La cautiva equivocada del vikingo Capítulo 8
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Capítulo 8

Compartir el secreto con Edith me quitó la mitad del peso de encima y me dobló las preocupaciones, porque ahora éramos dos los que podíamos irnos de la lengua, y eso no se me olvidaba ni un momento.

Pasamos tres días enteros dándole vueltas a qué hacer, y en tres días fuimos descartando casi todo.

Huir era imposible, con el mar cerrado por el hielo hasta la primavera y la tierra de alrededor tan helada que nadie salía del fiordo sin dejarse la vida en el intento.

Callar y esperar solo servía para aplazar el desastre hasta que llegaran los de Mercia y dijeran aquello de «esa no es nuestra señora».

Y confesarle yo mismo la verdad a Hrolf, que era la opción honrada, era también la más rápida para que los dos acabáramos con la cabeza separada del cuerpo, porque a Hrolf no se le lleva un fracaso de aquel tamaño esperando que tenga un buen día.

Fue Edith, cómo no, la que encontró la rendija.

—No podemos cambiar lo que soy —dijo la tercera noche—.

No puedo volverme noble de repente. Pero sí podemos cambiar lo que valgo.

—Señaló uno de los pergaminos viejos—. Hrolf no me quiere a mí, quiere lo que le da una novia: una alianza, un hijo, ventaja sobre sus enemigos.

Si le doy una ventaja mayor que la que le daría cualquier novia, deja de importarle que no sea noble.

La sangre da igual cuando lo que ofreces vale más que la sangre.

—¿Y qué le ofreces tú?

—Esto. —Levantó el pergamino—. Sé leer en varios idiomas lo que escriben sus enemigos y sé escribir lo que él quiera que sus enemigos entiendan.

En todo el norte no habrá diez personas capaces de hacer eso, y él no tiene ni una.

Una novia la consigue cualquier jarl mandando un barco; alguien que le lea las cartas del rey de Wessex antes de que ataque, no.

—Me miró—. Ese es mi escudo nuevo, Gunnar.

Cuando se caiga el de la mentira, este otro tiene que estar ya levantado.

No puedo dejar de ser inútil como novia sin haberme vuelto antes imprescindible como otra cosa.

Era brillante, y además era nuestra única salida, pero tenía un fallo y se lo dije.

—Para que sepa que sabes leer, hay que contarle que no eres la novia.

Y en cuanto se lo contemos, hasta que decida si tu lectura le compensa, estás muerta.

Hay un momento, entre que confiesas y que demuestras, en que solo eres la mujer que lo engañó.

Y ese momento puede durar un parpadeo o lo que tarda en hacer una seña con la mano.

—Por eso no se lo vamos a contar nosotros —dijo—. Vamos a hacer que lo descubra él solito, justo cuando yo ya le sea útil. Que vea de lo que soy capaz antes de enterarse de lo que no soy. Que el escudo nuevo esté en alto antes de que él sepa que el viejo era de cartón.

—¿Y cómo se hace eso?

—Dándole algo que necesite leer. Pronto. Y estando yo delante el día que lo necesite.

El destino, que de vez en cuando le echa una mano al que ya está jugando bien sus cartas, nos dio la ocasión a los pocos días.

Llegó un mensajero al fiordo vecino con una carta para Hrolf, una carta sellada del sur que nadie en toda la comarca sabía leer y que llevaban días pasándose de mano en mano como una brasa que nadie quiere sostener.

Sigmund vino a buscarme: Hrolf quería comprobar si la famosa novia culta servía para algo más que para casarse.

Fuimos a la casa grande, y Edith, que tres noches atrás había llorado de rabia junto a mi fuego, entró en la sala de Hrolf con la espalda muy recta y la calma de antes de una buena jugada, dispuesta a salvar la vida leyendo, que era lo único que sabía hacer sin equivocarse.

Knut estaba allí, por supuesto, apoyado en una viga con su sonrisa de siempre, mirándola como quien mira una pieza que todavía no ha decidido cómo se va a comer.

—La novia con letras —dijo—. A ver si es verdad tanto cuento. A mí me da que de leer, lo justito. Cualquiera presume de entender unos garabatos cuando no hay nadie en la sala que pueda llevarle la contraria.

—Dale la carta, Knut —cortó Hrolf, cansado—. Mujer, léela. Y si me mientes sobre lo que pone, lo sabré tarde o temprano, y no te va a gustar.

Edith cogió la carta, miró el sello antes de romperlo, como hacía siempre, y luego lo partió, la desenrolló y leyó. La vi cambiar de cara apenas, lo justo para que yo, que ya sabía leerla a ella, supiera que lo que ponía era grave.

