Capítulo 21
Aquella noche, por fin, cenamos en nuestra casa.
La capa vieja estaba en su gancho y la buena sobre los hombros de Edith, y el fuego ardía entre los dos como había ardido todo aquel invierno primero, solo que ahora ya no había ninguna cortina de por medio, ni ninguna verdad sin decir, ni ninguna primavera amenazando con partirnos en dos.
—Anda —dije, cuando rebañó el cuenco—. Cuéntame lo de la hija. Llevo todo el día aguantándome.
Edith se recogió las rodillas, se quedó mirando las brasas un momento, ordenando la historia como ordenaba siempre todo antes de contarlo, y empezó.
—¿Te acuerdas del pago al barquero? —dijo—.
Lo que encontré en verano, aquel pago medio tachado.
Pues tiré de ahí. Me llevó meses, porque la gente de la costa no habla con una mujer del norte que va preguntando, pero hablan con la plata, y Aldric, una vez le demostré que iba en serio, me dio plata para preguntar.
El barquero estaba muerto, pero tenía un hijo, y el hijo se acordaba.
Se acordaba haber llevado, un otoño, a una muchacha del norte, sola, asustada, que pagó el doble por que nadie supiera nunca que la había llevado.
—Me miró—. La hija de Aldric, Gunnar. No la robó nadie.
No la mató nadie. Se fue ella. Por su pie.
En un barco que pagó con sus propias joyas.
—¿Por qué?
—Por lo mismo por lo que me habría escapado yo, si hubiera tenido adónde ir y con qué pagarlo.
—Lo dijo sin rabia, con esa serenidad suya—.
Porque su padre la había prometido a un viejo del fin del mundo al que no conocía de nada, para sellar una alianza, como se promete una vaca o un saco de cebada.
Tu Hrolf, Gunnar. Iba a casarse con Hrolf.
Con el mismo hombre con el que estuvieron a punto de casarme a mí por error.
—Se rió, bajito, sin alegría—. ¿Te das cuenta de la cosa tan rara?
La novia de verdad huyó de la boda que a mí casi me cae encima por equivocación.
Las dos huyendo de la misma cama de viejo, una sin saberlo y la otra con todo el plan hecho. Si esto lo cuento, no me lo cree nadie.
—¿Y dónde está?
—Eso, querido, fue lo más difícil de todo.
—Removió las brasas, ya con tiento, que se lo había enseñado yo aquel primer invierno—.
La encontré. Vive en una ciudad del sur, lejos, con otro nombre.
Se ganó la vida como pudo al principio, que no debió de ser fácil, y al final se casó.
Con un hombre que eligió ella. Un mercader, ni rico ni pobre, pero suyo, elegido por ella y no por su padre.
Y está bien, Gunnar. Está bien de verdad.
La vi con estos ojos. Tiene una vida pequeña y suya y no la cambiaría por todos los fiordos del norte.
—¿Y se lo dijiste a Aldric?
—Se lo dije. Pero no de golpe, y no entero.
—Aquí se le afiló la voz, la de la sala de Hrolf, la de las jugadas—.
Primero le dije solo que estaba viva. Y le vi la cara, Gunnar, la de un hombre que lleva demasiado tiempo sin saber si su única hija está muerta en algún camino.
Y entonces, cuando ya sabía que estaba viva pero no dónde, le puse mi condición.
Le dije: os digo dónde está, pero antes me juráis por lo que queráis que no vais a ir a buscarla para arrastrarla de vuelta.
Que si vais, vais como padre, no como dueño.
Que una mujer solo se escapa una vez con suerte, y que no pienso ser yo la que la entregue para que la encierren mejor la segunda.
—¿Y qué hizo?
—Se enfadó. Mucho. Me gritó que quién era yo, una sierva, para ponerle condiciones a un jarl sobre su propia sangre.
—Edith se encogió de hombros—. Le dejé gritar.
Cuando se cansó, le dije la verdad: que yo no le ponía condiciones, que se las ponía su hija, que se había gastado sus joyas y cruzado el mar y cambiado de nombre precisamente para no volver, y que eso era una condición mucho más dura que la mía, solo que la suya no se la podía gritar a la cara porque no estaba.
Yo solo era la voz. —Me miró—. Y al final, ¿sabes qué pasó?
Que se sentó. Y se quedó callado mucho rato.
Y dijo: «¿Es feliz?». Eso preguntó. No «¿dónde está?
», ni «¿cómo se atrevió?». Preguntó si era feliz.
Y cuando le dije que sí, que tenía un marido elegido por ella y una vida suya, el hombre se echó a llorar, Gunnar.
