La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 9
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Capítulo 9

El segundo problema serio del invierno llegó igual que el primero: disfrazado de algo que no parecía un problema. De hecho, tenía toda la pinta de un regalo.

Se presentó un mensajero del mismísimo jarl Aldric, el padre de la novia que yo no había secuestrado, y traía una carta y un odre de buen vino del sur, además de la cortesía exagerada de quien viene a pedir algo y quiere que parezca que viene a darlo.

Hrolf nos mandó llamar antes de abrir nada, porque ya había aprendido a no fiarse de ninguna palabra escrita hasta que Edith la hubiera leído.

Edith rompió el sello y leyó, y esta vez no cambió de cara despacio, sino que levantó la vista de golpe y me buscó a mí primero, antes que a Hrolf, lo cual no me pasó desapercibido y mucho me temo que tampoco a Knut, que ocupaba su viga de costumbre.

—¿Y bien? —dijo Hrolf.

—Aldric propone seguir adelante con la alianza —respondió Edith, midiendo cada palabra—. Dice que el malentendido del otoño quedó atrás, y propone celebrar la boda aquí, en vuestro fiordo, esta primavera.

Lo que no dijo en voz alta fue lo que después me contó a mí: que en la carta Aldric daba por hecho que traería a su hija en persona en cuanto se abriese el mar, como si la tuviera bajo su techo esperando a viajar.

Fuera como fuese, aquello probaba lo único que nos importaba entonces: que la mujer a la que Hrolf tenía por novia no podía ser la hija de Aldric, porque el propio Aldric anunciaba que la suya seguía en el sur.

A cualquiera que leyera la carta con atención y mirara después a Edith se le venía abajo la mentira entera.

Por suerte, el único que sabía leerla era Edith, y Edith leyó en voz alta solo lo que nos convenía que oyera la sala.

—Bien —dijo Hrolf—. Por fin algo derecho. Que venga Aldric, que vea el fiordo. Ya hablaremos cuando llegue.

Salimos, y en cuanto estuvimos lo bastante lejos Edith habló deprisa, en voz baja.

—Esto adelanta el reloj, Gunnar. Lo que hablamos anoche, lo de ganarme a Hrolf poco a poco, ya no tiene todo el invierno por delante.

Esa carta lo dice claro: Aldric viene en persona en primavera, y el día que ponga un pie aquí y me vea, dirá «esa no es mi hija», y se acabó.

No hay manera de que yo siga siendo la novia.

Así que la semilla que íbamos a regar con calma hay que regarla deprisa: para cuando llegue el deshielo, yo ya no puedo ser la novia a ojos de Hrolf, sino su lectora, su consejera, algo que no quiera perder por nada.

Ni un día de margen más del que teníamos.

—¿Y si no llegamos a tiempo?

—Llegamos. Tenemos que llegar. —Pero le tembló un poco la voz al decirlo, y eso, en Edith, no era bueno.

Así que empezamos a regar la semilla, justo como ella había dicho: una mañana, y otra, y otra.

Edith le hizo a Hrolf algo que ningún consejero le había hecho jamás, le leyó el mundo entero.

Cada papel viejo del arcón, cada carta que entraba, cada acuerdo polvoriento.

Le fue explicando qué reyes del sur se odiaban con quién, quién le debía dinero a quién y dónde estaban las grietas de cada uno de sus enemigos.

Hrolf, que llevaba doce años gobernando a ciegas en todo lo que estuviera escrito, descubrió poco a poco que se podía gobernar con los ojos abiertos, y le fue gustando tanto que cada día dependía un poquito más de ella.

Cada día el escudo nuevo subía otro palmo más.

Pero levantar ese escudo tenía un precio, y el precio se llamaba Knut, porque cuanto más imprescindible se volvía Edith, más le estorbaba a él y con más empeño se afanaba en averiguar qué era exactamente aquella mujer que le había robado el sitio en la cabeza de su tío.

Empezó a hacer preguntas, a sonsacar al mensajero de Aldric antes de que se marchara, a merodear.

Y ahí llegó el golpe. El error no lo cometió ella preguntando de más, que era demasiado lista para eso. Lo cometió simplemente siendo quien era, un descuido que cualquiera habría tenido y que a ella le salió carísimo.

Fue en el granero común, adonde había ido a aprender el sistema de muescas del viejo de las cuentas.

