La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 14
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Capítulo 14

La sala de Hrolf olía igual que siempre, a humo y a perro mojado, pero aquella mañana también olía a mar reciente y a la piel oscura de la capa de Aldric, que ocupaba el banco de invitados con sus seis hombres detrás como si llevara toda la vida esperando a que el mundo le diera la razón.

Hrolf estaba en su trono. Yo, junto a la pared, donde me había dicho Edith que me quedara. Edith, en el centro, de pie, sin que nadie se lo hubiera pedido, en el único sitio desde el que podía hablar a los dos a la vez sin darle la espalda a ninguno.

Empezó Aldric, que era el ofendido y tenía ese derecho.

Habló despacio. Dijo que había prometido a su hija para sellar una alianza y que en cambio le habían devuelto una carta de disculpa y una propuesta que no le había pedido a nadie.

Dijo que un error tan grosero deshonraba su nombre, que la palabra dada se había roto, y que ningún jarl que se respetara podía dejar pasar algo así sin respuesta.

Hrolf escuchó con las manos sobre los brazos del trono y la cara de quien mastica algo duro sin decidir todavía si lo va a tragar o lo va a escupir.

Cuando Aldric terminó, Hrolf habló. Reconoció el error, que ya era mucho viniendo de él, y ofreció lo que había acordado con Edith: un año de sus servicios, una lectora al servicio de la casa de Aldric como compensación por el tiempo perdido y la alianza mal gestionada.

Lo dijo con la sequedad de quien paga una deuda justa pero no se alegra de pagarla.

Aldric escuchó. Miró a Edith. Luego miró a Hrolf.

—Una lectora —repitió—. Me mandas a una mujer con letras a cambio de un año de mi hija en tierra extraña.

—Te mando a la única persona en doscientas millas capaz de leer lo que te escriben tus enemigos antes de que lleguen a pegarte fuego —dijo Hrolf, y en su voz había algo que no era exactamente orgullo, pero se le parecía—. Haz con eso lo que quieras.

El silencio que vino después fue el de dos hombres calculando.

Aldric miraba a Edith con esa atención que ya le había visto en el embarcadero, la de quien evalúa sin dar todavía su veredicto.

Y Edith aguantó la mirada, quieta, con las manos recogidas delante, sin la menor intención de ayudarle a decidir.

Fue entonces cuando habló ella, y no lo hizo porque se lo pidieran.

—Hay una cosa… —dijo, con esa voz suya de quien pone sobre la mesa la ficha que alguien tenía escondida—.

Aldric, en las cartas que lleváis meses mandando a Hrolf hay algo que no cuadra.

Hasta el verano pasado escribíais sobre vuestra hija con normalidad: cuándo iba a viajar, qué condiciones traía, qué esperabais de la alianza.

Y luego, de golpe, dejáis de mencionarla.

No una vez, sino en todas las cartas que siguieron.

Como si hubiera dejado de existir para el papel.

—Hizo una pausa—. Los hombres solo dejan de escribir sobre algo cuando ese algo les pesa demasiado, o cuando no quieren que nadie sepa que lo han perdido.

Aldric no se movió, pero algo le cambió en la cara. Solo un momento, lo justo para que yo lo viera y para que Edith, que no le quitaba los ojos de encima, lo viera también.

—¿Qué estáis diciendo? —dijo, con una voz que había bajado varios grados.

—Que vuestra hija no está en el sur esperando a cruzar el mar. —Edith no retrocedió ni un paso—. No sé dónde está. Pero vos tampoco, y lleváis meses sin poder escribirlo porque no podéis permitiros que vuestros enemigos lo sepan. Eso es lo que pone en esas cartas, aunque no lo ponga con palabras.

Aldric guardó silencio un tiempo largo. Luego miró a Hrolf, que tenía la cara de quien acaba de entender que su lectora acaba de hacer algo que él no había visto venir. Luego volvió a mirar a Edith.

