La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 18
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Capítulo 18

La primera carta llegó cuando llevaba ella casi dos meses fuera, y estuvo a punto de no leerla nadie, porque resultó que en todo el fiordo, ahora que Edith no estaba, no quedaba una sola persona capaz de descifrar lo que ponía en un papel.

Que era, exactamente, el agujero que ella había venido a tapar y que con su marcha volvía a abrirse de par en par.

Me la trajo un mercader que subía de la costa, sellada, con mi nombre escrito por fuera en esa letra suya pequeña y apretada que yo reconocía aunque no supiera leerla, igual que se reconoce la voz de alguien sin entender el idioma en que habla.

La tuve tres días en casa sin abrir, mirándola, porque abrirla y no poder leerla me parecía peor que no tenerla.

Al final hice lo único que podía hacer: me la llevé al cura.

Porque había un cura en el fiordo, uno viejo, cristiano, que llevaba años allí medio tolerado, bautizando a quien se dejaba y enterrando a quien se moría, y que sabía leer porque para eso lo habían hecho cura en algún sitio del sur antes de que la vida lo arrastrara hasta el fin del mundo.

Escribía despacio y leía peor, y su nórdico era una calamidad, pero era lo único que había, así que allá fui, con la carta en la mano y la dignidad guardada en el bolsillo.

—Léemela —le dije—. Y lo que oigas aquí, aquí se queda.

El viejo se caló unos cristales que le había comprado a un mercader frisón y empezó, despacio, tropezando en cada palabra, y así, en la voz cascada de un cura medio ciego, oí por primera vez a Edith desde que se había ido.

No era una carta de amor. Edith no escribía cartas de amor, igual que no lloraba en los embarcaderos.

Era una carta de trabajo, de las que escribiría un escriba a otro.

Me contaba que la casa de Aldric era grande y fría y estaba llena de papeles que nadie había ordenado en años.

Que Aldric la trataba bien, con la distancia de quien no sabe del todo qué hacer con una mujer que es a la vez sirviente y la única persona que entiende sus cartas.

Que la comida del sur era mejor y la cerveza peor.

Que echaba de menos, y aquí el cura tropezó y tuvo que repetirlo, el ruido del fiordo de noche, que en el sur no se oye el agua, solo se oye a la gente, y que la gente, después de un invierno de oír solo a una persona, le resultaba demasiado ruido junto.

Eso era todo. No decía «te echo de menos», porque ella no decía esas cosas.

Decía que echaba de menos el ruido del fiordo de noche.

Pero yo dormía junto a ese fiordo, y los dos lo sabíamos, y echar de menos el ruido del agua que rodea la casa de un hombre es una manera de echar de menos al hombre sin tener que decírselo a un cura medio ciego que va a leerlo en voz alta.

—¿Eso es todo? —pregunté, cuando se calló.

—Eso es todo. —El cura me miró por encima de los cristales—. Hay quien dice mucho diciendo poco, hijo. Esta mujer dice un invierno entero en cuatro frases.

—¿Y sabes escribir lo que yo te diga?

—Despacio y mal. Pero sé.

Así empezó la cosa más rara de aquel año, que fue yo dictándole cartas de amor a un cura.

Porque le contesté, claro. ¿Qué iba a hacer?

Y descubrí enseguida que decir las cosas en voz alta, delante de un tercero, con un hombre apuntándolas despacio en un pergamino, es la tortura más fina que se ha inventado para un hombre al que ya de por sí las palabras no le salen.

Empezaba una frase, el cura mojaba la pluma, y a mitad de la frase me daba cuenta de que lo que iba a decir no se lo podía decir a Edith delante del cura, así que me callaba, y el cura esperaba con la pluma en alto, y yo acababa diciendo cualquier cosa sobre el tiempo o sobre la herida del costado, que ya cerraba bien, gracias.

—Hijo —me dijo el cura el tercer día, harto—. Llevas tres tardes contándole a esta mujer cómo va tu cicatriz. Como sigas así, va a pensar que lo único que te importa de ti es el costado. Dile algo que valga la pena mandar al otro lado del mar.

—No se me da.

—Pues inténtalo, que para eso he gastado yo media vela. —Dejó la pluma—. Mira, no me mires a mí. Mira por la ventana, hacia el agua, e imagínate que se lo dices a ella y no a este vejestorio. Yo solo soy la mano.

Y eso hice. Miré el fiordo por la ventana del cura, ese mismo fiordo cuyo rumor ella echaba de menos, y le dicté lo único verdadero que se me ocurrió.

Que la casa había vuelto a quedarse vacía, pero no de la misma manera que antes.

Antes era una casa donde vivía un hombre solo.

Ahora era una casa a la que le faltaba alguien.

Que por las noches descolgaba la capa vieja solo para tener algo entre las manos.

