La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 15
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Capítulo 15

El barco de Aldric zarpaba al amanecer, así que aquella era la última noche, y los dos lo sabíamos sin necesidad de decirlo.

Cenamos las gachas de siempre, las que ella seguía sin saber hacer y yo seguía haciendo, y hablamos de tonterías, del viaje, de si el mar estaría calmo, de a quién le dejaría yo el arcón de los pergaminos para que no criara polvo otro invierno entero.

Hablamos de todo menos de lo único que pesaba en la casa, que era que a la mañana siguiente uno de los dos no iba a estar.

Edith comía despacio, sin hambre, y yo la miraba comer y pensaba que llevaba meses mirándola comer y que iba a echar de menos hasta eso, hasta la manera que tenía de soplar la cuchara aunque las gachas ya estuvieran frías.

—Vas a tener que aprender a hacértelas tú —dije, por decir algo.

—Voy a tener siervos que me las hagan. —Torció la boca—. Es lo único bueno de esto. Un año entero sin tocar un cuenco.

—Las harán mejor que yo.

—Ninguno las va a hacer mejor que tú, Gunnar. —Lo dijo sin levantar la vista, removiendo lo que le quedaba en el cuenco, y no estaba hablando de las gachas, y los dos lo sabíamos.

Recogió ella, que nunca recogía, y lo hizo despacio, como si alargar cada gesto fuera una manera de alargar la noche.

Yo me quedé junto al fuego trabajando un cuero que no necesitaba arreglo, porque tenía que hacer algo con las manos o me iban a delatar.

Fuera no nevaba ya. El invierno se estaba acabando, y con él se acababa todo lo demás.

Cuando terminó de fregar, no se fue tras la cortina. Se quedó de pie, junto al fuego, mirándome.

—No quiero dormir esta noche —dijo—. Me parece un desperdicio. Tengo todo un año por delante para dormir sola.

Dejé el cuero. La miré. Y vi en su cara lo mismo que llevaba toda la cena tragándome yo: que un año es mucho tiempo, que el mar es ancho, que la gente que se va con la promesa de volver no siempre vuelve, y que ninguno de los dos quería pasarse ese año entero con un solo beso de madrugada y una herida de por medio como único recuerdo de lo que había entre nosotros.

—Edith.

—No me digas que no es buena idea. —Dio un paso hacia mí—. Llevo media vida sin que nada fuera buena idea y haciéndolo igual. Y esto, por una vez, sí lo es. Lo único que pasa es que tengo miedo de decírtelo y que pongas tu cara de piedra y me mandes a la cama como a una cría.

—No iba a mandarte a la cama.

—¿No?

—No.

Me levanté. Estábamos los dos de pie junto al fuego, a un paso, y por una vez en toda mi vida no me acordé de Ingrid, ni de la casa fría, ni de la tumba, ni de ninguna de las razones que llevaba doce años poniéndome para no querer nada.

Solo me acordé de que a la mañana siguiente iba a verla subir a un barco.

Le aparté el pelo de la cara con la mano que no me temblaba, porque la otra sí lo hacía.

—Si lo hacemos —dije—, mañana va a ser peor.

—Mañana va a ser igual de malo lo hagamos o no.

—Me puso la mano en el pecho, sobre el corazón, que iba más deprisa de lo que me convenía reconocer—.

La diferencia es que, si lo hacemos, este año me lo paso recordando algo.

Y si no, me lo paso recordando que no me atreví.

Y de las dos, prefiero la primera, Gunnar. Con mucha diferencia.

No dije nada más, porque por una vez las palabras sobraban de verdad, y no por cobardía.

La besé. Esta vez no había heridas de por medio, ni sangre, ni hombres tendidos en el suelo, ni miedo a que alguien entrara.

Solo estábamos ella y yo, el fuego y aquella última noche.

La besé despacio al principio, y después ya no tanto.

Y ella me devolvió el beso con esa intensidad suya de entregarse por completo a todo lo que hacía: igual que leía, igual que discutía, igual que vivía.

Le solté el pelo y se le vino abajo sobre los hombros. Ella me sujetó la cara entre las manos, aquellas manos pequeñas manchadas de tinta que me habían cosido el costado semanas atrás. Me recorrieron despacio, como si quisiera guardarse mi cara para cuando yo ya no estuviera allí.

Yo hice lo mismo.

La miré y la toqué sin prisas. Durante todo el invierno había procurado no pensar demasiado en ella, no fijarme en ciertas cosas, no permitirme querer más de lo que podía tener. Aquella noche ya no quedaba nada que fingir.

—No tengas tanto cuidado —murmuró contra mi boca, con una sonrisa en la voz—. No soy frágil, ni una desconocida.

Lo dijo sin apartarse, con la frente pegada a la mía y la respiración ya distinta.

Y no la traté como a una desconocida. La traté como a Edith.

Como a la mujer que había llegado a mi casa por culpa de una mala decisión mía y que, de algún modo, había acabado formando parte de mi vida. La que era capaz de leerme mejor de lo que me gustaba admitir. La que me había obligado a decir verdades que llevaba demasiado tiempo guardándome.

Ya no quedaba nada por esconder. Ni lo de Hrolf. Ni la boda. Ni Ingrid. Solo estábamos nosotros.

Después nos quedamos junto a las brasas. Ella apoyó la cabeza en mi pecho y yo me entretuve pasando los dedos por su pelo. La casa crujía de vez en cuando con el frío de la noche. Más allá, llegaba el ruido del agua contra la orilla.

Faltaban pocas horas para el amanecer. Los dos lo sabíamos, pero ninguno habló de ello. Habíamos decidido regalarle aquella noche al día siguiente, y mientras no lo nombráramos parecía que todavía nos pertenecía.

—Gunnar —dijo al cabo, en voz muy baja, cuando ya creía que se había dormido.

—¿Qué?

—Cuando vuelva... —Se tomó unos segundos—. Voy a volver. Que te quede claro, por si te da por ponerte trágico en mi ausencia y convencerte de que no lo haré. Voy a volver, y cuando lo haga, esta casa no vas a estar solo nunca más. Se acabó. Doce años son suficientes.

No le contesté con palabras. La apreté un poco más fuerte contra mí, que era mi manera de decir las cosas cuando las palabras no me salían, y ella lo entendió, porque a esas alturas ya me conocía mejor que a sus escritos.

Y así, sin decirlo, nos quedamos hasta que el fuego fue solo rescoldo y por la rendija de la puerta empezó a colarse, despacio, gris, la primera luz de la peor mañana de las dos vidas.