La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 16
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Capítulo 16

El embarcadero a primera hora de la mañana era un hervidero de hombre, cuerdas y cajas, y en medio de todo aquel trajín nosotros dos éramos lo único quieto, plantados el uno frente al otro con el barco a la espalda de ella, esperando el momento en que ya no se pudiera esperar más.

Habíamos venido callados desde casa. No por enfado, ni por la noche, sino porque las dos cosas que teníamos que decirnos ya nos las habíamos dicho a oscuras, y a la luz del día sobraban las palabras y faltaba el valor para las que quedaban.

Edith llevaba ropa nueva, la que le habían cosido para presentarse en la casa de Aldric, y se la veía rara así, demasiado de señora. Yo prefería a la otra Edith, la de la capa robada y las manos de tinta, pero esa Edith se quedaba conmigo en el fiordo y la que subía al barco era esta.

—Tienes mala cara —dijo, mirándome—. No has dormido.

—Tú tampoco.

—Yo tengo todo un viaje para dormir. Tú tienes que quedarte aquí poniendo esa cara de funeral delante de medio fiordo. —Intentó la broma, pero le salió sin fuerza, y se le apagó sola a mitad de frase.

Aldric ya estaba a bordo. Sus hombres terminaban de cargar. Quedaba poco, lo justo, ese rato fino y horrible en que todo está listo y solo falta que la persona que se va dé el paso que la separa de la que se queda.

Me quité la capa.

Ella me miró sin entender, porque era la mía, la buena, la de piel gruesa que me había costado tres inviernos de plata, no la vieja que ella me había ido robando todo el invierno y que se había quedado tan suya que ya ni se la pedía.

—Toma —dije—. En el sur hará menos frío, pero el mar es el mar, y cruza de noche. La necesitas más tú que yo.

—Gunnar, no puedo llevarme tu...

—Puedes. —Se la eché por los hombros yo mismo, como había hecho tantas veces aquel invierno sin que ella me lo pidiera, y le ajusté el cierre con esos dedos míos que servían para partir brazos y no para esto—.

Así, cuando entre el frío, te acuerdas de que aquí hay alguien que te la echaría por encima si estuviera.

No dijo nada. Bajó la cara, y vi que estaba peleando con algo, ella que no peleaba nunca con nada porque siempre tenía la respuesta lista.

Cuando levantó la vista, tenía los ojos brillantes, pero no dejó caer ni una, porque era Edith y prefería morirse a llorar en un embarcadero delante de los hombres de Aldric.

—Yo no tengo nada que darte —dijo, y le tembló un poco la voz—. Todo lo que tengo es prestado o robado, empezando por la capa vieja, que esa me la quedo, que conste, pienso volver a robártela cuando vuelva. Guárdala bien hasta entonces.

—No quiero que me des nada.

—Sí quieres. Quieres lo mismo que yo, que es algo a lo que agarrarse este año.

—Se mordió el labio, pensando, con esa cara suya de resolver un problema, y entonces hizo algo muy de ella: se sacó del pelo una de las plumas con las que escribía, una pluma corta, mordida por el mismo sitio que todas las suyas, y me la puso en la mano y me cerró los dedos encima.

—¿Una pluma? —dije.

—Está mordida. Por aquí. —Me la señaló—.

La muerdo cuando un texto se me resiste, ya lo sabes, me has visto mil veces.

Pues cada vez que la mires y veas la marca de mis dientes, te acuerdas de que en algún sitio del sur hay una mujer mordiendo otra pluma igual y pensando en un bruto que no sabe consolar a nadie y que aun así no deja de intentarlo.

—Cerró ella también su mano sobre la mía, sobre la pluma—.

No es gran cosa. Pero es lo único mío de verdad que tengo.

Lo demás me lo dieron. Esto lo he gastado yo.

Me quedé mirando aquella pluma ridícula, mordida, que valía menos que nada y que en aquel momento valía más que todo lo que yo había traído jamás del otro lado del mar, y comprendí que no se me ocurría una sola cosa que decir que no fuera a estropearlo.

Así que hice lo único que sé hacer cuando las palabras me fallan, que fue guardármela con cuidado, junto al pecho, donde no se perdiera.

—Volverás —dije. No era una pregunta. Necesitaba decirlo yo, en voz alta, una vez, para creérmelo.

—Volveré. —Y esta vez no añadió ninguna broma detrás, lo cual, viniendo de ella, era la promesa más seria que sabía hacer.

Desde el barco, Aldric llamó. No con prisa ni con dureza, solo con la voz de quien tiene una marea que aprovechar y no puede esperarla por dos que no saben despedirse.

Edith cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, ya era otra vez la de la sala de Hrolf, recta, serena, lista para la jugada que tenía por delante.

—Cuídate el costado —dijo—. La herida tira si haces tonterías. Nada de partirle el brazo a nadie mientras no esté yo para coserte.

—No prometo nada.

—Ya. Por eso lo digo.

Y se dio la vuelta, porque sabía, igual que lo sabía yo, que si no se daba la vuelta en ese momento no se iba a ir nunca, y que de los dos era ella la que tenía que dar el paso, porque siempre era ella.

Subió a la pasarela con mi capa puesta y la espalda muy recta. No se volvió. Yo le agradecí que no lo hiciera, porque no sé qué cara habría puesto yo, y porque las despedidas que se alargan no son más valientes, solo más agónicas.

Soltaron amarras. El barco se separó del embarcadero despacio, lo mismo que había atracado el de Aldric el día anterior, sin prisa, con esa calma del mar que se lleva las cosas como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Lo vi cruzar el fiordo, entre las dos paredes de roca, hacerse pequeño, y en algún momento la figura de Edith en cubierta dejó de ser Edith para ser solo una mancha oscura con mi capa, y luego ni eso.

La niebla de la mañana se cerró sobre la boca del fiordo, igual que se había abierto el día que ella llegó.

Y yo me quedé en la orilla.

El mismo sitio. La misma roca. Solo que aquella vez, doce años atrás, había sido yo el que entraba por esa boca en un barco, joven y sin nada que perder, y ahora era yo el que se quedaba en tierra viendo marcharse lo único que había encontrado que valía la pena perder.

Me quedé hasta que ya no hubo nada que mirar.

Hasta que los hombres del fiordo recogieron sus cosas y volvieron a sus casas y el embarcadero se quedó vacío y solo seguía allí el bruto de Gunnar, de pie, con una pluma mordida apretada en la mano y sin capa, pasando el primer frío del año entero que tenía por delante.

Y por una vez no me importó el frío. Porque el frío se pasa. Y un año, aunque no lo pareciera aquella mañana, también.