La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 13
62%

Capítulo 13

El barco de Aldric atracó despacio. Eran buenos marineros, eso se notaba desde la orilla: sin aspavientos, sin voces innecesarias, encajaron el casco contra el embarcadero con un golpe sordo y preciso.

Luego bajó la pasarela. Luego bajaron los hombres, seis, con las manos libres pero las espadas en el cinto. Luego bajó él.

Aldric era más bajo de lo que yo me había imaginado.

Bajo y ancho, con el cuello de un toro viejo y unos ojos pequeños que no se posaban en nada por accidente.

Llevaba una capa de piel oscura que debía de costarle más que mi barco, y andaba como andan los que llevan décadas siendo los más temibles de la sala: sin prisa, mirando de frente, esperando que el mundo se apartara.

Se apartó. Nuestros hombres abrieron paso sin que nadie se lo pidiera, y Aldric cruzó el embarcadero con esos seis sombras detrás hasta plantarse a tres pasos de nosotros.

Nos miró. A mí me miró un segundo. A Edith le dedicó el doble.

—Tú eres la lectora —dijo. No era una pregunta.

—Soy Edith —dijo ella—. Y sí.

Aldric se tomó un momento antes de responder. Tenía la expresión de un hombre que llevaba nueve días en un barco repasando una conversación y que, al llegar a tierra, descubría que nada iba a salir como había previsto.

—La carta de Hrolf la leí tres veces —dijo—. La primera me dio rabia. La segunda me pareció astuta. La tercera me pregunté quién la había escrito de verdad.

—La escribimos los dos —dijo Edith—. Él ponía las palabras. Yo las ordenaba.

Aldric soltó un resoplido que estuvo cerca de ser una risa. Luego volvió a mirarme.

—Y tú eres el que metió la mano en el cuarto equivocado.

—Yo soy Gunnar. —No añadí nada más, que Edith me había dicho quédate callado y pensaba cumplirlo.

—Gunnar. —Lo repitió con el mismo cuidado que ella le había dado a mi nombre la primera noche en el barco, pero sin la calidez—. ¿Sabes el lío en el que has metido a dos jarls por contar mal unas puertas?

Antes de que yo pudiera contestar, Edith dio un paso al frente. Pequeño. Suficiente para quedar entre los dos.

—No la he buscado yo, pero he leído todo lo que vuestra casa y la de Hrolf se escribieron sobre el pacto —dijo Edith—.

Sé lo que se acordó, sé lo que se prometió y sé lo que salió mal.

El hombre que cruzó el mar a buscar a vuestra hija se equivocó de cuarto y me sacó a mí, que dormía en el de al lado copiando libros.

Eso es todo lo que hubo: un error, no una traición.

—Hizo una breve pausa—. No es una excusa, ya lo sé.

Pero me ha parecido usted de los que prefieren una verdad incómoda a una mentira, y prefiero empezar por ahí.

El silencio que siguió se prolongó unos instantes.

Aldric tenía los ojos clavados en Edith con una expresión que no supe descifrar del todo.

Había rabia, sí, pero también algo más. No era sorpresa exactamente, aunque tampoco le faltaba.

Parecía más bien un hombre acostumbrado a escuchar solo una parte de las historias y que acababa de descubrir la otra.

Guardó silencio, sin dejar de mirarla, como quien sopesa si una respuesta tan limpia puede ser verdad.

Aldric me miró otra vez. Yo me estuve quieto, que para eso sirvo.

—¿Sabes dónde está mi hija? —me preguntó.

—No. Sigmund me dio un cuarto y una descripción. La descripción encajaba. El cuarto era el equivocado.

—¿Y Sigmund?

—Muerto. —Antes de que preguntara—: No por mi mano. Murió antes de que yo volviera a buscarlo. A lo mejor fue casualidad. A lo mejor no.

Aldric respiró hondo, una vez, y miró el fiordo. Las paredes de roca, el agua oscura, el humo de la aldea. La misma vista que yo le había descrito a Edith en palabras distintas el primer día que entramos.

—La mandé al monasterio para tenerla a salvo hasta la boda —dijo, sin apartar los ojos del agua—.

Y resulta que un hombre del norte se cuela de noche, se equivoca de cuarto y me trae aquí a una copista en lugar de a la mujer que yo había prometido.

—Apretó la mandíbula—. ¿Sabes lo que es para un jarl que le devuelvan su palabra rota envuelta en una carta de disculpa?

Cruzo el mar a ver con mis propios ojos qué clase de fiordo me ha tomado por tonto, y me encuentro con que la única que dice algo con sentido es la mujer equivocada.

Se giró hacia Edith.

—En la carta, Hrolf ofrece un año de tus servicios como compensación.

—Así es.

—¿Y tú?

Edith lo sostuvo la mirada sin parpadear.

—Yo ofrezco lo mismo que dice la carta. Un año. Cuatro lenguas. Todo lo que pase por el papel de su casa, yo lo leo y lo entiendo. —Una pausa—. Y más cosas de las que un hombre cree que dicen sus propios papeles, si sé mirarlos bien.

Fue el último anzuelo y los dos lo sabíamos. Aldric también, porque cerró la boca despacio, como quien guarda algo que iba a decir y decide que ya no hace falta.

—Quiero hablar con Hrolf —dijo al fin.

—Está esperando —dije yo.

Aldric asintió una vez, se ajustó la capa y echó a andar hacia la aldea. Sus seis hombres lo siguieron. Nosotros fuimos detrás, Edith a mi lado, y cuando los tuve bastante lejos bajé la voz.

—Ha ido bien —dije.

—Todavía no. —Edith miraba la espalda ancha de Aldric con la concentración de quien no puede permitirse el alivio todavía—. Ha ido bien el embarcadero. Queda Hrolf. Queda la sala. Queda todo lo que va a decir cuando no estemos delante.

—Pero ha escuchado.

—Ha escuchado. —Por fin torció un poco la boca—. Que es más de lo que esperaba.

Llegamos a la casa de Hrolf con el sol ya alto y la aldea entera mirando desde las puertas con esa discreción fingida de quien no quiere perderse nada.

Aldric no les prestó atención. Yo tampoco.

Solo me fijé en Edith. Había cruzado aquel mismo embarcadero en otoño sin saber nada del norte y con las manos manchadas de tinta.

Ahora caminaba entre aquella gente como si siempre hubiera sabido moverse allí.

No era el sitio donde yo quería verla. Pero era el sitio que ella había ganado.