La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 17
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Capítulo 17

La primavera llegó del todo a los pocos días de marcharse ella, y fue una crueldad, porque la primavera en el fiordo es lo más parecido a la felicidad que da aquella tierra.

Se rompe el hielo, vuelven los pájaros, el sol se queda un poco más cada tarde, y un hombre con el ánimo entero habría salido a recibirla con ganas.

Yo no lo tenía entero.

Había mandado la mitad en un barco rumbo al sur, y la mitad que me quedaba no servía para disfrutar de nada. La casa fue lo peor. Durante doce años había vivido solo y me había acostumbrado tanto a aquello que ya ni lo notaba. Pero una cosa es estar solo y otra muy distinta volver a estarlo.

Entraba y todo seguía en su sitio: las pieles, las armas, el arcón.

Y, sin embargo, faltaba algo. Faltaba el bulto pequeño tras la cortina.

Faltaba el ruido de la pluma rascando el pergamino hasta tarde.

Faltaba que alguien removiera las brasas con demasiado entusiasmo por la mañana y estuviera a punto de apagar el fuego.

Faltaba Edith.

La capa vieja seguía en su gancho. Esa no se la había llevado, porque le di la buena, y la vieja se quedó allí colgada todo aquel tiempo, y más de una noche, lo confieso, descolgué a oscuras la capa vieja solo por tener algo entre las manos que todavía guardara un poco de ella.

Gerd, la vecina de la cabra, fue la primera en decirme en voz alta lo que yo no me dejaba pensar. Vino un día con la excusa de siempre, que si una cabra, que si un préstamo, y se quedó un rato en la puerta mirándome trastear con cara de no saber qué hacer para disimular.

—Estás hecho un desastre, Gunnar —me soltó, sin más—. Más vale que vuelva pronto esa muchacha, porque tal como vas, cuando vuelva te va a encontrar más flaco que ella, que ya es decir.

—Estoy bien.

—Estás como mi marido el año que se le murió el caballo bueno. Igual de bien estabas tú. —Y se fue, dejándome la comparación clavada, porque a Gerd, que era tonta para tantas cosas, no se le escapaba ni una de las que importaban.

Lo de Hrolf llegó al cabo de una semana, cuando me mandó llamar, y yo fui sabiendo lo que tocaba. Me lo había dicho él mismo el día de la sala: que lo de mi mentira lo arreglaríamos los dos a solas, otro día. Y ese día había llegado.

Lo encontré solo, sin Knut rondando por una vez, sentado en su trono con un cuerno de cerveza que no se estaba bebiendo. Me miró entrar y no me ofreció asiento, lo cual ya decía bastante.

—Gunnar —dijo—. Me mentiste todo un invierno.

—Sí.

—Me trajiste a una mujer que no era la que mandé buscar, descubriste que no lo era y me lo callaste.

Me tuviste preparando una boda con una copista bastarda creyéndola la hija de un jarl.

Si los de Mercia llegan a venir antes de tiempo, me habrías puesto en ridículo delante de medio norte.

—Dio un trago largo—. ¿Tienes algo que decir a eso?

—No. Es verdad todo.

—Ya lo sé que es verdad. No te he llamado para que me lo confirmes.

—Dejó el cuerno—. Te he llamado para entender por qué.

Llevo doce años contándote entre mis hombres de fiar, Gunnar.

De los pocos. Y un hombre de fiar no me esconde una cosa así medio año por miedo a mi mal genio, que mal genio tengo, pero tú me has visto perdonar cosas peores.

Así que no fue solo miedo. Dime qué fue.

Y ahí estaba, la pregunta que llevaba toda la primavera sin atreverme a hacerme yo mismo, y que tenía que contestar ahora, en voz alta, delante del viejo que tenía mi vida en la mano.

—Al principio fue miedo —dije—. No lo niego. Pero después, cuando ya sabía la verdad, me la callé porque mientras la creyeras noble estaba a salvo. Y para entonces yo ya no quería que le pasara nada.

Hrolf me miró arrugando la frente.

—La querías.

—Sí.

—Desde cuándo.

—Desde antes de saber que podía. Desde el invierno entero. La quería siendo tu novia, que es la peor cosa que le puede pasar a un hombre de tu mano, y me lo callé también, y cumplí mi palabra de no tocarla mientras fue tuya. Eso sí lo cumplí. Lo otro no.

Esperé. Esperé el golpe, la voz de antes de hacer daño, lo que fuera que un jarl le hace a un hombre que le ha mentido medio año y encima ha deseado a la mujer con la que se iba a casar.

Pero Hrolf no dijo nada durante un rato largo.

Cogió otra vez el cuerno, le dio vueltas entre las manos y miró el fuego.

—Yo tuve una mujer una vez —dijo al fin, y no era lo que yo esperaba oír—.

Antes de ser esto. Antes del trono y de la barba gris y de toda la murga.