—Un año —dijo—. Y acceso a mis papeles.

—Eso es lo que pido.

—Y si en ese año me entero de que me has mentido en una sola cosa, me da igual lo que hayas leído.

—Entendido. —Y luego, más tranquila—. Y si lo que hay en esos papeles os lleva a lo que buscáis, el trato queda saldado antes de que se cumpla el plazo.

Eso no estaba en ningún acuerdo previo. Ni Hrolf ni yo lo sabíamos, y los dos lo notamos al mismo tiempo, porque Hrolf apretó los brazos del trono un momento y Aldric se quedó muy quieto, calibrando. Pero ninguno dijo nada, porque la oferta era buena y los dos lo sabían.

La reunión terminó sin grandes palabras, que es como terminan las buenas reuniones. Aldric se levantó, Hrolf se levantó, se dijeron las cortesías de rigor y salieron los hombres de uno y otro lado a preparar lo que había que preparar para el día siguiente, que era cuando Aldric quería zarpar.

Yo me quedé en la sala.

Edith también.

Hrolf nos miró a los dos desde el umbral, con esa cara de viejo que ya no se sorprende de nada pero que guarda las cuentas.

—Lectora —dijo, sin volverse del todo—. Has hecho bien esta mañana.

Y se fue, que era lo más parecido a un abrazo que Hrolf iba a dar en lo que le quedaba de vida.

Nos quedamos solos en la sala vacía, con el humo y el olor a perro mojado y la luz de la mañana entrando torcida por el hueco de la puerta.

Edith no se volvió enseguida. Se quedó mirando el trono vacío de Hrolf, como si todavía estuviera repasando mentalmente la reunión, buscando el error que no había cometido.

—Lo de las cartas —dije—. No lo teníamos acordado.

—No.

—¿Lo crees de verdad, que hay algo en esas cartas?

Se volvió. Tenía la cara de cuando resolvía un pergamino difícil, esa concentración suya que dejaba poco sitio para cualquier otra cosa.

—Su hija desapareció hace meses. Eso lo sé porque en las cartas del verano la menciona con normalidad, fechas, condiciones, lo que traía para la alianza, y luego de golpe deja de aparecer.

Ni una palabra. Y un padre no deja de escribir sobre su hija a menos que no pueda permitirse que nadie sepa que la ha perdido.

—Hizo una pausa—. Lo que no sé es dónde está ni qué pasó.

Pero él sí lo sabe, o al menos sabe más de lo que ha dicho aquí dentro, y esa cara que ha puesto cuando le he mencionado las cartas no era sorpresa.

Era la cara de alguien al que le desconcierta que otro haya visto lo que él creía bien escondido.

—O sea que hay algo.

—Sí. Y si está en sus papeles, lo encuentro. —Hizo una pausa—. En cualquier caso no he mentido.

—Tú no mientes nunca.

—Omito —le corregí—. Que es distinto y bastante más útil.

Me reí, y ella también, y por un momento fue como cualquier otra mañana del invierno, los dos en una sala con un problema recién resuelto y otro esperando a la vuelta. Pero no era una mañana cualquiera, y los dos lo sabíamos.

—Mañana —dije.

—Mañana.

No había más que decir, y sin embargo ninguno de los dos se movió todavía, como si la sala vacía fuera lo último que quedaba entre este día y el siguiente, y moverse fuera a romperlo.

Fue ella la que dio el primer paso hacia la puerta, porque siempre era ella.

—Gunnar —dijo, sin volverse—. Lo que dijiste en el embarcadero esta mañana. Que habías traído el desastre.

—Sí.

—Ese desastre fue el mejor invierno de mi vida. Por si no lo habías notado.

Y salió, y la luz de fuera se la tragó, y yo me quedé un momento más en la sala, con esa frase dándome vueltas, que era la más honrada que le había oído decir en todos esos meses, y también la más dolorosa, porque me la decía el día antes de irse.