La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 19
90%

Capítulo 19

Knut esperó al final del verano para mover ficha, que es cuando los jarls del norte se visitan unos a otros antes de que el mar empiece a cerrarse, y aprovechó esas visitas para hacer lo que mejor se le daba: hablar bajito al oído de la gente que importaba.

Lo supe porque en el fiordo nunca se sabe nada hasta que de pronto lo sabe todo el mundo a la vez.

Primero fue un comentario de Gerd, que había oído a no sé quién.

Luego, el cura, que enterraba y bautizaba en tres fiordos y oía cosas.

Y al final, una mañana, el propio Hrolf me mandó llamar con la cara de quien lleva tiempo sin dormir bien.

—Mi sobrino anda de visita —dijo, sin rodeos—.

En casa de Bjorn, en casa de los Eriksson, donde haya una mesa y orejas que escuchen.

Y va contando una historia bonita. Dice que el viejo Hrolf ha perdido la cabeza.

Que regaló una alianza con Mercia a cambio de nada.

Que mandó al sur lo único que le daba ventaja, una mujer que le leía el mundo, y que ahora gobierna a ciegas otra vez, rodeado de un guerrero que le miente y de fantasmas del sur.

—Me miró—. Dice que el fiordo necesita sangre nueva antes de que la vieja lo hunda.

Y hay quien empieza a escucharlo, Gunnar.

No muchos. Pero los suficientes para que, el día que yo cierre los ojos, él no tenga que pelear por lo que quiere, solo recogerlo.

—Es mentira casi todo —dije.

—Lo de menos es que sea mentira. —Hrolf se pasó la mano por la barba gris—. Una mentira repetida en suficientes mesas se vuelve la verdad que recuerda la gente. Tú lo sabes. Y yo soy viejo, y se me nota, y eso es lo único de su historia que no puedo desmentir, porque es verdad.

Y ahí me quedé, en mitad de la sala, con un problema que no se arreglaba con un hacha.

Si mataba a Knut, le daba la razón: el guerrero violento de Hrolf quitando de en medio al heredero legítimo, justo la historia que él iba contando.

Si no hacía nada, la mentira seguía creciendo de mesa en mesa hasta que un día fuera demasiado tarde.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que yo solo habría sabido pensar en el hacha.

Pero había pasado un invierno entero viendo trabajar a Edith, y la oía en la cabeza tan clara como si estuviera al lado: a un hombre que sonríe no se le gana gritando, Gunnar.

Se le gana haciéndole enseñar las cartas antes de que esté listo.

Los hombres como Knut esconden lo que son hasta la última mano.

Oblígalo a enseñarlo en la primera, delante de todos, y ya no hay mano que jugar.

Así no fui a por el hacha. Fui a por la cabeza. La de ella, que llevaba conmigo aunque estuviera a medio mar de distancia.

—No lo mates —le dije a Hrolf—. Ni lo destierres todavía, que entonces se va y sigue contando su historia desde fuera y se vuelve un mártir.

Hazlo al revés. Invítalo. A él y a todos los jarls a los que ha estado susurrando.

Una mesa grande, aquí, en tu sala, antes de que cierre el mar. Que vengan todos.

—¿Para qué quiero yo en mi mesa a los hombres que mi sobrino está poniendo en mi contra?

—Para que Knut tenga que decir delante de tu cara, y delante de las suyas, lo que ha estado diciendo a tus espaldas.

O para que no se atreva. Las dos cosas me sirven.

—Empecé a verlo claro a medida que lo decía, que es como ven las cosas los que no son listos de nacimiento—.

Un hombre que susurra de mesa en mesa es peligroso.

El mismo hombre obligado a sostener sus susurros a la cara del jarl, delante de testigos, o se raja, o se pasa de frenada.

Y Knut, cuando lo acorralan, se pasa de frenada.

Lo hemos visto. Es fuego mal tapado: aguanta mientras nadie lo destapa, pero en cuanto le quitas la tapa, salta.

Pues le quitamos la tapa nosotros, en el momento que elijamos, y no él en el suyo.

Hrolf me miró largo rato, y algo viejo y cansado se le encendió un poco en los ojos.

—Esa no es idea tuya —dijo.

—No. Es de ella. Yo solo la traigo.

