Capítulo 10
Knut tardó nueve días en pasar de oler la grieta a saltar sobre ella, y lo sé porque los conté uno a uno, con el cuchillo cada noche un poco más cerca de la mano.
Pero no atacó por donde yo lo vigilaba. No vino a por mí de noche, que era lo que me temía y para lo que estaba preparado, sino que fue más astuto: fue a por la verdad, porque había entendido que la verdad, en sus manos, mataba mejor que cualquier hacha.
Empezó por el mensajero de Aldric, al que retuvo con vino y buenas palabras antes de que se marchara, y le fue sonsacando cómo era la hija del jarl.
Y la hija del jarl, según supimos después, era alta, rubia y de dieciséis años, mientras que Edith era pequeña, morena y le pasaba de diez.
No hacía falta saber leer para ver que algo no encajaba; solo hacía falta querer mirar, y Knut quería con todas sus ganas.
Una mañana, Hrolf me mandó llamar. Estaba en su trono, y a su lado, de pie, muy tieso, con cara de estar cumpliendo un deber doloroso, aguardaba Knut, que siempre ponía cara de deber justo cuando venía a hacer daño.
—Gunnar —dijo Hrolf—. Mi sobrino me trae una historia, y como en ella sales tú, vas a oírla a la cara. Habla, Knut.
—Tío —empezó Knut, con la voz cargada de una pena de mentira—.
Me cuesta decir esto, porque aprecio a Gunnar, aunque él no se lo crea.
Pero te aprecio más a ti, y a este fiordo.
—Suspiró, puro teatro—. Esa mujer que duerme en casa de Gunnar, la que llamas tu novia, la que va a sellar tu paz con Mercia, no es la hija de Aldric.
La sala se quedó muy quieta.
—El propio mensajero de Aldric me la ha descrito —continuó—.
Su hija tiene dieciséis años, es alta y rubia.
¿La has mirado bien tú, tío, a la que te ha traído Gunnar?
Pequeña, morena, con manos de escriba y una lengua que jamás tendría una doncella noble.
Sabe leer cuatro lenguas. Dime a qué hija de jarl crían para leer latín en lugar de para parir herederos.
—Abrió las manos—. Yo te lo diré: es una sierva.
Una copista salida de un monasterio. Y Gunnar lo sabe, lo ha sabido desde el principio.
Te ha estado engañando todo el invierno, haciéndote guardar y mimar a una impostora del sur, una mujer que habla la lengua de Wessex, que es nuestro enemigo, y que ha leído cada carta secreta que ha entrado en este fiordo.
—Bajó la voz para clavar el último clavo—.
Pregúntate por qué un hombre fiel te escondería una cosa así, tío.
Pregúntate qué le da esa mujer a Gunnar para que se juegue la cabeza mintiéndote por ella.
Y ahí estaba la jugada entera, preciosa en su maldad.
No me acusaba solo de un error, me acusaba de traición, de complot, de habernos vendido los dos a Wessex; y lo peor era que la mitad de lo que decía era verdad, porque Edith no era la novia, yo lo sabía y me lo había callado.
Sobre esa base cierta, Knut había levantado una mentira que nos colgaba a los dos.
Hrolf no dijo nada durante un rato muy largo. Me miró a mí, miró a Edith, a la que habían hecho traer y que aguardaba de pie junto a la puerta, pálida pero recta, y volvió a mirarme.
—¿Es cierto? —dijo, y su voz era la de antes de hacer daño—. ¿No es la hija de Aldric?
Podía mentir una última vez, negarlo todo y ganar un día más. Pero Edith me había enseñado, sin proponérselo, que las mentiras solo aplazan las cosas, y que llega un momento en que la única jugada que queda es decir la verdad por tu propia boca antes de que te la arranquen de cuajo.
—No lo es —dije.
Un murmullo recorrió la sala y la mano de Hrolf se cerró sobre el brazo del trono.
—Me equivoqué de cuarto —seguí, y me sorprendió oír mi propia voz salir firme—.
Entré a por la hija de Aldric y me llevé a la mujer que había en el cuarto que me indicaron, una copista, Edith.
No lo supe hasta hace poco, y ella menos todavía, porque ni siquiera sabía que la creíamos noble.
El error fue mío, de nadie más; ni de ella, que no eligió que la robaran, ni de Wessex, que no tiene nada que ver con esto por mucho que a Knut le convenga meterlo de por medio.
Lo del complot es mentira. Lo único cierto es que un hombre tuyo se equivocó de puerta, y ese hombre soy yo.
—Y lo callaste —dijo Hrolf, muy bajo.
—Lo callé. Al principio por miedo, y después porque, mientras la creyeras noble, estaba a salvo.
Y para entonces ya… —me detuve, porque aquello no pensaba decirlo delante de toda la sala—.
Para entonces ya respondía de ella, y no iba a entregártela para que la mataras por un error que había cometido yo.
El silencio era absoluto. Knut sonreía, convencido de que había ganado, y habría ganado de no ser porque Edith era Edith.