Un jarl. Delante de mí. De alivio. Porque resulta que debajo del dueño había un padre, y el padre solo quería saber que su niña estaba viva y contenta, aunque fuera lejos y con otro.
Me quedé mirándola, a la luz del fuego, contando aquella historia que había tardado un año entero en cerrar, y pensé que no había en todo el norte un solo guerrero, ni un solo jarl, capaz de ganar lo que aquella mujer flaca y manchada de tinta había ganado con la pura cabeza: la vida de una desconocida, la paz de un padre y su propia libertad, todo en la misma jugada.
—¿Y la alianza? —pregunté—. Sin boda no hay alianza. Esa era toda la historia desde el principio.
—La alianza la arreglé yo. —Lo dijo como quien comenta el tiempo—.
Por carta. Hrolf y Aldric no necesitaban una boda, Gunnar.
Necesitaban dejar de tenerse miedo y empezar a hacer negocios, que es lo que de verdad une a dos hombres, mucho más que meter a una pobre muchacha en la cama de uno de ellos.
Les leí a los dos sus propias cuentas. Le enseñé a Aldric lo que Hrolf podía darle, le enseñé a Hrolf lo que Aldric necesitaba, y los puse a comerciar en lugar de a emparentar.
Sellaron un pacto de comercio esta primavera, antes de zarpar.
Sin novia. Sin nadie metido en ninguna cama a la fuerza.
—Sonrió—. Resulta que la mejor alianza era la que no necesitaba a ninguna mujer de por medio.
Solo que hacía falta alguien que supiera leer las cuentas de los dos para verlo.
—O sea que has dejado a Hrolf sin novia, a Aldric con su hija libre, y a los dos más amigos que antes.
—Y de paso me he quedado yo libre, sin deberle nada a nadie, en la última roca del fin del mundo, con un bruto que cocina fatal. —Apoyó la cabeza en mi hombro—. No está mal para una bastarda a la que criaron para copiar libros gratis hasta morirse, ¿no te parece?
—No está mal —dije—. Para nada está mal.
Aldric zarpó dos días después, de vuelta al sur, a recoger a su hija como padre y no como dueño, que era la única manera en que ella iba a dejarse encontrar.
Antes de irse vino a despedirse, y a mí me dio la mano, que en un hombre como aquel valía más que un discurso, y a Edith le dijo algo en voz baja que yo no oí y que a ella le costó contarme, y que la dejó callada un buen rato mirando el mar.
—¿Qué te ha dicho? —le pregunté.
—Que si alguna vez me canso del frío y del bruto, en su casa siempre habrá sitio para la lectora. —Sonrió—. Le he dicho que gracias, pero que el bruto y el frío me los quedo.
Lo de Hrolf fue el mismo día, antes de que el barco de Aldric desapareciera por la boca del fiordo. Nos mandó llamar a su sala por última vez, y nos recibió en su trono, más viejo que nunca, pero con los ojos tan afilados como siempre.
—Lectora —dijo—. Me has dejado sin novia.
—Os he dejado con un socio rico y sin tener que mantener a una esposa que no os quería, señor. He hecho buen negocio para vos.
Hrolf soltó esa risa corta suya, de viejo al que ya pocas cosas le arrancan una.
—Sí que lo has hecho. —Se reclinó—. Aldric me ha contado lo de su hija.
Que iba a casarse conmigo y se escapó cruzando medio mar antes que hacerlo.
—Negó con la cabeza, divertido—. Mira que soy viejo y feo, pero tanto como para cruzar el mar huyendo…
—Y luego, más serio—: Tú, en cambio, viniste por error, te quedaste, y has acabado siendo lo más útil que ha pisado este fiordo en años.
Hay una lección ahí, supongo, sobre las novias que se buscan y las que llegan solas, pero soy demasiado viejo para sacarla. Que la saque otro.
—¿Nos echáis del fiordo, señor? —preguntó Edith, y lo preguntó tranquila, porque ya no le temía a Hrolf, hacía tiempo que no.
—¿Echaros? —Hrolf frunció el ceño—. No, mujer.
Al revés. Te ofrezco quedarte. Como lo que eres: mi lectora.
No la novia de nadie, ni la sierva de nadie.
Una mujer libre que me lee el mundo cuando lo necesito y vive donde le da la gana el resto del tiempo, que me imagino que será en casa de este.
—Me señaló con la barbilla—. Te pagaré por ello, como se le paga a un hombre por su oficio, porque el tuyo vale más que el de la mayoría de mis hombres.
