La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 11
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Capítulo 11

De nuevo Edith acertó. Knut no volvió a usar palabras. Seis noches después de aquella escena en la casa de Hrolf cambió la lengua por el hierro, y eligió la madrugada para hacerlo, cuando el fiordo dormía y hasta los perros se habían callado.

Pero no vino él en persona, que era demasiado listo para mancharse las manos.

Vinieron tres hombres que no eran del fiordo, y lo supe en cuanto oí el primer paso mal dado en la nieve, porque los hombres del fiordo conocen de sobra dónde cruje el hielo junto a mi casa y aquellos no.

Eran mercenarios, comprados con la plata del sur, la misma con la que Knut pensaba comprarse el fiordo entero el día que se deshiciera de su tío; pero antes de Hrolf tenía que quitarme a mí de en medio, que era el escudo de la lectora, y de paso a ella, que era la lengua capaz de hundirlo.

Dormía vestido desde hacía días, y eso me salvó. Cuando la puerta cedió, yo ya estaba de pie con el cuchillo en la mano y la espalda contra la pared del fondo.

—Edith, detrás de mí. Ahora.

Salió de detrás de la cortina y entendió la escena en lo que otro tarda en parpadear.

No gritó ni preguntó nada; se puso detrás de mí, contra la pared, exactamente donde le había dicho, y que en el peor momento de todos hiciera caso sin discutir, ella que discutía hasta el amanecer, me dijo lo asustada que estaba.

Una casa larga es estrecha, y tres hombres no caben de frente en el pasillo que va del fuego a los bancos, así que tuvieron que venir de uno en uno, y de uno en uno yo era mejor que cualquiera de ellos.

El primero lo aprendió enseguida y no le sirvió de nada.

El segundo lo intentó con más cabeza, fintó y buscó mi costado, pero le di con el mango en la cara y con el filo en lo que vino después.

El tercero, que había visto caer a los otros dos, dudó, y al que duda en una pelea ya no le da tiempo a nada más.

Pero hasta el mejor cae si le entran por donde no está mirando, y mientras yo despachaba al tercero, el segundo, al que no había rematado del todo por culpa de las prisas, se levantó del suelo con un cuchillo corto y fue a por lo que tenía más cerca, que no era yo. Era Edith.

No lo pensé. Me metí en medio, y el cuchillo que iba para ella me entró a mí, en el costado, justo debajo de las costillas.

Sentí frío primero y calor después, de esa manera en que el cuerpo tarda un momento en entender que lo han abierto.

Le partí el brazo al hombre antes de que pudiera sacarlo y le quité las ganas de todo lo demás con el codo.

Cayó, y esta vez no se levantó, y la casa se quedó de pronto en silencio, con los tres en el suelo y yo todavía de pie, con la mano apretada contra el costado y la sangre escapándoseme entre los dedos más deprisa de lo que me habría gustado ver.

—Gunnar. —La voz de Edith. No la reconocí del todo, porque nunca la había oído sonar así.

—Estoy bien —dije, aunque no lo estaba.

—No estás bien, estás sangrando como un cerdo en la matanza. Siéntate. Siéntate, maldita sea, que no puedo contigo si te me caes.

Me senté, o más bien me dejé caer en el banco, porque las piernas habían empezado a opinar por su cuenta. Edith ya me estaba arrancando la camisa de alrededor de la herida, con las manos rápidas y la cara muy pálida pero los dedos firmes, firmes como cuando leía.

—No es profunda —dijo, más para ella que para mí—. No te ha tocado nada de dentro. Te ha abierto, no te ha vaciado. Vas a vivir, ¿me oyes?, así que ni se te ocurra ponerte dramático ahora.

—No me pongo dramático.

—Te has metido en medio de un cuchillo. Es lo más dramático que he visto en mi vida, y he leído sobre santos que se dejaron asar vivos.

Sacó del saco una aguja y un hilo, hilo de coser pergaminos y aguja de encuadernar.

—¿Y tú sabes hacer eso? —pregunté.

—Llevo media vida cosiendo lomos de libros. La piel no puede ser muy distinta. —Acercó la aguja a la llama de la lámpara—. Es broma. No del todo. Cállate y aguanta.

Y me cosió, allí mismo, en mitad de la noche, con tres hombres en el suelo y la nieve colándose por la puerta rota, una copista del sur cosiéndome el costado con hilo de encuadernar libros, mordiéndose el labio, parándose cada vez que me tensaba y hablándome todo el rato de cualquier cosa, de santos asados, del obispo del vino agrio, de lo mal que removía yo las brasas, no porque viniera a cuento, sino porque sabía, sin que nadie se lo hubiera enseñado, que una voz a la que agarrarse hace que duela menos.