—¿Puedo hablar, señor? —dijo ella desde la puerta.
Hrolf hizo un gesto seco con la mano. Habla.
Edith avanzó hasta el centro de la sala. No suplicó ni lloró; hizo lo único que sabía hacer sin equivocarse, que era pensar en voz alta delante de quien tenía su vida en la mano.
—Knut tiene razón en una cosa, señor, y solo en una: no soy la hija de Aldric, soy una copista, una bastarda criada por monjes.
En todo lo demás miente, y voy a deciros cómo lo sé.
—Se volvió hacia él—. Knut dice que Gunnar y yo somos espías de Wessex.
Pensadlo bien, señor. Si yo fuera una espía de Wessex metida en vuestra casa para haceros daño, ¿os habría leído la carta del rey de Wessex tal como decía?
¿Os habría avisado de que esa boda os traía una guerra con el sur?
Una espía de Wessex os habría empujado a la boda, no os habría advertido contra ella.
Os leí esa carta y os dije la verdad que me hundía a mí, porque vuestro enemigo no era el mío.
Una espía no hace eso. Una espía se calla y deja que el enemigo de su rey camine derecho hacia el cuchillo.
—Levantó la barbilla—. Llevo todo el invierno leyéndoos el mundo, señor, y cada cosa que os he leído os ha hecho más fuerte, no más débil.
Miradme y decidme si eso es lo que hace quien os quiere mal.
Hrolf la miró largo rato, y yo vi en sus ojos viejos cómo la duda se inclinaba, despacio, hacia el lado bueno.
—No —dijo al fin—. No es lo que hace quien me quiere mal.
—Se volvió hacia Knut, y la voz le bajó varios grados de temperatura—.
Lo que hace quien me quiere mal, sobrino, es traerme verdades a medias envueltas en mentiras enteras para hundir al hombre que le estorba.
Que no sea la hija de Aldric es cierto; lo demás lo has puesto tú.
Y te has esforzado mucho, muchísimo, en que esa mujer caiga, demasiado para alguien a quien solo le importa el bien del fiordo.
—Entornó los ojos—. ¿Por qué te estorba tanto una copista, Knut?
¿No será porque, novia o lectora, mientras yo la tenga a mi lado tengo unos ojos que antes no tenía, y a un hombre con ojos cuesta más heredarlo deprisa?
Knut se quedó blanco. Abrió la boca, la cerró. Y Hrolf, que llevaba doce años leyendo a los hombres aunque no supiera leer una sola letra, había leído al suyo de cabo a rabo.
Pero Knut no era de los que caen en silencio. Era fuego mal tapado, y el fuego, cuando lo acorralan, no se rinde: salta.
—Viejo sentimental —escupió, y ya no quedaba ni rastro de sonrisa, solo la voz de verdad, la que escondía debajo de todas las demás—.
Te ha embrujado una sierva con cuatro frases en latín.
Pues quédatela. Quédate a tu lectora y a tu guerrero mentiroso.
Pero cuando Aldric llegue en primavera y vea que en lugar de honrar a su hija le habéis robado a una copista, no será a mí a quien culpe.
Será a ti, tío. Y ese día me acordaré de esta sala.
Y salió tirando un banco a su paso, dejando la amenaza flotando en el humo como una flecha que tarda en caer. Nadie habló. Hrolf se quedó mirando la puerta por la que había desaparecido su sobrino, de pronto mucho más viejo.
—En eso tiene razón —dijo, sin volverse—.
Aldric viene en primavera, y hay que tener una respuesta para él antes de que llegue.
—Se giró hacia nosotros—. Os habéis comprado la vida, de momento, por lo que ella sabe hacer y no por lo que es.
—Me clavó los ojos—. Pero me has mentido todo un invierno, Gunnar, y eso no se paga con una buena lectura.
Eso lo arreglaremos tú y yo a solas, otro día.
—Y a Edith—: Y tú, lectora, vas a tener que ganarte cada día que sigas con vida.
Puedes empezar por encontrarme una salida para cuando Aldric ponga el pie en mi orilla.
La encuentras, o de poco te va a servir lo lista que eres.
Salimos a la nieve, vivos, que ya era bastante más de lo que éramos al entrar.
—Nos ha dado tiempo —dije.
—Nos ha dado una tarea imposible a cambio de no matarnos hoy —me corrigió Edith—, que no es lo mismo, pero por hoy me vale.
—Se ajustó mi capa, y le vi temblar un poco las manos, ahora que había pasado todo—.
Knut ha perdido la jugada, pero no la guerra, y ha jurado venganza delante de testigos.
Un hombre que pierde con las palabras, Gunnar, pasa a las cosas que no se hablan.
Tenía razón, como siempre, y aquella noche volví a dormí con el cuchillo en la mano, no por costumbre, sino porque una copista del sur me había enseñado a temer más a un hombre que sonríe que a un ejército que grita. Y Knut acababa de dejar de sonreír.