—Pues dale las gracias en la próxima carta. —Se levantó del trono con un gruñido—. Que vengan todos. Mataré un buey. Y veremos quién se atraganta.

El banquete fue diez días después, con la sala llena de jarls y de sus hombres, el buey en el asador y la cerveza corriendo, y Knut sentado a la mesa de su tío con la sonrisa de siempre, convencido de que aquello era Hrolf rindiéndole un último homenaje de viejo blando.

Yo lo observé toda la noche desde mi sitio, sin beber, esperando.

Hrolf dejó que la cerveza hiciera su trabajo. Esperó a que los jarls estuvieran calientes y sueltos de lengua, y entonces, como quien no quiere la cosa, en mitad de una conversación sobre la cosecha y el ganado, soltó la pregunta.

—Knut —dijo, en voz alta, para que toda la sala lo oyera—.

Me han llegado historias raras este verano.

Que andas preocupado por mi cabeza. Que la ves floja.

Aquí estás entre amigos, sobrino, y los amigos se dicen las cosas a la cara.

Cuéntame qué es eso que les cuentas a Bjorn y a los Eriksson que a mí no me has dicho nunca.

Que me interesa saber cómo de loco me ven los demás.

La sala se quedó en silencio. Todas las caras se volvieron hacia Knut, incluidas las de Bjorn y los Eriksson, que de pronto descubrieron una necesidad urgente de mirar el fondo de sus cuernos.

Y vi a Knut hacer el cálculo. Lo vi en la cara, en ese medio segundo en que la sonrisa se le quedó tiesa.

Si lo negaba, quedaba como un cobarde delante de los hombres a los que había estado cortejando, y esos hombres aprenderían que Knut susurraba a la espalda lo que no sostenía a la cara, que es la peor fama que puede tener un aspirante a algo.

Y si lo sostenía, estaba acusando al jarl de senil en su propia mesa, en su propio banquete, rodeado de los hombres de Hrolf.

No tenía buena mano. Por primera vez en todo aquel asunto, era él quien no tenía buena mano, porque le habíamos obligado a jugar antes de tiempo, en una mesa que no había elegido y con unas cartas que aún no estaban listas. Justo como había dicho ella.

Y Knut hizo lo que hace el fuego mal tapado cuando lo destapan. Saltó.

—¿Floja, tío? —Se levantó, y ya no quedaba sonrisa, solo la voz de verdad debajo de todas las demás—.

Floja es poco. Regalaste la novia de Mercia.

Mandaste tu única ventaja al sur, a casa de un extraño, por una historia de una hija perdida que a saber si existe.

Tienes de mano derecha a un hombre que te mintió un invierno entero y al que no te has atrevido ni a castigar.

—Barrió la sala con el brazo—. ¡Miradlo!

¡Mirad al gran Hrolf! ¿Cuántos inviernos le quedan?

¿Dos? ¿Tres? ¿Y a quién dejáis el fiordo cuando se vaya, a un viejo que llora a una copista?

Yo solo he dicho en voz alta lo que todos pensáis callados.

¡Decid que miento! ¡A ver quién se atreve!

El silencio que vino después fue de los que pesan.

Y en ese silencio, Knut comprendió, demasiado tarde, lo que acababa de hacer: lo había dicho.

Todo. A la cara de su tío, delante de los jarls, en la sala de Hrolf.

Ya no eran susurros de mesa en mesa que nadie podía probar.

Era una acusación entera, sostenida, con testigos, hecha por su propia boca.

Nadie en la sala dijo «mientes». Pero tampoco nadie dijo «tiene razón».

Y ese segundo silencio, el de los jarls que no salieron a respaldarlo, fue su sentencia.

Porque un hombre que se levanta a desafiar al jarl en su mesa y se queda solo, sin un solo respaldo, no es un aspirante.

Es un problema. Y los problemas, en el norte, se resuelven.

Hrolf se levantó despacio, y de pronto no parecía tan viejo.

—Gracias, sobrino —dijo, y su voz era la de antes de hacer daño, esa que yo conocía bien—.

Por fin a la cara. Llevaba todo el verano esperándolo.

—Miró a la sala entera—. Lo habéis oído todos.

Mi sobrino me cree acabado, y se cree con derecho a lo que aún es mío.