Cuando terminó, había cosido bien, apretado y parejo, con esas manos suyas acostumbradas a hacer cosas pequeñas con cuidado.

—Ya está —dijo. Y entonces, solo entonces, cuando ya no quedaba nada urgente que hacer con las manos, le empezaron a temblar las dos. Se las metió en el regazo para que yo no las viera, pero ya las había visto.

—Edith.

—No digas nada.

—Te ha entrado el miedo ahora, cuando ya ha pasado.

—Te he dicho que no digas nada. —Tenía los ojos brillantes y la voz tirante—.

Te has metido en medio de un cuchillo. Por mí.

¿En qué cabeza cabe? Si te llega a entrar un dedo más adentro, ahora estarías muerto en mi regazo y yo aquí, en el fin del mundo, sin ti, rodeada de gente que no es la mía, por culpa de un hombre que no sabe ni dejarse rescatar como Dios manda.

—No iba a dejar que te tocaran.

—¡Pues haber dejado que me tocaran un poco! ¡Un corte se cose! ¡Tú muerto no se cose, Gunnar!

Y se le quebró la voz en mi nombre, se llevó la mano a la boca, y por primera vez desde el monasterio, desde el barco, desde todo, Edith, que tenía respuesta para cada cosa y no le temía a nada, se echó a llorar, bajito, conteniéndolo, furiosa consigo misma por estar haciéndolo.

Levanté la mano, la que no me dolía, y le acaricié el pelo. Con torpeza, porque esas cosas nunca se me han dado bien. Ella no se apartó. Se quedó allí, con mi mano entre sus cabellos y las lágrimas corriéndole por la cara. Y fue entonces cuando más cerca estuve de otra persona en doce años.

—No me voy a morir —dije en voz baja—. Una vez falté cuando más falta hacía. Cuando regresé, solo encontré una casa fría y una tumba. No otra vez. No voy a dejarte sola en el fin del mundo. Te lo prometo. Y yo cumplo mis promesas.

—No conozco a nadie a quien preguntarle si eso es verdad —dijo, entre lágrimas y medio riéndose—. Esa es justo la cuestión, idiota. Solo te tengo a ti.

Y ahí estaba, por fin dicho. Sin esconderlo detrás de una broma. Sin mirar al fuego. Dicho a la cara y entre lágrimas, en el peor momento posible, que resultó ser el único en el que los dos fuimos lo bastante valientes —o lo bastante imprudentes— para hacerlo.

Solo te tengo a ti.

Y esta vez no había ningún Hrolf de por medio, ni ninguna promesa hecha a otro hombre.

Ella no era de Hrolf, ni de Aldric, ni de ningún jarl.

Era Edith. Bastarda, copista y libre, quizá por primera vez en su vida.

La barrera que me había impedido quererla en el hielo ya no existía.

Solo quedaba la otra: la mía. La de Ingrid. La de la casa fría y la tumba.

Y esa, por una vez, decidí no escucharla.

La besé. Despacio, con cuidado, porque estaba abierto en canal y ella temblando, pero la besé, y ella me devolvió el beso con la cara mojada de lágrimas y las manos todavía manchadas de mi sangre, y por un momento desaparecieron el frío, y la guerra, y Knut, y Aldric, y la primavera que venía derecha a por nosotros.

Por un momento solo estábamos los dos, vivos y juntos, del mismo lado por fin de todas las mentiras.

Cuando nos separamos, apoyó la frente en la mía.

—Has tardado un invierno entero —murmuró.

—Tenía mis motivos.

—Lo sé, los he vivido contigo todos. —Sonrió, cansada—. Pero que conste que el primer beso me lo debías desde el hielo, y has tenido que dejar que casi te maten para cobrármelo. Eres el hombre más complicado que conozco.

—Y tú la mujer más rara.

—Eso ya me lo dijiste la primera noche, en mi cuarto, con un cuchillo en la cara.

—Y lo mantengo.

Fuera, en algún rincón de la aldea, un perro empezó a ladrar, y luego otro, y la noche empezó a romperse.

Pronto habría que explicar tres muertos, señalar a Knut y prepararse para todo lo que llegara con el deshielo.

Pero eso era cosa de después. En aquel momento solo estábamos ella y yo, vivos los dos, y por una vez en mi vida no quise estar en ningún otro sitio del mundo, ni en ningún otro invierno, ni con ninguna otra persona.

Había cruzado el mar a por una princesa y me había traído por error a una copista bastarda que no sabía hacer gachas, que me había robado la capa, que me leía como a un pergamino y que acababa de coserme el costado con hilo de libros.

El mejor error de toda mi vida. Y solo era el principio, porque la primavera venía de camino, y con ella Aldric, y la novia verdadera, y todo lo que aún no teníamos ni idea de cómo íbamos a resolver.

Pero esa noche no. Esa noche nos la quedamos