Y que la pluma mordida la llevaba siempre conmigo.

Que la miraba más de lo que un hombre debería mirar una pluma.

Que cada vez que veía la marca de sus dientes me acordaba de lo que me había dicho en el embarcadero.

Y que se acordara ella también, dondequiera que estuviera, si seguía teniendo la costumbre de morderlas.

El cura escribió todo aquello sin levantar la vista, despacio, y cuando terminó carraspeó y dijo, con una voz rara:

—Esto sí vale la pena mandarlo. —Y luego, doblando el pergamino—: Para ser un bruto que dice que no se le dan las palabras, cuando te decides no se te dan tan mal.

Las cartas fueron y vinieron toda la primavera y todo el verano, una cada pocas semanas, al ritmo lento de los mercaderes que subían y bajaban de la costa.

Yo aprendí a esperarlas como no había esperado nada en doce años, y aprendí también a leerlas por debajo de lo que ponían, igual que ella me leía a mí.

Aprendí que cuando Edith escribía mucho de su trabajo era que estaba bien, ocupada, en su elemento.

Y que cuando escribía poco y seco era que estaba cansada, o triste, o que algo le rondaba que no quería poner en un papel que iba a leer un cura.

Y un día, ya entrado el verano, llegó una carta distinta.

El cura la leyó como las demás, tropezando, hasta que de pronto se calló y volvió atrás y la releyó para sí, frunciendo el ceño.

—Esta parte no la entiendo bien —dijo—. Habla de cuentas, pero no son cuentas. Escucha.

Y me leyó lo que Edith había escrito, que era esto, más o menos, porque la cabeza de un hombre no guarda las palabras tan exactas como las guarda un pergamino: que ordenando los papeles viejos de Aldric había dado con algo.

Que en el otoño, justo cuando dejaba de mencionar a su hija en las cartas, había un pago.

Un pago a un barquero de la costa, anotado y luego medio tachado, como si alguien hubiera querido que constara y no constara a la vez.

Y que un hombre no le paga a un barquero por nada, y menos un pago que después intenta borrar.

Que ella seguía tirando del hilo, que aún no tenía el cuadro entero, pero que cada vez estaba más segura de una cosa: que la hija de Aldric no había desaparecido.

Que la hija de Aldric se había ido. Por su pie.

Y que alguien, quizá el propio barquero, la había ayudado a irse.

—¿Tú entiendes algo de esto? —me preguntó el cura.

—Entiendo lo justo —dije.

Entendía más de lo justo, en realidad. Entendía que Edith estaba haciendo exactamente lo que le había prometido a Aldric en la sala de Hrolf: leer la verdad que él tenía escondida hasta en los pagos a los barqueros.

Y entendía otra cosa, una que no le dije al cura, que era que de todas las personas del mundo a las que les podía tocar destapar que una mujer se había escapado de un matrimonio que no quería, le había tocado a Edith.

A la única que iba a entenderlo del todo.

A la que, de haber podido, habría hecho lo mismo.

Aquella noche, en lugar de dictarle al cura una carta sobre mi costado, le dicté una pregunta. Una sola.

«¿Y cuando la encuentres, qué piensas decirle a Aldric?»

La respuesta tardó casi un mes en llegar, y cuando llegó, el cura la leyó, se quitó los cristales, y me miró un buen rato antes de hablar.

—Dice así —dijo—: «Le diré la verdad. Que está viva y que se fue porque no quiso que un hombre decidiera su vida por ella.

Lo que no le diré es dónde está hasta que me prometa que no irá a buscarla para arrastrarla de vuelta.

Una mujer solo se escapa una vez con suerte, Gunnar.

La segunda ya la vigilan. No pienso ser yo la que la entregue.

Que su padre la recupere, si quiere, pero como hija, no como mercancía.

Y si no le gusta el trato, peor para él, que la sigo buscando igual. »

El cura dobló el pergamino y lo dejó sobre la mesa.

—Esta mujer tuya —dijo— es la persona más peligrosa que ha pasado por este fiordo. Y lo digo con admiración, que conste, que a mi edad ya pocas cosas la merecen.

No le dije que no era mía. Esa vez no. Porque lo era, a su manera, igual que yo era suyo, no por estar el uno en poder del otro sino por todo lo contrario, porque los dos éramos libres y aun así nos elegíamos a través de medio mar y de un cura medio ciego que nos hacía de voz.

Salí a la noche de verano, con el fiordo sonando bajo, ese ruido que ella echaba de menos en el sur, y conté los días que faltaban no como un castigo, sino como se cuenta lo que queda para algo bueno.

Aún faltaba el invierno. Aún faltaba Knut. Pero Edith estaba tirando de un hilo que iba a cerrar el trato antes de tiempo, y yo, por fin, había aprendido a decir las cosas, aunque fuera por boca de otro y mirando el agua por una ventana.