Bien. Que conste delante de todos: Knut, hijo de mi hermana, queda fuera de mi casa y fuera de mi herencia.

No por viejo que esté yo, sino porque un hombre que conspira a la espalda y solo pelea cuando lo acorralan no merece heredar ni un remo, cuanto menos un fiordo.

Sal de mi sala. Sal de mi fiordo antes de que cierre el mar. Y no vuelvas.

Y ahí, otra vez, saltó el fuego. Porque Knut, que se veía perderlo todo en una sola frase, todo por lo que llevaba años rondando como un perro la mesa, hizo lo único que le quedaba, que era lo que nunca debió: echó mano al cuchillo y fue hacia Hrolf, hacia el viejo del trono, con la cara desencajada de quien ya no calcula nada.

No me dio tiempo a pensar. Pero esta vez no hizo falta el hacha.

Le agarré el brazo del cuchillo en el aire, se lo torcí hasta que el hierro cayó al suelo, y lo sujeté, sin más, sin abrirle nada, sin matarlo, contra la mesa, mientras él forcejeaba y maldecía y los hombres de Hrolf se levantaban en tropel.

—Quieto —le dije al oído, bajo, para que solo lo oyera él—.

Mírame. Llevo un cuchillo encima desde la noche que mandaste a tus tres hombres a mi casa.

Llevo medio año esperando que me dieras una razón.

Y mira tú por dónde, ahora que me la das, resulta que no me hace falta.

Te has hundido tú solo, Knut, con la boca, delante de todos.

No con mi hacha. Con tu lengua. —Lo solté, y di un paso atrás—.

Es la cosa más triste que he visto en mi vida.

Se lo llevaron. Lo echaron del fiordo al amanecer, sin hombres, sin plata, sin nombre ya, un proscrito que tendría suerte si encontraba otro jarl que lo acogiera antes de que cerrara el mar, y que si lo encontraba sería como lo que era, un hombre sin nada, y no como lo que había soñado ser.

No volví a verlo. Nadie volvió a verlo, que yo sepa, y en el fiordo dejó de nombrarse con esa rapidez con que se olvida a los que apostaron fuerte y perdieron.

Aquella noche, cuando la sala se vació y Hrolf se quedó solo en su trono, más cansado que triunfante, porque echar a la sangre de uno nunca es del todo una victoria por mucho que sea justa, me acerqué a despedirme.

—Lo paraste sin matarlo —dijo, mirándome—. El Gunnar de hace un año lo habría partido en dos en cuanto sacó el cuchillo.

—El Gunnar de hace un año no había aprendido nada.

—No. —Hrolf esbozó algo parecido a una sonrisa—.

Esa copista tuya te ha estropeado el oficio, muchacho.

Antes eras un buen guerrero y ahora eres una cosa más rara y más peligrosa: un guerrero que piensa.

—Hizo un gesto con la mano, espantándome como a una mosca, pero sin maldad—.

Anda, vete a casa. Y en la próxima carta dile a la lectora que ha ganado un banquete entero desde el otro lado del mar sin probar el buey. Que sepa lo que vale.

Salí a la noche de final de verano, con el fiordo sonando bajo y la pluma mordida en el pecho, y por el camino a casa fui pensando que Hrolf tenía razón.

Edith había ganado aquella batalla sin estar.

Había tumbado a Knut con un arma que yo no tenía hasta que ella me la puso en las manos sin darse cuenta, a lo largo de un invierno entero de leerme, de discutirme, de enseñarme que la cabeza llega donde no llega el hacha.

Y mientras caminaba comprendí una última cosa, la que de verdad me llevé de aquella noche: que no la echaba de menos solo por las noches, ni por el ruido de la pluma, ni por el bulto tras la cortina.

La echaba de menos porque me había vuelto mejor de lo que era, y un hombre, cuando alguien lo vuelve mejor, ya no sabe volver a ser el de antes, ni quiere.

Faltaba poco para que cerrara el mar. Y cuando volviera a abrirse, en primavera, se cumpliría el año.

Que vuelva, pensé, mirando la boca del fiordo a oscuras. Que vuelva, y no le vuelvo a soltar la mano por ningún jarl, ni por ningún miedo, ni por ninguna tumba vieja. Que vuelva.