Se murió, como se mueren todas por aquí, de un invierno y una fiebre.

Y ¿sabes qué hice yo entonces, Gunnar? Me callé.

Cuarenta años llevo callándomelo. Porque un jarl no llora a una mujer delante de sus hombres, y porque pensé, como piensan los tontos jóvenes, que si no lo nombraba dolía menos.

—Me miró—. Dolió igual. Solo que solo. Que es la peor manera de que duela.

No supe qué decir, porque nunca le había oído a Hrolf decir tantas palabras seguidas que no fueran órdenes.

—Te lo cuento por esto —siguió—: porque sé reconocer a un hombre que se ha pasado años haciendo lo mismo que yo.

Tú llevas doce con esta casa vacía, Gunnar.

Todo el fiordo lo sabe. Y de repente llega una copista flaca que ni cocinar sabe y te la llena, y tú, en lugar de agarrarte a eso con las dos manos, te dedicas todo el invierno a buscar razones para no hacerlo.

Que si es mía, que si es noble, que si la otra vez salió mal.

—Negó con la cabeza, despacio—. El miedo que te paralizaba no era yo, muchacho.

Ni Knut. A mí me has visto la cara mil veces y nunca te ha temblado el pulso.

Era el otro miedo. El de volver a tener algo que perder.

Y tenía razón. Me había dicho a la cara lo que yo llevaba toda la primavera dando vueltas sin atreverme a nombrar: que no había tenido miedo de Hrolf, ni de Knut, ni de la soga.

Había tenido miedo de Ingrid. De la casa fría.

De volver a salir un día a ganar plata y volver a encontrar una tumba.

Y que ese miedo, de tanto cuidarlo, me había costado un invierno entero de no querer a Edith como debía, y había estado a punto de costarme no quererla nunca.

—Lo sé —dije, porque era verdad y no había otra cosa que decir.

—Pues entonces ya hemos terminado tú y yo.

—Hrolf dejó el cuerno y volvió a ser el de siempre, el del trono, como si los últimos minutos no hubieran existido—.

Me mentiste, y eso se paga, pero ya lo estás pagando de sobra tú solo, que no hay castigo que yo te ponga peor que un año mirando esa boca del fiordo a ver si vuelve el barco.

Así que no te pongo ninguno. —Hizo un gesto cansado con la mano—.

Vete. Y come algo, por todos los dioses, que pareces un perro apaleado y me das mala suerte en la sala.

Salí a la primavera, y respiré, y por primera vez desde que se fue el barco el aire no me supo del todo a vacío.

Pero el fiordo no perdona dos alegrías seguidas.

Al cruzar el patio de la casa grande me topé con Knut, apoyado en una viga como siempre, con su cuerno y su sonrisa que no le llegaba a los ojos.

Había perdido la jugada del invierno, había jurado venganza delante de testigos, y seguía allí, en el fiordo, porque a un sobrino con derecho a la herencia no se le echa así como así, y los dos los sabíamos.

—Gunnar —dijo, alzando el cuerno en una burla de brindis—. Te veo solo. Qué pena. La casa otra vez para ti, después de todo el trabajo que te dio llenarla.

No le contesté.

—Un año es mucho tiempo —siguió, saboreando cada palabra—. El mar es ancho. La gente que se va al sur a veces le coge el gusto al sur. Más calentito, más cómodo, mejores conversaciones que las de un bruto que solo sabe partir brazos. Yo que tú no me haría muchas ilusiones, primo.

Apreté la pluma mordida, que llevaba siempre junto al pecho, y por una vez no salté, porque Edith me había enseñado que a un hombre que sonríe se le gana con la cabeza y no con el hacha, y que saltar es justo lo que buscan.

—A lo mejor le coge el gusto al sur —dije—.

A lo mejor no vuelve. Pero hay una diferencia entre tú y yo, Knut: que a mí, si no vuelve, me quedará haberla tenido un invierno.

Y a ti, con suerte, te quedará un fiordo que tu tío no piensa dejarte, y una sala entera que te oyó jurar venganza el día que perdiste.

De los dos, no sé quién pasa peor el año.

Se le borró la sonrisa medio segundo, lo justo para que yo lo notara. Y me fui, dejándolo con la viga y el cuerno y la cara que se le había quedado, sabiendo que no había sido prudente, que un hombre así no olvida que lo dejen sin respuesta, y sabiendo también que me había dado igual.

Porque Edith tenía razón en casi todo, pero en una cosa no: a veces, cuando un hombre que sonríe te clava lo que más temes, lo más sano del mundo es devolverle el corte y que se entere de que no eres tú el único al que se le puede hacer daño con las palabras.

Esa noche descolgué la capa vieja, la dejé sobre el banco donde ella se sentaba a leer, y me dormí en mi sitio de siempre junto al fuego con la pluma mordida en la mano, contando, como un tonto, el primero de los muchos días que me quedaban por delante.