—Es del rey de Wessex —dijo—. Y no es amistosa, aunque esté escrita con palabras amistosas.

—Levantó la vista—. Os desea salud y la bendición de su Dios; eso es la cortesía de rigor.

Pero lo que de verdad dice es otra cosa.

Dice que sabe que buscáis alianza con Mercia, y os advierte, con mucha cortesía, de que Mercia le rinde tributo a él, de modo que cualquier pacto que hagáis con Mercia lo hacéis en realidad con Wessex. Y de que él no ha dado su permiso.

La sala se quedó en silencio.

—Dicho de otro modo —continuó ella, despacio, asegurándose de que cada hombre lo entendía—, si seguís adelante con esa boda sin contar con él, no tendréis una alianza.

Tendréis una guerra con el reino más fuerte del sur.

—Enrolló el pergamino—. No os digo que renunciéis a nada, señor.

Os digo que ahora lo sabéis, y que antes no lo sabíais, y que un mensajero del rey de Wessex habría pasado por vuestra puerta sin que nadie entendiera una palabra de lo que traía.

Hrolf se quedó callado un buen rato, rumiando aquello, con los ojos clavados en la carta enrollada que ella sostenía.

—Lee bien la mujer —dijo al fin, más para sí que para nadie—. Lee muy bien. —No dijo más, pero tampoco hacía falta; nunca le había oído elogiar a casi nadie, y aquello, viniendo de él, ya era mucho. Despidió a Edith con un gesto, se guardó la carta y nos mandó volver a casa a seguir con el arcón.

No renunció a la boda. Ni se le pasó por la cabeza, todavía.

Para él, Edith seguía siendo la novia de Mercia que, además, resultaba saber leer, que es una cosa muy distinta de lo que iba a llegar a pensar más adelante.

Pero algo se le había quedado dentro aquella mañana, lo noté, una semilla pequeña: la idea de que aquella mujer valía por algo más que por el vientre con el que iba a darle un heredero.

La semilla no era gran cosa todavía. Pero las semillas, si se riegan, crecen, y yo me prometí regar aquella todo lo que pudiera.

Edith no dijo nada, pero por debajo de la calma le vi cruzar un instante el alivio, porque acababa de comprobar que su única carta servía: que con un pergamino delante podía impresionar a Hrolf, y que en eso, y solo en eso, estaba su salvación cuando llegara el día.

Salimos a la noche, donde nevaba fino, de esa nieve que más que caer parece flotar.

—Le has gustado —dije, ya de camino a casa—. Leyendo. Le has gustado de verdad.

—Le he gustado una mañana —corrigió ella—.

Una golondrina no hace verano, Gunnar. Hoy le he ahorrado un disgusto y se ha quedado contento, pero mañana se levantará pensando otra vez en su boda y en su heredero, que es lo que lleva dos años queriendo.

Una carta no le cambia la cabeza a un hombre así.

—Se ajustó mi capa—. Lo que hay que hacer es que no sea una carta.

Que sea una mañana, y otra, y otra, hasta que un día se descubra a sí mismo pensando que me prefiere leyendo a casándome, y crea que la idea ha sido suya.

Eso lleva tiempo. Y el tiempo se nos acaba en cuanto se abra el mar.

Caminamos un trecho en silencio sobre la nieve.

—Knut no nos ha quitado ojo en toda la noche —dije.

—Lo sé. Y ha aprendido algo, igual que nosotros: ha visto que sé hacer una cosa que aquí no sabe hacer nadie, y que a su tío eso le interesa.

Para un hombre como Knut, una mujer útil cerca del jarl es un estorbo nuevo que ayer no tenía.

—Me miró—. Y si algún día Knut descubre que yo no soy la novia, no irá corriendo a contárselo a su tío para hacerle un favor.

Se lo guardará. Lo usará el día que más daño pueda hacernos.

Un hombre así no enseña sus cartas; las esconde hasta la última mano.

Tenía razón, como casi siempre. Y aquella noche, caminando hacia casa bajo la nieve con la mujer a la que por fin me estaba permitido querer, con un secreto que valía dos cabezas y un enemigo que sonreía demasiado, comprendí que habíamos cambiado un peligro por otro.

Ya no nos amenazaba la boda, nos amenazaba la verdad, y la verdad, a diferencia de la boda, no tenía fecha en el calendario: podía caer cualquier día, por cualquier boca descuidada.

Igual que había estado a punto de caer aquella mañana, por culpa de una vieja, un fardo de tela y un par de zapatos.