La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 12
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Capítulo 12

El invierno se rompió de un día para otro, como se rompe todo en el norte.

Una mañana el hielo del fiordo crujió, gimió como un animal viejo y empezó a abrirse en grietas largas que se llenaron de agua negra.

Para el mediodía ya bajaban témpanos hacia el mar abierto, y supe que la primavera había llegado y que, con ella, llegaba todo lo demás.

Llevábamos semanas sabiéndolo. La herida del costado se me había cerrado bien, gracias la costura de Edith, y solo me quedaba una cicatriz tirante que me recordaba aquella noche cada vez que respiraba hondo.

Knut seguía en el fiordo, porque Hrolf no lo había desterrado ni castigado; un jarl no encierra a su único heredero por una acusación que, al fin y al cabo, había resultado medio cierta.

Lo tenía vigilado, eso sí, y Knut se movía con prudencia.

Pero seguía allí. Esperando. Como espera el lobo a que la presa se canse.

Y Edith no había encontrado la salida.

No por falta de cabeza, sino porque no la había.

Lo habíamos hablado mil noches junto al fuego, dándole vueltas a cada posibilidad, y todas terminaban en el mismo muro: en cuanto Aldric pusiera el pie en la orilla y viera a Edith, sabría que no era su hija, y entonces no habría lectura ni consejo ni utilidad que valieran.

Habría un jarl ofendido, una alianza rota y un fiordo en ridículo. Y alguien tendría que pagarlo.

—Solo se me ocurre una cosa —dijo Edith una de aquellas noches, y por el tono supe que no le gustaba—. Pero es mala.

—Dila igual.

—Que Hrolf se adelante. Que le confiese a Aldric la verdad por carta, antes de que su barco asome por el fiordo y lo descubra por su cuenta.

—Se frotó los ojos, cansada—. Aldric va a enterarse del error sí o sí, eso no lo podemos evitar.

Lo único que podemos elegir es cómo se entera.

Si lo lee en una carta de Hrolf, escrita de buena fe y con una compensación por delante, es un error entre jarls que se arregla entre jarls.

Si lo descubre él solo, al llegar y ver que la mujer que Hrolf tiene por la hija de Aldric es una copista a la que nadie había visto en su vida, es una burla.

Y las burlas, entre hombres como ellos, se pagan con sangre.

—A Hrolf no le va a gustar dar el primer paso. Parece debilidad.

—A Hrolf no le gusta nada de todo esto, ya lo sabes. Lleva semanas tragándoselo desde que tú confesaste delante de toda la sala. —Edith encogió un hombro—. Pero ya está metido hasta el cuello, igual que nosotros. La cuestión no es si queda bien. Es si queda vivo. Y el fiordo con él.

Llevamos la idea a Hrolf al día siguiente.

No tuvimos que explicarle quién era Edith en realidad, porque eso lo sabía de sobra desde aquella mañana en su casa; lo que le llevábamos era el cómo, la manera de que el error no le estallara en la cara el día que Aldric pisara la orilla.

La escuchó en silencio, rumiándola como rumiaba todo, con los ojos fijos en el fuego y las manos quietas sobre las rodillas.

Cuando Edith terminó, tardó un buen rato en hablar.

—Llevo muchos años siendo jarl de este fiordo —dijo al fin—.

Y en todos estos años he aprendido que un hombre se libra de casi todo menos de la verdad.

La verdad siempre llega. Lo único que uno elige es si llega de su mano o de la del enemigo.

—Miró a Edith—. Eso me lo has enseñado tú este invierno, leyéndome cartas.

Yo lo callé contigo cuanto pude, y mira de qué me sirvió: para que me lo escupiera Knut en mi propia casa.

No pienso repetir el error con Aldric. Así que escribe.

Pero lo escribes como yo te diga, palabra por palabra, que una cosa es confesar un error y otra muy distinta es arrodillarse.

Un jarl no se arrodilla ni cuando pide perdón.

Edith escribió. Tardaron tres días entre los dos, ella con la pluma y Hrolf dictando y corrigiendo, discutiendo cada frase como discuten un viejo testarudo y una mujer que es más testaruda todavía.

La carta que salió de allí era una pequeña obra maestra: confesaba el error sin humillarse, lo presentaba casi como un golpe de suerte del destino, y proponía sellar la alianza igual, con la hija verdadera, ofreciendo a cambio algo que ningún otro jarl del norte podía ofrecer.

Una lectora. Una mujer capaz de leer y escribir en cuatro lenguas, al servicio de la casa de Aldric durante un año entero como gesto de buena fe, para que el jarl del sur tuviera ojos en los papeles de sus propios enemigos.

Cuando Edith leyó esa parte en voz alta, me quedé helado.

—Eso te manda lejos —dije, en cuanto Hrolf nos dejó solos—. Un año. Al sur. Con Aldric.

—Lo sé.

—Lo has escrito tú.

—Lo he escrito yo. —Dejó la pluma y me miró, y no había ni rastro de broma en su cara—.

Era la única ficha que nos quedaba por jugar, Gunnar.

Mi valor es lo único que mantiene esto en pie.

Si lo ofrezco, Aldric tiene un motivo para perdonar el error en vez de vengarlo.

Si no lo ofrezco, solo tiene el motivo de la ofensa.

—Tragó saliva—. No quiero irme. Que quede claro.

No quiero. Pero entre irme un año y que te cuelguen a ti, prefiero irme.

No supe qué contestar. Llevaba todo el invierno aprendiendo a quererla y, justo cuando por fin podía hacerlo sin barreras, ella había encontrado la manera de ponerse la mayor de todas: medio mar de distancia y un año entero.

—A lo mejor Aldric dice que no —dije, sin creérmelo.

—A lo mejor. —Edith volvió a coger la pluma—. Pero los hombres como Aldric nunca dicen que no a un par de ojos gratis. Lo sé porque me he pasado la vida copiando las cartas de los hombres como Aldric.

El barco de Aldric apareció en la boca del fiordo nueve días después, cuando el mar ya estaba limpio de hielo. Lo vimos desde la orilla, un casco oscuro creciendo entre la niebla de la mañana, y a mi lado sentí a Edith ponerse tensa, recta, lista para la peor mañana de las dos vidas.

—Pase lo que pase ahí dentro —me dijo, sin apartar los ojos del barco—, prométeme una cosa.

—Lo que sea.

—Que no vas a hacer ninguna tontería de las tuyas.

Nada de meterte en medio de cuchillos, nada de partirle el brazo a nadie.

Hoy no se gana con el hacha. Hoy se gana con la cabeza, y la cabeza la pongo yo.

—Por fin me miró, y le había vuelto media sonrisa, aunque temblona—.

Tú quédate guapo y callado, que para eso sirves.

—Eso sé hacerlo.

—Lo sé. Es lo único que sabes hacer sin estropearlo.

Y con esa broma, la última antes de la tormenta, echamos a andar hacia el embarcadero, hacia Aldric, hacia la verdad que por fin venía a cobrarse lo suyo.

El barco crecía. La niebla se abría. Y yo, que había cruzado aquel mismo mar un otoño a robar a una princesa, esperaba ahora en la orilla a que llegara el padre de la princesa que no me había llevado, con una copista al lado a la que empezaba a querer más que a mi vida y a la que iba a perder de una manera o de otra antes de que terminara el día.