¿Aceptas, o prefieres irte al sur con Aldric, que también te ha ofrecido sitio, no te creas que no me he enterado?
Edith me miró. Solo un momento. No porque necesitara mi permiso, que no lo necesitaba para nada, sino porque las cosas que de verdad importan se miran con la otra persona antes de decirlas. Y luego se volvió hacia Hrolf.
—Acepto —dijo—. Me quedo. En el fin del mundo, con vuestro fiordo y vuestras cuentas y vuestro guerrero. —Hizo una pausa —. Pero os voy a cobrar caro, señor, que conste. Que una no aprende cuatro lenguas para malvenderse.
—No esperaba menos. —Hrolf hizo el gesto de la mano, el de espantarnos como a moscas, que ya conocíamos y que en él era casi cariño—.
Anda, iros. Y tú, Gunnar. —Me detuve en la puerta—.
Hiciste un trabajo pésimo aquel otoño. Te mandé a por una hija de jarl y me trajiste a una copista.
El peor botín que ha traído nunca un hombre mío del otro lado del mar.
—Esbozó algo parecido a una sonrisa—. Y el más valioso.
La vida es así de burra a veces. Largaos.
Salimos a la primavera, marido y mujer en todo menos en el nombre, que eso lo arreglaríamos cuando volviera el cura de uno de sus entierros, y bajamos hacia nuestra casa por el mismo camino que habíamos subido la primera noche, cuando ella creía que iba a aprender a cocinar y yo sabía que la llevaba derecha a la cama de mi señor y ninguno de los dos sabía nada de nada.
—Oye —dijo Edith, por el camino—. ¿Tú te das cuenta de que toda esta historia, la tuya, la mía, la de Hrolf, la de la pobre hija de Aldric, empezó porque tú contaste mal unas puertas una noche?
—Sigmund contó mal. Yo solo obedecí.
—Ya, ya, échale la culpa al muerto. —Me dio con el hombro—. El error más tonto del mundo.
—El mejor error del mundo —la corregí.
Se paró en seco en mitad del camino y me miró, y por una vez no tenía nada listo que contestar, ninguna broma, ninguna jugada, solo la cara de una mujer a la que acaban de decirle, sin adornos, lo que llevaba toda la vida sin que nadie le dijera: que era, por fin, para alguien, lo más valioso que había llegado del otro lado del mar.
—Vaya —dijo, con la voz un poco rara—. Resulta que el bruto sí sabía decir las cosas. Solo necesitaba que casi lo mataran un par de veces.
—Tú me enseñaste.
—Yo te enseñé a leer cuentas y a tumbar a Knut.
Lo de decir las cosas bonitas lo has aprendido tú solo.
—Me cogió del brazo y echamos a andar otra vez—.
No se lo cuentes a nadie, eh. Que tienes una fama de hombre seco que mantener, y a mí me conviene que el fiordo siga creyendo que eres terrible.
Así no se acerca nadie a robarme al cocinero.
Llegamos a casa. Nuestra casa. La misma que había estado doce años en silencio y que ya no lo estaría nunca más, porque dentro había una mujer que hablaba en sueños en latín, que mordía las plumas por el mismo sitio, que removía las brasas con tiento porque alguien le había enseñado, y que canturreaba bajito, sin darse cuenta, cada vez que algo le salía bien.
Edith colgó la capa buena junto a la vieja, las dos en el mismo gancho, y se sentó a la mesa, y sacó un pergamino, y una pluma nueva, sin morder todavía, porque la mordida me la había quedado yo y no pensaba devolvérsela ni aunque me lo pidiera de rodillas.
—¿Qué escribes? —pregunté.
—Nuestra historia. La cautiva equivocada del vikingo .
—Mojó la pluma—. Alguien tiene que dejarla por escrito, y desde luego no vas a ser tú, que escribes peor que el cura.
Algún día, dentro de muchos inviernos, alguien va a encontrar este pergamino en un arcón criando polvo, lo va a abrir, y se va a enterar de la cosa más rara que pasó nunca en el fin del mundo.
—¿Y cómo acaba?
Edith levantó la vista del pergamino y me sonrió con esa sonrisa suya que lo entendía todo.
—Pues no lo sé, Gunnar —dijo—. Y esa es la parte buena.
—¿Por qué?
Dejó la pluma un momento y me miró.
—Porque el final lo escribimos nosotros, y lo que escribimos nosotros lo podemos reescribir las veces que haga falta, hasta que nos guste.
Volvió al pergamino, y yo eché otro leño al fuego, y nos quedamos los dos así, ella escribiendo y yo mirándola escribir.