con su frío, y su perro mojado, y su cura medio ciego, y su bruto que no sabe decir las cosas.
Lo prefería. Y eso, para una que se pasó la vida sin pertenecer a ningún sitio, es lo más raro que me ha pasado nunca.
Resulta que sí tenía un sitio. Y estaba aquí.
En la última roca del último fiordo del fin del mundo.
No supe qué contestar, así que hice lo que mejor se me da cuando las palabras me fallan, que fue cerrar la distancia que quedaba y ponerle las manos en la cara, esa cara que llevaba un año entero viendo solo por dentro de los ojos, y mirarla de cerca, de verdad, para convencerme de que estaba.
—No me has soltado la mano por ningún jarl —dije—. Te lo prometí mirando esta misma boca del fiordo a oscuras, mil veces, este invierno. Que cuando volvieras no te volvía a soltar la mano por ningún miedo ni por ninguna tumba vieja.
—Lo sé. —Puso sus manos sobre las mías—. Me lo escribiste. Mal, y por boca de un cura, pero me lo escribiste. Lo tengo guardado. Todas tus cartas. Hasta las tres seguidas que solo hablaban de tu cicatriz, que esas las guardo para reírme de ti en invierno.
Y entonces sí. Entonces la besé, en el embarcadero, delante de Aldric y de sus hombres y de medio fiordo que había bajado a ver entrar el barco, sin que me importara nada de lo que pensara ninguno, porque ya no había ningún Hrolf de por medio, ni ninguna boda, ni ninguna mentira, ni ningún año por delante.
Solo estábamos ella y yo, en tierra firme los dos, por fin del mismo lado de todo.
Cuando nos separamos, apoyó la frente en la mía, igual que la noche del cuchillo. Parecía que hubiera pasado una vida desde entonces.
—Eres el hombre más complicado que conozco, Gunnar. Cruzaste el mar a por una princesa, te trajiste a la copista de al lado, tardaste un invierno en besarme, otro año en volver a verme, y por el camino has aprendido a tumbar a un Knut con la cabeza en lugar de con el hacha.
Me miró, y le brillaban los ojos, pero esta vez no de pena.
—Me han contado lo del banquete. El cura me escribió, además de ti. Dice que estuviste sembrado.
—Fue idea tuya. Yo solo la traje.
—Lo sé. Pero alguien tenía que hacerlo.
Me colocó mejor la capa sobre los hombros.
—Y, a propósito, esta capa no te la devuelvo. Te lo dije en este mismo sitio hace un año. Es mía.
—Quédatela.
—Pensaba hacerlo de todas formas. Pero gracias por fingir que me la regalas.
Aldric había bajado del todo y esperaba a unos pasos, con la paciencia de quien sabe que hay cosas a las que un hombre no debe meter prisa. Cuando por fin nos separamos, se acercó y me miró a mí, no a ella, con esos ojos pequeños que rara vez se detenían en algo por casualidad.
—Gunnar. Te devuelvo a la mujer entera y sana, y con un año bien aprovechado encima. —Hizo una pausa—. Tu lectora me ha cambiado la casa. Ya hablaremos de eso. Es largo y no es asunto para un embarcadero.
Miró a Edith. Y en aquella cara dura apareció algo muy parecido al respeto.
—Cumplió. En todo. Incluso cuando yo habría preferido que no lo hiciera.
Edith bajó la vista un instante.
—¿La encontraste? —le pregunté, en voz baja, mientras subíamos los tres hacia la casa de Hrolf.
—La encontré. —Me apretó el brazo—. Pero esa es otra historia, y es larga, y quiero contártela esta noche, junto al fuego, en nuestra casa, con un cuenco de tus gachas malas delante. Llevo un año soñando con contarte cosas sin que las apunte nadie. Déjame ese gusto.
—Las gachas no son malas.
—Son horribles, Gunnar. Llevo un año comiendo comida del sur y te lo puedo decir ya con autoridad: cocinas peor que nadie que haya conocido. —Sonrió—. Y aun así me he pasado el año entero echándolas de menos. Explícame tú eso, que yo no sé.
—Eso no se explica. Eso solo se sabe.
Me miró, sorprendida, porque otra vez había dicho algo que no parecía mío.
—Vaya —dijo—. El sur me cambió a mí, pero a ti te ha cambiado el invierno solo. Vuelves filósofo, encima.
—Vuelvo nada. He estado aquí todo el rato. Eres tú la que vuelve.
—Es verdad. —Y se le quebró un poco la voz al decirlo, solo un poco, lo justo para que yo lo notara y nadie más—. Vuelvo. Por fin puedo decir esa palabra y que signifique algo. En toda mi vida nunca había tenido un sitio al que volver, Gunnar. Y mira por dónde, era este.
Subimos hacia la casa de Hrolf, ella con mi capa, yo con la pluma mordida en el pecho como todo el año, Aldric detrás, y el fiordo entero alrededor, verde ya de primavera.
Mirando aquellas paredes de roca que me habían parecido el fin del mundo el día que las crucé, pensé que se habían equivocado todos los que las llamaban así.
No eran el fin del mundo. Eran el principio del mío.