Estaba a lo suyo, sin saber que Knut andaba detrás de los sacos, y cuando el viejo se atascó sumando una partida de pieles, Edith cogió un carbón y le hizo los números en una tabla, deprisa, de corrido, con esos signos del sur que ella usaba para contar y que aquí no conocía ni el cura.

Los hizo sin pensar, como respira uno, porque llevaba media vida echando cuentas ajenas.

Una hija de jarl no sabe hacer eso. Una hija de jarl no sabe ni que existe.

Knut salió de detrás de los sacos despacio, con esa sonrisa suya que nunca le llegaba a los ojos.

—Vaya manos, mi señora —dijo—. Cuentas como un mercader de Frisia. ¿Dónde aprende eso una doncella criada entre rezos? Porque rezando no se aprende, de eso doy fe, que yo recé dos inviernos enteros con los monjes y no salí sabiendo más que al entrar.

Edith no contestó, porque no había una respuesta buena y las dos malas eran callar o mentir, así que recogió el carbón, soltó alguna banalidad y salió del granero con paso tranquilo, aunque por dentro ya supiera lo que acababa de pasar.

Vino a contármelo con la cara descompuesta.

—Me ha visto echar cuentas —dijo—. Con los números del sur, delante de él, sin pensar.

Una hija de jarl no sabe contar así, Gunnar, y lo sabe hasta él, que de números entiende poco, pero de cazar el fallo ajeno entiende un rato.

No le he confesado nada, pero ya sabe que hay algo y va a tirar del hilo...

No le dije que no pasaba nada, porque sí pasaba.

Aquello me devolvió a la cabeza una cosa que llevaba días intentando no pensar.

Pocas semanas atrás había bajado a la costa a buscar a Sigmund, para que me confirmara de su boca lo de la cuarta puerta del ala este, porque algo había empezado a no cuadrarme.

No llegué a hablar con él. Me dijeron que había muerto de unas fiebres repentinas pocos días antes, y yo quise creer que era casualidad, como quiere uno creer las cosas que le conviene creer.

Pero Sigmund era el único hombre vivo que sabía a qué cuarto me había mandado entrar, y los hombres que guardan ese tipo de secretos tienen la fea costumbre de morirse antes de tiempo.

—Le tiraré yo del hilo primero —dije—, o se lo enredaré, algo, ya veremos. Pero no vas a cargar tú sola con esto.

—No es de cargar con ello, es de que ya no hay forma de descoserlo. —Se dejó caer a mi lado, agotada de repente—. He tenido mucho cuidado de no ser yo delante de quien no debía. Y una se cansa, Gunnar. Bajas la guardia un momento, y resulta que ese momento es justo el que te hunde.

Le puse una mano en el hombro, y no dije nada, que son las dos únicas cosas que sé hacer cuando no se me ocurre qué decir. Aquella noche no se fue a su camastro; se quedó junto al fuego, con las rodillas recogidas, mirando las brasas.

—Si Knut descubre la verdad antes que Hrolf —dijo—, la va a usar de la peor manera posible y en el peor momento posible.

Delante de Aldric, seguramente. Delante de todos.

Para hundirte a ti con la misma piedra con la que me hunda a mí.

—Me miró—. Tú estás tan metido en esto como yo, Gunnar.

Si caigo yo, caes tú. Te traje el desastre a casa sin querer, y ahora no sé cómo quitártelo de encima.

—No me trajiste nada. Te traje yo a ti, ¿recuerdas? Yo conté mal las puertas, o Sigmund. El desastre es mío de origen; tú solo lo estás arreglando.

Aquello le arrancó media sonrisa, la primera de la noche.

—Menudo par estamos hechos —dijo—. El bruto que se equivocó de puerta y la bastarda que se hizo pasar por princesa sin querer. Si salimos vivos de esta, Gunnar, va a ser la historia más ridícula que se cuente jamás junto a un fuego.

—Si salimos vivos, yo no pienso contarla.

—Yo sí. Con todo lujo de detalles. Sobre todo la parte en que el gran Gunnar no sabía consolar a nadie y aun así no se le ocurría dejar de intentarlo.

Y se rió, bajito, cansada, y yo me reí con ella, los dos junto al fuego sabiendo que se nos venía encima lo peor y robándole a la noche, antes de que llegara, una risa que no le habíamos pedido permiso para tener.